Soy la perra de mi vida: una historia de supervivencia

Descubre la conmovedora historia de un perro que se reinventa. Un relato crudo y emotivo sobre libertad, identidad y la capacidad de encontrar un nuevo camino cuando todo parece perdido. En "Soy el perro de mi vida", te invitamos a explorar las profundidades de la resiliencia animal y la fuerza del espíritu. ¿Estás listo para un viaje de transformación?

La esencia de la libertad y la identidad

Soy el perro de mi vida es una historia de supervivencia, libertad e identidad. Un relato conmovedor y crudo que revela cómo incluso un perro puede reinventarse cuando todo parece perdido. Esta narración te sumergirá en las profundidades de una existencia marcada por la calle, pero impulsada por una inquebrantable voluntad de encontrar su propio lugar en el mundo. ¿Qué significa realmente ser libre?

El clic que marca una nueva partida

Cuando mis amos salen por la mañana, la puerta se cierra con ese sonido que ya conozco: un clic firme, que no es amenaza, pero sí despedida. Yo me quedo quieto unos segundos, escuchando sus pasos alejándose por el pasillo. Este momento, aunque cotidiano, encierra la esencia de mi existencia y la libertad que, a veces, viene disfrazada de ausencia. ¿Qué sentirías tú en ese instante?

Un encuentro inesperado: no soy Jack

El olor me lo confirma: son ellos, los amos de Jack. María Fernanda se inclina con una mezcla de cautela y ternura. La niña, con su voz de hilo, dice: “Perrito… perrito…”, como si quisiera desarmar la desconfianza que la calle me ha enseñado. Luego, María Fernanda se endereza y le murmura a José que no soy Jack, que soy solo un perro callejero, tranquilo y noble. Una anécdota que marca la singularidad de mi camino.

Al llegar a la casa, la puerta se abre y el olor familiar me envuelve: madera seca, ropa limpia, comida guardada en un plato azul. Mi lugar. Mi mundo. La lluvia ahora cae fuerte, golpeando las amplias ventanas y la vereda. Cierro los ojos y respiro hondo. Sigo sintiendo, muy lejos, el olor de los perros libres.

 

Soy la perra de mi vida

 

Estoy tumbado en el jardín de un restaurante, donde mi amo y su esposa disfrutan una comida exquisita. Yo también la saboreo, porque una mano generosa deja caer trozos de carne que me llegan desde arriba. Así sucede cada vez que salgo con mis amos por la ciudad o por algún lugar de paseo.

De repente, algo golpea mi olfato. No es ningún trozo de carne. Enderezo las orejas. No hay movimiento a la vista. Observo con los ojos sin mover la cabeza, como hacemos los perros cuando algo nos inquieta. Un impulso me pone de pie.

Es el olor de otro perro. Pero no lo veo. No puedo salir a reconocer el lugar: mi amo se molestaría. Estamos en un sitio lleno de gente, mesas, ruido y ningún otro perro a la vista.

Con el movimiento de mis amos, yo también me dispongo a salir del lugar, agudizando mi olfato y mi oído para percibir ese olor que me inquietó hace un instante. Es el mismo olor, más intenso.

Al dejar atrás la puerta del restaurante, al frente de la vereda veo a tres perros más. Uno de ellos —quizá el más atrevido— cruza la vereda y viene hacia mí. Yo levanto muy alto la cola y la cabeza, desafiante. Pero observo que no venía hacia mí: se dirigía, como seguro lo hace varias veces al día, a la puerta del restaurante, esperando que alguien le tire un mendrugo de pan o algún hueso que los niños, cuando se encariñan con los perros, suelen lanzarles.

Los otros dos perros permanecen quietos y atentos. Mi amo me da un leve jalón de la correa para seguir nuestro camino. Mis orejas, en señal de obediencia, se caen.

Un hombre ahuyenta bruscamente al perro que osó ponerse frente a la puerta del restaurante. Un aullido de dolor llega a mis oídos. Levanto la mirada hacia el rostro de mi amo, como pidiendo permiso para correr a auxiliarlo. Alzo el hocico para sentir y aceptar que mi amo me quiere, que comprende lo que siento, aunque no pueda dejarme ir.

Los perros somos seres amados, pero también maltratados y aborrecidos. Lo sabemos desde que abrimos los ojos por primera vez.

Mi mirada recorre todos los ángulos y capta, en una esquina no muy lejos del portón del restaurante, a un hombre sentado con dos niños que juguetean a su alrededor. Un sombrero viejo espera unas cuantas monedas.

Sigo mi camino al mismo paso de mis amos, que ríen. Se nota que están felices.

Cerca de la casa donde vivo con ellos hay una plaza con varios árboles dispersos. En las primeras horas de la mañana, después del mediodía y ya en la noche, hombres, mujeres y algunos niños pasean a sus mascotas caninas.

