El sargento Toribio

Cuando la amistad se disfrazó de delito

Explora la fascinante narrativa de Toribio Canqui, un personaje que encarna la determinación y el esfuerzo. Descubre su origen humilde y su impacto en el misterio de La Pacesita.

Un campesino con raíces profundas

Toribio Canqui, campesino de raíces profundas, tiene una historia similar a la de muchos bolivianos que, con esfuerzo y determinación, buscan abrirse camino. Es originario del valle de Chuchulaya, en la provincia de Larecaja, departamento de La Paz. Su historia es un reflejo de la perseverancia y la lucha por un futuro mejor, resonando con la experiencia de quienes forjan su destino con trabajo arduo.

El misterio de La Pacesita resuelto

El misterio de La Pacesita se había resuelto. Pero en los pasillos de la policía, los murmullos no cesaban: ¿quién más estaba implicado? ¿Qué secretos aún no habían salido a la luz? Esta resolución, aunque trajo calma al caso principal, dejó entrever una red más compleja de implicaciones y enigmas por desvelar, añadiendo profundidad a la trama.

El éxito periodístico de un relato

La Jornada, dejando de lado el protagonismo de su reportero Juan de Dios Postigo, rompió su propio récord de ventas. Sus páginas, llenas de detalles casi novelescos, contaban todos los entretelones del saqueo a La Pacesita. Los titulares eran tan originales como sugerentes, imposibles de ignorar. Este evento no solo resaltó la habilidad narrativa, sino también el impacto que una buena historia puede tener en el público.

El sargento Toribio

Cuando la amistad se disfrazó de delito

 

La ciudad de La Paz despertó el martes 24 de junio envuelta en un aire solemne. En el patio de honor del Comando Departamental de la Policía, todo estaba dispuesto para conmemorar el centésimo cuadragésimo noveno aniversario de la fundación de la institución. Las banderas ondeaban al ritmo del viento andino, mientras los uniformes relucían bajo el sol del invierno.

El programa prometía ser intenso. Las principales autoridades del gobierno, junto con invitados especiales, comenzaban a ocupar sus lugares. El ambiente estaba cargado de respeto, orgullo y expectativa.

Entre los presentes, casi desapercibido, se encontraba Toribio Canqui: un policía de base, un carabinero de rostro curtido por el tiempo y el deber. En cualquier momento, su nombre sería pronunciado junto al de otros dos compañeros. Serían llamados al frente para recibir, de manos del ministro del Interior, Migración y Justicia la condecoración “Constancia Policial”, símbolo de reconocimiento a su entrega y perseverancia en el servicio.

Es un reconocimiento sencillo, pero profundo, a tres efectivos de la Policía Boliviana: un homenaje a quienes, sin buscar protagonismo, cumplen con su deber día tras día, con firmeza y lealtad, subrayaron los diarios al día siguiente. En sus páginas detallaron que el sargento Toribio Canqui había cooperado decisivamente en el esclarecimiento del millonario robo perpetrado en febrero contra el propietario de la fábrica de embutidos La Pacesita, hecho que había conmocionado a la opinión pública.

El robo millonario que se desvaneció en el ruido urbano

El vespertino La Jornada, en su edición del jueves 28 de febrero de 1975, sorprendió a sus lectores con un titular que parecía sacado de las páginas de una novela de misterio: Un millonario robo en pleno carnaval pone en jaque a la policía.

El carnaval terminó, pero el enigma apenas comienza, subrayó el medio, con el propósito de mantener a sus lectores atentos al desarrollo de los acontecimientos. La noticia rompió con la rutina de la ciudad, resonando como un golpe maestro y dejando a las autoridades inmersas en una carrera contrarreloj para desentrañar el misterio.

En la misma se mencionaba el escueto comunicado emitido por la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), en el que se informaba que Serapio Ventemillas, propietario de la fábrica de embutidos La Pacesita, había sido víctima de un millonario robo en su domicilio durante los días de carnaval.

La denuncia fue presentada por el afectado el martes por la tarde, tras percatarse de que unos delincuentes habían irrumpido en su vivienda y sustraído tres kilos de oro, sesenta mil pesos bolivianos y once mil dólares estadounidenses. El informe oficial no detallaba cómo se perpetró el saqueo ni si hubo testigos del hecho.

Como reportero policial de La Jornada, mi rutina consistía en tomar notas, hacer llamadas y preparar el terreno para desenterrar una historia que, intuía, tenía más capas que el carnaval mismo. Anotaba cada detalle, marcaba contactos clave y me disponía a sumergirme en un caso que prometía ser tan intrincado como la celebración que lo precedía. Comentaba con mis colegas lo extraño que resultaba la historia de aquel robo.

Mi jefe de redacción no se anduvo con rodeos: quería algo grande.

—Primera plana, Postigo. Juan Postigo —me dijo con énfasis. Y con esa frase comenzó mi travesía por los intrincados pasadizos del misterio paceño.

La División de Robos y Hurtos, unidad especializada de la policía, parecía más extraviada que yo. Había delegado el caso a dos detectives: Josefina Luisa Miranda y Pedro Zegarra, quienes, a su vez, eligieron como asistente al carabinero Toribio Canqui, encargado de las tareas menores: llevar papeles, hacer recados y mandados.

La investigación avanzaba con la lentitud de una tortuga —que, al menos, conserva la elegancia de saber a dónde va—, muy distinta de la parsimonia humana, que a veces se mueve como si temiera descubrir su propio extravío.

Semanas después, la ciudad latía al ritmo de la conmemoración del Día del Mar Boliviano, una fecha impregnada de memoria histórica y de profundo sentimiento patriótico. En su tradicional discurso del 23 de marzo, el presidente, coronel Hugo Banzer Suárez, exaltó la reafirmación de la soberanía sobre el litoral perdido en la guerra contra Chile en 1879. Mientras las banderas ondeaban al viento y los himnos resonaban en plazas y avenidas, una melodía distinta se colaba por las ondas radiales: el robo a La Pacesita —como algunos llamaban a la vivienda de Ventemillas— acaparaba los titulares en emisoras ansiosas por alimentar el morbo y mantener a su audiencia pegada al dial.

Como si el caos no hubiese tenido suficiente protagonismo, ese mismo día la televisión interrumpió su programación habitual para anunciar el secuestro de un industrial extranjero, perpetrado por una banda de delincuentes. Las conjeturas estallaron como fuegos artificiales en la noche, y no tardaron en surgir voces que vinculaban el secuestro con el misterioso robo en la casa de Ventemillas.

