El sargento Toribio Canqui
Descubre la historia de un sargento cuyo legado se forjó en el silencio de la investigación, lejos del bullicio político, y cómo su perspicacia desentrañó un crimen que conmocionó a la sociedad boliviana.

La revelación del caso Villa Fátima
Al recibir de dos policías la noticia de que fueron capturados los tres principales sospechosos del asesinato del mendigo de Villa Fátima —un crimen brutal ocurrido cerca de la plaza Villarroel y registrado como cadáver NN— el periodista Juan de Dios Postigo comienza a reconstruir la historia que podría sacarlo del anonimato y devolverle relevancia profesional.

La medalla de un servicio silencioso
El sargento Toribio Canqui, con muchos años de servicio en la policía boliviana, había sido condecorado en 1975 por su papel clave en resolver un robo que conmocionó al país. Aunque no hacía alarde de esa medalla, la llevaba presente como parte de su identidad profesional. Esta historia busca honrar la dedicación de aquellos que, como Canqui, sirven con integridad y discreción.

Justicia en tiempos de efervescencia política
Bolivia vivía una campaña preelectoral intensa: afiches, discursos y caravanas de los cuatro principales candidatos —Hugo Banzer (ADN), Víctor Paz Estenssoro (MNR), Jaime Paz Zamora (MIR) y Roberto Jordán Pando (MNRI)— saturaban las calles y las conversaciones. Mientras la vida pública se volvía estridente, la investigación policial del caso seguía su curso en silencio, ajena al bullicio político. Esta narrativa destaca la capacidad del sargento Canqui para mantener el enfoque en la justicia a pesar de las distracciones externas.
Sargento Toribio Canqui: dos cuerpos sin nombre
El martes 23 de abril, poco antes del mediodía, el sargento Toribio Canqui recibió una orden verbal del detective Rigoberto Vera. Por instrucción directa del Director de Investigación Criminal, debía acompañarlo al Hospital General para realizar averiguaciones con los médicos forenses de la morgue y esclarecer las causas de muerte de dos individuos recogidos en la zona de Villa Fátima.
Dos días antes, efectivos de Radio Patrullas 110 habían procedido al levantamiento de dos cadáveres en la misma zona. La escena —marcada por la ausencia de testigos y el silencio propio de la madrugada— sugería, según el informe preliminar, la posibilidad de un doble homicidio.
El sargento Canqui recibió de manos del detective Vera el parte correspondiente: un formulario con recuadros destinados a consignar datos básicos, diseñado para estandarizar el inicio de las investigaciones. Examinó con detenimiento las líneas irregulares, las grafías defectuosas, los borrones y las correcciones hechas con puntabola azul, signos de un registro apresurado.
Los únicos elementos verificables eran los datos iniciales: Día: sábado 20 de abril de 1985. Hora: 05:10. Lugar: inmediaciones del Colegio Técnico Ayacucho, zona de Villa Fátima. Identidad: NN. Sexo: masculino. Presunción de causa de muerte: caída accidental, en estado etílico.
Un segundo informe describía otro cuerpo, catalogado como cadáver número uno. Las observaciones señalaban la presencia de un traumatismo craneal compatible con golpe contundente. Sin identificación ni indicios materiales asociados, se efectuó el levantamiento a las 8:40 del mismo sábado 20 de abril de 1985.
El hallazgo se registró detrás del mausoleo histórico de la plaza Villarroel, próximo a la zona de Villa Fátima. Ambos cuerpos correspondían a hombres de aproximadamente cincuenta años de edad, los dos sin ningún tipo de identificación al momento del levantamiento.
El documento no aportaba, en ninguno de los dos casos, información adicional de relevancia.
Canqui cerró el formulario con cuidado. Sabía que ese documento, por más pobre que fuera, sería el punto de partida de todo lo que vendría. Lo guardó en la carpeta y, mientras lo hacía, escuchó la voz del detective Rigoberto Vera llamándolo desde el pasillo. Había llegado la hora de salir.
El detective Rigoberto Vera, conocido entre sus colegas como “Ringo”, esa mañana —mientras se dirigían al Hospital de Clínicas, que pese al cambio de nombre la ciudadanía seguía llamando Hospital General— condujo al sargento Canqui hasta un kiosco cercano al estadio Hernando Siles para invitarle un par de salteñas. Mientras degustaban el refrigerio, Vera hablaba con soltura de sus conquistas amorosas.
—La hija del capitán Torrealta está buenísima. La invité a salir, pero le tiene miedo a su padre. El viejo la controla demasiado —comentó.
El sargento Canqui, buen oyente, escuchaba sin decir mucho. En general, no hablaba demasiado.
Minutos después, Vera le propuso a Canqui que fuera él solo a la morgue para realizar las averiguaciones. Tenía un “asuntito” pendiente.
—Dicen que son dos borrachitos. Anda tú, y mañana me cuentas para el informe —dijo, despidiéndose con la ligereza de quien no piensa volver sobre el tema.
Canqui no protestó. Nunca lo hacía. Era un provinciano avispado, de esos que observan más de lo que hablan, y que saben cuándo una orden es, en realidad, una forma elegante de sacarse un trabajo de encima. Había aprendido a leer esas maniobras mucho antes de que la televisión le enseñara los métodos del Comisario Kojak o de Colombo , series que seguía con devoción y que citaba —solo en confianza— como mejores maestras que algunos instructores de la institución policial.
Llevaba años en la fuerza. En 1975 había sido condecorado con la Medalla a la Constancia Policial por su cooperación en el esclarecimiento de un sonado robo que mantuvo a la ciudadanía en vilo durante semanas. No presumía de aquello, pero tampoco lo olvidaba. Era, en cierto modo, la prueba silenciosa de que su intuición rara vez fallaba.
Por eso, cuando Vera se alejó sin esperar respuesta, Canqui simplemente ajustó la carpeta bajo el brazo y emprendió camino hacia la morgue. Sabía que, al final, siempre terminaba haciendo el trabajo que otros preferían evitar.
Al llegar a la morgue, Canqui se encontró con un grupo de hombres y mujeres que aguardaban en silencio, algunos con los ojos hinchados, otros aferrados a papeles arrugados. Buscaban información sobre los cadáveres del accidente de tránsito ocurrido la víspera en la carretera a Los Yungas. La angustia colectiva flotaba en el aire como un olor difícil de disipar.
La escena frente a la morgue lo golpeó más de lo que quiso admitir. No era solo el dolor de la gente; era la manera en que ese dolor se amontonaba en un espacio que no estaba hecho para contenerlo. Un país que no podía ofrecer un lugar digno ni para los muertos decía demasiado sobre lo que ofrecía a los vivos.
Pensó en voz baja, casi como un suspiro:
—Carajo… qué lindo sería tener una morgue como en otros países.
Una morgue moderna, con área de lavado, gavetas frigoríficas suficientes, una sala de autopsias en condiciones, mesas de trabajo adecuadas, un depósito de desechos y hasta un crematorio. No era pedir demasiado. Era, simplemente, lo que cualquier ciudad que se respete debería tener.
Pero sabía que eso no iba a pasar pronto. En Bolivia, pensó, la muerte también hacía cola.
Ajustó la carpeta bajo el brazo y avanzó entre la gente. No podía cambiar el país, pero podía hacer su trabajo.
Al ingresar a la morgue, Canqui no encontró a ningún responsable con quien coordinar la revisión de los dos cadáveres levantados en Villa Fátima. Recorrió los pasillos estrechos, empujando puertas entreabiertas y asomándose a cuartos donde el personal —disperso, silencioso, sin identificación visible— no mostraba autoridad ni disposición para orientarlo. Era —pensó— como desplazarse como bola de billar, rebotando sin dirección definida.
Finalmente, un hombre con guardapolvo blanco —sin credencial que permitiera determinar si era médico, enfermero o auxiliar— lo condujo a una sala de refrigeración. Allí se encontraban los cuerpos. El primero yacía sobre una mesa de cemento, acostado boca arriba, con rigidez avanzada y palidez marcada bajo la luz mortecina. El segundo permanecía en el piso, cubierto de manera parcial con una sábana; los pies, expuestos, mostraban livideces violáceas bien establecidas, indicativas de varias horas post mortem.
No recibió ningún informe formal. Ni un papel sellado, ni un protocolo. Solo la voz cansada del hombre del guardapolvo:
—Ambos murieron por intoxicación alcohólica… seguro —dijo, con la entonación mecánica de quien repite un dictamen para resolver rápido un trámite.
En cada cadáver había un papel escrito a mano con lapicera roja, atado al dedo gordo del pie mediante un hilo gastado. Un número de cuatro dígitos —2234 y 2235— que, en teoría, correspondía al registro interno de la morgue. Debajo, dos líneas escuetas, trazadas con la misma caligrafía apurada:
Identidad: Desconocida.
Causa de muerte: Intoxicación etílica.
Nada más. Ninguna hora estimada de fallecimiento, ningún examen externo consignado, ninguna observación sobre lesiones, estado de la ropa o signos de violencia. Solo esas dos frases, insuficientes para cualquier protocolo, pero suficientes —al parecer— para cerrar el caso.
Canqui observó los papeles, la caligrafía apurada, el desorden del cuarto, el cuerpo en el piso. Todo le parecía una falta de respeto, no solo para los muertos, sino para la verdad. En un país donde la muerte era tratada con tanta negligencia, ¿cómo podía esperarse justicia para los vivos?
Sintió un nudo en la garganta, no de emoción, sino de rabia contenida. Pensó en la gente que había visto afuera, esperando noticias de sus familiares. Pensó en la morgue que el país merecía y en la que tenía delante.
Y volvió a repetirse, casi como un mantra:
—Carajo… qué lindo sería tener una morgue como en otros países.
No era un sueño de modernidad. Era un reclamo íntimo, una forma de resistir a la resignación que lo rodeaba.
Con claras muestras de molestia, el sargento Canqui solicitó más documentación, tanto policial como médica. No obtuvo nada. Ni un sello, ni una firma, ni un informe que valiera la pena.
Decepcionado, tomó algunos apuntes en su libreta. Antes de retirarse, advirtió —con la seriedad que lo caracterizaba— que sin autorización policial los cadáveres no podían ser movidos ni trasladados al crematorio. Lo dijo con un tono que no dejaba espacio para interpretaciones.
Luego añadió, casi como una orden que ya estaba tomada:
—Mañana vendré con un equipo técnico de la policía y de la fiscalía para identificarlos.
El hombre del guardapolvo asintió sin convicción, como quien acepta algo solo para terminar la conversación. Canqui guardó su libreta, dio una última mirada al cuarto frío y salió de la morgue con la sensación de que, una vez más, estaba solo en un trabajo que debía ser de todos.
Al día siguiente, su encuentro con el detective Vera ocurrió en medio de una discusión que subió de tono con rapidez. Vera, irritado, golpeó el escritorio con la palma abierta.
—¡Suficiente, hermano! El informe es simple: ambos murieron por borrachos, eran alcohólicos, nadie los reclama. ¿Qué más, Canqui, qué más?
Pero Canqui no cedió. No era hombre de levantar la voz, pero tampoco de retroceder cuando algo no le cuadraba. Sostuvo su libreta como si fuera un escudo.
—Cadáver uno —dijo con calma—, sin signos de violencia. Descripción de vestimenta, rasgos físicos y, entre sus pertenencias, una tarjeta de un abogado de la ciudad. Llevaba una manilla de bronce en la muñeca izquierda. Y en la solapa derecha, una insignia del club Bolívar. Se desconocen las causas de la falta de un diente frontal.
Vera bufó, fastidiado.
—¿Y eso qué cambia?
—Ese diente… —dijo Canqui—. Podría haber sido de oro. Y alguien se lo arrancó.
Vera lo miró con impaciencia, pero Canqui ya no esperaba comprensión. Sabía que su jefe prefería los casos rápidos, cerrados, sin complicaciones. Él, en cambio, no podía ignorar lo que veía.
Canqui miró su libreta con un gesto lento y añadió:
—El cadáver número dos… por su apariencia puede ser un mendigo, un hombre en situación de calle, no un alcohólico habitual. Recibió un golpe aquí —señaló llevándose el dedo índice al parietal derecho—. Un golpe con piedra o palo, contundente, que le abrió la ceja del ojo derecho.
Vera frunció el ceño, incómodo.
—Jefe —continuó Canqui—, somos policías. Tenemos que aclarar estas y otras muertes, no cerrarlas ni condenarlas como casos terminados por un informe personal.
Lo dijo sin levantar la voz, pero con una firmeza que obligó a Vera a bajar la mirada. El detective movió la cabeza, como interpretando que su subalterno tenía razón, aunque preferiría no admitirlo. Sabía que Canqui veía cosas que él pasaba por alto. Sabía que, en casos como ese, la verdad empezaba siempre por lo que otros preferían ignorar. También sabía que no había recursos, ni tiempo, ni personal para investigar cada detalle.
Pero allí estaban: dos cadáveres, dos historias sin nombre, dos muertes que no encajaban del todo en la explicación fácil.
Y Canqui, con su intuición de siempre —esa mezcla de método empírico y desconfianza aprendida en la calle— no estaba dispuesto a dejarlas pasar.
Los olvidados de la ciudad
El detective Rigoberto Vera, hombre joven de unos cuarenta años y con una década en la Policía, se mostraba cansado. Propuso a Canqui salir a algún café para conversar sobre los dos cadáveres que aguardaban en la morgue.
Pero Canqui era un hueso duro de roer. Ya entrado en sus cincuenta años, explicó que, si se trataba de un asunto policial, podían hablar ahí mismo. Y que, si lo que quería era compartir un café sin tocar temas de trabajo, a cualquier lugar lo acompañaría.
Vera soltó un suspiro breve, casi un gruñido, y se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Sacó un encendedor viejo, de metal opaco, con las iniciales “R.V.” raspadas en la tapa. Lo abrió y lo cerró un par de veces sin encenderlo, como si el chasquido le ayudara a ordenar sus ideas. Era un gesto que hacía cuando algo lo incomodaba, y Canqui lo sabía.
—No seas tan rígido, hermano —murmuró Vera, sin mirarlo del todo.
El encendedor volvió al bolsillo. Vera se enderezó, pero el cansancio seguía pegado a sus hombros.
—Bueno —dijo finalmente—. Hablemos aquí, pues.
—Toribio —continuó, soltando un suspiro que parecía arrastrar años de burocracia—, la Policía Técnica Judicial tiene casos más importantes que esos dos borrachitos. Nadie los va a reclamar. Seguir con esto sería perder el tiempo.
Se pasó una mano por la cara, como si quisiera borrar el fastidio.
—El coronel Jaime Villegas —director de la Policía Técnica Judicial (PTJ), encargada de investigar homicidios y muertes violentas— difícilmente acepte mover un dedo por este asunto. Y además —añadió, bajando la voz— se van a burlar de nosotros. No de ti: de mí. Yo voy a ser el hazmerreír de todos. Toribio, dejemos el caso cerrado y felices.
Canqui no respondió de inmediato. Apenas ladeó la cabeza, como si las palabras de Vera hubieran pasado por un filtro interno antes de asentarse. Luego cerró su libreta con calma, sin brusquedad, y la sostuvo contra el pecho.
—Mi teniente —dijo con voz baja, pero firme—, dos borrachitos o no, están muertos. Y alguien tiene que decir por qué.
No había reproche en su tono, solo una convicción antigua, de esas que no necesitan elevar la voz. Dio un paso hacia Vera, lo suficiente para que el detective sintiera el peso de su mirada.
—Si se burlan, que se burlen. A mí no me pagan por caerles bien —añadió—. Me pagan por hacer mi trabajo.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí definitivo. Canqui volvió a guardar la libreta en el bolsillo interior de su chaqueta y esperó, inmóvil, a que Vera decidiera si quería seguir siendo parte del caso o solo un obstáculo más.
Vera escuchó a Canqui sin interrumpirlo.
—Toribio… —dijo, pero la voz se le quebró apenas, lo suficiente para que él mismo lo notara.
Intentó recomponerse.
—Tú no entiendes —continuó, más bajo—. Antes… antes yo también era como tú. Creía que todo valía la pena. Que cada muerto merecía una respuesta. Pero esto… esto te come, Toribio. Te va comiendo de a poco.
Se apoyó contra la pared, apenas, como si necesitara sentir algo firme detrás de la espalda.
—¿Sabes cuántas veces me han dejado solo con un caso? ¿Cuántas veces me han hecho quedar como un idiota por insistir? —preguntó sin esperar respuesta—. Y ahora… ahora ya no quiero pelearme con todos otra vez.
Vera tragó saliva. El encendedor volvió a aparecer en su mano, pero esta vez no lo abrió. Solo lo sostuvo, apretándolo, como si fuera lo único que lo mantenía en pie.
—No quiero ser el payaso, Toribio —dijo finalmente—. Ya no.
Canqui lo miró largo rato, sin parpadear. No era una mirada dura, pero sí una que obligaba a decir la verdad. Dio un paso más cerca, lo suficiente para que Vera sintiera su presencia como un muro tranquilo.