Por los olores nos comunicamos. Mis ojos se mueven lentamente, observando el andar de otros perros, ansiosos por seguir a sus amos; se nota que están con el tiempo limitado. Los niños, más descuidados, se entretienen entre ellos, y los perros sueltos llegan hasta mí. Con el olfato y los movimientos de nuestros cuerpos nos entendemos.

Unos son más chicos que yo. Soy un perro mestizo; así llaman en la ciudad a los que se parecen a mí. A otros más pequeños y peludos los llaman chapis, y hay otros que son más grandes que yo y con las orejas siempre paradas; por su apariencia los llaman zorro.

En la plaza hay una perrita chapi blanca, fina, que llama la atención de todos. Su dueño la cuida con esmero, evitando que se acerque a los otros perros que dan vueltas, orinando una pizca en cada árbol, marcando nuestro territorio.

La correa se tensa, suave, como una pregunta, para apurar los pasos de regreso a casa, mientras yo miraba a dos perros frente a frente, gruñendo y mostrando sus dentaduras en señal de ataque. No llevan correa: los dos son libres.

La brisa de la noche me trae sus olores: cuerpos revueltos en barro, hojas húmedas pegadas al lomo, hambre vieja, miedo reciente. Quizás vienen de lugares donde se refugian para descansar sin amos que cuiden de ellos. Lugares donde la noche manda.

Uno de ellos me mira. No con desafío, sino con una mezcla de cansancio y curiosidad. Yo bajo un poco la cola, no por miedo, sino por respeto. Los perros libres tienen historias que no siempre se pueden contar.

El otro, más flaco, deja de gruñir y olfatea el aire. Me reconoce. No a mí exactamente, sino a mi vida: la correa, el olor limpio, el paso seguro de mis amos. Ese perro sabe que yo duermo bajo techo. Que tengo comida. Que tengo nombre.

Se acerca un poco. Yo también avanzo un paso, lento, midiendo su intención. Entre perros, el silencio dice más que los ladridos.

Mi amo tira de la correa, suave pero firme. Debo seguir. Pero antes de irme, los miro una vez más. Ellos también me miran. Y en ese instante, breve como un parpadeo, siento algo que no sé explicar: una mezcla de tristeza y admiración.

Va a caer la lluvia. Vamos, corriendo, vamos… Jack.

Mis pasos se adelantan a los de mi amo. Está empezando a caer la lluvia. Pero mientras corro, todavía siento detrás de mí los ojos de esos perros libres, como si me despidieran sin saber mi nombre.

Al llegar a la casa, la puerta se abre y el olor familiar me envuelve: madera seca, ropa limpia, comida guardada en un plato azul. Mi lugar. Mi mundo.

Pero antes de entrar, me quedo quieto. La lluvia ahora cae fuerte, golpeando las amplias ventanas y la vereda. Cierro los ojos y respiro hondo. Sigo sintiendo, muy lejos, el olor de los perros libres.

Mi ama me llama. Entro. Sacudo el agua del cuerpo. Me acuesto en mi manta. Pero sé que mañana, cuando volvamos a la plaza, buscaré esos olores otra vez. Porque aunque yo tenga nombre, casa y comida, hay algo en ellos que me llama. Algo que no entiendo, pero que me acompaña como una sombra suave.

Quizás es admiración. Quizás es tristeza. Quizás es solo la forma en que los perros sentimos el mundo.

Cuando mis amos salen por la mañana, la puerta se cierra con ese sonido que ya conozco: un clic firme, que no es amenaza, pero sí despedida. Yo me quedo quieto unos segundos, escuchando sus pasos alejándose por el pasillo. Después camino hacia mi rincón, donde está mi manta. Me acomodo, aunque no siempre duermo. A veces solo espero.

El departamento es silencioso durante casi todo el día. Los sonidos que me acompañan son pocos: el motor del refrigerador, el paso lejano de algún vecino, el ladrido apagado de un perro en otro piso. A veces escucho el ascensor subir y bajar, como si respirara. Yo levanto las orejas, atento, pero casi nunca es para mí.

Tengo agua fresca en un plato de metal y comida seca en otro. La comida no cambia mucho: bolitas duras, de distintos colores, que ya conozco de memoria. Las galletitas son mi parte favorita; cada sabor tiene un olor distinto, y yo los distingo todos. Pero la carne… la carne es otra historia. La carne es un recuerdo. Un lujo que aparece de vez en cuando, como un sueño breve. Un olor que despierta algo profundo en mí, como si me hablara de un tiempo anterior a este departamento, un tiempo que no sé si viví o solo imagino.

A veces me acerco a la ventana. No puedo verla del todo, pero desde el borde siento el aire que entra por las rendijas. Trae olores de la calle: pan recién hecho, gasolina, lluvia, hojas secas, otros perros. Me quedo allí un rato, respirando despacio, como si el mundo estuviera del otro lado llamándome por mi nombre… Jack. Un nombre que no parece de perro, pero que ya es mío, como una manta vieja que uno aprende a querer.