La historia se desplegaba como un rompecabezas sin bordes, donde cada pieza parecía encajar por capricho. Aquel Día del Mar, detrás de los desfiles y discursos, La Paz escondía una trama digna de novela negra. Y yo, libretita en mano, me encontraba en medio de ella.

El robo seguía manteniendo en vilo a las autoridades, mientras que el secuestro, envuelto en el más absoluto secreto, se manejaba con sigilo desde los pasillos del Ministerio del Interior. Decidí acercarme a la División de Robos y Hurtos para realizar mis averiguaciones. Allí me recibieron los detectives Pedro Zegarra y Josefina Luisa Miranda, encargados del caso. Con ambos conversé largo rato.

La charla con los dos agentes fue amena, incluso por momentos graciosa, pero poco esclarecedora. No logré reunir antecedentes que indicaran que la investigación estuviera encaminada con firmeza. Por el contrario, las suposiciones que me compartió la teniente Miranda —quien se hace llamar Pepalucha como nombre de guerra— eran tan vagas como distractivas.

Josefina Luisa Miranda, una mujer de unos cuarenta años, de porte robusto y actitud desafiante, parecía compensar con su lenguaje florido y tono altisonante cualquier falta de precisión en sus declaraciones. Su repertorio de palabras soeces era tan amplio como su convicción de estar cerca de resolver el caso.

Mi amigo, ¿cómo dijo que se llama? Ah, Juan Postigo, sí. Como periodista, usted debe informar que estamos reuniendo antecedentes muy valiosos para dar con los autores del robo. Tenemos a cuatro pendejos identificados, pero aún no podemos revelar sus nombres —me dijo con firmeza.

Seguidamente, indicó que el capitán Zegarra, su colega, se encuentra en comunicación permanente con los peritos y expertos en criminalística de la institución policial.

—De hecho, Postigo, a partir de ahora comuníquese directamente con el sargento Canqui —finalizó, como si me estuviera revelando la pieza clave para continuar con la investigación.

—¿Dónde puedo encontrar al sargento Canqui para hablar con él? —pregunté, con cierto desaliento.

—Ah, él viene pronto. Lo mandé a comprar cigarrillos —respondió con cierto desdén.

Justo en ese momento, el uniformado apareció sudoroso. No traía cigarrillos, sino una envoltura grasienta de comida en la mano. Su llegada no aportó nada; apenas confirmó que, cuando el desorden busca un portavoz, siempre encuentra al candidato perfecto.

Decidí retirarme apresuradamente de los pasillos de la comisaría, colmados de personas desorientadas y un murmullo incesante que impregnaba el ambiente. Aquello se asemejaba más a un caótico mercado de remates que a una institución destinada a brindar protección y justicia al ciudadano.

Todos mis intentos por conocer el estado actual de la investigación del Caso La Pacesita han sido en vano. He recorrido oficinas, hecho llamadas, pero nada. Mientras tanto, el vespertino Jornada no se detiene. Sigue el ritmo frenético de la ciudad, publicando una avalancha de notas políticas, deportivas y, como siempre, yo con mis notas de tinte sarcástico que lo caracteriza al abordar la crónica roja.

Sus titulares son tan llamativos como irreverentes. Uno de ellos rezaba: Joyero hizo brillar los ojos a una cholita, en referencia a un artículo que relataba la violación de una empleada doméstica por parte de su empleador. Otro, igual de estrafalario, decía: Taxista tuerto se pasó la luz roja y chocó con carro basurero. Así es Jornada: mordaz, provocador, pero jamás indiferente.

Sin embargo, lo que me inquieta es que han pasado ya 45 días desde el robo millonario en La Pacesita, y hasta ahora no se ha reportado ningún avance en la investigación. Ni una pista, ni un sospechoso, ni una declaración oficial. Es como si el caso se hubiera evaporado en el aire.

Cien pesitos por la justicia, y una salteña por la verdad

Una tarde, el sargento Canqui se acercó a mi escritorio con un boletín policial en la mano. El documento informaba sobre la captura de un avezado forajido conocido como El Tirilo, acusado de haber robado un tractor perteneciente a la Empresa Constructora Bartos. El delincuente intentaba cruzar la tranca de Desaguadero —población fronteriza con el Perú— a bordo del vehículo sustraído. Según el informe, sería presentado ante la prensa en las próximas horas.

No dejé pasar la ocasión de conversar con Canqui sobre el enigmático caso La Pacesita. —¡Ese caso nunca se va a resolver! —dijo, con la clara intención de cerrar el tema.

Insistí y le propuse que, cuando sus ocupaciones se lo permitieran, pudiéramos hablar con calma. —Yo vivo en la parada del colectivo dos, en Tembladerani. Podemos encontrarnos allí y hablamos —respondió, fijando nuestro encuentro para el domingo a las diez de la mañana.

Toribio Canqui, campesino de raíces profundas, tiene una historia similar a la de muchos bolivianos que, con esfuerzo y determinación, buscan abrirse camino. Es originario del valle de Chuchulaya, en la provincia de Larecaja, departamento de La Paz. Según relata, obtuvo el título de bachiller en el colegio nocturno George Rouma, en la ciudad de La Paz.

Tras cumplir con el servicio militar, se incorporó a la Dirección General de Tránsito, desempeñándose como agente de tráfico en la zona de la Garita de Lima. Con el tiempo, solicitó su traslado al Comando Departamental de la Policía, donde comenzó como efectivo de base. Hoy en día, desempeña el rol de asistente auxiliar en la división de Robos y Hurtos.

Está casado y tiene dos hijas, quienes son su mayor orgullo. Quienes lo conocen coinciden en que es un hombre de pocas palabras, pero de ideas claras y propuestas sinceras. Cuando se sienta a compartir su visión, lo hace con una inteligencia serena que invita a escuchar y reflexionar.

El sargento Canqui estaba bien plantado en una esquina, enfundado en su uniforme de carabinero. Me saludó con cortesía. —Discúlpeme una media horita y charlamos después —me dijo, señalando la puerta de una salteñería, donde me pidió que lo esperara.

Miré mi reloj: 10:35. Me quedé a pocos metros, observándolo. Con su uniforme impecable, Canqui levantó el brazo para detener a un motociclista. Le solicitó los documentos de propiedad. El conductor, nervioso, intentaba explicarle que solo daba una vueltita y que no llevaba los papeles consigo.

—¡No se discute con la autoridad! Usted no tiene documentos de la moto. Vamos al Comando; esto puede ser robado —intimidó al joven motociclista.