—Mi teniente… —dijo al fin, con una calma que contrastaba con el temblor que había visto en la voz de Vera—. No tiene que demostrarle nada a nadie.
Hizo una breve pausa. Su respiración era pareja, casi meditativa.
—A todos nos come —continuó—. A usted, a mí, a cualquiera que lleve años en esto. Pero si dejamos que nos gane… entonces sí habremos perdido.
—No estoy aquí para hacerlo quedar mal —dijo—. Estoy aquí porque dos muertos merecen que alguien los mire de frente. Y porque usted, aunque no lo crea, todavía puede hacerlo.
Luego añadió, más bajo, casi como un recordatorio:
—No está solo, mi teniente.
Y Canqui, sin moverse, esperó a que el detective recuperara la postura que el cansancio le había robado.
Vera respiró hondo, como si las palabras de Canqui le hubieran devuelto un poco de equilibrio. Asintió despacio.
—Está bien, Toribio —dijo al fin—. Sigamos. Pero la investigación la llevas tú.
Se acomodó la chaqueta, recuperando algo de su autoridad habitual.
—Yo voy a estar detrás tuyo —añadió—. Voy a hablar con el coronel, con los colegas. Y también con el Ministerio Público. Si los peritos aprueban, le metemos pie al acelerador para esclarecer las causas de muerte.
Extendió la diestra. Canqui la estrechó sin dudar.
—Hecho —murmuró Vera, con un cansancio distinto, menos derrotado.
Esta vez salieron juntos, sin prisa, rumbo a un café cercano. No para escapar del caso, sino para encararlo con la claridad que solo da un respiro bien tomado.
Al día siguiente, el sargento Canqui volvió a la morgue. Esta vez no llegó solo: lo acompañaban un fotógrafo policial y el secretario del fiscal de materia, listos para iniciar las primeras diligencias destinadas a identificar a los dos cadáveres hallados días atrás en Villa Fátima.
Apenas ingresó, Canqui solicitó al médico forense el informe de las pruebas realizadas. El hombre, sin levantar demasiado la vista, le entregó dos hojas de papel bond mecanografiadas, con los números 2234 y 2235 en la parte superior. Eran informes breves, casi telegráficos: consignaban la hora de ingreso de los cuerpos y, al final, la firma de un médico forense que dictaminaba:
Muerte: accidental. Intoxicación alcohólica y enfriamiento corporal progresivo.
No había descripción externa, ni estimación de intervalo post mortem, ni referencia a lesiones, ni constancia de examen toxicológico. Solo ese dictamen mínimo, suficiente para cerrar un expediente, pero insuficiente para explicar dos muertes que, a ojos de Canqui, no encajaban del todo en la categoría de “accidentales”.
Mientras tanto, el fotógrafo tomaba imágenes desde distintos ángulos, cuidando que cada detalle quedara registrado. El secretario del fiscal anotaba hora, lugar y observaciones. Canqui supervisaba todo con la paciencia de quien sabe que, en casos así, cualquier descuido puede borrar la verdad.
Se tomaron huellas dactilares, fotografías de señas particulares y registros de la vestimenta. El aire frío del cuarto parecía morder la piel, pero nadie se quejaba. Era parte del trabajo.
Canqui observó los cuerpos en silencio, repasando mentalmente cada dato, cada marca, cada contradicción posible entre lo que veía y lo que decía el informe mecanografiado.
Algo no terminaba de encajar.
Canqui agitó en el aire las dos hojas mecanografiadas, como quien sacude una prueba insuficiente.
—Dígame, doctor —preguntó con voz seca—, ¿esto es toda la documentación que tiene sobre estos dos muertos?
El médico forense, Ballón —según la placa en su pecho—, levantó apenas la vista. Canqui no esperó respuesta.
—¿Dónde está el protocolo de la autopsia? —insistió—. ¿Dónde certifica que murieron por intoxicación alcohólica? ¿Y por qué no figuran en este documento las heridas que ambos tienen en la cabeza?
Ballón frunció el ceño y empezó a elevar la voz, molesto por el cuestionamiento.
—¿Qué otra cosa pueden ser estos dos hombres? —replicó—. Nadie los reclama y mire la facha que traían. ¿Qué quiere que invente?
La frase cayó como un golpe. Canqui sintió que la sangre le subía al rostro, no de ira descontrolada, sino de una indignación profunda, profesional. Dio un paso adelante, pero se contuvo. No era el momento de perder la compostura.
En cambio, se volvió hacia el funcionario del Ministerio Público.
—Licenciado —dijo, con una calma que contrastaba con la tensión del ambiente—, deje constancia por escrito de las palabras del doctor Ballón. Que quede registrada su declaración como evidencia de la negligencia profesional cometida.
El secretario levantó la mirada, sorprendido, pero obedeció. Ballón abrió la boca para protestar, pero no encontró palabras. El aire frío de la morgue pareció volverse más denso.
Canqui, sin bajar la vista, sostuvo las hojas mecanografiadas como si fueran un símbolo de todo lo que estaba mal.
Canqui dejó de mirar al forense y volvió su atención a los cuerpos. Caminó hacia la mesa metálica con la lentitud de quien ya sospecha algo. El fotógrafo seguía tomando imágenes; el secretario anotaba cada detalle. El aire frío parecía amplificar el silencio.
Se inclinó sobre el primer cadáver, número 2234, y apartó con cuidado un mechón endurecido por la humedad. Allí estaba: una contusión semicircular, bien delimitada, Sin rasmilladuras periféricas, compatible con el impacto de un objeto contundente de superficie lisa. La morfología de la lesión no correspondía a una caída: no con ese ángulo, ni con esa regularidad.
Luego pasó al segundo cuerpo, 2235. La misma marca. La misma forma. La misma profundidad, localizada en el parietal derecho. Además, se observaba una herida lineal en la ceja del mismo lado, probablemente producida por el mismo mecanismo de impacto.
Canqui frunció el ceño. Las lesiones eran demasiado simétricas, demasiado específicas para atribuirlas a un accidente. Eran evidencias visibles —lo sabía por experiencia— y las evidencias, cuando se repetían con esa exactitud, rara vez mentían.
—Licenciado —dijo sin levantar la voz, dirigiéndose al funcionario del Ministerio Público—, tome nota de esto.
El secretario se acercó.
—Ambos presentan heridas en la región occipital —continuó Canqui—. Heridas compatibles con un golpe directo. No con una caída por ebriedad.
Ballón bufó, molesto.
—Eso no prueba nada —dijo—. Borrachos, de madrugada, se caen, se golpean, se mueren de frío. ¿Qué más quiere?
Canqui no respondió de inmediato. Señaló con el dedo la contusión del primer cadáver.
—Doctor Ballón —dijo finalmente—, una caída produce una raspadura de la piel , no un impacto limpio. Y menos dos veces, en dos cuerpos distintos, con la misma forma.
El fotógrafo se detuvo un instante, sorprendido. El secretario levantó la vista, consciente de que algo importante acababa de ocurrir.
Canqui enderezó la espalda.
—Aquí hay una contradicción evidente entre lo que dice su informe y lo que muestran los cuerpos.
Canqui sostuvo las hojas mecanografiadas entre los dedos, como si fueran la prueba misma de la negligencia. Dio un paso hacia el médico forense.
—Doctor Ballón —dijo con voz baja, pero firme—, le voy a dar una única oportunidad.
El forense lo miró con fastidio, pero no alcanzó a responder.
—Para mañana quiero un informe completo —continuó Canqui—. Realice una autopsia regular, con protocolo, análisis toxicológico y descripción detallada de todas las lesiones.
Hizo una breve pausa, dejando que el silencio pesara.
—Si no lo hace —añadió—, se verá envuelto en un juicio por negligencia y por manipulación de un informe médico falso.
El secretario del Ministerio Público tomó nota sin levantar la vista. Ballón tragó saliva, sorprendido por la dureza del sargento. El fotógrafo dejó de disparar un instante, atento a la escena.
Canqui no se movió. No necesitaba levantar la voz. La autoridad estaba en la claridad de sus palabras.
—Mañana, doctor —repitió—. Y esta vez, hágalo bien.
Canqui tomó nota mental de cada lesión, de cada coincidencia, de cada omisión en los informes. Cuando salió de la morgue, llevaba la carpeta apretada bajo el brazo y una certeza incómoda instalándose en el pecho: aquello no era un accidente. No podían serlo dos veces, con la misma marca, en el mismo punto del cráneo.
Esa misma tarde, se reunió con Vera para informarle los avances de la investigación. Vera lo escuchó en silencio y, al final, le dio una palmada en la espalda.
—El coronel Jaime Villegas quiere que sigamos con este caso —dijo—. Aunque las víctimas sean desconocidas.
Villegas era el director de la División de Investigación Criminal de la Policía en La Paz.
Era la confirmación que Canqui necesitaba. Los dos investigadores, ahora alineados, comenzaron a planear los siguientes pasos.
Solicitaron a la Oficina de Relaciones Públicas la difusión de un boletín de prensa para informar sobre la muerte de las dos personas halladas en la zona de Villa Fátima el pasado 19 de abril. Canqui sugirió empezar por la publicación de la fotografía del “hincha bolivarista”, como lo había bautizado por la insignia del club en su pecho, para que circulara por la ciudad y alguien pudiera reconocerlo.
Respecto al segundo cadáver, acordaron esperar unos días antes de darle el mismo tratamiento. La situación parecía más compleja y requería avanzar primero en otras averiguaciones.
—Vamos bien, Toribio —dijo—. Sigamos así.
Con el boletín de prensa en la mano, Canqui salió de la jefatura y se dirigió a buscar a su amigo Juan de Dios Postigo, periodista del vespertino Jornada. Con su ayuda, tiempo atrás, había logrado esclarecer el robo millonario en la fábrica de embutidos La Pacesita, un caso que todavía se comentaba en los pasillos policiales.
Encontró a Postigo en la redacción, rodeado de papeles, olor a tinta fresca y el ruido constante de las máquinas. El periodista levantó la vista apenas vio entrar a Canqui, con esa mezcla de sorpresa y complicidad que solo se tiene con los viejos aliados.
—Toribio —dijo Postigo, dejando el lápiz sobre la mesa—. Cuando apareces así, con esa cara, es porque algo grande se viene.
Canqui le extendió el boletín.
—Necesito que esto circule —respondió—. Y rápido.
Postigo tomó el documento, lo leyó por encima y frunció el ceño.
—Villa Fátima… dos muertos… ¿y nadie los reclama?
—Nadie —confirmó Canqui—. Pero uno de ellos podría ser reconocido. El “hincha bolivarista”. Quiero que su foto salga mañana mismo.
Postigo asintió, ya pensando en titulares, en ángulos, en cómo mover la historia sin entorpecer la investigación.
—Está bien, Toribio —dijo—. Déjamelo a mí.
Canqui respiró hondo. Sabía que, con Postigo de su lado, la ciudad entera empezaría a hablar del caso.
Y eso era exactamente lo que necesitaba.
Postigo dejó el boletín sobre la mesa y se acomodó los lentes, mirándolo con atención. Canqui permaneció de pie unos segundos, como dudando si hablar o no. Al final, se sentó frente a él.
—Juan de Dios… —empezó, bajando la voz—. Este caso está enredado. Más de lo que parece.
El periodista entrecerró los ojos, interesado.
—¿Qué clase de enredo?
Canqui respiró hondo. No era hombre de confiar fácilmente, pero Postigo era de los pocos que nunca lo había traicionado.
—Los informes forenses están mal hechos —dijo—. O peor: hechos para cerrar el caso rápido. Dos muertos con golpes en la cabeza y el médico dice “intoxicación alcohólica”. Sin protocolo, sin autopsia completa, sin nada.
Postigo dejó de mover el lápiz. Eso, viniendo de Canqui, era serio.
—¿Y el coronel? —preguntó.
—Vera habló con él. Nos autorizó a seguir. Pero ya sabes cómo es esto… —Canqui hizo un gesto con la mano, como espantando moscas invisibles—. Si no avanzamos rápido, nos van a cortar las alas.
Postigo asintió, comprendiendo el peso de la presión institucional.
—¿Y qué necesitas de mí, Toribio?
Canqui se inclinó hacia adelante.
—Orientación. Tú conoces la ciudad mejor que nadie. Sabes quién se mueve en Villa Fátima, quién manda, quién desaparece gente sin que nadie pregunte. Y también sabes cómo hacer que la gente hable.
Postigo esbozó apenas una sonrisa, cansada pero leal. —Quieres que yo sea el chismoso de la calle. —Exacto —respondió Canqui—. Y que me digas por dónde empezar este ovillo enredado.
El periodista tomó el boletín otra vez. Lo leyó con más calma y luego miró a Canqui con una seriedad que pocas veces mostraba. —Está bien, Toribio. Te voy a ayudar.
Un par de horas después, Toribio Canqui y Juan de Dios Postigo, viejos conocidos, estaban sentados en un restaurante del centro. Sobre la mesa, un pique a lo macho, el plato favorito del periodista, se enfriaba mientras hablaban de los cadáveres hallados en Villa Fátima.
Antes de entregarle las fotocopias de los informes recientes del médico forense, junto con los reportes de Radiopatrullas y sus propias notas de observación, Canqui lo miró con firmeza. —Postigo, te doy esto por la confianza y la amistad que hay entre ambos. Si mis superiores se enteran, voy adentro enterito. Manejalo con cuidado.
Postigo asintió sin perder la gravedad. Sabía que, desde ese momento, estaba metido hasta el cuello.
Al dia siguiente, los canillitas voceaban la edición del viernes 26 de abril del diario Jornada: —“¡Hincha bolivarista hasta la muerte!”
La nota informaba que la madrugada del sábado 20 de abril había sido hallado muerto un hincha del Club Bolívar en las inmediaciones de la plaza Villarroel. Jornada destacaba el hecho con su estilo habitual: mezcla de crónica roja, especulación ligera y guiños a la vida cotidiana paceña. Según el periódico, la víctima “ya no podrá alentar nunca más a su equipo favorito”, recordando que dos días después del hallazgo se anunciaba en el estadio Hernando Siles un nuevo capítulo del clásico paceño.
De acuerdo con la Policía, el cuerpo sin vida fue encontrado en inmediaciones del Colegio Técnico Ayacucho. Las autoridades evitaron -para no entorpecer las investigaciones- divulgar el contenido de la autopsia realizada por el médico forense, pero recalcaron que no se halló ningún documento de identificación junto al cadáver.
El boletín policial señalaba que el fallecido llevaba prendido en el pecho el emblema bolivarista. Ese detalle, repetido con entusiasmo por Jornada, le daba al caso un matiz de tragedia deportiva, casi de hincha caído en vísperas de un partido decisivo.
Más adelante, el diario apelaba a la ciudadanía para colaborar con el esclarecimiento de la muerte —o posible asesinato— del hincha bolivarista. Para ello publicó una fotografía del fallecido, con la esperanza de que alguien pudiera reconocerlo.
En Villa Fátima, la noticia no cayó como un rayo, sino como un murmullo que fue creciendo entre puestos de verduras, micros que resoplaban cuesta arriba y vecinos que ya habían visto demasiadas madrugadas torcidas.
Mientras la nota circulaba por los puestos de periódicos y los rumores crecían en la zona, el caso empezaba a adquirir vida propia. Lo que para algunos comerciantes no pasaba de ser un episodio más de inseguridad —delincuentes sueltos, decían sin mirar a nadie— para otros se convertía en terreno fértil para versiones más oscuras: ajustes de cuentas, sombras que se movían de noche, gente de la que era mejor no hablar.
Ese murmullo callejero encontró eco al día siguiente, cuando en la redacción de Jornada apareció una mujer con muestras de honda aflicción. Preguntó por el periodista Postigo, autor de la nota policial del día anterior. Llevaba en la mano una fotografía y el periódico doblado. Cuando Postigo se acercó, ella le mostró ambos: se trataba de la misma persona, el “hincha bolivarista”.
Postigo, sorprendido por la coincidencia, le sugirió que debía presentarse de inmediato en la policía. La mujer, conteniendo la rabia, maldijo la negligencia de los agentes. Explicó que, tras tres días sin noticias de su marido, había ido a denunciar su desaparición con fotografías en mano, pero nadie le dio respuesta.
—Si no fuera porque Jornada publicó la foto, nunca me habría enterado, señor —dijo, con la voz quebrada.
La División de Trata y Tráfico de Personas y Personas Desaparecidas de la Policía -desde el dia martes 23- conocía la identidad del hombre. Sin embargo, como suele ocurrir en una institución donde la información circula tarde y mal, ignoraba que el buscado estaba muerto. Facundo Laruta, de 45 años, no había regresado a casa desde el viernes 19 de abril. Tras recibir la denuncia de su esposa, en esa dependencia habían colocado su fotografía en la pared, pidiendo referencias a quienes visitaban la repartición.