Al mediodía, cuando la madre de mi amo llega, escucho su llave antes de verla. Entra rápido, sin mucha ceremonia. Me habla con cariño, pero apurada, como si el tiempo la persiguiera. Me pone la correa y bajamos a la plaza. Allí hago mis necesidades. Ella no recoge mi caca. Otros amos tampoco lo hacen. Yo he visto discusiones por eso: vecinos molestos, palabras fuertes, gestos bruscos. Yo solo observo, sin entender del todo por qué los humanos se enojan tanto por cosas que para nosotros son parte de la vida.

Después volvemos. Ella me deja agua fresca y se va. La puerta se cierra otra vez. Y el silencio regresa, como una sombra que ya conozco.

Por la tarde, cuando el sol ya está bajando, me acomodo en mi manta y espero. A veces sueño. A veces solo escucho. Y cuando por fin mis amos vuelven, el departamento cambia: huele a calle, a ropa mojada, a cansancio humano. Yo muevo la cola. Ellos me acarician la cabeza. Y por un momento, todo está bien, como si el día entero hubiera estado esperando ese instante.

Otra vez una salida rápida a la plaza. A veces no hay acuerdo entre ellos: ambos dicen estar cansados, pero uno de los dos debe salir conmigo. Yo no entiendo del todo sus vidas, pero sí reconozco el cansancio en sus pasos.

No llueve. La bocina de los autos me asusta; parece que todo el mundo está apurado por llegar a algún lado. Yo camino cerca de mi ama, atento, con las orejas levantadas.

Un niño se detiene para acariciarme la cabeza. Le pregunta mi nombre a mi ama, y yo me adelanto con un leve ladrido. El niño, asustado, continúa su camino.

Yo solo quería decir que me llaman Jack.

Mi ama me mira de reojo cuando ladro. No es un regaño, pero sí una pregunta. Mi amo, que camina unos pasos detrás, suspira como si el día hubiera sido largo. Entre ellos intercambian una mirada rápida, de esas que los humanos usan para hablar sin palabras.

—Solo fue un niño —dice mi ama, con voz cansada. —Jack se asustó —responde él, también cansado.

Yo bajo un poco la cabeza, no por culpa, sino porque quiero que entiendan. No quise espantar al niño. Solo quise mostrar mi saludo, decirle que existo.

La correa se tensa un poco, pero no con enojo: con ese gesto que mis amos usan cuando quieren que siga caminando sin detenerme. Yo obedezco. Camino junto a ella, sintiendo cómo su cansancio se mezcla con mi deseo de explicarles algo que no puedo decir con ladridos.

Mis amos trabajan mucho. Los dos llegan agotados. Y yo, que no entiendo del todo la vida humana, solo sé que cuando uno de ellos toma mi correa, mi corazón se alegra un poco, como si el mundo se abriera un instante.

Mientras avanzamos, mi ama me acaricia la cabeza. Es un gesto corto, pero suficiente. Me dice sin hablar que no está molesta. Mi amo también se acerca y me toca el lomo.

—Tranquilo, Jack —dice.

Yo levanto la cola. No porque haya entendido todo, sino porque sé que ellos me quieren, aunque a veces estén cansados, aunque a veces no tengan ganas de salir, aunque a veces no comprendan mis ladridos.

El niño ya se ha ido. La plaza sigue allí, con sus olores, sus voces, sus pasos apurados. Y yo camino entre mis amos, sintiendo que, aunque mi nombre no parezca de perro, ellos lo dicen con cariño.

Ya tendido en mi manta, levanto la cabeza y agudizo mi olfato para sentir a los dos perros libres de la noche anterior. Los admiro en cierta manera. Mi vida es tranquila, repetida, silenciosa. Todos los olores del departamento son siempre los mismos: agua, comida seca, tela, madera, el perfume que dejan ellos cuando salen. Nada nuevo ni emocionante como los olores que percibo cuando salgo a la calle.

Allá afuera todo cambia: el viento trae historias, los árboles guardan secretos, los autos dejan rastros de lugares que nunca he visto, y los perros libres… ellos llevan en su pelaje la noche entera. Aquí, en cambio, el aire es siempre igual. No hay sorpresas. No hay aventuras. Solo la espera.

Cierro los ojos y trato de recordar el olor del perro flaco, ese que me miró sin desafío. Era un olor áspero, mezclado con barro seco, hojas húmedas y un miedo antiguo. Pero también tenía algo más: libertad. Yo no sé exactamente qué es la libertad. Solo sé que ellos la llevan encima, como si fuera parte de su piel. Y yo, desde mi manta, apenas puedo imaginarla.

Fin de semana, para mí, son momentos alegres: sol, correr un poco, oler cosas nuevas. Todo depende de dónde me llevan. Para mis amos, en cambio, fin de semana es descanso, visitas y paseo. Para mí, es esperanza.

Desde muy temprano observo a mi ama preparar, en una canasta, vasos y platos; y en otra, una comida de olor fuerte. Quizás un guiso. Escuché decir a mi amo que pusiera bastante carne, y con eso yo me relamía la boca. Sé que también piensan en mí.

