El sargento Toribio
Cuando la amistad se disfrazó de delito
Explora la fascinante narrativa de Toribio Canqui, un personaje que encarna la determinación y el esfuerzo. Descubre su origen humilde y su impacto en el misterio de La Pacesita.

Un campesino con raíces profundas
Toribio Canqui, campesino de raíces profundas, tiene una historia similar a la de muchos bolivianos que, con esfuerzo y determinación, buscan abrirse camino. Es originario del valle de Chuchulaya, en la provincia de Larecaja, departamento de La Paz. Su historia es un reflejo de la perseverancia y la lucha por un futuro mejor, resonando con la experiencia de quienes forjan su destino con trabajo arduo.

El misterio de La Pacesita resuelto
El misterio de La Pacesita se había resuelto. Pero en los pasillos de la policía, los murmullos no cesaban: ¿quién más estaba implicado? ¿Qué secretos aún no habían salido a la luz? Esta resolución, aunque trajo calma al caso principal, dejó entrever una red más compleja de implicaciones y enigmas por desvelar, añadiendo profundidad a la trama.

El éxito periodístico de un relato
La Jornada, dejando de lado el protagonismo de su reportero Juan de Dios Postigo, rompió su propio récord de ventas. Sus páginas, llenas de detalles casi novelescos, contaban todos los entretelones del saqueo a La Pacesita. Los titulares eran tan originales como sugerentes, imposibles de ignorar. Este evento no solo resaltó la habilidad narrativa, sino también el impacto que una buena historia puede tener en el público.
El sargento Toribio
Cuando la amistad se disfrazó de delito
La ciudad de La Paz despertó el martes 24 de junio envuelta en un aire solemne. En el patio de honor del Comando Departamental de la Policía, todo estaba dispuesto para conmemorar el centésimo cuadragésimo noveno aniversario de la fundación de la institución. Las banderas ondeaban al ritmo del viento andino, mientras los uniformes relucían bajo el sol del invierno.
El programa prometía ser intenso. Las principales autoridades del gobierno, junto con invitados especiales, comenzaban a ocupar sus lugares. El ambiente estaba cargado de respeto, orgullo y expectativa.
Entre los presentes, casi desapercibido, se encontraba Toribio Canqui: un policía de base, un carabinero de rostro curtido por el tiempo y el deber. En cualquier momento, su nombre sería pronunciado junto al de otros dos compañeros. Serían llamados al frente para recibir, de manos del ministro del Interior, Migración y Justicia la condecoración “Constancia Policial”, símbolo de reconocimiento a su entrega y perseverancia en el servicio.
Es un reconocimiento sencillo, pero profundo, a tres efectivos de la Policía Boliviana: un homenaje a quienes, sin buscar protagonismo, cumplen con su deber día tras día, con firmeza y lealtad, subrayaron los diarios al día siguiente. En sus páginas detallaron que el sargento Toribio Canqui había cooperado decisivamente en el esclarecimiento del millonario robo perpetrado en febrero contra el propietario de la fábrica de embutidos La Pacesita, hecho que había conmocionado a la opinión pública.
El robo millonario que se desvaneció en el ruido urbano
El vespertino La Jornada, en su edición del jueves 28 de febrero de 1975, sorprendió a sus lectores con un titular que parecía sacado de las páginas de una novela de misterio: Un millonario robo en pleno carnaval pone en jaque a la policía.
El carnaval terminó, pero el enigma apenas comienza, subrayó el medio, con el propósito de mantener a sus lectores atentos al desarrollo de los acontecimientos. La noticia rompió con la rutina de la ciudad, resonando como un golpe maestro y dejando a las autoridades inmersas en una carrera contrarreloj para desentrañar el misterio.
En la misma se mencionaba el escueto comunicado emitido por la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), en el que se informaba que Serapio Ventemillas, propietario de la fábrica de embutidos La Pacesita, había sido víctima de un millonario robo en su domicilio durante los días de carnaval.
La denuncia fue presentada por el afectado el martes por la tarde, tras percatarse de que unos delincuentes habían irrumpido en su vivienda y sustraído tres kilos de oro, sesenta mil pesos bolivianos y once mil dólares estadounidenses. El informe oficial no detallaba cómo se perpetró el saqueo ni si hubo testigos del hecho.
Como reportero policial de La Jornada, mi rutina consistía en tomar notas, hacer llamadas y preparar el terreno para desenterrar una historia que, intuía, tenía más capas que el carnaval mismo. Anotaba cada detalle, marcaba contactos clave y me disponía a sumergirme en un caso que prometía ser tan intrincado como la celebración que lo precedía. Comentaba con mis colegas lo extraño que resultaba la historia de aquel robo.
Mi jefe de redacción no se anduvo con rodeos: quería algo grande.
—Primera plana, Postigo. Juan Postigo —me dijo con énfasis. Y con esa frase comenzó mi travesía por los intrincados pasadizos del misterio paceño.