El hombre abordado intentó persuadirlo, gimoteando que debía regresar a su casa, que su madre estaba enferma.

—Por esta vez, ¡son cien pesitos, joven! —dijo Canqui, disculpando al infractor.

Yo sonreía en silencio, ante la sutil maniobra del carabinero Canqui.

No pasaron más de quince minutos cuando se reunió conmigo. Sonreía con esa mezcla de picardía y resignación que tienen los hombres que se las ingenian para sobrevivir. Me confesó que, a veces, se las rebusca para hacer unos pesitos. Los domingos, siempre cae alguno, dijo.

—Qué bueno, sargento Canqui. Le agradezco esta oportunidad —le dije con cierto énfasis, procurando halagar su presencia y su predisposición para hablar sobre el robo en la fábrica La Pacesita, ocurrido en febrero, durante los carnavales.

Asumió el rol de anfitrión: me ofreció un par de salteñas humeantes, escoltadas por su inseparable bicervecina, como si la amistad se cultivara atendiendo bien al paladar.

—Amigo periodista, usted quiere ser mi amigo, ¿no? —me dijo con una sonrisa medio chueca—. Mire que yo no soy sargento. Me dicen “sargento” de cariño, por costumbre, y así se quedó.

Al igual que la señora Pepalucha, a quien nadie le quita el rango de subteniente pese a no haber pisado jamás una escuela de policía, el capitán Pedro Zegarra también se adjudicó su grado sin pedir permiso ni seguir procedimiento alguno. Todos son civiles, eso sí: ninguno posee diploma en Investigación Criminal. Sin embargo, el director los denomina detectives, y con ello quedan oficialmente bautizados. Así de fácil. Así de arbitrario.

Antes se decía que ambos eran agentes de la policía política. Pero ya se sabe: en esta institución, cada quien tiene su padrino. Porque trabajar en la policía, amigo mío, es como encontrar una veta de oro. ¡Uy, eso sí que es!

—Toribio, ahora dime: ¿cómo van las investigaciones?

—¡No, no hay ninguna investigación! —saltó Canqui, con ese tono que mezcla rabia y seguridad—. Mire, Postigo, los detectives Miranda y Zegarra no mueven un dedo en este asunto. ¡Es una mierda todo eso!

—Escuche Postigo, le voy a contar algo más —golpea la mesa muy exasperado—.

—Dos días después de la denuncia, Pepalucha, Zegarra y yo nos dirigimos al lugar del robo. La casa todavía olía a trago y comida. El dueño, después de tres días de fiesta ininterrumpida, ni siquiera había notado que la caja fuerte estaba abierta. Se decía que se habían llevado un atadito de oro, un paquete de pesos bolivianos y unos cuantos miles de dólares guardados en una cartera de mujer.

A mí, ¿qué quiere que le diga?, me huele a que el ladrón no vino de lejos. Ese está entre ellos, fijo.

Mientras Canqui largaba los detalles con una vehemencia casi teatral, yo me apuraba a tomar nota, tratando de no perder ni una sola palabra.

—Así son los ricachones —dijo con una risa seca—. El viernes 23 de febrero arrancaron la joda y no pararon hasta el lunes. Ni un día dejaron la casa sola. Hay que ser bien gil para no darse cuenta de que el choro está entre ellos. —Pero la Pepalucha, mire usted, se fue a hacer una batida por el Barrio Chino, como si los cacos fueran allí a vender pepitas de oro al raleo. ¡Ni cagando!

Yo escuchaba absorto el relato de Toribio Canqui. Sus sospechas, aunque envueltas en anécdotas y gestos, se asomaban a muchas probabilidades que podrían conducir al esclarecimiento del caso. Pero los detectives Pepalucha Miranda y Pedro Zegarra no escuchaban. No consultaban. No anotaban. Parecía que estaban allí por pura curiosidad.

Verdades a medias, sospechas completas

Me tomó un par de días ordenar los apuntes. Eran valiosos, reveladores. Con un análisis detenido, no sería difícil identificar al autor —o autores— del tan publicitado robo. Sin embargo, pedí reunirme con la subteniente Miranda para indagar más a fondo sobre el caso.

—¡Postigo, escuche! — me dijo con tono firme—, usted tiene que publicar en su periódico que en unos días vamos a presentar a los cuatro asaltantes. A tres ya los tenemos entre rejas; uno está prófugo, y con seguridad es quien tiene el botín.

Agradecí el adelanto, aunque en mi interior sospechaba que todo era mera especulación.

Localicé a Canqui en un cuartito oscuro, imprimiendo un montón de fotocopias por encargo del capitán Zegarra. Eché una ojeada: eran textos de un libro universitario sobre Derecho Comercial.

Con evidente nerviosismo, Canqui explicó que eran para la hija de Zegarra y que debía mantenerse en secreto aquella pirateada.

Salí con premura, impulsado por el repentino deseo de visitar al señor Serapio Ventemillas, quien había sido víctima del robo. Me recibió con una amabilidad desbordante, casi excesiva, y no tardó en ofrecerme una copa de whisky.

—Tengo una gran simpatía por la prensa —me dijo, sonriendo mientras me estrechaba la mano con entusiasmo. Mi encuentro con él fue, en cierto modo, irónico. Me habló con orgullo de su vida, de cómo desde muy joven se había sacrificado para salir adelante.

—Comencé con cien pesitos —me contó, mientras enumeraba, casi sin pausa, todo lo que había logrado: la fábrica de embutidos La Pacesita, dos barracas de materiales de construcción y una joyería en plena plaza Murillo. Lo decía con una mezcla de orgullo y satisfacción, como quien sabe que ha peleado cada centavo.

Con el paso de los días, el sargento Toribio Canqui se convirtió en mi principal fuente de información. Ya no quedaban formalidades. Nuestro interés por averiguar qué había ocurrido en La Pacesita iba tomando forma, creciendo y madurando junto con la investigación, sin compartir un solo dato con los detectives Miranda y Zegarra. Estos dos —como solía decir Canqui con sorna— robaban peso sobre peso a los pobres litigantes, denunciantes y víctimas que, por desgracia, llegaban a las puertas de la comisaría. Y peor si caían en sus garras. Las excusas para iniciar una investigación siempre venían con factura: había que vaciar los bolsillos. ¿Y por qué no?, si de eso vivían.