Subimos a un bus hasta un lugar donde había mucha gente y jóvenes con el mismo propósito de salir al campo. Los niños correteaban alrededor, rebotando pelotas, y las niñas saltaban una cuerda. Otros me acariciaban, y yo, en silencio, apenas les lamía la mano en señal de saludo.

Yo era el único perro en el bus. Estaba lleno de gente. El conductor dijo que hasta el pueblo de Achocalla nos llevaría hora y media de viaje. Así debe ser, creo yo.

Me acomodé entre las piernas de mis amos, sintiendo el movimiento del bus como si fuera un corazón grande que avanzaba por el camino. Cada curva traía nuevos olores: tierra húmeda, hojas secas, perfume de desconocidos, comida guardada en bolsas. Yo levantaba la cabeza, atento, porque todo era distinto a los olores del departamento.

Los niños seguían mirándome. Algunos sonreían. Otros me tocaban la cabeza con manos tibias. Yo respondía con un lamido corto, educado, como saludo de perro. Me sentía parte del viaje, aunque no entendía del todo a dónde íbamos.

Pero sabía que sería un buen día. Los fines de semana siempre tienen algo especial: un olor nuevo, un camino distinto, una sorpresa que no existe en los días encerrados. Y mientras el bus avanzaba hacia Achocalla, yo pensaba en los perros libres de la plaza. Ellos nunca habían subido a un bus. Nunca habían sentido este tipo de viaje. Yo tampoco sabía si eso era bueno o malo. Solo sabía que, por un rato, mi vida dejaba de ser aburrida.

En el trayecto, mi ama entabló conversación con una mujer del asiento siguiente. Preguntó por mí. “¿Raza?”, dijo. No entendí qué era eso. Paré las orejas cuando nombró a su perro.

Me pareció que ella se deleitaba contando que su perro era callejero y ladrón. —Una mañana mi perro apareció en la puerta con una pierna de chancho —dijo, riendo—. Seguramente la robó del mercado que queda cerca de mi casa. La lavamos y la comimos. Sonreía, contenta de la osadía de su perro.

Mi ama no tenía nada que contar de mí. Yo era obediente y casero.

Me quedé quieto, escuchando. No sabía si debía sentir orgullo o tristeza. La mujer hablaba de su perro como si fuera un héroe de aventuras: libre, atrevido, capaz de robar una pierna de chancho y llevarla a casa como un tesoro.

Yo, en cambio, nunca había robado nada. No sabía qué era eso. Nunca había corrido por un mercado. Nunca había llegado a casa con un botín entre los dientes. Mi vida era otra: ordenada, silenciosa, predecible.

Mi ama me acarició la cabeza, como para decir que estaba bien así. Pero yo seguí pensando en los perros libres, en sus historias, en sus olores, en esa vida que yo solo podía imaginar desde mi manta o desde el asiento del bus.

De pronto llevé mis dos patas delanteras para taparme las orejas. No quería seguir escuchando a esa mujer, que contaba que su perro pícaro un día mordió a un niño en la pierna porque le había lanzado una piedra en la cabeza. —Así se defendió mi perro —dijo ella—. Nadie así nomás puede lastimarlo, ¿no cree usted?

Yo me quedé quieto, con las orejas aún cubiertas. No entendía del todo lo que había pasado, pero sí entendía el tono: orgullo, como si la travesura y la violencia fueran parte de una misma historia que ella celebraba.

Mi ama no respondió de inmediato. Solo hizo un gesto leve, una sonrisa corta, de esas que los humanos usan cuando no quieren discutir.

Yo, desde el suelo del bus, sentí algo extraño: una mezcla de miedo y confusión. No quería escuchar más. No quería imaginar al niño llorando, ni al perro ladrando con furia, ni a la mujer celebrando aquello como si fuera una hazaña.

Yo era obediente y casero. Nunca había mordido a nadie. Nunca había tenido que defenderme de una piedra. Mis amos tampoco tenían historias así para contar de mí. Y en ese momento, mientras el bus seguía avanzando hacia Achocalla, me di cuenta de que la vida de los perros libres no siempre era heroica. A veces también era dura. A veces también dolía.

Bajé las patas y apoyé la cabeza en el piso del bus. Preferí escuchar el motor, el viento, los pasos de los niños. Preferí pensar en el campo que nos esperaba adelante, donde los olores serían nuevos y limpios, sin historias de mordidas ni piedras.

Ella siguió hablando sola, contando más travesuras de su perro callejero. Mis amos solo asentían de vez en cuando, con esa cortesía que los humanos usan cuando quieren terminar una conversación sin pelear.

Yo me acurruqué entre sus piernas. Sentí su olor: cansancio, sí, pero también cariño. Y entendí que, aunque mi vida no fuera tan aventurera como la de los perros libres, mis amos preferían que yo fuera así: tranquilo, bueno, sin historias de mordidas ni peleas.

 

El aire que entró por las ventanas era distinto: más frío, más limpio, con olor a tierra húmeda y a pasto recién pisado. Achocalla.