A quiénes. A los que llegaban con la misma angustia: familiares, vecinos, gente que buscaba a alguien y encontraba, en ese muro de rostros, un espejo de su propia incertidumbre.
La contradicción era evidente: la policía buscaba a un hombre que la propia policía tenía en la morgue sin identificar.
La noticia llegó a la Policía Técnica Judicial (PTJ), que investigaba homicidios y asesinatos, antes del mediodía, cuando Postigo llamó directamente a Toribio Canqui. No era habitual que un periodista se adelantara a la policía con información tan sensible, pero esa mañana todo parecía fuera de lugar.
Más tarde, Canqui relató a su superior, Rigoberto Vera, el incidente ocurrido en la redacción de Jornada: la mujer, la fotografía, el periódico, el nombre del muerto.
—Ya tenemos nombre —dijo Canqui, sin rodeos—. Facundo Laruta. La esposa lo reconoció por la foto publicada en Jornada.
Vera frunció el ceño. No por sorpresa, sino por la confirmación amarga de lo que intuía desde el primer día: la institución caminaba detrás de los hechos, no delante.
—¿Y la División de Desaparecidos? —preguntó Canqui.
Vera soltó un suspiro breve, casi un bufido.
—Lo tenían en su lista. Con foto y todo. Pero no sabían que estaba muerto.
La contradicción era grotesca: una repartición policial buscando a un hombre que otra repartición policial tenía en la morgue desde hacía días.
—Esto nos complica, Rigoberto —dijo al fin—. Y también nos obliga.
—Vamos a hablar con la esposa. Y después, directo a Desaparecidos. Quiero ver quién recibió la denuncia y por qué no cruzaron información con la morgue. Ambos sabían que, con la identidad del muerto, el caso acababa de cambiar de categoría.
Vera se volvió de pronto hacia Canqui.
—Acelera también la identificación del segundo cadáver.
Canqui asintió y abrió su libreta.
—Este es más curioso —dijo—. Tiene toda la pinta de ser un mendigo. Sus ropas estaban cortajeadas por algún cuchillo o navaja. Llevaba varias capas encima, que seguramente le daban una apariencia de corpulento. Y pensar que querían desvestirlo para arrebatarle la vestimenta… No. Por puro harapos.
Vera lo escuchó en silencio, con esa mezcla de fastidio y resignación que le provocaban los casos que no encajaban en ningún casillero administrativo.
Por su parte, Postigo ya había comenzado sus propias averiguaciones. Conversó largamente en el comedor del periódico con la mujer del occiso. Celestina de Laruta, la viuda, hablaba con una serenidad tensa, como si cada frase le costara sostenerse. A su lado estaba Sebastián, el hijo de ambos, un muchacho de unos quince años, apagado, casi tímido, o quizá simplemente abatido por la muerte de su padre. No colaboró con la conversación.
Celestina habló con un hilo de voz que parecía sostenerse apenas.
Su marido —explicó Celestina— trabajaba en la posta municipal del jardín zoológico. Aquel día, Facundo debía recoger mil dólares del pasanaku que jugaban entre los trabajadores. Esa platita, añadió con un orgullo triste, era para techar los dos cuartitos que habían levantado en su terreno del barrio Petrolero. También supuso que, tal vez por ser viernes, y como él estaba tan acostumbrado a tomarse sus cervezas, se habría ido con sus amigos… y que alguien, o en el camino a la casa, lo asaltó para robarle el dinero.
Sebastián, el hijo, intervino sin levantar del todo la mirada. Su voz sonó apagada, como si hablara desde un lugar muy hondo.
A él —contó— su padre le había prometido llevarlo el domingo al estadio para ver el clásico. Facundo era bolivarista y él stronguista, una rivalidad que siempre los hacía reír. Pero esa vez, simplemente, nunca llegó.
Postigo tomó nota de todo, atento a los matices. Fue entonces cuando Celestina, casi en un susurro, dejó caer un dato que parecía pesarle. Según dijo, había otra mujer en la vida de Facundo. No entró en detalles —quizá por respeto a su hijo—, pero mencionó un nombre: Martha, también trabajadora de la municipalidad.
Antes de despedirse, el periodista formuló una última pregunta, casi rutinaria pero necesaria: si su marido tenía algún diente de oro. La respuesta de Celestina fue un no seco. Aclaró que Facundo tenía la dentadura completa, sin piezas faltantes ni arreglos visibles.
Al finalizar la charla, Postigo le recomendó que cualquier cosa que recordara —cualquier gesto, cambio de ánimo o detalle extraño de los últimos días de vida de su marido— podía ser relevante para la investigación.
Mientras la policía busca respuestas, la política busca votos
Horas después, los investigadores policiales ya tenían en su poder un panorama completo, descrito en voz baja y con la cautela de quien teme equivocarse, por la esposa de Facundo Laruta. Sus hábitos, su trabajo, sus rutinas y las últimas actividades conocidas antes de desaparecer quedaron asentados en una carpeta que empezaba a pesar más de lo previsto. Era la clase de información que permitía avanzar… o descubrir que todo era más complejo de lo que parecía.
Mientras Canqui revisaba esos datos, afuera la ciudad seguía su propio pulso, ajena a la tragedia de un hombre cualquiera. Y ese pulso, en esos días, no lo marcaba la policía ni la calle, sino la política.
A finales de abril, el país estaba sumergido en una propaganda preelectoral que se intensificaba día tras día. Los principales candidatos presidenciales para las elecciones del 14 de julio eran cuatro figuras centrales: Hugo Banzer (Acción Democrática Nacionalista, ADN), Víctor Paz Estenssoro (Movimiento Nacionalista Revolucionario, MNR), Jaime Paz Zamora (Movimiento de la Izquierda Revolucionaria, MIR) y Roberto Jordán Pando (Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda, MNRI). Los afiches, los discursos y las caravanas se multiplicaban, ocupando cada esquina, cada muro, cada conversación.
La vida política avanzaba con estridencia. La investigación, en cambio, avanzaba en silencio.
La aguda crisis económica no era ya una noticia repetida en los periódicos: era un peso real, cotidiano, que se sentía en los bolsillos, en las mesas vacías, en la mirada cansada de la gente. El país entero parecía asomado a un abismo que se ensanchaba día tras día bajo el gobierno de Hernán Siles Zuazo. Los salarios se deshacían en cuestión de horas, como si el dinero se evaporara apenas tocaba la mano. La escasez se había vuelto norma, y el agio y la especulación con los productos más básicos eran una humillación diaria, una forma silenciosa de violencia.
En los mercados, las amas de casa discutían con los comerciantes por unos cuantos pesos que ya no alcanzaban para nada. En las oficinas, los trabajadores cobraban su sueldo sabiendo que al día siguiente valdría la mitad. En los barrios, los niños aprendían demasiado pronto a distinguir entre necesidad y resignación.
La desgracia de la familia Laruta apenas se diferenciaba del derrumbe que vivía el país. La muerte de Facundo no era solo una tragedia doméstica: parecía una extensión natural de un tiempo en que todo se venía abajo. En ese paisaje, la tragedia de un hombre más no destacaba: se confundía con el murmullo general de un pueblo agotado.
La policía tampoco era ajena a ese caos. Los agentes trabajaban entre paros, recortes y órdenes contradictorias, atrapados en la misma inestabilidad política que agobiaba al resto de los bolivianos. En ese clima, incluso una investigación criminal parecía avanzar con pasos inciertos, como si el país entero conspirara para que nada pudiera resolverse del todo. Así, la muerte de Facundo Laruta no era solo un caso policial: era otro reflejo de un país que se desmoronaba.
Y aun así, en medio de esa precariedad, la investigación siguió su curso. Canqui y Postigo, cada uno con sus propios adelantos en torno a las averiguaciones preliminares del caso “Facundo Laruta”, orientaron sus investigaciones para indagar los motivos del asesinato. Mientras el periodista reconstruía el entorno familiar y laboral del muerto, la policía afinaba los aspectos técnicos del caso.
El nuevo documento forense, elaborado tras analizar las heridas y tejidos al microscopio, ofrecía por fin un panorama más claro. Canqui, junto con el detective Vera, ya contaba con documentación completa, cadena de custodia y datos preliminares que contradecían la versión inicial de muerte accidental. Habían interrogado a dos testigos clave, y los informes sugerían que pronto procederían a futuras detenciones y allanamientos relacionados con la muerte violenta de Facundo Laruta.
La policía trabajaba con lo que tenía —poco, casi siempre—, pero la determinación de Rigoberto Vera y la persistencia de Toribio Canqui empezaban a delinear un caso que, hasta hacía unos días, parecía destinado al olvido. En ese mismo clima, mientras la investigación apenas lograba afirmarse entre carencias y contradicciones, algo empezó a moverse fuera de la institución policial.
Un mensajero de la policía llegó hasta la redacción de Jornada para entregar a Juan de Dios Postigo un sobre manila. El rótulo, escrito con marcador negro y en letras grandes, decía simplemente: URGENTE. El muchacho no explicó nada; dejó el sobre sobre el escritorio del periodista, dio un saludo breve y desapareció entre el ruido de las máquinas y el olor a tinta fresca.
Postigo encontró dentro del sobre siete fotografías en blanco y negro, de buen tamaño, cuidadosamente ordenadas. Había también una hoja escrita a máquina y una nota breve, firmada por Toribio Canqui.
La nota decía, con la concisión habitual del sargento: “Se trata del cadáver —no identificado— número uno. Laruta es el dos, según el informe de Radiopatrullas.”
El periodista repasó las imágenes una por una, hasta que una de ellas le produjo una especie de descarga eléctrica. Reconoció aquel rostro. El pankataya, murmuró para sí.
Lo recordaba bien: un mendigo vagabundo del mercado de Villa Fátima. Casi todo el barrio lo conocía por lo inofensivo, callado y mugriento. Deambulaba entre los puestos, sobre todo por las noches, como un vigilante improvisado. A cambio, las vendedoras le daban algunas monedas, un plato de comida o algún abrigo en los días de frío. Nadie sabía su nombre, pero todos lo llamaban el pankataya.
Postigo lo había visto muchas veces, años atrás, cuando enamoraba a una muchacha del barrio y caminaban juntos por el mercado. El personaje aparecía y desaparecía entre las sombras, silencioso, casi espectral. Por eso lo reconoció de inmediato: era imposible olvidar una figura así.
Volvió a su escritorio y comenzó a teclear la nota que Jornada publicaría al día siguiente. Pero, de pronto, se detuvo. Se puso de pie con un gesto brusco y llamó por teléfono a Canqui. Quería preguntarle algo, una duda que le rondaba, pero no lograba darle forma. Permaneció unos segundos en silencio, con el auricular en la mano, y finalmente colgó.
Sin pensarlo más, tomó su abrigo y salió a la calle. Levantó la mano para detener un taxi. Tenía la sensación —más que una idea concreta— de que debía ver el cuerpo con sus propios ojos. Se dirigió directamente a la morgue.
Pero allí, sus averiguaciones no tuvieron eco. Postigo desconocía los trámites, y los pocos funcionarios que encontraba en los pasillos del Hospital General apenas levantaban la vista para indicarle, con desgano, que debía dirigirse al Instituto de Investigaciones Forenses (IDIF). Nadie parecía tener tiempo ni voluntad para ayudarlo.
Lo único valioso que logró obtener fue una información seca, casi lanzada al pasar: los cadáveres no identificados permanecen en cámaras frigoríficas durante treinta días, mientras se intenta establecer su identidad.
Y lo peor vino enseguida, como un portazo burocrático: ningún cuerpo puede ser observado sin autorización del Ministerio Público.
Postigo sintió que la ciudad, con sus oficinas grises y sus pasillos interminables, se cerraba sobre él.
Camino a su casa, en Villa Armonía, Juan de Dios Postigo pensó en escribir la mejor historia posible sobre el pankataya: el vagabundo, o mejor dicho —por respeto— el hombre en situación de calle. Esa idea lo acompañó durante todo el trayecto, como una luz tenue en medio del cansancio.
María, su esposa, que también regresaba del trabajo —maestra en un colegio vespertino de la zona—, lo vio entrar y enseguida percibió algo distinto. No era solo agotamiento: había en él una inquietud que ella conocía bien.
—Juan —dijo, dejándole el bolso sobre la mesa—, ¿qué pasó? No estás aquí del todo.
Él intentó sonreír, pero la sonrisa se deshizo rápido. Le pidió comprensión: estaba pensando en una nota para mañana. María no se conformó con la explicación vaga. Se sentó frente a él, cruzó los brazos y esperó.
—Cuéntame bien —insistió—. No me digas “una nota” y ya.
Postigo cedió. Le relató algunos detalles del pankataya, un hombre desconocido para ella. María escuchó con atención, pero no de manera pasiva: lo interrumpió dos veces para pedir precisión, para entender mejor la escena, para imaginar al hombre más allá del estereotipo.
—¿Y nadie lo conocía? —preguntó—. ¿Nadie lo reclamó?
—Nadie —respondió él.
María frunció el ceño. Algo en la historia la tocó, quizá por su trabajo con adolescentes vulnerables, quizá por simple intuición.
—No sé, Juan… —dijo—. A veces los que parecen más solos son los que más secretos guardan.
No pudo continuar. En ese momento entró su hijo, Vladimir, que regresaba de sus cursos de inglés. El muchacho saludó a sus padres, dejó los libros sobre el sillón y se instaló frente al televisor, ajeno a la conversación que acababa de interrumpir.
María respiró hondo, recuperó el hilo y se puso de pie para servir la cena. Juan de Dios se disculpó: dijo no sentir hambre. Ella lo miró un instante, con una mezcla de preocupación y firmeza.
—No puedes seguir así —le dijo en voz baja—. Si ese hombre te está removiendo algo, escríbelo. Pero no te encierres.
Él asintió, aunque sin convicción. Estaba demasiado inquieto, demasiado atrapado en la imagen del pankataya.
Ya en su habitación, mientras se quitaba los zapatos, volvió a ver mentalmente el rostro del mendigo. No podía apartarlo de su mente. Según Toribio Canqui, el cadáver presentaba un golpe en la sien derecha y la vestimenta cortajeada por una navaja o cuchillo, como si alguien hubiera buscado algo entre sus ropas. Ese detalle, más que cualquier otro, le resultaba inquietante.
Con esa mezcla de cansancio y obsesión, Postigo finalmente concilió el sueño.
A la mañana siguiente, para Postigo y para los policías Vera y Canqui, el panorama era claro: el caso de los dos cadáveres de Villa Fátima se complicaba. Si bien uno de ellos ya había sido identificado, aún no se habían acercado a los motivos que explicaran por qué Facundo Laruta había sido asesinado. La pregunta esencial —el porqué— seguía sin respuesta, y cada nueva pieza del rompecabezas parecía abrir más dudas que certezas.
Postigo conversó con su jefe de redacción. Le pidió libertad de acción para investigar ambos casos a fondo. Sabía que la historia tenía un potencial enorme y que la primicia podía convertirse en el mayor rédito para ese diario tan popular en la ciudad por sus crónicas de tinte policial. El jefe lo escuchó en silencio, calibrando el riesgo y el beneficio, consciente de que Postigo no solía pedir algo así sin una razón de peso.
Era una apuesta. Y en Jornada, las apuestas —cuando olían a sangre y a calle— casi siempre valían la pena.
El periodista salió de la oficina con una mezcla de ansiedad y determinación. El caso ya no era solo una noticia: era un territorio periodístico policial, un espacio donde cada dato podía abrir una grieta y cada silencio esconder una verdad incómoda. Postigo lo sintió casi físicamente, como si hubiera cruzado un umbral del que ya no podía volver.
Ese impulso —mitad vocación, mitad obsesión— lo empujaba ahora a seguir adelante, incluso sabiendo que el país entero parecía desmoronarse a su alrededor. La historia del pankataya y la muerte de Facundo Laruta ya no eran hechos aislados: eran piezas de un rompecabezas que exigía ser armado.
Entre billetes fáciles y chicha servida al filo de la noche
Con los datos y apuntes que Toribio Canqui le había proporcionado sobre el caso de Facundo Laruta, Postigo se dirigió al lugar donde el difunto trabajaba. Allí conversó con el capataz, con varios compañeros de faena e incluso con Martha, la mujer que algunos señalaban como la supuesta amante de Laruta. Cada testimonio aportaba un matiz distinto, aunque ninguno terminaba de explicar por qué alguien querría matar a un hombre tan común, tan rutinario.
Averiguó también quiénes integraban el grupo de pasanaku, una práctica muy extendida en La Paz y en toda Bolivia. El pasanaku funcionaba como un mecanismo comunitario de ahorro y crédito sin bancos, sustentado únicamente en la confianza entre familiares, amigos o compañeros de trabajo. Cada integrante aportaba una cuota periódica y, por turno, uno de ellos recibía la suma completa. Un sistema simple, pero poderoso, que podía unir o enfrentar a la gente según las circunstancias.