La División de Robos y Hurtos, unidad especializada de la policía, parecía más extraviada que yo. Había delegado el caso a dos detectives: Josefina Luisa Miranda y Pedro Zegarra, quienes, a su vez, eligieron como asistente al carabinero Toribio Canqui, encargado de las tareas menores: llevar papeles, hacer recados y mandados.
La investigación avanzaba con la lentitud de una tortuga —que, al menos, conserva la elegancia de saber a dónde va—, muy distinta de la parsimonia humana, que a veces se mueve como si temiera descubrir su propio extravío.
Semanas después, la ciudad latía al ritmo de la conmemoración del Día del Mar Boliviano, una fecha impregnada de memoria histórica y de profundo sentimiento patriótico. En su tradicional discurso del 23 de marzo, el presidente, coronel Hugo Banzer Suárez, exaltó la reafirmación de la soberanía sobre el litoral perdido en la guerra contra Chile en 1879. Mientras las banderas ondeaban al viento y los himnos resonaban en plazas y avenidas, una melodía distinta se colaba por las ondas radiales: el robo a La Pacesita —como algunos llamaban a la vivienda de Ventemillas— acaparaba los titulares en emisoras ansiosas por alimentar el morbo y mantener a su audiencia pegada al dial.
Como si el caos no hubiese tenido suficiente protagonismo, ese mismo día la televisión interrumpió su programación habitual para anunciar el secuestro de un industrial extranjero, perpetrado por una banda de delincuentes. Las conjeturas estallaron como fuegos artificiales en la noche, y no tardaron en surgir voces que vinculaban el secuestro con el misterioso robo en la casa de Ventemillas.
La historia se desplegaba como un rompecabezas sin bordes, donde cada pieza parecía encajar por capricho. Aquel Día del Mar, detrás de los desfiles y discursos, La Paz escondía una trama digna de novela negra. Y yo, libretita en mano, me encontraba en medio de ella.
El robo seguía manteniendo en vilo a las autoridades, mientras que el secuestro, envuelto en el más absoluto secreto, se manejaba con sigilo desde los pasillos del Ministerio del Interior. Decidí acercarme a la División de Robos y Hurtos para realizar mis averiguaciones. Allí me recibieron los detectives Pedro Zegarra y Josefina Luisa Miranda, encargados del caso. Con ambos conversé largo rato.
La charla con los dos agentes fue amena, incluso por momentos graciosa, pero poco esclarecedora. No logré reunir antecedentes que indicaran que la investigación estuviera encaminada con firmeza. Por el contrario, las suposiciones que me compartió la teniente Miranda —quien se hace llamar Pepalucha como nombre de guerra— eran tan vagas como distractivas.
Josefina Luisa Miranda, una mujer de unos cuarenta años, de porte robusto y actitud desafiante, parecía compensar con su lenguaje florido y tono altisonante cualquier falta de precisión en sus declaraciones. Su repertorio de palabras soeces era tan amplio como su convicción de estar cerca de resolver el caso.
—Mi amigo, ¿cómo dijo que se llama? Ah, Juan Postigo, sí. Como periodista, usted debe informar que estamos reuniendo antecedentes muy valiosos para dar con los autores del robo. Tenemos a cuatro pendejos identificados, pero aún no podemos revelar sus nombres —me dijo con firmeza.
Seguidamente, indicó que el capitán Zegarra, su colega, se encuentra en comunicación permanente con los peritos y expertos en criminalística de la institución policial.
—De hecho, Postigo, a partir de ahora comuníquese directamente con el sargento Canqui —finalizó, como si me estuviera revelando la pieza clave para continuar con la investigación.
—¿Dónde puedo encontrar al sargento Canqui para hablar con él? —pregunté, con cierto desaliento.
—Ah, él viene pronto. Lo mandé a comprar cigarrillos —respondió con cierto desdén.
Justo en ese momento, el uniformado apareció sudoroso. No traía cigarrillos, sino una envoltura grasienta de comida en la mano. Su llegada no aportó nada; apenas confirmó que, cuando el desorden busca un portavoz, siempre encuentra al candidato perfecto.
Decidí retirarme apresuradamente de los pasillos de la comisaría, colmados de personas desorientadas y un murmullo incesante que impregnaba el ambiente. Aquello se asemejaba más a un caótico mercado de remates que a una institución destinada a brindar protección y justicia al ciudadano.
Todos mis intentos por conocer el estado actual de la investigación del Caso La Pacesita han sido en vano. He recorrido oficinas, hecho llamadas, pero nada. Mientras tanto, el vespertino Jornada no se detiene. Sigue el ritmo frenético de la ciudad, publicando una avalancha de notas políticas, deportivas y, como siempre, yo con mis notas de tinte sarcástico que lo caracteriza al abordar la crónica roja.
Sus titulares son tan llamativos como irreverentes. Uno de ellos rezaba: Joyero hizo brillar los ojos a una cholita, en referencia a un artículo que relataba la violación de una empleada doméstica por parte de su empleador. Otro, igual de estrafalario, decía: Taxista tuerto se pasó la luz roja y chocó con carro basurero. Así es Jornada: mordaz, provocador, pero jamás indiferente.