Mis amos se pusieron de pie. Cuando bajamos del bus, el suelo era blando, casi esponjoso. Mis patas se hundieron un poco en la tierra. Sentí un olor que no existe en la ciudad: un olor ancho, abierto, sin paredes. Un olor que parecía decirme: corre.

Los jóvenes que habían viajado con nosotros se dispersaron rápido. Los niños gritaban, corrían, lanzaban pelotas que rebotaban en el pasto. Las niñas seguían saltando la cuerda, pero ahora sus risas se mezclaban con el viento.

Mis amos caminaron hacia un claro donde el sol caía directo. Yo iba adelante, tirando un poco de la correa, ansioso. No era como la plaza. No era como el departamento. Era un lugar donde los olores no se repetían. Cada paso era una sorpresa.

Mi amo extendió una manta sobre el pasto. Se sentaron. Yo me acosté cerca, pero con el cuerpo alerta, como si el campo entero me estuviera llamando.

Había pájaros que no conocía. Había insectos que se movían rápido entre las hojas. Había un silencio que no era silencio: era un murmullo de vida.

Y entonces pensé en los perros libres de la plaza. Ellos nunca habían subido a un bus. Nunca habían llegado a un lugar así. Nunca habían sentido este aire limpio que parecía acariciar el lomo.

Por un momento, me sentí afortunado. Por otro, me sentí extraño, como si estuviera viviendo algo que no sabía si merecía.

Achocalla era grande. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no me sentía encerrado.

Mi ama le dice “amor” con frecuencia a mi amo. Otras personas lo nombran José. Y ella es María Fernanda; lo sé porque a veces él le dice “Mary” y ella lo corrige: —María Fernanda. Lo puntual es que José, confiando en mí por mi lealtad y mi tranquilidad, me suelta la correa y me recomienda que no me aleje.

José me soltó la correa. Sentí el clic del broche como un pequeño trueno suave en mi pecho. No corrí de inmediato. Me quedé quieto, quieto, como ellos querían, para que vieran que podían confiar en mí.

El campo estaba allí, abierto, enorme, respirando. El pasto moviéndose con el viento parecía llamarme por mi nombre. Jack. Un nombre que no es de perro, pero que en ese momento sonaba como si fuera mío desde siempre.

Di un paso. Luego otro. Mis amos me miraban, atentos, pero sin miedo. Yo avancé despacio, oliendo cada brizna de pasto, cada piedra, cada sombra.

Y entonces, sin pensarlo, corrí.

Corrí como no había corrido en años. Corrí como si mis patas recordaran algo que mi mente había olvidado. El aire me golpeaba el lomo, fresco, limpio, lleno de historias que no conocía. El suelo era blando, y mis patas apenas lo tocaban antes de impulsarme otra vez.

Sentí mi cuerpo ligero. Sentí mi corazón grande. Sentí que, por un instante, era un perro libre. No como los de la plaza, que llevan la noche en el pelaje y el hambre en los huesos. Yo era libre de otra manera: libre sin miedo, libre sin ladridos de pelea, libre sin tener que robar una pierna de chancho para sobrevivir.

José me llamó una vez, solo para asegurarse de que no me alejara demasiado. Yo giré la cabeza, lo miré y volví corriendo hacia él, feliz, con la lengua afuera y el pecho lleno de aire. María Fernanda rió. José también. Yo me acerqué a ellos y me dejé caer en el pasto, jadeando, sintiendo el sol en el lomo.

El campo era grande. Pero el amor de ellos era más grande todavía. Y yo, tendido frente a la manta, entendí algo que nunca había entendido del todo: La libertad no siempre es estar sin correa. A veces es saber que, aunque te suelten, tú eliges volver.

El riesgo, o los desafíos para probar quién eres en realidad, merodean. Mientras comíamos la merienda, dos perros —los observé sin ponerme de patas— se parecían a mí. Mi amo los ahuyentó. Pero no se retiraron. Agitaban la cabeza de izquierda a derecha, como diciendo “por favor, algo de comer”. El otro perro parecía vigilar: atento, sin mover la cabeza y con la cola abajo. Quizá listo para correr.

Mi olfato captó la intención de los intrusos. Podrían lanzarse a arrebatarnos nuestros alimentos, que eran exquisitos trozos de carne. Me incorporé en posición de alerta: mirada fija, desafiante, y mi cola elevada en señal de ataque si fuera necesario. Un gruñido leve —solo uno— que ellos captaron de inmediato. Retrocedieron unos metros.

A la vez, mi amo tomó sus precauciones: me puso la correa. Y yo, frustrado. No por la correa en sí, sino porque sentí que podía protegerlos. Que podía demostrar quién era. Yo también sabía enfrentar desafíos.

Pero la correa volvió a su lugar. Y yo me quedé quieto, con el pecho lleno de aire y la mirada clavada en los perros que se alejaban, resignados, buscando otros humanos que les diera comida.