Postigo tomó nota de nombres, fechas, turnos y montos. Sabía que, en un país sumido en la crisis, mil dólares podían convertirse en un motivo tan fuerte como cualquier otro. Y mientras avanzaba entre testimonios y silencios, sentía que la historia se abría en múltiples direcciones, como si cada persona guardara una pieza distinta del rompecabezas.
El detective Rigoberto Vera, fiel a su apodo de “Ringo” —heredado del boxeador argentino Bonavena por su actitud envalentonada y su forma directa de encarar los problemas—, se presentó en la posta municipal del Parque Zoológico. Llegó acompañado de dos agentes, decidido a remover el avispero.
Hasta el viernes 19 de abril, Facundo Laruta había trabajado allí. Vera no perdió tiempo: el lunes 29 ordenó que el capataz Gregorio Paz y Martha Colque fueran conducidos a las celdas policiales, enmanillados, para ser interrogados nuevamente. Según el detective, ambos ocultaban detalles importantes que estaban obstaculizando el esclarecimiento del caso. Era hora de presionarlos, de ver qué surgía cuando ya no quedaba margen para evasivas.
La escena causó revuelo entre los trabajadores del lugar. Algunos murmuraban que Vera exageraba; otros, que por fin alguien estaba tomando el asunto en serio. Pero para el detective, la prudencia no era una opción: el caso se estaba complicando y necesitaba respuestas, aunque fuera a golpes de autoridad.
Toribio Canqui, por su lado, había averiguado que el viernes 19 Facundo Laruta recibió mil dólares del pasanaku, de manos del portero del Coliseo Municipal, Aniceto Mallo. Según el testimonio del portero, ambos se quedaron en el cuartito de la portería tomando unos tragos para celebrar el turno cobrado.
—No estaba borracho cuando se fue —aseguró Mallo—. Facundo salió a las ocho de la noche caminando hacia el estadio, para tomar algún colectivo. Yo no lo he visto más.
Ese detalle, simple en apariencia, abría una nueva línea de tiempo: Laruta había salido del Coliseo con dinero en el bolsillo, sobrio, y rumbo a un punto donde cualquiera podía haberlo interceptado. Para Canqui, aquello no era menor. El dinero del pasanaku, la ruta nocturna y el silencio posterior formaban un triángulo inquietante.
La viuda de Facundo Laruta, tras un perezoso proceso burocrático, logró finalmente recoger el cadáver el viernes 26 para el entierro en el Cementerio General. Antes, en la sala de la junta de vecinos del Barrio Petrolero, se instaló la ceremonia del velorio. Allí fueron llegando vecinos, amigos, conocidos y compañeros de trabajo. El ambiente era denso, cargado de murmullos, pésames y una resignación que parecía impregnarlo todo, como si cada rostro dijera lo mismo sin necesidad de palabras.
Juan de Dios Postigo llegó allí alrededor de las nueve de la noche. En la sala circulaban hojas de coca, cigarrillos y vasos de té con té. Algunos ya estaban mareados por las bebidas y hablaban con voz pastosa, alabando lo buen hombre que había sido el difunto. Otros permanecían en silencio, mirando el ataúd como si esperaran que de allí surgiera alguna respuesta.
Postigo observó la escena con la distancia del periodista y la inquietud del hombre que sabe que algo no encaja.
El velorio, más que un rito, parecía una reunión forzada, como si todos estuvieran allí por obligación, sentados al pie del ataúd, cumpliendo un deber más que acompañando un duelo.
Postigo advirtió a tres hombres que hablaban animadamente de Facundo. Uno de ellos, el más exaltado, movía las manos en el aire como si necesitara reforzar cada palabra para que los otros le creyeran.
—Esa noche —decía— fuimos con él a Las Velas, mercado de comidas, al paso, ahí nomás, a un costado de la avenida Simón Bolívar. Él pagó todo, tenía platita… y todavía nos tomamos dos cervecitas más. Todo lindo, hermanito… —su voz se quebró un poco—. Y ahora muerto mi amigo del alma.
Los otros dos asentían, mareados por el alcohol, repitiendo frases sueltas, como si quisieran convencerse de que nada de lo que contaban tenía relación con lo que había pasado después.
Postigo escuchó sin intervenir. Sabía que, en medio del ruido y la bebida, a veces surgían las pistas más valiosas: detalles que la gente no diría en una oficina policial, pero que en un velorio, entre coca, cigarrillos y té con té, se escapaban sin querer.
Siete días después de aparecer muerto, Facundo Laruta fue enterrado en el Cementerio General de la ciudad compañaron apenas la mitad de los que habían estado en el velorio. El cansancio, la pobreza y la rutina siempre reducían los cortejos.
Postigo, sin embargo, llegó con una idea fija: ya tenía un sospechoso en la mira, alguien cuya ausencia en el entierro le resultaba demasiado evidente.
Durante el velorio, el periodista se había acercado discretamente a Pascual Menacho, un joven trabajador de la municipalidad, jardinero del Parque Zoológico. Había algo en su manera de hablar, en su nerviosismo contenido, que llamó la atención de Postigo. No era una prueba, pero sí un indicio. Y los indicios, en un caso como este, valían oro.
Esa misma tarde, cuando Postigo comentó el nombre con Toribio Canqui, el sargento negó conocerlo.
—Pascual Menacho no figura en la lista de sospechosos —dijo, revisando sus apuntes—. Nunca lo he visto.
La respuesta no tranquilizó al periodista. Al contrario: reforzó su intuición. A veces, los nombres más importantes eran justamente los que no aparecían en ninguna lista.
El Diario, decano de la prensa boliviana, publicó en su edición sabatina una denuncia presentada por trabajadores municipales. Señalaban el uso de violencia policial durante un proceso de investigación y advertían que no se habían respetado las normas mínimas de los derechos ciudadanos. La acusación hacía referencia a la detención de dos empleados municipales, considerados sospechosos por la muerte de dos alcohólicos hallados en la plaza Villarroel.
El artículo mencionaba directamente al detective de Homicidios Rigoberto “Ringo” Vera, quien había conducido enmanillados a dos trabajadores de la municipalidad para forzar un interrogatorio sobre lo que el periódico calificaba como “el caso perdido de los dos alcohólicos hallados muertos en la zona de Villa Fátima, el pasado 20 de abril”.
La nota no solo cuestionaba el procedimiento, sino también el enfoque policial: insinuaba que la Division de Investigación Criminal de la Policía Técnica Judicial (PTJ) estaba tratando el caso con negligencia, reduciéndolo a un asunto de borrachos muertos, cuando la comunidad —y algunos periodistas— empezaban a sospechar que había algo más detrás.
Para Postigo, que leyó la nota temprano en la mañana, aquello era una confirmación de que el caso estaba entrando en una zona peligrosa.
Decidido, se lanzó de lleno a la arena movediza de la investigación policial. Salió a buscar al jardinero Pascual Menacho, de unos treinta años, empleado de la municipalidad y trabajador del Parque Zoológico. Quería una conversación directa, sin intermediarios, recordándole al hombre que él mismo había dicho que con Facundo habían comido y bebido aquella noche.
Lo encontró finalmente, algo receloso, con las manos aún manchadas de tierra. Postigo fue al grano:
—Dijiste que estuvieron juntos el viernes. ¿Qué pasó después?
Menacho bajó la mirada, incómodo.
—Eran como las nueve de la noche… —murmuró—. Nos encontramos de casualidad, camino al estadio.
Postigo esperó, dejando que el silencio hiciera su trabajo.
—De ahí dimos un brinco a Las Velas, eso ya conté —añadió Menacho, casi a la defensiva—. Comimos, tomamos… y cada uno se fue por su lado.
Pero su tono no convenció al periodista. Había algo en la forma en que evitaba los ojos, en la rapidez con que quería cerrar el tema, que encendió una alarma en la intuición de Postigo. No era una prueba, pero sí un hilo.
Postigo respiró hondo y habló con la calma firme que había aprendido en la calle, sin adornos, sin vueltas.
—Pascual, escuchame bien —dijo—. Vos ahorita eres el principal sospechoso, y eso es serio. Yo te entiendo, hermano: no sabés mentir, no sabés contar cómo ha sido esa noche. No tengas miedo. Deme como puedas. Yo te voy a ayudar. No soy policía… soy periodista.
El jardinero levantó apenas la mirada, sorprendido por el tono.
Postigo esperó.
—Señor Juan… —empezó Menacho, con la voz baja—. Con don Facundo me he encontrado cuando él salía del Coliseo Municipal. Usted conoce, ahí nomás es la salida del parque. Y también ahí cerquita hemos cambiado cien dólares, pues, y me ha convidado unos anticuchos con cerveza. De ahí nos hemos acompañado hasta el estadio.
Respiró hondo, como si necesitara ordenar sus recuerdos.
—Don Facundo ya estaba picadito por el trago. Me ha dicho que conocía una chichería donde se puede bailar con unas cholitas, y nos hemos largado ahí.
Pascual hablaba sin parar, como si temiera quedarse callado. Iba soltando detalles sueltos, algunos inútiles, otros sospechosamente precisos.
—En el local ha gritado que todos los bolivaristas levanten la mano… —sonrió apenas, nervioso—. Había como diez bolivaristas y otros han silbado. Don Facundo ha invitado una ronda de chicha. Señor Juan, yo vivo en Villa Delicias, subiendo por la iglesia de Villa Fátima, y don Facundo por ahícito nomás, al Barrio Petrolero.
Postigo lo dejó terminar. Luego, con voz firme, volvió a la carga:
—Pascual —dijo—, tu me has contado lo mismo que en el velorio. Pregunto la direccion del local donde bebieron, Pero yo sé que había alguien más en la mesa de ustedes. Y quiero que me digás quién era.
¿Facundo estaba mostrando que tenía plata?
Contame algo más, hermano. No te guardés nada.
El silencio cayó entre ambos como una piedra. Menacho tragó saliva. Algo en su mirada tembló.
—Nadie, nadie, señor Juan… —balbuceó—. Solito nomás, nosotros dos, chupaditos hemos bailado.
—¿Dónde queda el local? —repitió Postigo, sin levantar la voz.
—Ah… la chicheria ”La Sebastiana” esta en la calle General Monje, pues. Es en Villa Fátima también, muy cerca del colegio Ayacucho —agregó, como si ese detalle pudiera cerrar la conversación.
Postigo ya tenía varios elementos para calificar. Se alisó el pelo, guardó su libreta y se despidió del jardinero con un gesto breve.
Había caminado unos veinte metros cuando escuchó pasos rápidos detrás de él. Pascual llegó agitado, casi sin aire.
—Señor Juan… señor Juan… —dijo, tocándole el brazo—. Don Facundo, cuando ha pagado por las jarras de chicha que ha invitado a los bolivaristas… ya no tenía platita. Y ha sacado otros cien dólares y le ha dado al garzón para que le cambie. Yo no he visto si le ha devuelto cambio.
Postigo lo miró fijo. Menacho continuó, como si las palabras se le escaparan.
—Yo después me he salido y me he largado a mi casa. Don Facundo también… él vive por ahí nomás. Y nos hemos separado. Yo lo he dejado en la puerta de la chichería.
El periodista sintió que algo, por fin, se movía en la superficie del caso: un dato nuevo, una contradicción, un miedo. Y en la voz de Pascual había algo que sonaba inocente, sí, pero que para Postigo era, sin duda, una nueva pista.
El jardinero respiraba rápido; en ese apuro por alcanzarlo, en ese último detalle añadido casi a la fuerza, había algo que pesaba más que todo lo anterior, como si una memoria antigua lo empujara desde atrás.
Postigo acordó con Canqui, por teléfono, un encuentro, pidiéndole que Vera también estuviera con él, quizá para cerrar, al fin, aquello que llevaba tiempo rondando en silencio.
Se vieron en la Plaza Murillo, pero el avispado sargento Canqui dijo que la reunión debía mantenerse en secreto, en un lugar discreto, porque el detective Vera ya estaba en el ojo de la tormenta. Señaló el Palacio Legislativo y hacia allí se dirigieron. Guiados por Canqui, que sonreía con esa calma suya que siempre descolocaba a los demás, atravesaron los pasillos hasta llegar a la biblioteca. Estaba vacía, en silencio, con ese olor a papel viejo que parecía guardar historias ajenas. Allí, por fin, pudieron conversar sobre el caso Laruta.
Se discutieron detalles provenientes de varias fuentes y revisaron, uno por uno, los nombres de la lista de sospechosos. Subrayaron coincidencias, marcaron diferencias y anotaron contradicciones que podían comprometer la línea de tiempo. Luego contrastaron cada dato con la evidencia disponible, siguiendo el método que ambos habían aprendido hacía años: depurar, descartar, volver a mirar. No buscaban una verdad absoluta —sabían que rara vez existía—, sino una reconstrucción lo bastante firme como para sostener el siguiente paso de la investigación.
Vera se levantó despacio, estirándose como quien confirma que el día todavía puede rendir un poco más. Caminó hacia la puerta con una satisfacción contenida: la investigación, por fin, empezaba a moverse. Postigo y Canqui lo observaron alejarse. El periodista sonrió, esa sonrisa breve de quien siente que va por el camino correcto; Canqui, en cambio, apenas inclinó la cabeza, como si confirmara en silencio que el rumbo era el adecuado.
—Ah, muchachos… —dijo el detective desde el umbral, sin volverse—. No se olviden del número uno.
Se refería al caso pankataya, como ya lo había bautizado el periodista. Un muerto sin nombre que, sin embargo, empezaba a pesar más que todos los demás.
Ambos se miraron, como adivinando los pasos que vendrían. Canqui fue el primero en romper el silencio:
—Ringo ya tiene algo en la cabeza. Con los nuevos datos estamos cerca de aclarar el caso de Facundo. Lo que sucede es que los dos cadáveres se encontraron demasiado cerca. Facundo estaba tirado a las cinco de la madrugada, casi en la puerta del Instituto Tecnológico Ayacucho, y el pankataya —según el informe de Radiopatrullas 110— fue reportado el mismo sábado, en las gradas del mausoleo histórico de la plaza Villarroel. Máximo doscientos metros… quizá menos.
—Son casos distintos —dijo—. Situaciones distintas. Solo el lugar es común.
El silencio que siguió no resolvía nada. Solo dejaba flotando la duda, esa que en investigaciones así siempre termina regresando.
Canqui se quedó un momento quieto después de que Postigo se marchara. No era inmovilidad: era su forma de ordenar el mapa mental. Repasó los datos como si los colocara uno a uno sobre una mesa invisible.
El horario. La distancia. La coincidencia del sábado. El desorden de los informes.
—Dos cadáveres tan cerca… —murmuró.
Sabía que Postigo tenía razón en algo: podían ser casos distintos. Pero también sabía que la policía solía separar demasiado rápido lo que no entendía.
El pankataya a las ocho a. Facundo a las cinco. Cuatro horas. Doscientos metros. Un barrio que a esa hora no duerme del todo.
Había aprendido que la intuición no era un presentimiento: era la suma de detalles que otros pasaban por alto.
—Primero, reconstruir la línea de tiempo —pensó—.
Tomó su libreta, revisó sus apuntes y salió con paso firme. No tenía todas las respuestas, pero ya sabía por dónde empezar a buscarlas. Había una dirección, un hilo tenue que, si no se rompía, podía llevarlo más lejos de lo que imaginaba.
Tres días después, la Dirección de Investigación Criminal de la Policía procedió a la detención del garzón de la chichería La Sebastiana: Serafino Moncada, de 25 años, señalado como principal sospechoso de la muerte de Facundo Laruta. Pascual Menacho, testigo central de aquella noche, figuraba también en la orden expresa de ser puesto a disposición del fiscal. La investigación, que hasta entonces avanzaba en silencio, entraba en una fase donde cada movimiento empezaba a tener consecuencias.
La noticia convenció a Postigo de que el círculo empezaba, por fin, a estrecharse para aclarar el crimen.
Al día siguiente, en la ciudad se escuchaba la voz de los canillitas: —¡Sangre en Villa Fátima: el garzón mató por unos dólares!
Jornada extendía sus páginas en las esquinas, abiertas como alas, en manos y miradas de sus lectores. El titular se mezclaba con el ruido del tráfico y llegaba a los oídos de todos antes que cualquier aclaración oficial. La noticia ya tenía vida propia, avanzando más rápido que la investigación.
En los mercados, en las filas de los minibuses, en los puestos de comida y en las oficinas municipales, el mismo comentario se repetía como un eco: “Dicen que lo mató por unos dólares…”. Nadie sabía exactamente qué había pasado, pero todos creían saberlo.
Facundo Laruta: un crimen que abrió más preguntas que respuestas, subtitulaba la crónica policial, que de inmediato acaparó los informativos de varias radioemisoras.
Juan de Dios Postigo, con datos propios y otros proporcionados por los investigadores Vera y Canqui, detallaba en su nota los pormenores de aquella noche en que Facundo fue asesinado. Según su reconstrucción, el garzón de La Sebastiana había sido la última persona en verlo con vida.