Al cumplirse dos meses del robo, volví a visitar a Ventemillas, decidido a entender, de una vez por todas, cómo había ocurrido realmente aquel episodio. Me recibió con la misma cordialidad de siempre, pero pronto la conversación tomó el mismo rumbo de la vez anterior: anécdotas infladas, frases grandilocuentes y teorías que se desvanecían en el aire. Me despedí con una sensación de desánimo. Había ido en busca de respuestas, pero salí con más preguntas.

Me enteré, además, de que él mismo entregó personalmente la suma de dos mil pesos a los detectives Miranda y Zegarra, con la esperanza de dar con los tres supuestos involucrados que actualmente guardaban detención en las celdas de la policía. Según le indicaron, había una alerta nacional por un cuarto sospechoso, presuntamente fugado a Santa Cruz. Todo parecía pura especulación. Compartí estos detalles con Canqui. No solo conocía el soborno, sino que admitió haber recibido cien pesos.

—Postigo, hermanito —me dijo en tono confidencial—, la Pepalucha y Zegarra son tan astutos... Si están investigando, lo hacen para ellos solitos. Los millones nunca van a aparecer. Y si aparecen, jamás van a devolverle al dueño el cien por ciento. Van a echarle la culpa a los ladrones... si descubren, hermanito, ¡si descubren!

Reconozco a Toribio Canqui como un hombre de palabra, alguien que asume sus compromisos con seriedad y firmeza. Ambos estamos convencidos de que debemos continuar con nuestras averiguaciones para descubrir a los verdaderos ladrones y desenmascarar a Miranda y Zegarra, junto con todos sus engaños.

Para comenzar, nos propusimos con urgencia una primera tarea: visitar y conversar con Julia, esposa de Serapio Ventemillas. Asimismo, decidimos entrevistar a su hijo, quien atiende dos negocios en Villa Fátima. El objetivo principal es identificar las diferencias con el primer informe elaborado por Miranda y Zegarra, actualmente en poder de Canqui, por ser el encargado del archivo correspondiente.



El informe policial

Caso: Sustracción de bienes en domicilio particular

Fecha del suceso: Miércoles 26 de febrero de 1975

Lugar: Residencia de la familia Ventemillas

Denunciante: Sr. Serapio Ventemillas

Antecedentes
Según el testimonio del señor Serapio Ventemillas, propietario de la fábrica de embutidos La Pacesita y del inmueble donde se perpetró el robo, la caja fuerte involucrada en el hecho es de la marca Thor, de fabricación norteamericana. Sus dimensiones son 60 cm de ancho, 80 cm de alto y 40 cm de profundidad. Se encuentra empotrada en una pared de la habitación ocupada por la nieta menor de don Óscar Ventemillas.

Descripción del hecho
El día miércoles 26 de febrero de 1975, aproximadamente a las 11:00 horas, el señor Ventemillas se dirigió a la caja fuerte con la intención de retirar su reloj de oro, el cual había guardado días antes. Al llegar, constató que la caja estaba abierta, sin signos de haber sido forzada. Al revisar su contenido, descubrió la sustracción de los siguientes bienes:

Tres kilogramos de pepitas de oro
60.000 pesos bolivianos
11.000 dólares estadounidenses

Cabe destacar que otros objetos de valor, como dos relojes de varón de oro y un collar de dama con diamantes, permanecían en su lugar y no fueron robados.

Personas presentes en el inmueble
El denunciante informó que, desde el viernes 23 de febrero, se había reunido en el domicilio un grupo de familiares y amigos con motivo de las celebraciones de carnaval. Las personas presentes durante ese periodo fueron:
Julia Soto de Ventemillas (esposa del denunciante)
Óscar Ventemillas Soto (hijo)
Patricia Méndez de Ventemillas (esposa de Óscar)
Teresita Ventemillas Méndez (hija de Óscar y Patricia)
Tirzo Parra (compadre)
Magdalena de Parra (comadre)
Jhonny Portocarrero (amigo de Óscar)
Micaela Sáenz (novia de Jhonny)
Remberto Soto Montes (hermano de la esposa del denunciante)
Delia y Juana Chura (empleadas domésticas)
Serapio Ventemillas (propietario y denunciante)

Observaciones; El informe inicial elaborado por los deteectives Miranda y Zegarra se encuentra en poder del señor Toribio Canqui, encargado del archivo correspondiente.

La Paz, 27 de febrero de 1975

Días después, Toribio llegó hasta mi domicilio para compartir sus averiguaciones. Me dijo que ambos debíamos mantener distancia y discreción. Eso sonaba razonable. Según su relato, tras su encuentro con doña Julia Soto —esposa de don Serapio Ventemilla—, el robo no había sido millonario.

—Escúchame, Postigo. Esa mujer es buena. No, no malinterpretes, pues.

Suelto una risa, al tiempo que, frente a él, dibujo en el aire una silueta de mujer.

La doña es muy devota de San Francisco de Asís, y yo confío en lo que dice. Es verdad: hasta me dio unos cinco kilos de salchichas. Aquí traigo también para ti.

Durante la fiesta de tres días hubo comida, bebida y música en abundancia. Dicen que, para curar el chaqui (resaca) del domingo, mandaron a las empleadas a comprar lechón. Para eso, don Serapio abrió la caja fuerte para sacar unos billetitos... y puede que no la haya vuelto a cerrar. Algún pendejo metió mano.

—Pregunté también por el oro, los pesos y los dólares. Ella dice que su marido pudo haber olvidado que, días antes, entregó diez mil dólares a su hijo Óscar para pagarle a una empresa chilena por la importación de fierros para la construcción —concluye su relato Canqui.

—¡Che, Postigo! ¡Te estoy hablando!

—Estaba absorto en este contubernio. Según el informe, Ventemillas no menciona esa situación. Claro, la borrachera a veces bloquea la mente y la visión. Canqui, escúchame bien: ¿de quién sospecha doña Julia?

—¡Naranjas, hermano! La mujer tiene miedo de contradecir a su marido. Es más, ni Pepalucha ni Zegarra hablaron con ella. Aquí surge un elemento muy importante a nuestro favor. ¿O qué dices?

—¿Y vos hablaste con el otro Ventemillas? —preguntó Canqui, ansioso por saber el adelanto de mis investigaciones.

Según mis indagaciones, Óscar afirmó no saber mucho del robo, pero sospecha que había un ladrón en la fiesta. Añadió que, al enterarse del robo, su padre confrontó a las empleadas: Mi padre dijo que solo ellas podrían haber robado, por necesidad —relató Óscar, con voz vacilante.

Las chicas, de rodillas, juraron que jamás se acercaron a la caja fuerte y que no son ladronas.