Sin embargo, lo que me inquieta es que han pasado ya 45 días desde el robo millonario en La Pacesita, y hasta ahora no se ha reportado ningún avance en la investigación. Ni una pista, ni un sospechoso, ni una declaración oficial. Es como si el caso se hubiera evaporado en el aire.
Cien pesitos por la justicia, y una salteña por la verdad
Una tarde, el sargento Canqui se acercó a mi escritorio con un boletín policial en la mano. El documento informaba sobre la captura de un avezado forajido conocido como El Tirilo, acusado de haber robado un tractor perteneciente a la Empresa Constructora Bartos. El delincuente intentaba cruzar la tranca de Desaguadero —población fronteriza con el Perú— a bordo del vehículo sustraído. Según el informe, sería presentado ante la prensa en las próximas horas.
No dejé pasar la ocasión de conversar con Canqui sobre el enigmático caso La Pacesita. —¡Ese caso nunca se va a resolver! —dijo, con la clara intención de cerrar el tema.
Insistí y le propuse que, cuando sus ocupaciones se lo permitieran, pudiéramos hablar con calma. —Yo vivo en la parada del colectivo dos, en Tembladerani. Podemos encontrarnos allí y hablamos —respondió, fijando nuestro encuentro para el domingo a las diez de la mañana.
Toribio Canqui, campesino de raíces profundas, tiene una historia similar a la de muchos bolivianos que, con esfuerzo y determinación, buscan abrirse camino. Es originario del valle de Chuchulaya, en la provincia de Larecaja, departamento de La Paz. Según relata, obtuvo el título de bachiller en el colegio nocturno George Rouma, en la ciudad de La Paz.
Tras cumplir con el servicio militar, se incorporó a la Dirección General de Tránsito, desempeñándose como agente de tráfico en la zona de la Garita de Lima. Con el tiempo, solicitó su traslado al Comando Departamental de la Policía, donde comenzó como efectivo de base. Hoy en día, desempeña el rol de asistente auxiliar en la división de Robos y Hurtos.
Está casado y tiene dos hijas, quienes son su mayor orgullo. Quienes lo conocen coinciden en que es un hombre de pocas palabras, pero de ideas claras y propuestas sinceras. Cuando se sienta a compartir su visión, lo hace con una inteligencia serena que invita a escuchar y reflexionar.
El sargento Canqui estaba bien plantado en una esquina, enfundado en su uniforme de carabinero. Me saludó con cortesía. —Discúlpeme una media horita y charlamos después —me dijo, señalando la puerta de una salteñería, donde me pidió que lo esperara.
Miré mi reloj: 10:35. Me quedé a pocos metros, observándolo. Con su uniforme impecable, Canqui levantó el brazo para detener a un motociclista. Le solicitó los documentos de propiedad. El conductor, nervioso, intentaba explicarle que solo daba una vueltita y que no llevaba los papeles consigo.
—¡No se discute con la autoridad! Usted no tiene documentos de la moto. Vamos al Comando; esto puede ser robado —intimidó al joven motociclista.
El hombre abordado intentó persuadirlo, gimoteando que debía regresar a su casa, que su madre estaba enferma.
—Por esta vez, ¡son cien pesitos, joven! —dijo Canqui, disculpando al infractor.
Yo sonreía en silencio, ante la sutil maniobra del carabinero Canqui.
No pasaron más de quince minutos cuando se reunió conmigo. Sonreía con esa mezcla de picardía y resignación que tienen los hombres que se las ingenian para sobrevivir. Me confesó que, a veces, se las rebusca para hacer unos pesitos. Los domingos, siempre cae alguno, dijo.
—Qué bueno, sargento Canqui. Le agradezco esta oportunidad —le dije con cierto énfasis, procurando halagar su presencia y su predisposición para hablar sobre el robo en la fábrica La Pacesita, ocurrido en febrero, durante los carnavales.
Asumió el rol de anfitrión: me ofreció un par de salteñas humeantes, escoltadas por su inseparable bicervecina, como si la amistad se cultivara atendiendo bien al paladar.
—Amigo periodista, usted quiere ser mi amigo, ¿no? —me dijo con una sonrisa medio chueca—. Mire que yo no soy sargento. Me dicen “sargento” de cariño, por costumbre, y así se quedó.
Al igual que la señora Pepalucha, a quien nadie le quita el rango de subteniente pese a no haber pisado jamás una escuela de policía, el capitán Pedro Zegarra también se adjudicó su grado sin pedir permiso ni seguir procedimiento alguno. Todos son civiles, eso sí: ninguno posee diploma en Investigación Criminal. Sin embargo, el director los denomina detectives, y con ello quedan oficialmente bautizados. Así de fácil. Así de arbitrario.
Del libro: El sargento Toribio Canqui
Jaime Padilla
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