La nota periodística, describía que el viernes 19 de abril Facundo Laruta había recibido mil dólares del pasanaku que le correspondía. Era viernes y, como muchos empleados y trabajadores de la ciudad, los bares y restaurantes estaban colmados de clientes celebrando el llamado viernes de soltero. Facundo —consciente y cuidadoso del dinero que llevaba encima— rechazó la invitación de sus colegas y, en cambio, se fue acompañado de un amigo, Pascual Menacho, a comer anticuchos en Las Velas, con las infaltables cervezas Paceña.
“Ya picados —relató el testigo principal— nos largamos a una chichería para bailar con unas cholitas”. El lugar elegido fue La Sebastiana, en Villa Fátima.
Ese relato, aparentemente sencillo, resultó revelador. Permitió a los investigadores dar con el presunto autor: Serafino Moncada, joven garzón llegado hacía poco de la provincia potosina de Chayanta, con la intención de reunir algo de dinero y traer a su familia a la ciudad. La crisis económica golpeaba en todo el país y él buscaba una salida. Pero la tentación fue grande y, sin medir consecuencias —sin pensar en su mujer y sus dos hijos— terminó cruzando una línea de la que ya no habría retorno. Por algo más de seiscientos dólares, cometió un crimen contra un “alegre borrachito” que no era otro que Facundo Laruta, trabajador municipal de La Paz.
El país estaba lleno de historias así: hombres empujados por la necesidad, decisiones tomadas en un instante, vidas que se quebraban para siempre.
El hecho —según la confesión del propio Moncada— ocurrió cuando Facundo invitó una ronda de chicha a quienes se decían hinchas bolivaristas. Como le faltaron billetes bolivianos, sacó cien dólares de un fajo que varios observaron, entre ellos el garzón. Quizás desde ese momento se sembró la idea del robo. Uno solo se aferró a ella: Serafino, que atendió a Facundo una y otra vez hasta emborracharlo. Pascual, el amigo del difunto, se marchó poco después.
Moncada relató que acompañó a ambos hasta la puerta del bar. Despidió a Pascual con la promesa de embarcar a Facundo en un taxi. “Siempre hay taxistas esperando por ahí”, dijo. Llamó a uno y él mismo subió al vehículo junto a Facundo. Indicó al chofer que los llevara a la calle Hans Kunt, detrás del Instituto Busch. En el trayecto, le dijo al taxista que su “tío” estaba “borracho hasta las patas”.
Descendieron del vehículo. El garzón pagó el viaje. Su intención —según declaró— era solo robarle el dinero. Pero Facundo reaccionó, se defendió. “Era más fuerte que yo”, dijo. “Me defendí… y cuando me incorporé agarré una piedra y le golpeé en la cabeza. Cayó muerto. Lo dejé ahí”.
Lo deje ahi nomas, yo me fui caminando hasta la chicheria para seguir trabajando.
Añadió, casi con ingenuidad, que le arrancó un diente para que no lo reconocieran. “Cosa infantil —anotó Postigo en su crónica—, pero hay que creerle”. Del dinero dijo que solo había tomado “un poco”. Lo cierto es que el cadáver, requisado por Radiopatrullas, no llevaba ni un centavo ni documentos de identidad. “Eso yo no he tocado”, se defendió Serafino.
La llamada a Radiopatrullas 110
El sábado de madrugada, alrededor de las tres, el abogado Olimpo Mullisaca, al regresar a su casa en la calle Hans Kunt, notó algo extraño a un costado de la pared del Instituto Ayacucho. Cuando se acercó, descubrió un cuerpo tirado, sin vida. Entró de inmediato a su vivienda y llamó a Radiopatrullas 110.
La policía, según relató Mullisaca, no le creyó al principio. Él mismo estaba bajo los efectos de una farra y, a esa hora, su testimonio parecía poco confiable. Sin embargo, insistió. Minutos después, una patrulla llegó al lugar y confirmó que el abogado no deliraba: había un cadáver tendido en la vereda, con signos evidentes de violencia.
Según el informe preliminar firmado por René Carlos Pereíra y Pablo Titirico, dos agentes policiales de la Brigada de Radiopatrullas 110, luego de verificar —a las 5:20 de la mañana del sábado 20 de abril— que el cuerpo no presentaba signos de vida, procedieron a cargarlo en la carrocería de la camioneta policial para trasladarlo a la morgue del Hospital General de la ciudad.
El documento policial no consigna identidad alguna ni describe señas particulares del difunto. Tampoco registra pertenencias, dinero ni documentos encontrados en el lugar. La ausencia de estos datos —habituales en un levantamiento de cadáver— dejó un vacío que más tarde complicaría a los dos agentes de Radiopatrullas 110. Un vacío que, en investigaciones como esta, siempre termina pesando más de lo que parece.
En horas de la tarde, por boca del sargento Canqui, Juan de Dios Postigo se enteró de que los dos agentes de Radiopatrullas —René Carlos Pereíra y Pablo Titirico— habían sido detenidos e incomunicados, a la espera de un informe complementario sobre el caso Facundo Laruta. Además, ambos habían sido pasados a un régimen disciplinario por la arbitraria omisión de datos en el levantamiento del cadáver.
Postigo recibió la noticia con una mezcla de fastidio y confirmación íntima. No lo sorprendía: en su oficio había aprendido que los huecos en un informe policial nunca eran casuales. Pero esta vez, la omisión no era un simple descuido administrativo; tenía el olor rancio de algo deliberado: la sustracción de las pertenencias de una víctima.
Se quedó un momento en silencio, sosteniendo el cigarrillo entre los dedos, sin encenderlo. Miraba por la ventana de la redacción como si la ciudad —esa ciudad convulsionada, cansada, hiperinflada— pudiera darle una respuesta. No la había, pero el gesto le servía para ordenar ideas.
“Si se robaron el dinero y los documentos”, pensó, “¿qué más dejaron fuera del informe? ¿Qué más vieron… o qué más callaron?”
El viernes 3 de mayo, en medio de un ambiente de convulsión social, la ciudad se debatía en una crisis económica severa, con una hiperinflación que alcanzaría niveles históricos. El debilitado gobierno de Hernán Siles Zuazo soportaba huelgas y bloqueos impulsados por la COB y otros sectores. A la ciudadanía ya nada le extrañaba; aun así, por deber institucional —dijo el coronel Jaime Villegas, director de la División de Investigación Criminal de la Policía— se convocó a una conferencia de prensa.
Rodeado por los agentes Toribio Canqui y Rigoberto Vera, Villegas anunció el esclarecimiento del crimen de Facundo Laruta, ocurrido el pasado 19 de abril. El único autor confeso: Seferino Moncada. El móvil: robo seguido de muerte.
El coronel añadió que los dos efectivos policiales involucrados en el levantamiento del cadáver serían procesados y dados de baja por incumplimiento de deber. Según la investigación interna, ambos sustrajeron 200 dólares e hicieron desaparecer los documentos de identidad del occiso. La institución, golpeada por la crisis y por su propia precariedad, intentaba así dar una señal de control.
La declaración cayó como un golpe seco en una ciudad acostumbrada al caos, pero no a que la propia institución policial expusiera públicamente sus fallas.
Un muerto sin nombre, un informe sin verdad
A Postigo le asomaba ahora otro frente: el caso del mendigo pankataya. Según sus propias sospechas, también había sido asesinado esa misma fecha.
La coincidencia temporal —dos muertos en un radio de apenas doscientas metros, ambos en la madrugada del 20 de abril— ya no podía verse como un simple azar. Y si los agentes encargados del levantamiento del cadáver de Laruta estaban bajo investigación, ¿qué garantías había de que el caso del pankataya hubiese sido tratado con mayor rigor?
Postigo observó el informe. El documento señalaba que el cuerpo presentaba “golpe contuso en la región temporal derecha” y “vestimenta deteriorada por el uso”. Nada más. Ni una descripción del lugar exacto. Ni una fotografía. Ni una lista de pertenencias. Ni un testigo directo. Una hora imprecisa del levantamiento.
Era un registro incompleto, casi negligente, y Postigo lo sentía como un silencio deliberado.
Era un expediente fantasma. “Esto no es un informe”, pensó. “Es un trámite”.
Abril quedaba atras y los dias se desgranaban del almanaque, acercando la fecha de las elecciones generales, del 14 de julio.
El periodista Postigo, que a veces también se daba el gusto de juntarse con amigos y colegas para celebrar el viernes de soltero, volvió a postergar ese ritual cantinero. Salió apresurado rumbo al cine 6 de Agosto. Allí lo esperaba su esposa, María. Habían acordado ver Memorias de África, protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford, la historia de una mujer británica que, en medio de un continente ajeno, encuentra un hogar emocional.
Mientras caminaba, Postigo sintió que la ciudad seguía cargada de sombras, pero por un par de horas intentaría dejarlas afuera. El caso Laruta, sin embargo, seguía respirando detrás de él, como un murmullo que no sabía apagarse.
Salieron del cine 6 de Agosto con el murmullo de la gente todavía flotando en el vestíbulo. La noche paceña estaba fría, pero no incómoda. María caminaba a su lado, con esa expresión tranquila que le quedaba después de una película que la había conmovido.
—Me gustó —dijo ella, sin apuro—. Esa idea de encontrar un lugar propio, aunque sea lejos de todo.
Postigo asintió.
—Sí… —respondió, pero su voz tenía un peso distinto.
María lo miró de reojo.
—¿Estas atrapado en tu caso?
Él sonrió apenas, una sonrisa cansada.
—Un poco. El expediente del pankataya está vacío. Demasiado vacío.
—¿Y eso qué significa?
—Que alguien no quiso mirar —dijo él—.
Caminaron unos pasos en silencio. María se detuvo un instante y lo tomó del brazo.
—Juan… no dejes que eso te coma la cabeza. Al menos no hoy.
Él respiró hondo.
—Lo intento. Pero hay cosas que no se dejan afuera tan fácil.
María apoyó la cabeza en su hombro, apenas un segundo. —Entonces míralas mañana. Hoy mírame a mí.
El gesto lo conmovió, pero no logró despejarle la inquietud que lo acompañó todo el fin de semana. Para distraerse —o al menos intentarlo— Postigo propuso a su esposa ir de compras al mercado de Villa Fátima. En realidad, su idea era otra: averiguar qué sabían —o qué recordaban— sobre la vida del pankataya.
En horas de la mañana, ese mercado es un hervidero. Desde los Yungas llegan variedades de frutas, verduras y hierbas frescas, mientras vendedores ambulantes ofrecen de todo: desde remedios para el dolor muscular hasta venenos para combatir ratones y pulgas. Un flujo constante de gente convierte las calles en un corredor vivo de voces, aromas y colores. Allí, entre el bullicio, Postigo esperaba encontrar alguna pista que no figuraba en ningún informe.
Para convencer a María de que también colaborara con sus averiguaciones, se detuvieron a tomar api con empanadas, tan tradicionales allí como las salteñas o los jugos de fruta, un deleite aparte para quienes hacen el mercado semanal.
Mientras bebía el api caliente, Postigo observaba a los comerciantes, a los cargadores, a las caseritas que parecían saberlo todo de todos. Ese era su verdadero objetivo: escuchar, preguntar sin preguntar, dejar que el rumor hiciera su trabajo.
María lo miró con una mezcla de cariño y sospecha.
—Juan… ¿seguro que solo querías venir a comprar? —le dijo, con media sonrisa.
Él respondió con otra sonrisa, más honesta que convincente.
—Digamos que… también quería saber algo más del pankataya.
María suspiró, resignada pero cómplice.
—Está bien. Pero primero desayunamos.
Postigo asintió. Sabía que, con ella a su lado, las puertas del mercado se abrían de otra manera.
Fue María quien lanzó la pregunta a la cholita que, iluminada por un sol radiante, ofrecía api caliente, tojori espeso y empanadas infladas como globos.
—Caserita, ya no lo veo al pankataya andando por aquí —dijo María—. Lo he estado buscando para darle unas ropas. Ahora que ha comenzado el invierno, tengo unos abrigos.
La vendedora cambió de expresión. Miró a sus clientes, como asegurándose de no interrumpir ninguna venta, y respondió con voz pausada:
—Dicen que un día se subió a un camión que viajaba a los Yungas… y nadie lo ha visto desde entonces.
Postigo escuchó sin mover un músculo. Sabía reconocer una versión cuando la oía: rumor, especulación, un relato que se acomoda según quién lo cuente. En estos casos, hasta las mentiras sirven.
No insistió. Pagaron y siguieron caminando entre los puestos para hacer sus compras, mientras el mercado seguía respirando a su alrededor.
—Señorita, cómpreme papayas de Chulumani… tengo choclos fresquitos… venga, venga por aquí, señora, le voy a yapar… venga, venga.
María, sonriente, se acercó a la vendedora y pidió unos choclos. La caserita, generosa como tantas en Villa Fátima, les ofreció unas mandarinas ya peladas para que las probaran. Era la magia del mercado: el gesto amable que convertía la compra en un pequeño ritual.
María, sin perder el hilo de sus averiguaciones sobre el pankataya, volvió a preguntar. Esta vez, la respuesta fue distinta.
—Pobrecito debe estar bien enfermo —dijo la vendedora—. Hace una semana que no se lo ve. Siempre pasaba por mi puesto… yo le daba alguito de lo que sobraba.
María explicó que lo buscaba para darle unos abrigos, ahora que el invierno se acercaba. La caserita asintió con un gesto de pena.
Cuando ya se retiraban del puesto, escucharon que la mujer les decía:
—Señora, vaya donde doña Remigia, la comidera de allá adentro. Para ella el pankataya llevaba las aguas grasientas y sucias, las botaba al río. Ella sabe… hace tiempo que ese pobre, por un plato de comida, ayudaba a la Remigia.
Postigo tomó nota mental. Esa pista sí tenía peso.
Ambos buscaron a la persona indicada en el comedor del mercado. Apenas ingresaron, las voces se multiplicaron para tentar a los posibles clientes:
—Pase, patroncito, aquí tenemos lomito… —Señorita, aquí tiene asiento… venga, venga, le voy a servir sopa de maní… —Thimpu calientito, caserita… está sabroso…
El comedor era un laberinto de mesas estrechas, vapores espesos y ollas que hervían sin descanso. Pero doña Remigia no estaba en su puesto. Su mesa vacía, cubierta con un mantel de hule gastado, parecía confirmar que no había venido ese día.
La pareja se miró, resignada. No había más que hacer allí, así que volvieron a salir al pasillo principal del mercado, donde el bullicio retomó su ritmo habitual.
Fue María quien se animó a preguntar a una de las comideras por doña Remigia. La respuesta fue explícita:
—Desde el viernes no abre su puesto —dijo la mujer, limpiándose las manos en el delantal—. Su hija, la Clotilde, se estaba casando el sábado. Recién el lunes va a estar de vuelta.
El lunes, entonces, sería un día clave. Postigo lo sintió de inmediato: una puerta que por fin podía abrirse en medio de tantas versiones sueltas.
Con sus bolsas de compra y un cansancio leve, ambos llegaron a casa todavía con los pensamientos retenidos en el caso del pankataya. Saludaron a María Elena, la suegra de Juan de Dios, que había preparado el almuerzo y cuidaba a su nieto Vladimir, recién llegado también después de un partido de fútbol en el barrio.
Sentados todos a la mesa, la madre de María los observó de reojo. Sospechaba que algo había pasado en el mercado: los veía serios, distraídos, como si una conversación pendiente siguiera latiendo entre ellos.
El aroma del almuerzo llenaba la cocina, pero la tensión era otra presencia en la mesa.
—Cariño… ¡ya tengo al pollo del pescuezo! —dijo María, casi gritando, cuando todos comían en silencio.
—¿Cuál pollo, mamá? ¿Cuál pollo? —reaccionó el hijo, con una mezcla de sorpresa y picardía.
Y entonces estallaron las risas: primero él, luego María, después la suegra, y finalmente Postigo, que por un instante dejó de pensar en el caso.
La ocurrencia de madre e hijo rompió el aire denso como si alguien hubiera abierto una ventana.
El almuerzo, al fin, recuperó su ritmo familiar.El almuerzo avanzaba con normalidad después de las risas, pero María Elena seguía observando a la pareja con esa mirada que solo tienen las madres: una mezcla de intuición y paciencia.
Dejó los cubiertos sobre el plato y, sin levantar la voz, dijo:
—A ver… ¿qué ha pasado en el mercado? Están raros los dos.
María bajó la mirada un instante, como si buscara las palabras. Postigo tomó aire, pero fue ella quien habló primero.
—Nada grave, mamá. Solo… estuvimos preguntando por el pankataya.
La suegra frunció el ceño.
—¿Otra vez ese caso? —dijo, sin reproche, pero con preocupación sincera—. Juan, te estás metiendo mucho en eso.
Postigo intentó sonreír.
—Es parte del trabajo, doña María Elena. Y hoy solo queríamos saber si alguien lo había visto últimamente.
