El sargento Toribio Canqui

Descubre la historia de un sargento cuyo legado se forjó en el silencio de la investigación, lejos del bullicio político, y cómo su perspicacia desentrañó un crimen que conmocionó a la sociedad boliviana.

La revelación del caso Villa Fátima

Al recibir de dos policías la noticia de que fueron capturados los tres principales sospechosos del asesinato del mendigo de Villa Fátima —un crimen brutal ocurrido cerca de la plaza Villarroel y registrado como cadáver NN— el periodista Juan de Dios Postigo comienza a reconstruir la historia que podría sacarlo del anonimato y devolverle relevancia profesional.

La medalla de un servicio silencioso

El sargento Toribio Canqui, con muchos años de servicio en la policía boliviana, había sido condecorado en 1975 por su papel clave en resolver un robo que conmocionó al país. Aunque no hacía alarde de esa medalla, la llevaba presente como parte de su identidad profesional. Esta historia busca honrar la dedicación de aquellos que, como Canqui, sirven con integridad y discreción.

Justicia en tiempos de efervescencia política

Bolivia vivía una campaña preelectoral intensa: afiches, discursos y caravanas de los cuatro principales candidatos —Hugo Banzer (ADN), Víctor Paz Estenssoro (MNR), Jaime Paz Zamora (MIR) y Roberto Jordán Pando (MNRI)— saturaban las calles y las conversaciones. Mientras la vida pública se volvía estridente, la investigación policial del caso seguía su curso en silencio, ajena al bullicio político. Esta narrativa destaca la capacidad del sargento Canqui para mantener el enfoque en la justicia a pesar de las distracciones externas.

Sargento Toribio Canqui: dos cuerpos sin nombre

 

El martes 23 de abril, poco antes del mediodía, el sargento Toribio Canqui recibió una orden verbal del detective Rigoberto Vera. Por instrucción directa del Director de Investigación Criminal, debía acompañarlo al Hospital General para realizar averiguaciones con los médicos forenses de la morgue y esclarecer las causas de muerte de dos individuos recogidos en la zona de Villa Fátima.

Dos días antes, efectivos de Radio Patrullas 110 habían procedido al levantamiento de dos cadáveres en la misma zona. La escena —marcada por la ausencia de testigos y el silencio propio de la madrugada— sugería, según el informe preliminar, la posibilidad de un doble homicidio.

El sargento Canqui recibió de manos del detective Vera el parte correspondiente: un formulario con recuadros destinados a consignar datos básicos, diseñado para estandarizar el inicio de las investigaciones. Examinó con detenimiento las líneas irregulares, las grafías defectuosas, los borrones y las correcciones hechas con puntabola azul, signos de un registro apresurado.

Los únicos elementos verificables eran los datos iniciales: Día: sábado 20 de abril de 1985. Hora: 05:10. Lugar: inmediaciones del Colegio Técnico Ayacucho, zona de Villa Fátima. Identidad: NN. Sexo: masculino. Presunción de causa de muerte: caída accidental, en estado etílico.

Un segundo informe describía otro cuerpo, catalogado como cadáver número uno. Las observaciones señalaban la presencia de un traumatismo craneal compatible con golpe contundente. Sin identificación ni indicios materiales asociados, se efectuó el levantamiento a las 8:40 del mismo sábado 20 de abril de 1985.

El hallazgo se registró detrás del mausoleo histórico de la plaza Villarroel, próximo a la zona de Villa Fátima. Ambos cuerpos correspondían a hombres de aproximadamente cincuenta años de edad, los dos sin ningún tipo de identificación al momento del levantamiento.

El documento no aportaba, en ninguno de los dos casos, información adicional de relevancia.

Canqui cerró el formulario con cuidado. Sabía que ese documento, por más pobre que fuera, sería el punto de partida de todo lo que vendría. Lo guardó en la carpeta y, mientras lo hacía, escuchó la voz del detective Rigoberto Vera llamándolo desde el pasillo. Había llegado la hora de salir.

El detective Rigoberto Vera, conocido entre sus colegas como “Ringo”, esa mañana —mientras se dirigían al Hospital de Clínicas, que pese al cambio de nombre la ciudadanía seguía llamando Hospital General— condujo al sargento Canqui hasta un kiosco cercano al estadio Hernando Siles para invitarle un par de salteñas. Mientras degustaban el refrigerio, Vera hablaba con soltura de sus conquistas amorosas.

—La hija del capitán Torrealta está buenísima. La invité a salir, pero le tiene miedo a su padre. El viejo la controla demasiado —comentó.