José me acarició el lomo. María Fernanda me dijo “tranquilo, Jack”. Yo bajé la cola, no por miedo, sino por obediencia. El campo seguía allí, grande, abierto. Pero en ese instante, la correa me recordó que mi libertad tenía límites. Límites que aceptaba, aunque a veces me dolieran.

Volvió la calma. Se notaba en la risa y en las caricias que se profesaban mis amos. Recogieron los utensilios y, cada uno con su canasta, se dispusieron a recorrer el campo. Yo, sujeto con la correa. Los perros no somos solo leales, sino también sumisos. Yo caminaba al ritmo de ellos. José se inclinó y me habló al oído:

—Te voy a soltar, pero vas a caminar con nosotros sin correr.

María Fernanda me acarició la cabeza y levantó la mirada hacia el rostro de su amor. —No seas tan estricto —dijo—. Los perros necesitan correr, y esta es su oportunidad. Estamos en el campo, no va a pasar nada.

Entonces lanzó una varilla para que yo la recogiera. La volvió a lanzar. Así se repitió unas cuantas veces. Yo corría unos metros, regresaba, esperaba la varilla, la traía, movía la cola. Era un juego simple, pero para mí era libertad.

El campo estaba en silencio. Un silencio bueno. Un silencio que decía que, por ahora, nada malo iba a pasar.

Como un soplo repentino llegó a mi olfato el olor de los perros intrusos. Miré alrededor hasta percatarme de que los dos correteaban libres, como queriendo mordisquearse la cola el uno al otro. Jugaban. Eran libres. Eran ellos.

Por instinto canino me lancé hacia ellos. No pensé. Solo corrí.

Los vi ponerse quietos, tensos, desafiantes. Llegué hasta ellos con suaves ladridos, y entonces bajaron la guardia. Los tres empezamos a correr como en una pista, en dirección recta, sin detenernos, sin mirar atrás.

José y María Fernanda gritaban mi nombre. Corrían detrás de mí sin poder alcanzarme. Sus voces se mezclaban con el viento, pero mis patas iban más rápido que sus pasos. Me perdí con mis nuevos amigos.

El campo se abrió como un mundo nuevo. Ellos corrían adelante, yo detrás, luego yo adelante y ellos detrás. Éramos tres sombras largas sobre el pasto. Tres cuerpos movidos por la misma emoción: la libertad.

No sabía dónde estaba. No sabía hacia dónde íbamos. Solo sabía que, por primera vez, corría sin correa, sin órdenes, sin límites. Y por un instante, fui como ellos.

Los dos perros se detuvieron frente a mí, después de corretear en zigzag y en círculos por el campo abierto. Con la lengua afuera, jadeando, se acercaron despacio y me olieron la cola; el otro me observó el pene. Entendieron que yo era perro de otros lados: yo olía a limpio, y ellos a pasto, a tierra, a olores que yo no conocía.

Los seguí al trote y no me preocupé de mis amos. La aventura de estar libre absorbió mi otra vida.

Llegamos, siempre al trote, a una casa de tierra. Unas ovejas blancas rumiaban cebada, y gallinas sueltas picoteaban el suelo. Al ingresar los tres perros, las gallinas se alborotaron, corriendo en todas direcciones.

Un niño ya crecido se acercó hacia mí con cuidado, con un pedazo de pan duro. Me acarició, y yo, complacido, dejé que su mano se deslizara hasta mi cuello. Con suavidad, desabrochó mi collar. Lo sacó despacio. Yo rocé su mano con mi olfato, como quien despierta de un sueño.

Me puse de patas, mirando la puerta de salida. Era el olor de mis amos. Un olor que penetró en mi memoria como una luz repentina. Corrí en busca de ellos.

La tarde había caído. Casi oscuro. No había, como en la ciudad, iluminación de luces. Solo sombras largas y un cielo que se apagaba.

Llegué hasta el lugar donde habíamos merendado. Nada. Me quedé quieto, intentando percibir una señal leve… No. No conseguía nada.

Corría por ratos y caminaba lento por otros. Observaba gente de la ciudad que se dirigía a algún lado, cargando bolsas, hablando entre ellos, sin verme.

Reconocí a la mujer que hablaba de las aventuras de su perro. Descubrí el bus, con sus luces encendidas, esperando a los pasajeros para regresar a la ciudad.

Me quedé por ahí, esperando que aparecieran mis amos. Me sentía mal. Por ellos. No por mí. Por ellos. Porque sabía que me buscarían. Que estarían preocupados. Que mi ausencia les dolería más que a mí esta libertad repentina.

Me senté frente al bus, con la cola baja, mirando hacia todos lados. El campo ya no era aventura. Era distancia. Era pérdida. Y yo, sin collar, sin correa, sin mis amos, me sentí más solo que nunca.

Yo esperaba frente al bus, con la cola baja y el pecho apretado. El campo ya no era aventura. Era distancia. Era miedo.

Y entonces, entre la gente que caminaba hacia el bus, escuché algo: no un olor, no un ladrido, sino un silencio distinto. Un silencio que se abre cuando alguien busca.