La mujer lo miró con una mezcla de afecto y advertencia.
—El trabajo es el trabajo, hijito. Pero no me gusta verlos así, con la cabeza en otra parte. Ni a ti ni a mi hija.
María le tomó la mano a su esposo debajo de la mesa, un gesto pequeño pero firme.
—Estamos bien, mamá. Solo fue un día largo.
La suegra asintió, aunque no del todo convencida. El nieto, ajeno a todo, seguía comiendo como si nada. La vida doméstica continuaba, pero la sombra del caso seguía allí, silenciosa.
Juan de Dios se animó entonces a comentarle a su suegra los detalles extraños del asunto que lo preocupaba. María Elena lo escuchó con atención, frotándose las manos como si envolviera una idea que recién empezaba a tomar forma.
—Yo también quiero ayudar —dijo al fin—. Soy una mujer vieja, pero puedo ir a hablar con la comidera. Entre viejas, a veces surge el efecto de la confianza.
María levantó la mirada, sorprendida. La suegra continuó, con una seguridad que no admitía réplica:
—A Juan no le van a decir ni la hora. A María quizá… pero siempre hay desconfianza. En cambio, a mí sí me hablan. Yo quiero ayudar.
Postigo la miró con una mezcla de gratitud y preocupación. Sabía que, en ese mundo de mercado, favores y silencios, la palabra de una mujer mayor podía abrir puertas que a él se le cerraban.
Y también sabía que, sin quererlo, el caso empezaba a arrastrar a toda la familia.
El miércoles 8 de mayo, por la noche, María Elena esperó a que su yerno llegara para contarle el encuentro con doña Remigia. Apenas Postigo dejó las llaves sobre la mesa, ella comenzó su relato.
—El mercado de Villa Fátima estaba más tranquilo —dijo—. Eso ayudó a conversar. Y además… hacía tiempo que no comía un hígado apanado con ensalada de betarraga.
Sonrió, como disculpándose por el desvío gastronómico, y luego fue al punto.
—“¿Para qué lo está buscando, mamita?”, me dijo —continuó María Elena—. Su voz… no sé cómo explicarte. Era como si hablara desde muy lejos, apenada quizas por sus propias preocupaciones.
Le mostré la bolsa de ropa usada que había llevado para él. Remigia la tocó apenas con la punta de los dedos, como si fuera algo frágil.
—“Hace un mes que no aparece”, me dijo. “No hay dónde buscarlo. Él duerme bajo el puente… y cuando llueve, se mete debajo de las tarimas. Ahí nomás, como un animalito que no quiere molestar”.
La suegra bajó la voz, como si el dato la hubiera golpeado más de lo que quería admitir.
—Eso me dijo. Y que nadie lo ha visto desde entonces.
Postigo sintió que una pieza encajaba, aunque todavía no sabía en qué rompecabezas.
—Ah… también me contó —dijo María Elena, con los ojos humedecidos—. A ese chico… así le dice. Lo conoce desde joven.
Se acomodó en la silla, arrastrada por un recuerdo que no era suyo, pero que la tocaba igual.
—Cuando Remigia era muchacha —continuó—, salía con su mamá por las noches a vender rellenos de plátano y de papa. En la avenida donde ahora está el mercado —explicó, señalando un punto imaginario—. A las seis de la tarde se ponían en fila las comideras, cada una con su olla y su brasero. Ají de fideo, chicharrones con chuño, ají de panza… y café y sándwich de sardina. A esa hora los trabajadores de la fábrica de fósforos, los de la fábrica de chocolates Corona, la fábrica de Pinturas Monopol y hasta los taxistas llegaban a matar el hambre.
Remigia lo relató como si esa época todavía doliera.
—Ese chico… Carlitos… —dijo—. Al principio solo venía a mirar. Se paraba ahí, quietito, como si no quisiera molestar. Miraba cómo servíamos los platos, cómo la gente comía, cómo los trabajadores dejaban sus monedas sobre la mesa. No hablaba, pero entendía todo.
Una tarde —contó Remigia—, su madre le pidió que alcanzara un balde con agua para lavar los platos. Carlitos, sin que nadie le dijera nada, lo tomó y se lo llevó.
—Desde ese día empezó a ayudar —dijo—. Barría el piso, juntaba los platos, botaba la basura. No hacía falta explicarle mucho. Él miraba, aprendía y lo hacía. Era como un perrito fiel… pero sin dueño.
Con el tiempo, las comideras lo fueron conociendo. Algunas le daban un plato de comida; otras, un jarro de café. Y cuando sobraba algo, siempre había una mano que se lo alcanzaba.
—Se ganaba sus pesitos —recordó Remigia—. Poquito, pero era suyo. Y él se alegraba, el pobrecito. A veces hasta sonreía, aunque no hablaba, era mudo, despues nos hemos dado cuenta, pero bien servicial. Y cuando llovía, se metía debajo de las tarimas para no mojarse. Ahí dormía, pobrecito.
La voz de Remigia —según María Elena— se quebró un instante.
—Con los años se fue quedando más sucio, más descuidado. Siempre con la misma ropa. Por eso los chicos de la escuela le pusieron ese apodo feo… pankataya. Escarabajo. Porque decían que vivía entre la basura. Pero él no hacía daño a nadie. Solo quería estar entre la gente.
María Elena terminó el relato con un suspiro.
—Así empezó a ayudar, Juan. Así se ganó su lugarcito entre las comideras.
Postigo sintió que la historia, por primera vez, tenía un nombre, un origen, una herida.
María Elena respiró hondo antes de continuar.
—Ah… también me contó otra cosa —dijo, bajando la voz—. Todos los días pregunta por él, y nadie sabe nada. Una chica que vende api en la otra calle dijo que se subió a un camión que viaja a los Yungas. Pero… ¿quién sabe? El pobre, como no habla… ¿dónde estará ahora?
—Eso a Remigia le preocupa —añadió—. Que nadie lo haya visto. Que desaparezca así, como si fuera nada.
Postigo apretó los labios. La versión del camión era solo un rumor más. La desaparición, en cambio, era real. Y la muerte… también.
Por primera vez, sintió que la historia de Carlitos no era solo un caso: era una deuda.
Postigo tenía ya una parte de la historia de Carlitos, el mal llamado pankataya, asesinado en Villa Fátima el pasado 20 de abril. Con esa información en la mano, se reunió posteriormente con el sargento Canqui para comentarle lo averiguado.
Postigo expresó a Canqui sus dudas. Había demasiadas inconsistencias.
—Pese al pedido oficial de una autopsia —dijo—, aún no se conoce el informe final. Nada. Todo queda abandonado por la apariencia física… por su condición de calle.
Canqui frunció el ceño. Él también había visto casos así: vidas descartadas por el simple hecho de no tener nombre, ni casa, ni voz.
—No me cuadra, Juan —respondió el sargento—. Si no había signos de violencia, ¿por qué no entregaron el informe? ¿Por qué tanta demora?
Postigo abrió su cuaderno. Había anotado cada detalle, cada contradicción, cada silencio administrativo.
El caso, que al principio parecía un trámite rutinario, empezaba a oler a otra cosa.
Postigo pasó las hojas del informe, subrayadas y dobladas.
—Pero no pidieron identificación. No tomaron huellas. No hicieron nada. Solo levantaron el cuerpo y lo mandaron a la morgue. Y la autopsia… desaparecida.
Canqui apretó la mandíbula.
—Eso es lo que me preocupa. Cuando un caso no interesa, lo dejan tirado. Pero cuando lo esconden… es otra cosa.
Postigo lo miró fijo.
—¿Crees que lo esconden?
El sargento no respondió de inmediato. Caminó hasta la ventana, miró la calle oscura y volvió a sentarse.
—Radiopatrullas 110 enredó todo —dijo al fin—. Sustrajeron el dinero de Laruta. El cadáver número uno se levantó después de las ocho de la mañana, cuando curiosamente el cadáver número dos se levantó después de las cinco. Ambos el mismo día. Y con un informe confuso, intencionalmente elaborado para ser archivado por tratarse de dos personas NN.
Radiopatrullas no está diciendo todo. Y cuando no dicen todo… es porque algo pasó.
Toribio Canqui se quedó un momento en silencio, mirando el parte policial como si quisiera arrancarle la verdad a la fuerza. Luego cerró la carpeta con un golpe seco.
—Voy a reunir todo lo que pueda —dijo—. Lo de la morgue, lo de Radiopatrullas, los nombres del turno, el libro de guardia. Todo. No voy a dejar que esto quede así.
Postigo asintió. Sabía que, en manos de Canqui, esos documentos podían abrir grietas donde otros solo veían muros.
—Mientras tanto —continuó el sargento—, tú sigue con lo tuyo. Averigua quién era de verdad ese muchacho. Qué hacía. Con quién hablaba. Quién lo quería y quién no.
Postigo guardó su cuaderno en el bolsillo interior del saco.
—Eso haré. Si no reconstruimos su vida, nadie va a entender su muerte.
Canqui lo miró con una seriedad que pocas veces mostraba.
—Y nadie va a reclamar justicia por él, Juan. Nadie, excepto nosotros.
El periodista sintió el peso de esas palabras. Carlitos —el mal llamado pankataya— ya no era un desconocido tirado en una gradería. Era una historia rota que alguien había querido borrar.
Y ellos dos, apenas un sargento y un periodista, eran los únicos dispuestos a seguir el hilo.
El detective Ringo Vera, en su encuentro con Canqui, trató de insinuar que el caso —por su “situación aislada”— debía ser archivado.
—¿Cómo vamos a dar con el autor, o con los culpables, si es que hubo algún delito? —dijo, encogiéndose de hombros—. No hay testigos, no hay familia, no hay nada.
En cierto sentido, Vera tenía razón. La policía no contaba con recursos para seguir un caso así: un muerto sin nombre, sin documentos, sin historia. Un cuerpo recogido, sin signos aparentes de violencia, sin nadie que preguntara por él. Un caso que, en los papeles, parecía condenado a desaparecer.
Pero Toribio Canqui no era hombre de dejar las cosas a medias.
—No estoy diciendo que sea fácil —respondió, con su calma habitual—. Solo digo que no podemos cerrarlo así nomás.
Vera lo miró con fastidio.
—Toribio… tenemos otros casos. Casos con denuncias, con víctimas, con presión. Este… este es un callejero. Un borrachito. ¿Qué más vamos a encontrar?
Canqui apretó la mandíbula. Sabía que discutir con Vera no serviría de nada, pero también sabía que rendirse era peor.
—Pido una semana —dijo al fin—. Solo una. Déjame revisar la morgue, Radiopatrullas, el libro de guardia. Si no encuentro nada, lo archivamos. Pero si encuentro algo…
Vera suspiró, resignado.
—Una semana, Toribio. No más.
Canqui asintió. Y cuando salió de la oficina, ya tenía claro su plan.
Mientras él reuniría cada documento, cada omisión, cada silencio administrativo, Juan de Dios Postigo se dedicaría a reconstruir la vida real del mendigo asesinado. Entre ambos, quizá, podrían devolverle un nombre a Carlitos.
Un colega de Radio Metropolitana, con quien Postigo compartía una mesa en la confitería Ópera de la calle Comercio, lanzó la pregunta de frente, sin anestesia, como suelen hacerlo los periodistas que creen saber más de lo que saben.
—A ver, Postigo… decime pues, ¿cuánto te ha entrado de la policía por esas averiguaciones que estás haciendo sobre la muerte de Facundo Laruta?
Postigo no reventó. No hizo escándalo. Solo lo miró fijo, con esa mirada que en La Paz basta para poner a alguien en su sitio.
—Yo no figuro en la lista de los sobornados —le dijo, despacio—. Pero en la brigada parlamentaria de los banceristas vos estás anotado con nombre y apellido. No jodás conmigo.
El colega se quedó quieto, como si le hubieran jalado la alfombra. Movió la cucharilla sin necesidad, evitó la mirada, tragó saliva.
La Ópera seguía igual: olor a café, oficinistas entrando y saliendo, el murmullo de siempre. Pero entre ellos dos, el aire se había puesto pesado.
El colega bajó la cabeza. Sabía que había metido la pata. Y que Postigo no era de los que olvidan fácil.
Postigo tomó un sorbo de café, sin apuro.
—Si quieres hablar del caso, hablamos —añadió—. Si vienes con insinuaciones, buscate otra mesa.
Postigo salió de la confitería Ópera con el café todavía amargo en la boca. No por el sabor, sino por la conversación. Caminó por la calle Comercio, entre vendedores de lotería y oficinistas apurados, pensando en lo que acababa de escuchar.
La corrupción en la policía no lo sorprendía. La corrupción en la política, menos. Pero la corrupción en los medios… esa siempre le dolía distinto.
En La Paz, todos sabían quién recibía sobres, quién cobraba favores, quién acomodaba titulares según el viento político. No hacía falta decir nombres: bastaba ver quién callaba cuando debía hablar, y quién hablaba demasiado cuando debía callar.
Postigo se detuvo frente a una vitrina empañada. Se vio reflejado: cansado, ojeroso, con el saco arrugado por tantas horas de calle.
“¿Cuándo nos jodimos?”, se preguntó.
Recordó sus primeros años en Jornada: redactores que discutían por una coma, editores que devolvían notas enteras porque no estaban “a la altura”, reporteros que dormían en la redacción para no perder un dato. Había orgullo. Había oficio.
Nombres como Luis Martínez, Isidro Acebey, Gelsina D’Donato, el gordo Mendoza, Marcelo Delgado… gente que hacía periodismo de verdad, de ese que se aprende mirando, escuchando, aguantando. Postigo movió la cabeza. Había muchos más para nombrarlos.
Mientras caminaba, su mirada retrocedió hasta la plaza Murillo, donde en la puerta del Palacio Quemado todavía permanecía el arbolito, ese punto de encuentro donde los periodistas se concentraban para cubrir noticias, intercambiar comentarios del día o simplemente medir el pulso político de la ciudad.
Ahí, en sus comienzos de 1975, Postigo había conocido a sus contemporáneos: el Ricardo Andrade, David Tirado, Minili Ordoñez, Alfonso Contreras, Carlitos Arce… Con los años se dispersaron, cada uno por su lado, pero cuando se cruzaban todavía se reconocían con un gesto, un apretón de manos, una broma vieja. Eran periodistas de otros tiempos, de esos que aprendieron el oficio en la calle, en la espera, en la mirada atenta.
La aprendían ahí mismo, bajo el sol o el frío paceño, escuchando, anotando, corriendo detrás de un ministro que escapaba por la puerta lateral del Palacio, o esperando horas enteras frente a la centenaria puerta del palacio presidencial.
Ahí se aprendía más que en cualquier aula. Ahí se formaban los reflejos, la intuición, el olfato. Ahí se templaba el carácter.
Y Postigo, al recordarlo, sintió esa mezcla de orgullo y melancolía que solo sienten quienes han visto cambiar un oficio desde adentro.
Postigo se detuvo un instante, como si el recuerdo le apretara el pecho. Pensó en cómo había cambiado todo: los colegas que ahora se acomodaban al mejor postor, los comunicados repetidos como noticias, los sobres discretos, los almuerzos “de cortesía”, los viajes “de cobertura”.
Y lo peor: la naturalidad con la que muchos lo aceptaban.
El arbolito seguía ahí, firme, testigo de épocas mejores. Pero los periodistas… ya no eran los mismos.
Postigo sintió un cansancio antiguo, de esos que no vienen del cuerpo sino del alma. Mientras subía la calle rumbo a su casa, los interrogantes del caso Pankataya volvían a girarle en la cabeza como un molino que no se detiene.
“Mañana voy a hablar con Remigia, la comidera”, pensó, justo antes de abrir la puerta de su vivienda.
Adentro, el ambiente hogareño lo recibió con su rutina conocida: el hijo inclinado sobre sus deberes escolares, María corrigiendo calificaciones con sus lentes a media nariz, y él, hambriento y cansado, tratando de dejar afuera el peso del día.
La mesa estaba servida. La conversación fue la de siempre: comentarios breves, retazos del día, pequeñas quejas, alguna risa. Ese murmullo doméstico que sostiene la vida sin pedir nada a cambio.
Pero Postigo estaba lejos. Comía, asentía, escuchaba… pero su mente seguía en Villa Fátima, en las graderías del mausoleo, en el cuerpo sin nombre, en la contusión que alguien quiso borrar.
—Mañana voy a hablar con Remigia —dijo finalmente, rompiendo el hilo suave de la cena.
María levantó la vista.
—¿Otra vez con ese caso, Juan?
—Tengo que avanzar —respondió él—. Ese hombre no murió así nomás. Y nadie va a preguntar por él si yo no lo hago.
María no insistió.
Después de la cena, mientras guardaban los platos, él volvió a repetirlo para sí mismo, como una promesa o una advertencia:
“Mañana voy a hablar con Remigia.”
Y supo que esa visita podía abrir una puerta que tal vez no se cerraría fácilmente.