El sargento Canqui, buen oyente, escuchaba sin decir mucho. En general, no hablaba demasiado.

Minutos después, Vera le propuso a Canqui que fuera él solo a la morgue para realizar las averiguaciones. Tenía un “asuntito” pendiente.

—Dicen que son dos borrachitos. Anda tú, y mañana me cuentas para el informe —dijo, despidiéndose con la ligereza de quien no piensa volver sobre el tema.

Canqui no protestó. Nunca lo hacía. Era un provinciano avispado, de esos que observan más de lo que hablan, y que saben cuándo una orden es, en realidad, una forma elegante de sacarse un trabajo de encima. Había aprendido a leer esas maniobras mucho antes de que la televisión le enseñara los métodos del Comisario Kojak o de Colombo , series que seguía con devoción y que citaba —solo en confianza— como mejores maestras que algunos instructores de la institución policial.

Llevaba años en la fuerza. En 1975 había sido condecorado con la Medalla a la Constancia Policial por su cooperación en el esclarecimiento de un sonado robo que mantuvo a la ciudadanía en vilo durante semanas. No presumía de aquello, pero tampoco lo olvidaba. Era, en cierto modo, la prueba silenciosa de que su intuición rara vez fallaba.

Por eso, cuando Vera se alejó sin esperar respuesta, Canqui simplemente ajustó la carpeta bajo el brazo y emprendió camino hacia la morgue. Sabía que, al final, siempre terminaba haciendo el trabajo que otros preferían evitar.

Al llegar a la morgue, Canqui se encontró con un grupo de hombres y mujeres que aguardaban en silencio, algunos con los ojos hinchados, otros aferrados a papeles arrugados. Buscaban información sobre los cadáveres del accidente de tránsito ocurrido la víspera en la carretera a Los Yungas. La angustia colectiva flotaba en el aire como un olor difícil de disipar.

La escena frente a la morgue lo golpeó más de lo que quiso admitir. No era solo el dolor de la gente; era la manera en que ese dolor se amontonaba en un espacio que no estaba hecho para contenerlo. Un país que no podía ofrecer un lugar digno ni para los muertos decía demasiado sobre lo que ofrecía a los vivos.

Pensó en voz baja, casi como un suspiro:

—Carajo… qué lindo sería tener una morgue como en otros países.

Una morgue moderna, con área de lavado, gavetas frigoríficas suficientes, una sala de autopsias en condiciones, mesas de trabajo adecuadas, un depósito de desechos y hasta un crematorio. No era pedir demasiado. Era, simplemente, lo que cualquier ciudad que se respete debería tener.

Pero sabía que eso no iba a pasar pronto. En Bolivia, pensó, la muerte también hacía cola.

Ajustó la carpeta bajo el brazo y avanzó entre la gente. No podía cambiar el país, pero podía hacer su trabajo.

Al ingresar a la morgue, Canqui no encontró a ningún responsable con quien coordinar la revisión de los dos cadáveres levantados en Villa Fátima. Recorrió los pasillos estrechos, empujando puertas entreabiertas y asomándose a cuartos donde el personal —disperso, silencioso, sin identificación visible— no mostraba autoridad ni disposición para orientarlo. Era —pensó— como desplazarse como bola de billar, rebotando sin dirección definida.

Finalmente, un hombre con guardapolvo blanco —sin credencial que permitiera determinar si era médico, enfermero o auxiliar— lo condujo a una sala de refrigeración. Allí se encontraban los cuerpos. El primero yacía sobre una mesa de cemento, acostado boca arriba, con rigidez avanzada y palidez marcada bajo la luz mortecina. El segundo permanecía en el piso, cubierto de manera parcial con una sábana; los pies, expuestos, mostraban livideces violáceas bien establecidas, indicativas de varias horas post mortem.

No recibió ningún informe formal. Ni un papel sellado, ni un protocolo. Solo la voz cansada del hombre del guardapolvo:


—Ambos murieron por intoxicación alcohólica… seguro —dijo, con la entonación mecánica de quien repite un dictamen para resolver rápido un trámite.

En cada cadáver había un papel escrito a mano con lapicera roja, atado al dedo gordo del pie mediante un hilo gastado. Un número de cuatro dígitos —2234 y 2235— que, en teoría, correspondía al registro interno de la morgue. Debajo, dos líneas escuetas, trazadas con la misma caligrafía apurada:

Identidad: Desconocida.
Causa de muerte: Intoxicación etílica.

 

 

Del libro: El sargento Toribio Canqui

Jaime padilla

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