Yo solía bromear con Toribio Canqui: él, como policía, y yo, como periodista, podríamos hacer películas para el cine. Con ese entusiasmo, nos lanzamos a investigar a los posibles sospechosos.

Jhonny Portocarrero, amigo frecuente en la casa de los Ventemillas y trabajador en la cervecería, fue el primero en nuestra lista. Cuando Canqui se presentó ante él para hablar del robo, Jhonny se negó a declarar, aunque prometió contactar a los detectives encargados de la investigación.

Remberto Soto Montes fue más accesible. Aunque, siendo sincero, me pareció un farsante y bastante presumido. Su relato fue detallado, especialmente cuando hablaba de las noches de jarana. Contó que su cuñado Serapio ofrecía cien pesos a quien se atreviera a besarle los pies. Él negó haberlo hecho, pero aseguró que algunos presentes llegaron a cobrar hasta trescientos pesos por beso. Lo dijo con tono jactancioso.

Uno por uno fuimos descartando las probabilidades de que alguno fuera el ladrón.

Días después, Canqui me compartió sus observaciones. Primero me contó que los tres sospechosos detenidos por Miranda y Zegarra, acusados del robo a La Pacesita, habían sido liberados. Al parecer, un abogado intervino y amenazó con iniciar un juicio por detención sin pruebas y por maltrato físico, alegando que sus defendidos no tenían nada que ver con el delito. Canqui también me confió que le habían encargado visitar a don Serapio. Según él, se trataba de otra excusa para pedirle más dinero. —Postigo, esta es nuestra mejor oportunidad. Vamos juntos a hablar con Ventemillas —propuso, extendiéndome un papel con sus anotaciones.

—Hecho.

Lechón, besos y billetes

Don Serapio nos recibió con amabilidad.No ocultó su orgullo: nos mostró su última adquisición, un equipo de sonido importado desde Estados Unidos. Nos ofreció comida y bebida. Nosotros, atentos, dispuestos a seguirle la corriente y abordar los temas que nos interesaban.

Nos contó detalles de la lechonada, del beso a sus pies, del baile del perrito y, entre risas, admitió que fue a la caja de seguridad a sacar dinero para comprar los cincuenta platos de lechón y las bebidas para continuar la fiesta. Dudó un poco, pero aseguró estar convencido de que la volvió a cerrar, activando la clave.

¡Y nadie más que yo puede abrirla! —dijo con firmeza.

El sargento Canqui le lanzó una pregunta directa:

¿Sospecha de alguien? —Las empleadas domésticas. ¿Mi familia? No, mi hijo. La familia es sagrada. Yo lucho por ellos, y no me van a robar. Si hago todo por ellos —dijo, haciendo la señal de la cruz—.

—¿Antes de la fiesta llegó alguna persona extraña a su casa? —le pregunté para continuar con el diálogo.

—No, nadie. Solo mi comadre Magdalena... Ah, pero ella vino a visitarme unos días después del robo. ¡Nada de amigos extraños, nada extraño!

Según el relato de Serapio Ventemillas, Magdalena, en su visita, llevó salteñas para matar las penas. Luego salió con su nieta Teresita a dar una vuelta por la Plaza Churubamba.
—Mis estimados amigos, los ladrones aprovecharon que estábamos de fiesta y borrachos. Entraron, abrieron la caja y se llevaron mi platita. Así de simple. Son profesionales.

Ante ese razonamiento, le planteé otra pregunta:

¿Qué día fue que usted le entregó diez mil dólares a su hijo Óscar para la importación de material de construcción?

¡Ah, caramba! ¿Y ese dinero?

Ese ambiente quedó flotando. Con la misma amabilidad, nos despidió, entregando al final un sobre para Pepalucha Miranda.

Ya afuera, Canqui propuso reunirse en mi casa el sábado por la tarde para estudiar todas las probabilidades del robo.

Estamos cerca Toribio, estamos cerca.

¿Quién se llevó la platita?

Y así fue. Durante toda la noche, entre café y pan, dibujando probabilidades sobre el piso de cemento de mi cuarto, encerramos al gato. Llegamos a la conclusión de que uno, hasta dos de los invitados, son los ladrones.

—Ese tal Remberto con Jhonny puede ser... ¡pero no! Tenemos que descartarlos.

De pronto, sentí que algo se encendió en mi mente.

—Toribio, hermano, te puedo apostar lo que quieras: los ladrones son los compadres, Tirzo y Magdalena.

Mis conclusioines se atropellan en mi mente. La señora anda siempre con un bolsón. ¡En eso han sacado la platita y el oro, hermano!

- Si puede ser, ella entra y sale de la casa de don Serapio. Quien va sospechar de ella, es la madrina de la niña Teresita, nieta de los dueños de casa, Toribio apoya mi argumento.

Nuestro nerviosismo aumentaba.

¿Cómo capturarlos?

Ambos sin respuesta, solo miradas. Había que planearlo milimétricamente.

Toribio Canqui, pese a ser casi un desconocido para mí, se reveló como nunca antes: altivo, digno, y con la valentía de apostarlo todo por lo que viene.

—Hermano, en la televisión he visto al calvo del comisario Kojak tenderle una trampa a un jefe mafioso. Cuando lo tiene acorralado, llama a sus agentes para llevarlo preso. ¡Eso tenemos que hacer! —propuso, decidido, Toribio Canqui. Habíamos repasado nuestro plan al detalle. Fingiríamos ser dos investigadores de oficio, seguros de nosotros mismos. El día elegido: dos de abril. Ya conocíamos las costumbres de los esposos Parra al dedillo.

Nuestro principal sospechoso era el compadre Tirzo Parra, un orureño de unos sesenta años, dueño de una edificación verde de tres pisos frente al Mercado Yungas. Allí funcionan sus dos negocios, y vive junto a su familia y la de sus hijos.

Desconfiado, el hombre nos dejó entrar a su departamento a regañadientes. Toribio, de civil, se presentó como asistente de la División de Robos y Hurtos. Yo me identifiqué como el capitán Gerardo Paz, de la Dirección Nacional de Investigación Criminal.

Toribio le preguntó al propietario dónde estaba ubicado el teléfono y si en la casa había alguna pistola o revólver. Parra, al principio, respondió con evasivas. Se deleitaba contando anécdotas de la fiesta celebrada en casa de su compadre Serapio, como si el recuerdo de aquella velada pudiera distraernos de la gravedad del momento.