Eran las tres de la tarde. A esa hora la concurrencia en los comedores populares bajaba, y el bullicio del mediodía se convertía en un murmullo cansado. Doña Remigia recibió al periodista con agrado, aunque en los primeros minutos esquivó las preguntas con frases cortas, moviendo ollas vacías y acomodando platos como para ganar tiempo.
Pero cuando Postigo le mostró un par de fotografías del Pankataya, algo en ella cambió. Se quitó el delantal, lo dobló con cuidado y llamó a la joven que hacía de ayudante.
—Hijita, traé una CokaQuina y dos vasos —ordenó, sin dejar de mirar las fotos.
La muchacha obedeció. Remigia se sentó a su lado, con un suspiro que parecía venir de muchos años atrás.
—Toda la comida se ha vendido, caballero —dijo, sirviendo la bebida—. No tengo nada para invitarle… pero si quiere hablar, aquí estoy.
Postigo asintió. Sabía que ese gesto —sentarse, sonreir, ofrecer un refresco— era la señal de que la conversación recién empezaba.
Remigia tomó una de las fotos entre sus dedos ásperos.
—A este lo he visto crecer —murmuró—. Era un pobre muchacho, pero no era malo. La gente nomás le decía Pankataya… como si no tuviera nombre.
Postigo esperó. Sabía que no debía apurarla.
Remigia respiró hondo, como si tragara un recuerdo difícil.
—Ya… pregunte, pues. Lo que yo sepa, le voy a decir.
Remigia, sin saber que Juan ya conocía parte de la historia, comenzó a relatar mientras sostenía la fotografía entre los dedos.
—Cuando yo tenía mis dieciséis años, ayudaba a mi mamá con la venta de comida —dijo—. Ahí lo conocí al chico.
Se acomodó en la banca, como si el recuerdo la llevara lejos.
—Era flaquito, su carita blanca… y apareció una tarde, sentadito donde los trabajadores comían. Unos en banquitos, otros parados. No había pues comedor como ahora. Todo era en la calle nomás.
Remigia hizo un gesto con la mano, como señalando un tiempo que ya no existe.
—El chico no hablaba. Un día yo lo agarré de los hombros, lo sacudí un poquito para que me diga su nombre… y nada. Y nada. Ahí me di cuenta que era mudo. Y algo tocado de la cabeza también.
Postigo escuchaba sin interrumpir.
—No sabíamos su nombre —continuó ella—. “Chico aquí, chico allá”, así nomás le decíamos. Hasta que un día él me mostró una foto de revista… ese actor de cine, Carlitos Chaplin. Entonces yo le dije “Carlitos”. Y él se alegró, ¿sabe? Como si por fin alguien lo hubiera visto.
Remigia sonrió apenas, con tristeza.
—Pero después de la venta desaparecía. Sin decir nada se iba, hasta el día siguiente. A veces venía limpio y bien peinadito… y a la semana ya estaba sucio y descuidado otra vez.
—Era un alma nomás, caballero. Una alma que andaba por ahí —murmuró.
Luego bajó la voz, como si lo que iba a contar hubiera quedado guardado muchos años.
—Una noche… yo nomás me he dado cuenta. Carlitos juntaba los centavitos que las otras doñas le daban por la ayuda, y en una latita se llevaba también comida. No sabíamos dónde, pero yo lo he seguido… y ¿qué he encontrado?
Remigia se inclinó hacia adelante, como si volviera a ver la escena.
—Una mujer, con otra wawa en el pecho, sentada frente a la fábrica de fósforos, pidiendo limosna. Ahí estaba ella, quietita, como esperando algo. Yo, por sonsa nomás, no le he hablado. Me ha dado pena, miedo… no sé.
Suspiró.
—Unos días después le he contado a mi mamá, y nos hemos ido hasta ese lugar para hablar con esa mujer. Yo creo que era la mamá del Carlitos, ¿sabe? Tenía su misma carita triste.
Postigo no dijo nada. Remigia continuó:
—Esa noche no estaba. Otra noche tampoco. Y ya no hemos ido más. La vida era dura, pues. Y Carlitos seguía viniendo al puesto. Estaba asi nomas, sí… pero cada vez más triste. Más sonsito. Como si algo por dentro se le estuviera apagando.
—Pobrecito. Nadie lo cuidaba. Nadie preguntaba por él. Solo venía, ayudaba, comía… y se iba a su mundo —dijo Remigia.
Guardó silencio un instante, como si algo más se abriera paso desde muy atrás.
—No recuerdo en qué año mi mamá se ha muerto —continuó—. Yo ya me he casado, he tenido mis wawas para criar… hasta que mi marido, con otra, se ha escapado a las minas. Yo me he quedado con dos hijos, pues. En ese tiempo estaban construyendo el mercado y yo me he anotado para un puesto. Y aquí estoy, bien nomás, trabajando.
Suspiró, como quien acepta la vida tal cual vino.
—Y como bendición o maldición, ese chico Carlitos, ya hombre, ha vuelto a aparecer entre los puestos. Dando vueltas y vueltas con su latita para comida. Y siempre tenía un morralito colgado al hombro… creo que ahí guardaba su platita.
Remigia sonrió con una ternura triste.
—Yo le he dicho: “Carlitos, yo soy la Remigia”. Y él… un poquito ha movido sus ojitos. Creo que me ha reconocido. Pero ya la mala gente le decía Pankataya. El pobrecito andaba sucio, su ropa parecía como con alquitrán, negra y brillante por la grasa. Así vivía.
—De todo el tiempo que yo lo conozco a Carlitos, yo creo que él nunca ha bajado a la ciudad. Solo conoce el mercado de Villa Fátima, quizá hasta por ahí nomás. No tomaba, no era peleador ni malo.
La frase quedó flotando, como una defensa sencilla pero contundente de alguien que nunca tuvo quién hablara por él.
Se quedó mirando la mesa, como si viera pasar al muchacho entre los puestos.
—Era nomás cuando se ha muerto el general René Barrientos —dijo—. Yo tenía dieciséis años, bien me acuerdo. En las calles lloraban por el presidente. Y el Carlitos… ya no era tan wawa, medio jovencito, pero flaquito y de carita blanca. Ha tenido que tener uno 15 o un poquito más. Y en todo ese tiempo no ha crecido, así nomás ha envejecido.
Remigia parecía recordar por trozos, como si la vida de Carlitos estuviera hecha de pedacitos sueltos.
—No recuerdo el mes, ni el año —dijo—, pero sí la circunstancia. En el puesto de café de doña Zenobia, el Carlitos… no sé cómo se ha quemado el pie izquierdo con agua caliente. No era grave, pero se ha quemado. El joven que lustraba zapatos en la esquina lo ha llevado al consultorio de emergencias de la avenida Camacho. Ay, el pobre ha cojeado un tiempo.
Postigo tomó nota. Luego preguntó por esas dos personas: la lustra botas y doña Zenobia.
Remigia movió la cabeza, negando despacio.
Remigia volvió a mirar la foto, como si buscara un rostro que ya no existe.
Postigo se levantó con intención de marcharse, agradeciendo la conversación y el tiempo de doña Remigia.
—Gracias, señora. Me ha ayudado bastante —dijo, guardando su libreta.
—Joven, venga —lo llamó de pronto Remigia, levantando la mano.
Postigo se detuvo y volvió sobre sus pasos.
Ella señaló con la barbilla hacia la calle, al otro extremo, donde un hombre estaba sentado sobre una piedra, descansando con los brazos colgando entre las rodillas.
La verdad que se queda en la garganta
—Ese es el Benedicto —dijo en voz baja—. Cargador de confianza del mercado. Vaya a hablar con él. Siempre estaban comiendo juntos alguna vez, él y el Carlitos. Vaya, vaya… antes que se escape.
Postigo siguió la dirección de su mirada. El hombre parecía ajeno a todo, mirando el suelo, como si cargara más peso del que sus hombros podían soportar.
Remigia añadió, casi en un susurro:
—Él sí le va a contar cosas. A su modo, pero le va a contar.
Postigo agradeció, sintiendo que la historia acababa de abrir otra puerta.
El hombre señalado, apenas vio que Juan se acercaba, se levantó para seguir su camino.
Postigo hizo señas para que se detuviera. Se presentó de la manera más convincente que pudo, con esa mezcla de respeto y firmeza que usaba cuando sabía que la verdad estaba cerca.
Benedicto cedió. Volvió a sentarse, con la foto de Carlitos apretada en la mano, en silencio, como si necesitara ese pedazo de papel para sostenerse.
—Caballero… —dijo al fin, sin mirarlo—. Esa noche yo estaba borracho. Siempre en las nochecitas me tomo mi pisquito con coca, y el pankataya, calladito, sentadito a mi lado. Siempre estábamos así.
Repitió la frase, como si fuera un rezo aprendido para no perderse:
—Siempre estábamos así.
Postigo lo observó con atención. Había algo en esa repetición, en esa quietud, que no era simple borrachera: era costumbre, era rutina, era miedo. Y también, quizá, un recuerdo que todavía no se animaba a salir. El periodista comprendió que había llegado hasta el cargador que vio al pankataya la última noche. Ese detalle era lo más importante: un testigo silencioso, un hombre acostumbrado a mirar sin ser visto.
Pero Benedicto reaccionó con desconfianza. Su cuerpo se cerró, su mirada se endureció, y de inmediato cambió de tema, como quien apaga una vela antes de que el humo delate algo.
—Yo soy de Curahuara de Carangas —dijo, como si esa información pudiera alejarlo del presente—. He llegado a La Paz en un camión de los movimientistas, pues… de todos lados han venido para recibir al jefe, a Víctor Paz Estenssoro, después de la revolución del 9 de abril del cincuenta y dos.
Hablaba mirando al suelo, como si recitara una historia que ya había contado demasiadas veces.
—Yo era joven, quería trabajar… —continuó—. Pero pocos meses después me han botado de la fábrica Forno, no sé por qué. Y he quedado en la calle.
Postigo lo escuchó sin interrumpir. Sabía que ese desvío no era casual: cuando un hombre pobre empieza a contar su vida desde tan atrás, es porque no quiere hablar de lo que pasó anoche, sino de lo que lo convirtió en lo que es.
La tarde caía sobre la ciudad, el sol anunciaba su retiro detrás de los cerros, y esa luz oblicua —entre dorada y cansada— parecía acompañar la conversación como un testigo más. Postigo sintió que el desvío de Benedicto no era un simple capricho: cuando un hombre pobre retrocede tantos años en su relato, es porque adelante hay algo que no quiere mirar. Y eso, para un periodista, era una pista tan clara como una huella en el barro.
La tarde se enfriaba. Postigo propuso:
—Benedicto, vayamos a una cafetería. Ahí, calientito, podemos seguir hablando.
El cargador negó de inmediato, casi asustado.
—No, no… no me dejan entrar. Afuerita nomás me dan la comida. Y hay caseritas que en la calle venden su comida.
La frase cayó con la naturalidad de quien ya ha sido rechazado tantas veces que dejó de dolerle. Postigo no quería perder la charla, no ahora que sentía que el hombre estaba a punto de abrir una rendija más.
Entonces Benedicto, inesperadamente, sonrió apenas.
—Un cigarrito entonces nos fumaremos.
Sacó uno arrugado del bolsillo. Lo encendió con manos temblorosas. Y en ese gesto —el fuego breve, el humo que subió lento, la forma en que levantó la mirada por primera vez— Postigo sintió que se corría una cortina, dejando entrar la tenue luz de la tarde.
Era como si el cargador, por un instante, se permitiera existir sin miedo. Juan intuyó que lo que venía después podía ser decisivo.
Benedicto empezó a recordar la noche del 19 de abril.
—En la plaza Villarroel… —dijo—. Esa tarde había campaña política para las elecciones. Estaban los del partido de ese general, Hugo Banzer. La gente hervía, pues. Yo he visto desde lejitos nomás… bandas y globos, heladeros, vendedores de patitas… tantos otros dando vueltas en la plaza. Yo solito mirando.
El periodista entendió que Benedicto estaba empezando a bordear la verdad, pero todavía necesitaba rodearla con escenas, con gente, con ruido, como si así pudiera protegerse de lo que venía después.
El cargador, con el cigarrillo entre los dedos, parecía hablar no solo de la plaza, sino de sí mismo.
Postigo, atento, notó algo más: el cargador no estaba contando un recuerdo político, estaba marcando un punto en el tiempo.
La plaza Villarroel, la tarde del 19 de abril. La campaña. La multitud. El ruido. Ese era el marco, aún no la historia.
Y entonces, casi sin transición, Benedicto bajó la voz, como si el recuerdo lo jalara hacia un lugar más oscuro.
—Después… ya de nochecita… —dijo, mirando el cigarrillo consumirse—. Yo he vuelto a mi puesto, ahí por el puente. Y el pankataya también ha venido. Calladito, como siempre.
—Él siempre venía cuando ya estaba frío, pues. Se sentaba a mi ladito. No hablaba, pero escuchaba. Yo le convidaba un traguito… poquito nomás. Y él se quedaba ahí, como si estuviera cuidándome.
El cargador hizo una pausa larga. El cigarrillo se consumía entre sus dedos, y en la brasa temblorosa parecía latir algo que no se animaba a decir. Postigo no lo apuró.
Benedicto respiró hondo.
—Esa noche… —dijo al fin.
Y entonces, como si necesitara justificar su presencia en la plaza, empezó a contar:
—Le he animado ir a la plaza, pues. Porque siempre, después de tanta gente, uno encuentra ropitas olvidadas, platitas arrugadas… algo siempre deja la gente. Un día, en la calle, me he encontrado una radio a pilas. ¿Yo para qué quiero? Le he vendido al heladero.
Postigo escuchaba. Ese tipo de detalles, que para otros serían ruido, para él eran contexto, método de supervivencia, rutina de los que viven de lo que cae.
Benedicto siguió:
—Ah… esa noche, como a las diez… o tal vez medianoche… —se encogió de hombros—. No tengo reloj, ¿para qué? Yo y el pankataya hemos llegado a la plaza. Vacía ya. Unos perros, igual que nosotros, estaban buscando sobras.
La imagen cayó pesada entre ambos: dos hombres pobres, dos perros flacos, una plaza desierta después del ruido político. La ciudad, en su resaca.
Postigo sintió que la escena se acomodaba en su mente como una pieza que por fin encajaba. La última noche del pankataya empezaba a tomar forma.
El cargador hizo una pausa larga, estaba recordando.
—Esa noche… —repitió, como si la frase le doliera en la boca.
De pronto levantó la mirada, desconfiado.
—Joven… ¿usted es policía, no?
La pregunta cayó seca, sin rodeos. Postigo entendió al instante que ese era un punto delicado. Para darle confianza, habló con calma:
—No, Benedicto. Soy periodista. No policía.
La reacción fue inmediata. No alivio. No tranquilidad. Frustración.
Benedicto frunció el ceño, apretó la foto de Carlitos entre los dedos y resopló, fastidiado.
—¿Y usted qué va a hacer, pues? —dijo, con un tono entre rabia y resignación—. Si no es policía… ¿qué va a hacer?
Postigo sintió el golpe de esas palabras. No era un rechazo personal: era la voz de un hombre que había aprendido, a golpes, que solo la autoridad puede mover algo, y que aun así casi nunca lo hace.
Juan no retrocedió. Sabía que, cuando un testigo pobre se frustra, no es porque no quiera hablar: es porque tiene miedo de que hablar no sirva para nada.
Y ese miedo, para un periodista, era terreno fértil.
No podía abandonar ese instante crucial, aunque Juan de Dios estuviera temblando de frío.
Benedicto, curtido por las inclemencias del tiempo, se comportaba tranquilo, casi dueño de la escena.
El cargador le alcanzó un Astoria sin filtro, arrugado, tibio del bolsillo, y una botellita rectangular, de esas de medicina barata, ahora llena de aguardiente.
—Tomate un traguito… el frío se va a ir —dijo.
El periodista no podía negar. Aceptar era parte del pacto silencioso que se estaba formando entre ambos: un cigarro, un trago, una verdad.
Benedicto lo miró fijo, con una mezcla de urgencia y resignación.
—Joven… vayamos a la policía. Yo quiero contar todo lo que le han hecho esa noche al pankataya. Pero yo soy pobre, pues… soy aparapita. Nadie me va a tirar pelota, joven.
Juan de Dios llevó el aguardiente a los labios.
El golpe fue seco, áspero, brutal. Tosió fuerte, casi doblándose.
Pero no era solo el alcohol: eran las palabras.
Porque lo que Benedicto estaba a punto de decir —lo que venía detrás de esa súplica, de ese miedo, de esa botella de medicina convertida en consuelo— estaba a punto de aclarar la muerte de Carlitos, el desconocido al que Postigo ya le había puesto nombre, vida e historia.
Y en ese instante, entre el humo del Astoria y el ardor del aguardiente, Juan supo que estaba a un paso de escuchar la verdad que nadie más había querido o podido oír.