José y María Fernanda no estaban cerca, pero su ausencia tenía un olor propio: preocupación, cansancio, amor. Ellos no se habían ido. Ellos me buscaban.

José caminaba rápido, casi corriendo, preguntando a la gente si habían visto “un perro mediano, marrón, con collar azul”. María Fernanda iba detrás, con los ojos húmedos, llamando mi nombre con una voz que yo conocía desde cachorro: una voz que no grita, una voz que tiembla.

—Jack… Jack… ¿dónde estás, mi amor?

La gente del campo les señalaba direcciones distintas. Unos decían que me habían visto correr hacia las ovejas. Otros que me había ido hacia el río. Otros que estaba con “los perros de la casa de tierra”.

José y María Fernanda seguían caminando, sin detenerse. José tenía la correa en la mano, apretada, como si fuera mi sombra. María Fernanda llevaba mi manta doblada contra el pecho, como si eso pudiera traerme de vuelta.

Yo no los veía. Pero los sentía. Sentía su olor mezclado con el viento. Sentía su miedo. Sentía su amor.

Corrí hacia donde creí que podían estar. Nada. Volví hacia el bus. Nada. Fui hacia el claro donde jugamos con la varilla. Nada.

El campo era demasiado grande. Y yo demasiado pequeño.

La luz del día se apagaba. El bus encendía sus faros. La gente subía. El campo se hacía sombra.

Yo, sentado frente al bus, sentía que cada minuto era un error. Un error mío. Un error que dolía. Porque la libertad es hermosa, sí… pero también puede perderte. Y yo no quería estar perdido. Yo quería volver.

Me senté. Luego me levanté. Caminé unos pasos. Volví a sentarme. La angustia me apretaba el pecho como una correa invisible.

Entonces, de pronto, lo sentí. Un olor leve, casi escondido entre otros. Pero era el suyo. El de José. El de María Fernanda.

Me puse de patas. Miré hacia la oscuridad. Y allí, entre la gente que bajaba por el sendero, los vi.

José venía corriendo, con la correa en la mano, el rostro tenso. María Fernanda detrás, con la manta apretada contra el pecho, los ojos brillando.

—¡Jack! —gritó ella, con una voz que no había usado nunca conmigo.

Yo corrí. Corrí como si el campo entero desapareciera. Corrí como si mis patas supieran que ese era el único camino correcto.

José se arrodilló antes de que yo llegara. Me lancé a sus brazos. Sentí su olor, su calor, su temblor. —Mi perro… —dijo él, con la voz quebrada.

María Fernanda me abrazó también, rodeando mi cuello, hundiendo su cara en mi lomo. —No vuelvas a hacer eso, mi amor… —susurró.

Yo movía la cola con fuerza, casi sin control. Ladré suave, como disculpa. Como promesa.

José me revisó las patas, el lomo, el cuello. No le dio importancia al collar, que había quedado en la casa de tierra. Me tocaba como si necesitara asegurarse de que yo era real, de que estaba entero. —Estás bien… —dijo, respirando hondo—. Estás bien, Jack.

María Fernanda me acarició detrás de la oreja, en ese punto donde siento que todo está bien.

Yo los miré a los dos. No sabía hablar. No sabía explicar. Pero sabía que había vuelto.

El bus encendió sus luces interiores. La gente subía. José tomó mi correa. María Fernanda me guió hacia la puerta.

Subimos los tres. Yo entre ellos, pegado a sus piernas, como si temiera que el viento me robara otra vez.

Me acomodé en el pasillo del bus. José me puso la mano sobre la cabeza. María Fernanda viajó abrazada por su amor.

Soy Jack, el dueño de este lugar. Soy la mascota de María Fernanda.

Tiene un abrigo azul colgado en la entrada del departamento. Parece que ese es su lugar. Está ahí desde hace tiempo, no sé por qué. Su olor me transporta al tiempo cuando yo vivía en otra casa más amplia, parecida a la casa de tierra en Achocalla, donde viven mis dos amigos más recientes.

Me acerco al abrigo. Lo huelo. Ese olor es ella. El abrigo azul no es solo ropa. Es un puente entre mi vida de ahora y la de antes.

Yo vivía en una casa grande, con patio, con tierra, con gallinas que se movían pasivamente por todos los rincones. Allí también había voces de niños que me acariciaban. Yo era cachorro. Mi mundo era pequeño, pero lleno de sonidos.

Mi madre, Pituca, estaba siempre cerca. Su olor era mi casa. Su cuerpo tibio era mi manta. Ella había parido cuatro: tres hembras y yo, el único macho.

Pero un día, cuando ya podía ver, cuando mis ojos empezaron a reconocer sombras y colores, me di cuenta de que mis hermanas ya no estaban. No sé qué pasó con ellas. Solo sé que Pituca lloraba sin hacer ruido. Ese llanto que solo los perros entienden: un llanto sin lágrimas, un llanto de cuerpo, un llanto de ausencia.