Sentado frente a los esposos Parra, los observaba en silencio, atento a cada gesto y cada palabra. Toribio Canqui recorría el inmueble con la precisión de un sabueso curtido, revisando cada rincón, cada sombra.

En un momento, levantó el auricular del teléfono, como si esperara encontrar algo más que silencio. Su mirada se mantuvo fija.

Una leve sonrisa se dibujó en mis labios. Conocía bien esa mirada: Toribio estaba en modo operativo imitando a Telly Savalas, el comisario Kojak.

—Señores —dije con voz firme—, ha llegado el momento de decir la verdad. Todos los antecedentes reunidos hasta ahora los señalan como los principales sospechosos del robo en la casa del señor Ventemillas.

—¡Un momentito, caballero! —exclamó Tirzo Parra, con tono desafiante—. ¿Quiénes se creen ustedes para venir a mi casa y acusarnos del robo en la casa de mi compadre Serapio?

Intentó levantarse, pero lo detuve con la mirada. Magdalena, su esposa, alzó los brazos al cielo y gritó:

—¡Dios es testigo! ¡Nosotros no somos los ladrones!

Toribio, curtido en situaciones de alta presión, intervino con voz firme: pidió calma y solicitó algo para beber.

La mujer desapareció por el pasillo en dirección a la cocina. Al cabo de unos segundos, regresó con una botella de Fanta y cuatro vasos. Toribio se incorporó lentamente. Sus pasos lo llevaron hasta el sillón de la sala, donde se detuvo. Su mirada se clavó en la manta que la mujer había extendido momentos antes, justo cuando se dirigía a la cocina. El gesto fue rápido, casi imperceptible, pero no para Toribio. Algo no cuadraba. Había algo debajo. Lo intuyó.

—¿Y esto? ¿De quién es? —preguntó Canqui con tono inquisitivo, levantando en sus manos una mochila escolar.

Doña Magdalena intervino de inmediato, explicando que el objeto pertenecía a su ahijada Teresita, quien lo había traído por error, y que en su próxima visita lo devolvería.

La dueña de casa no cesaba de hablar, intentando convencer que se trataba de un error involuntario y que dicha pertenencia se encontraba en su domicilio por equivocación.

Miré fijamente a Toribio, como esperando que él decidiera el curso del interrogatorio. Al mismo tiempo, él balanceaba la cabeza, como quien cuenta hasta tres antes de dictar sentencia.

—¡Bueno, ya está claro! ¡Ustedes fueron los que se lo chorearon! —exclamó Toribio Canqui, visiblemente alterado.

—Capitán, adelante. Por favor, continúe —ordenó con firmeza, intentando avivar el suspenso teatral que habíamos planeado para intimidar a los sospechosos.

Sin perder tiempo, Canqui activó la grabadora portátil que suelo usar en mis entrevistas. La atmósfera se volvió espesa, cargada de una tensión muda, como si todos presentían que algo inminente estaba a punto de estallar.

—Sin rodeos, Parra. Ya saben que no estoy aquí para charlas —solté con voz seca—. Usted tuvo en sus manos la oportunidad del año. Por andar detrás de su compadre Serapio, ingresó al cuarto de la niña Teresita. Allí encontró la caja de seguridad abierta. La tentación fue inmediata. Metió la mano y extrajo todo lo que pudo.

Sabía que no podía pasearse por la fiesta con el botín en los bolsillos, así que lo escondió. Días después, su esposa, aprovechando una visita y bajo el pretexto de sacar a pasear a su ahijada, se llevó también la mochila y, con ella, el botín: tres kilos de oro, sesenta mil pesos bolivianos y once mil dólares.

Un golpe limpio. Sin ruido. Sin testigos. Todo encaja demasiado bien... ¿O no fue así?

Magdalena cayó de rodillas y juró, con desesperación, que jamás habían visto ese dinero.

—¡No podíamos robar al compadre! —exclamó entre sollozos.

Observé cómo Canqui se situaba junto al teléfono, levantaba el auricular y, antes de discar, advirtió con firmeza:

—Todo está grabado. Ustedes son los principales sospechosos. Mientras la Policía Técnica Judicial analiza las huellas dactilares, quedan formalmente detenidos.

Todo se volvió pesado. La conversación, por parte de los esposos Parra, se transformó en una escena de drama teatral.

—¡Magdalena, cálmate ya! —gritó Tirzo, agitando los brazos en un intento desesperado por crear un clima de entendimiento con los oficiales.

Sentados alrededor de la mesa, el dueño de casa, con gesto resignado, propuso un acuerdo:

—Sí, señor. ¡Perdón! Es cierto que saqué el oro de la casa del compadre, así como el bulto de pesos bolivianos. Pero juro por mi madrecita que no tomé los dólares.

Depositó sobre la mesa una pequeña bolsa de tela negra que contenía trescientas pepitas de oro —no tres kilos— y varios fajos de billetes que sumaban solo veinte mil pesos —no sesenta mil.

Magdalena continuaba gimoteando, recriminando a su esposo por haberlos arrastrado a una situación que podría terminar en prisión.

El hombre, con voz quebrada, afirmó que hablaba con sinceridad y que, por el amor que sentía por sus hijos, deseaba alcanzar un acuerdo:

—Aquí… aquí nadie sabe del dinero ni del oro. Lo… lo dividimos en tres partes y cada quien en paz, de regreso a su hogar.

En ese momento, Canqui simuló comunicarse con sus superiores. No logró ubicar a Zegarra. Habló con Miranda, expuso la situación y pidió que se presentaran cuanto antes en la casa de los esposos Parra para proceder con el arresto de los presuntos responsables del robo en La Pacesita. Luego llamó a Radio Patrullas 110 para coordinar el traslado de los detenidos.

Canqui, sereno y firme, se inclinó hacia mí y murmuró con voz baja:
—Postigo, tienes que irte ahora. Eres el único testigo. Llévate la grabadora. Que no se enteren ni Pepelucha ni Zegarra. Si esto se complica, habla con Serapio. Con su ayuda, haremos caer a todos.

Los implicados, con las manos atadas y la mirada fija en el suelo, aguardaban en silencio. Los investigadores Miranda y Canqui con una satisfacción apenas disimulada, revisaban el informe final como quien repasa un trámite largamente esperado.

El comunicado oficial no se hizo esperar, aunque recién al mediodía fue liberado a la prensa. Para entonces, La Jornada ya tenía en imprenta su edición vespertina con el titular que haría historia: “Compadre de doble cara cae con el oro en las manos”.