El dueño de la casa era un hombre que gritaba por todo: por los niños que jugaban, por la comida fría, por las gallinas que se metían donde no debían, por Pituca cuando ladraba o aullaba su tristeza.

Vicente, el hijo mayor de aquel hombre, me había atado al cuello una hebra de lana roja. Yo comprendí que era el elegido por él. Esa señal me acompañó hasta cuando María Fernanda simpatizó con el chico que me ofrecía en la calle, en venta.

Vicente me llevó a la calle una tarde tibia. Yo tenía la hebra de lana roja al cuello, esa señal que él mismo me había puesto, como diciendo “este es mío”. No entendía mucho, pero sabía que ese día era distinto: Pituca no estaba, los niños no corrían, el patio no olía a gallinas ni a tierra húmeda.

Vicente me sostuvo firme, aunque sin cariño. Me acomodó frente a él, como se acomoda un objeto que se quiere mostrar. La gente pasaba sin mirarnos. Yo solo veía piernas, zapatos, sombras.

Entonces apareció María Fernanda.

No sé si venía caminando rápido o lento. Solo sé que su olor llegó antes que ella: un olor limpio, suave, como el abrigo azul que ahora cuelga en la entrada del departamento. Un olor que no conocía, pero que me hizo levantar las orejas.

Ella se detuvo frente a Vicente. Lo miró. Luego me miró a mí. Y en ese instante, supe que algo iba a cambiar.

Vicente habló primero, con esa voz de adolescente que quiere parecer segura: —Señorita, ¿le interesa? Es macho, de buena raza. Está barato.

María Fernanda no respondió de inmediato. Se agachó. Me tocó la cabeza. Su mano era tibia. No temblaba. No dudaba. Yo la olí. Ella me dejó hacerlo. No se apartó.

Vicente aprovechó ese gesto: —Si quiere, se lo dejo más barato. Es buen perro. Tranquilo.

María Fernanda sonrió apenas. —¿Cómo se llama? —preguntó.

Vicente se encogió de hombros. —No tiene nombre. Si quiere, póngale uno.

Ella me miró otra vez. Y yo, sin saber por qué, moví la cola. No mucho. Solo un poco. Lo suficiente para que ella entendiera que yo la aceptaba.

Sacó unas monedas. Se las dio a Vicente. Él me entregó, como si fuera un objeto sin valor. Ella me tomó en brazos. Yo apoyé mi cabeza en su hombro. Sentí su perfume. Sentí su calma. Sentí que ese abrazo era un lugar.

Vicente se alejó sin despedirse. La casa grande quedó atrás. Pituca quedó atrás. Mis hermanas perdidas quedaron atrás.

María Fernanda me sostuvo con firmeza. Me llevó con ella. Y yo, sin entender del todo, supe que ese día había empezado mi segunda vida.

Pero esa casa ya no existe para mí. A veces, cuando María Fernanda sale, yo me quedo mirando el abrigo. Y cuando vuelve, cuando abre la puerta y dice mi nombre, yo corro hacia ella. Porque aunque yo sea Jack, el dueño de este lugar… ella es el dueño de mi corazón.

Un día yo ya estaba inquieto. Intentaba mirar por la ventana. Me tiré frente a la puerta, esperando que la mamá de María Fernanda llegara para dar mi paseo del mediodía por la avenida Busch.

Vaya sorpresa: apareció mi amo, sonriente y con cara de apurado. Me amarró en el cuello una corbata amarilla, que él acostumbraba usar; mi collar azul lo perdí en Achocalla. Yo, contento, con mis ladridos le dije que me gustaba salir así, con un color llamativo.

Dimos una vuelta por la plaza San Martín, y no por la avenida que acostumbraba otras veces. En mi corto paseo observé a otros perros, casi cachorros, también con colores llamativos: adornos que sobresalían del cuello, y otras perritas con cintas rosadas y blancas que a mí no me agradaban. Luego, otra vez al departamento. José desapareció, seguramente hacia su trabajo.

Cuando al anochecer María Fernanda abrió la puerta, salté y casi la tumbé de espaldas. —¡Qué te pasa, Jack! —exclamó, sorprendida por mi actitud.

Sin perder tiempo salimos a la calle para hacer mi recorrido por la plaza. Mi ama estaba distraída. Yo, en cambio, me puse en guardia: casi tieso, firme, con la mirada fija en un perro que se acercaba. Era más grande que yo. Le jalaba a su amo para asomarse al lugar donde yo estaba.

Ladré, con leves movimientos de inquietud. Su olor me confirmó que era una perra. Capté su lenguaje corporal: su sonido gutural me llamaba, su postura era curiosa, su cola baja pero moviéndose apenas, sus ojos atentos.

Observé que su primer acercamiento físico fue frenado por un tirón brusco de su amo, que a gritos la alejó de mi camino. Ella volteaba la cabeza a cada instante. Su mirada se quedó en mis ojos....

Del libro: Soy la perra de mi vida

Jaime Padilla

Un lector apasionado de historias no contadas

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