El misterio de La Pacesita se había resuelto. Pero en los pasillos de la policía, los murmullos no cesaban: ¿quién más estaba implicado? ¿Qué secretos aún no habían salido a la luz?
Así, la edición de
La Jornada rompió ese día su propio récord de ventas. La noticia estalló en las calles de La Paz. Los canillitas, a viva voz, anunciaban el esclarecimiento del millonario robo a La Pacesita.
Para el día siguiente,
La Jornada prometía mucho más. Además, subrayaba —como parte de su promoción— que la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) ponderó y reconoció la entrega y disciplina de los tres efectivos policiales, quienes fortalecen y dignifican la labor de la institución en beneficio de la ciudadanía.

El propietario de la fábrica La Pacesita, seguramente sin comprender el giro que había tomado la situación, continuaba esgrimiendo su rol de víctima en una entrevista concedida a un diario colega. Insistía en que el botín consistía en tres kilos de oro, sesenta mil pesos bolivianos y once mil dólares.

En los pasillos policiales, los detectives Miranda y Zegarra se pavoneaban como héroes. Ambos conversaron con el sargento Canqui, quien les compartió detalles de su investigación para evitar que fueran sorprendidos por preguntas indiscretas de curiosos o superiores. Canqui se dio el gusto de advertirles que, si alguno de ellos intentaba evadir su responsabilidad, no sería él quien pagara las consecuencias.
—Así que todo esto lo resolvemos entre los tres, ¿queda claro?

La Jornada había prometido mucho más, pero yo no lograba continuar con mis notas. Había algo en el robo a La Pacesita que no terminaba de encajar. Serapio Ventemillas insistía una y otra vez en el monto millonario del botín, como si al repetirlo pudiera hacerlo más creíble. Toribio entendía que los esposos Parra estaban consumidos por el miedo, y que en toda su confesión no había una sola mentira. Los detenidos seguían bajo custodia policial. Según el informe elaborado por los detectives Miranda y Zegarra, el botín se componía de trescientas pepitas de oro, veinte mil pesos bolivianos y ni un solo dólar.

Policías acusados de robar lo robado

Lo peor de todo este embrollo policial estaba por venir, como el deslizamiento de un cerro que arrastra consigo a quienes se creían héroes. Los detectives Josefina Luisa Miranda, Pedro Zegarra y el sargento Toribio Canqui no lo sabían aún, pero ya estaban en caída libre. Lo que parecía un caso resuelto pronto se convirtió en un escándalo.

Dos abogados —sí, dos— fueron contratados por el dueño de La Pacesita. En vez de aportar claridad, arremetieron contra los agentes policiales, insinuando que una parte del botín había desaparecido en manos de los propios investigadores. Aquella acusación agitó los círculos policiales y los medios, que pronto se llenaron de rumores y conjeturas.

El diario publicó en su edición: Agentes de la policía esclarecen un robo y se quedan con la mitad del botín.

Juan Postigo permanecía al margen; únicamente Toribio Canqui conocía su implicación en la investigación y confiaba en que solo él sería capaz de esclarecer lo ocurrido. Pero el Comité del Régimen Disciplinario de la Policía Boliviana no esperó explicaciones: suspendió de inmediato a Miranda y Zegarra, y recluyó a Canqui en una celda bajo régimen de incomunicación. Se conformó una comisión investigadora. Las especulaciones crecían.

Algunos medios de prensa escrita y radiomisoras repetían la noticia, agregando cada día supuestos acuerdos entre los tres ahora acusados efectivos policiales para adueñarse del botín de La Pacesita. Solo La Jornada se mantenía cauta en sus informes y se remitía más a los comunicados oficiales.

El abogado Rigoberto Grandi declaró a una emisora que, como representante del industrial Serapio Ventemilla, agotaría todas las gestiones necesarias para que los policías involucrados fueran sancionados con hasta diez años de cárcel. Su colega, más agresivo en sus declaraciones, no dudó en denunciar que el informe policial solo reconocía la mitad del monto realmente recuperado.

En medio de la tormenta, logré hablar con el detective Zegarra. Estaba visiblemente asustado por las posibles consecuencias que pudieran surgir.

Me confesó que el Comando Departamental de la Policía le había exigido decir la verdad sobre el botín sustraído, con la promesa de evitar una condena prolongada. Zegarra juró y perjuró no saber nada del botín, y responsabilizó por completo a Toribio Canqui. Así lo comunicó también a las autoridades superiores.

Le recomendé que evitara seguir hablando del caso y que no hiciera mención alguna de Canqui. Le pedí que mantuviera la calma y se limitara a respaldar el informe preliminar que él mismo firmó junto a su colega Miranda, en el cual se señala la implicación de los esposos Parra, acusados del robo y aún bajo custodia, a la espera de su comparecencia ante el tribunal.

No tenemos una declaración jurada. ¡Ese Toribio Canqui lo arruinó todo! —exclamó.

—Cálmate, Zegarra. Con Toribio Canqui ya hemos aclarado este robo; es sencillo. Todo este escándalo estalló porque el viejo Ventemillas insiste en la cantidad denunciada del botín. Esto se va a aclarar, pero tú, calladito. Gana tiempo. Declárate enfermo de algo contagioso si es necesario, evita los interrogatorios. Y te advierto algo: si crees que eres un pendejo vivo y que vas a salir airoso de esta, estás equivocado. Yo sé demasiado de tus movidas. Conmigo pierdes, Zegarra. Aguanta unos días.

Con Pepalucha Miranda no fue posible dar con ella. Lo único que averigüé es que está refugiada en El Alto, en casa de sus parientes.

A Canqui no pude ni siquiera verlo. Me las ingenié para encontrarme con su esposa. Le pedí que le transmitiera un mensaje claro: Toribio no debe hablar más de la cuenta. Yo haré todo lo que esté a mi alcance para esclarecer esta situación.

Han pasado cinco días. Me siento profundamente indignado por el desarrollo de este caso. La indiferencia de las propias autoridades policiales para investigar a fondo el caso de La Pacesita es alarmante. Se alimentan de especulaciones y de lo que difunden algunos medios de prensa.

También me enteré de que Toribio Canqui, señalado como principal sospechoso, será trasladado al penal de San Pedro. La noticia cayó como un golpe seco: contundente, aunque no del todo inesperado. Poco después, las autoridades irrumpieron en su domicilio. Registraron cada rincón, cada cajón, cada sombra. No encontraron rastros de las pepitas de oro, ni de los dólares, ni de los pesos.

Me siento solo, abrumado por mis pensamientos. ¿Cómo enderezar esta situación caótica?

Al final, tomé una decisión: reunirme con Cacho Sotelo, colega de Radio Metropolitana. Le conté todo, sin rodeos. Al escucharme, sus ojos brillaron con esa chispa que solo aparece cuando uno sabe que está frente a algo importante. No dudó en sumarse al plan. Su entusiasmo me devolvió la fe. Por primera vez en días, sentí que no estaba solo.

Esa misma noche, pasadas las nueve, fuimos sin previo aviso a la casa de Serapio Ventemillas. Apenas nos abrió la puerta, le expliqué con firmeza que él era el principal responsable de este enredo que arrastraba a tres agentes de policía. Pero no solo a ellos: toda la institución estaba en entredicho. La ciudadanía exigía respuestas.

—Es ahora, don Serapio —le dije—. Tiene que intervenir, aclarar este asunto y cerrar de una vez este escándalo. Si no lo hace, usted será el principal perjudicado. Sus contradicciones ya han puesto en entredicho y entorpecido la labor policial.

Me escuchaba en silencio, aunque noté que quería interrumpirme, alterado, con ese tono bravucón que suele usar cuando se siente acorralado.

—Cuanto más urgente, mejor. Usted debe hablar con sus abogados, dígales que la situación se ha malinterpretado y que se le fue de las manos. Hay que levantar las sindicaciones contra los tres: Miranda, Zegarra y Canqui, y ofrecer disculpas públicas. Si no lo hace —y aquí mi colega de Radio Metropolitana es testigo—, se lo advierto: yo entregaré a la prensa las grabaciones de las declaraciones de su esposa Julia y de su hijo Óscar.
—Un momento, amigo Postigo. Todo esto es culpa de mi compadre Parra. ¡Ese sinvergüenza se llevó todo y va a pagar por ello! —exclamó.

Entonces le hice escuchar un fragmento. En esas grabaciones quedaba clara la verdadera cantidad sustraída, muy distinta a la que él sostenía, como si los funcionarios se hubieran quedado con parte del botín. Su rostro cambió. Por primera vez, lo vi dudar.

—Escucha bien, Postigo —me había confiado Canqui en su momento—: tengo grabada la declaración de doña Julia. Ella contradice a su esposo. Asegura que Serapio entregó diez mil dólares a su hijo Óscar y que el ahorro en efectivo era solo de veinte mil, no sesenta mil. Del oro, dijo que ni la mitad estaba en la bolsita negra.

Canqui tenía razón. Desde el inicio me había advertido que mi contacto con Ventemillas podía ser decisivo. Y ahora, con cada palabra registrada, el caso empezaba a tomar otro rumbo..

Ventemillas lo tenía claro: no se trataba de tres kilos de oro, como se había dicho, sino de apenas trescientas pepitas que, en total, no superaban los 1.500 gramos. Tampoco eran sesenta mil pesos bolivianos, sino apenas veinte mil, y ni un solo dólar. Con cada dato corregido, la denuncia del dueño de La Pacesita se desmoronaba poco a poco.

Días después, el comandante de la Policía Departamental resolvió el conflicto con una decisión salomónica: un acuerdo que, aunque inesperado, terminó beneficiando a las tres partes. Incluso a los compadres que, abusando de la amistad, habían cometido el robo. Aquella salida, tan razonable en apariencia, dejó sin embargo un regusto amargo: la justicia se había cumplido, sí, pero a un precio que nadie quería admitir en voz alta.

Don Serapio se mostró benevolente con ellos, asegurando que no los llevaría a juicio, ya que, gracias a la intervención policial, recuperó sus pepitas de oro y el dinero. Se disculpó por haber denunciado el robo de los once mil dólares, que en su ofuscación olvidó haber entregado días antes a su hijo.

Finalmente, el jefe policial, en conferencia de prensa, dio a conocer el seguimiento y esclarecimiento del robo en la propiedad del industrial Ventemillas. Informó que las sindicaciones y sospechas presentadas ante el Tribunal Disciplinario de la institución quedaron sin efecto, y que los tres efectivos se reincorporarían a sus labores. Además, una comisión de honor evaluará aspectos relacionados con la conducta, disciplina, eficiencia y compromiso institucional de los tres servidores.

La Jornada, dejando de lado el protagonismo de su reportero, rompió en los días siguientes su propio récord de ventas. La portada y las cuatro páginas siguientes, llenas de detalles casi novelescos, contaban todos los entretelones del saqueo a La Pacesita. Los titulares eran tan originales como sugerentes, imposibles de ignorar.

Radio Metropolitana, por su parte, desde bien temprano se adueñó de la sintonía en casas, restaurantes, mercados, taxis y colectivos. A todo volumen se escuchaba la voz de Cacho Sotelo, relatando con lujo de detalles aquel sonado caso policial.

Satisfecho con el cierre del caso —y con el orgullo de quien ha seguido el rastro correcto—, el sargento Canqui, principal sabueso de la investigación, se dirigió a casa de su mentor: el periodista Postigo.

—¿Qué pasa, Toribio? ¿Por qué tan tarde? Son la una de la madrugada… ya estaba dormido. Pasa, cuéntame.

—Nos lo hemos ganado —dijo Toribio Canqui, alzando una botella—. Vamos a celebrarlo con un trago.

Lo que comenzó como una visita breve se extendió hasta el amanecer. En medio de recuerdos y risas, Canqui y Postigo repasaron cada etapa de la investigación. El Singani Cinta Azul, fue compartido como símbolo de camaradería y celebración por los avances obtenidos en el caso. Las risas, las burlas y algunas críticas dirigidas a Pepelucha y Zegarra llenaban el ambiente cuando Toribio sacó un sobre manila y lo dejó sobre la mesa.

—¿Y esto? —pregunté.

—Aquí está la plata que me mandaron a recoger: mil doscientos pesitos. La vieja Miranda pedía más, dizque para investigar. ¡Qué descaro! La he tenido guardada hasta ahora.

—¡Caray, eso es un sueldo y medio! Toribio, todo es tuyo. Yo te acepto que me invites un almuercito, pero dinerito, ¡no!

Y así cerraron, al amanecer, el caso del compadre ladrón.

Lo que inició como una investigación ordinaria derivó en una tragicomedia policial que consagró a los detectives como héroes, mostró a los delincuentes como arrepentidos y posicionó al vespertino La Jornada como líder en ventas, gracias a titulares que hoy forman parte de la antología de la crónica roja paceña.



Crea tu propia página web con Webador