Esa noche, ya seguramente era medianoche… —parpadeó los ojos, como si el recuerdo le ardiera—. Yo le estaba contando al pankataya que tanto trabajo estaba juntando platita para irme a mi pueblo. Allá tengo mi chacra.
Se quedó mirando la nada, como si la plaza vacía volviera a abrirse frente a él.
—Siempre que me acuerdo de mi pueblo… me emborracho. Tantos años sin volver… me amarga, joven. Bien triste me pongo.
Postigo sintió que ese desahogo no era un desvío: era la grieta emocional por donde empezaba a salir la verdad.
Benedicto tragó saliva.
—Esa noche, joven… aparecieron frente a nosotros. No sé si eran jóvenes o viejos… tres hombres. Con una bandera rojo y negro. Cantando por el general Banzer.
Postigo tomó nota mental. La política, otra vez, metida en la noche de los pobres.
—Nos preguntaron a qué partido vamos a votar —continuó Benedicto, bajando la voz—. Yo… yo y el pankataya calladitos. Yo decía: “Patroncitos, sigan su camino… nosotros somos pobres”.
La frase cayó como un golpe seco. Era la respuesta de un hombre acostumbrado a sobrevivir bajando la cabeza.
Juan de Dios sintió un escalofrío que no venía del frío. Ese “patroncitos” era una súplica. Y una súplica solo aparece cuando hay amenaza.
El periodista sintió que el aire se tensaba. Lo que Benedicto estaba diciendo —lo que por fin se animaba a decir— era el corazón mismo del caso, la línea exacta donde la vida de Carlitos se quebró.
—Joven… a mí me han obligado a decir “¡Viva el general Banzer!” —murmuró—. Y el pankataya… él no podía decir nada, pues. Era mudo. Y esos hombres se reían.
La escena cayó entre ambos como un golpe. Postigo sintió que el frío ya no venía del viento.
—A empujones nos han llevado —continuó Benedicto—. Nos han preguntado nuestros nombres. Yo he dicho: “Benedicto Challua”. Y el pankataya… sin qué decir. Nada. Ni una palabra.
—Nos han empujado hasta esa casa que hay encima… —dijo—. El mausoleo donde guardan los restos del presidente mártir Gualberto Villarroel.
La voz se le quebró apenas.
—Y nos han amenazado, joven… que si el pankataya no gritaba “¡Viva el general Banzer!”, lo iban a colgar como a Villarroel.
Postigo sintió un estremecimiento. La historia se estaba abriendo, cruda, sin adornos.
Benedicto siguió, ahora con un temblor que no era de frío:
—Había un joven… calladito miraba. No se quien ha dicho: “Iván hermano, ya basta… son pordioseros, dejalos, no jodás así”. Pero no… ese Iván seguía gritando. Y con el palo de la bandera… nos golpeaba.
El periodista no dijo nada. Sabía que, cuando un hombre pobre decide hablar, lo hace en su propio ritmo, en su propio idioma, en su propio dolor.
Benedicto continuó, con la voz cada vez más baja:
—Ese Iván… —dijo—. Con el palo de la bandera nos golpeaba. A mí me ha dado en la espalda… pero al pankataya… a él le daba más. Porque no hablaba, pues. No podía gritar “viva”.
—Yo le decía: “Patroncito, ya basta… él es mudito, no puede hablar”. Pero ellos se reían. Y uno ha dicho: “Entonces que baile, pues”.
El cargador respiró hondo, como si el recuerdo le apretara el pecho.
—Yo muchas veces he visto andar por las noches a los carabineros de la policía. Me he acordado de eso… y les he gritado que voy a llamar a la policía.
Ahí la voz de Benedicto se quebró.
—Ese Iván, furioso, ha venido donde mí… y me ha pateado los huevos. Me ha hecho gritar. Me ha gritado que era el capitán Iván Lorito, y que me iba a llevar al cuartel para ponerme al chancho una semana.
—“Haste culo de aquí”, me ha dicho —continuó Benedicto—. Me ha levantado del suelo y me ha botado del lugar. Ese era otro… el que no pegaba. Solo miraba. Pero me ha salvado. Mirando, mirando al pankataya, me he ido un poco cerca.
El cargador bajó la cabeza.
—Yo no he podido defenderle ni ayudar al pankataya. Joven… esos le pegaban. Y uno ha dicho: “Ya está, ya se ha callado el mudo”.
Benedicto cerró los ojos un instante.
—Ahí el pankataya ha resbalado. Ha querido pararse, pero … y él no tenía fuerza. Ha caído para atrás… así nomás… como si se hubiera dormido.
Postigo sintió que la escena se fijaba en su mente como una fotografía dolorosa.
El pankataya. Carlitos. El mudo. El leal.
Así lo conoció Benedicto. Así lo apreció. Así lo perdió.
—Le habían dado duro con el palo en la cabeza —dijo Benedicto—. Y su atadito, ese que siempre colgaba del cuello… le han quitado y como no habia nada lo han botado por ahi.
El cargador tragó saliva.
—No sé cuánto tiempo ha pasado. Yo no sé si me he dormido… o me he borrado de borracho. Yo tirado ahí en el piso… y los tres se han parado a mi lado… y me han orinado encima. Ellos hablaban que iban a llamar a la policía… y seguro que a este pendejo —a mí— se lo llevan como culpable.
—“Pelea de borrachos. ¡Viva el presidente Banzer!” —así han dicho, y se han ido.
Benedicto levantó la mirada, húmeda, cansada.
—Yo tenía miedo que la policía me encarcele… y me he ocultado, joven. Pero ese capitán Lorito… nos ha hecho cosas.
Juan entendió que la historia ya no era solo una crónica policial: era un acto de justicia mínima, un rescate de dignidad para dos vidas que la ciudad había preferido no mirar.
Dos días después del encuentro con el principal testigo, Benedicto Challua, Juan de Dios Postigo llegó a la reunión con los investigadores Rigoberto Vera y Toribio Canqui con una mezcla de urgencia y gravedad. No llevaba notas. No las necesitaba. Llevaba en la memoria —y en el cuerpo— el peso del relato que había escuchado.
Los tres hombres se sentaron alrededor de una mesa estrecha, en un restaurante alejado del centro de la ciudad; por prudencia, dijeron. Postigo habló primero, con la voz baja pero firme, reconstruyendo el testimonio del cargador. Vera y Canqui escucharon sin interrumpir.
Cuando terminó, ninguno dudó.
Los tres estaban convencidos de que había mano criminal en el caso del pankataya. No un accidente, no una riña, no una caída fortuita. Crimen. Y además, crimen con motivación política.
Todos los antecedentes —el informe forense, la escena del hallazgo, la violencia descrita, el contexto electoral, la bandera, los golpes, la amenaza— convergían en ese veredicto.
El gran desafío era otro: dar con el o los autores.
Hasta ese momento no existían pistas formales, ni evidencias materiales, ni denuncias previas. Solo un testigo pobre, vulnerable, que había sobrevivido de milagro y que cargaba con un miedo antiguo: el miedo a que la policía lo culpara a él.
Pero había algo concreto, algo que no podía ignorarse: tres hombres, seguidores de Acción Democrática Nacionalista (ADN), exaltados por la campaña del general Hugo Banzer Suárez, actuando con violencia y con un sentido impune de autoridad.
Y había un nombre. O algo parecido a un nombre: Iván Lorito y dijo ser capitan. Quizas sea militar.
Postigo lo dijo en voz alta, pero con cautela. No estaba seguro del apellido. Podía ser real, podía ser un apodo, podía ser una deformación del miedo o del alcohol. Pero Iván… Ese sí podía ser verdadero.
Vera tomó nota. Canqui frunció el ceño. Postigo sintió que, por primera vez, la investigación tenía un punto de partida.
Un nombre. Un partido. Un método. Un testigo.
Y una verdad que ya no podía volver a esconderse.
Los tres ya se habían tomado una botella de papaya Salvietti, y ese dulzor espeso, tan paceño, parecía haberles devuelto un poco de calor después de días de tensión. Canqui, con ese andar suyo entre cansado y decidido, se levantó de la mesa y fue al mostrador. Habló en voz baja con el propietario, como quien pide un poco de tolerancia por la visita. Minutos después regresó con tres tazas humeantes de café, sándwiches de carne y un plato de llajua que perfumó la mesa con ese picor capaz de despertar hasta a los muertos.
Los tres hombres comieron en silencio unos segundos, como si el cuerpo necesitara recuperar fuerzas antes de que la mente volviera a la carga. Fue Canqui quien rompió el sopor. Golpeó la mesa con la palma abierta, no con violencia, sino con la firmeza de quien, por fin, ha tomado una decisión.
—Voy a volver al comando de Radiopatrullas 110 —dijo—. Y voy a pedir ampliación del informe del caso.
Vera levantó la mirada. Postigo dejó la taza a medio camino.
Canqui continuó:
—Ahí quizá podamos encontrar algo más. Algún registro, alguna contradicción, algún nombre que se les haya escapado. Ese tal Iván… —hizo una pausa—. Ese existe, carajo. Yo lo siento.
Postigo lo observó con atención. Sabía que cuando Canqui hablaba así, era porque había olido algo. Y en la policía paceña, el olfato de Canqui valía más que cualquier informe oficial.
Los tres sabían que no tenían pistas sólidas. No tenían evidencias. No tenían nombres completos.
Pero tenían un testigo, un relato coherente, un móvil político, y un punto de partida: Radiopatrullas 110, la patrulla que mintió en su primer informe.
Cuando el sistema opera a desgano
A la mañana siguiente, cuando el frío todavía mordía las calles y la ciudad recién empezaba a desperezarse, Toribio Canqui llegó al comando de Radiopatrullas 110. No venía con ánimo de cortesías. Venía con la convicción de que había una verdad en la voz quebrada de Benedicto Challua.
Entró al edificio con paso firme. Saludó apenas al oficial de guardia, que lo miró con esa mezcla de respeto y fastidio que suele despertar un investigador que vuelve por segunda vez al mismo caso.
—Necesito hablar con el jefe de turno —dijo Canqui, sin rodeos.
El oficial dudó un instante, pero terminó señalando la oficina del fondo. Canqui avanzó, sintiendo el olor a gasolina, humedad y papeles viejos que siempre impregnaba Radiopatrullas.
El jefe de turno, un subteniente joven, lo recibió con una sonrisa tensa.
—¿Otra vez por el caso del indigente? —preguntó, como quien quiere cerrar un tema antes de abrirlo.
Canqui apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Vengo a pedir ampliación del informe —dijo—. El del diecinueve de abril. El de la patrulla 110.
El subteniente frunció el ceño.
—Pero ya se entregó el parte oficial.
—Oficial, sí —respondió Canqui—. Completo, no.
Hubo un silencio incómodo. El subteniente hojeó unos papeles, fingiendo buscar algo que sabía perfectamente dónde estaba.
—¿Qué más quiere saber, sargento?
Canqui lo miró fijo.
—Quiero saber quiénes estaban realmente de turno. Quiero saber por qué el libro de novedades dice una cosa y el parte otra. Quiero saber por qué la patrulla reportó “sin novedad” cuando recogieron dos cadáveres.
El subteniente evitó la mirada. Canqui lo notó.
—Necesito acceso al registro completo del turno —insistió el sargento—. Y a los nombres de todos los efectivos que estuvieron en servicio esa noche.
El subteniente dudó. Miró la puerta. Miró el reloj. Miró los papeles.
Finalmente, con un suspiro resignado, dijo:
—Voy a ver qué puedo hacer.
Canqui no sonrió. No era momento de triunfos.
El subteniente seguía hojeando papeles sin convicción, como si buscara una excusa más que un documento. Canqui, que ya había visto ese teatro demasiadas veces, no perdió tiempo.
El subteniente murmuró algo sobre procedimientos, tiempos administrativos, firmas pendientes. Excusas. Puras excusas.
Canqui lo miró fijo, con esa calma peligrosa que solo tienen los policías que conocen demasiado bien la casa.
—Subteniente, por favor, condúzcame donde el comandante, coronel Guido Anselmo —dijo Canqui, ya saliendo por la puerta, y detrás de él, el subteniente.
En la recepción del comando lo hicieron esperar. Mucho. Demasiado.
Finalmente, lo hicieron pasar.
Anselmo lo recibió con una mezcla de superioridad y fastidio, como quien mira a un subordinado que se atreve a llegar demasiado lejos.
—¿Qué necesita, sargento? —preguntó, sin invitarlo a sentarse.
Canqui se mantuvo firme. —Revisión y ampliación del informe del levantamiento de dos cadáveres en la plaza Villarroel, veinte de abril, mi coronel. El de la patrulla 110, número LP 12.
Anselmo arqueó una ceja. —Ese caso ya está cerrado. Y usted debería haber venido con una recomendación de su jefe superior. No puede presentarse así nomás.
La tensión quedó suspendida entre ambos, como si cada palabra marcara un límite que ninguno estaba dispuesto a ceder.
Era un intento de reducirlo. De recordarle su lugar. De marcar jerarquía.
Pero Canqui ya no estaba para juegos.
—Mi coronel —dijo, con una calma que era casi un desafío—, hay dos versiones del mismo hecho. Y cuando hay dos versiones, alguien está mintiendo.
Anselmo apretó la mandíbula.
—Necesito los nombres de todos los efectivos que estuvieron de turno —continuó Canqui—. Del operador de emergencias, de los patrulleros y de los mandos que tuvieron conocimiento del levantamiento de dos cadáveres ese mismo día en la misma zona de Villa Fátima.
El coronel parpadeó. No esperaba que el sargento supiera tanto.
—Uno de esos casos —siguió Canqui— ya está aclarado por la División de Homicidios y Muerte Violenta. El segundo sigue su proceso. Y le pido tales informes por pedido del detective Rigoberto Vera y de mi superior, el coronel Villegas.
El nombre de Villegas cayó como un peso sobre la oficina. Anselmo se enderezó, incómodo. La cadena de mando acababa de invertirse.
—Sargento… usted comprende que estos documentos no se entregan así nomás…
Pero su voz ya no tenía la misma firmeza.
—Mi coronel —dijo Canqui, con una cortesía afilada—, si me entrega los nombres ahora, evitamos un memorándum formal. Si no… el coronel Villegas lo solicitará por escrito. Y usted sabe lo que eso significa.
Anselmo bajó la mirada hacia los papeles.
—Espere afuera, sargento.
Canqui salió de Radiopatrullas con el sobre bajo el brazo y la certeza clavada en el pecho: no era un simple descuido. Había dos versiones del mismo hecho, y cuando eso ocurre en la policía, no es por error: alguien está mintiendo.
Caminó unas cuadras sin sentir el frío. La rabia lo mantenía caliente. En recepción había firmado un par de papeles por la entrega de las copias certificadas, pero sabía que lo que llevaba no era un informe: era una grieta, una fisura por donde podía entrar la verdad.
Al llegar a su casa pidió a su esposa y a su hija que le dieran un poco de tranquilidad. No era brusco, pero su tono bastó para que entendieran que estaba trabajando en algo serio. Se encerró en el pequeño escritorio, encendió la lámpara y extendió sobre la mesa los documentos: el parte oficial, el libro de novedades, las copias certificadas, sus apuntes, y el testimonio de Benedicto que había anotado a mano, con letra apretada.
La noche avanzó lenta. Canqui leía, releía, subrayaba, volvía atrás, comparaba horas, nombres, firmas. Cada contradicción era un latido. Cada omisión, una alarma.
Había algo que no cuadraba. Algo que Radiopatrullas 110 estaba ocultando. Y ese “algo” tenía forma de tres hombres, una bandera rojo y negro, y un nombre que se repetía como un eco: Iván.
El apellido seguía siendo una sombra. “Lorito”, había dicho Benedicto. Podía ser un apodo, una burla, una deformación. Pero Iván… Ese sí podía ser real.
Canqui tomó un sorbo de café frío y siguió leyendo. La casa dormía. La ciudad también. Pero él no. Él estaba reconstruyendo, pedazo por pedazo, la noche en que el pankataya cayó.
Y en ese silencio, con los papeles extendidos como un rompecabezas, sintió que estaba a punto de encontrar la pieza que faltaba.
Canqui empezó a reconstruir el caso desde la primera grieta: el informe de “recorrido sin novedad” frente al levantamiento de un cadáver a las 08:40 en el mausoleo de la plaza Villarroel. Ese cuerpo, registrado como UNO, aparecía sin documentos, con signos de caída hacia atrás y un golpe contundente en la cabeza, según el forense.
Al revisar el segundo informe —el del caso Laruta— surgió la primera anomalía: otro cadáver, levantado ese mismo día, pero con el número DOS, hallado a las 05:10 en el Colegio Técnico Ayacucho. También sin identificación. También con un golpe en la cabeza.
Las horas no coincidían. Los lugares no coincidían. Las versiones tampoco.
Un agente incluso había unido ambos hechos bajo la etiqueta de “pelea de borrachos”, borrando la frontera entre dos escenas distintas.
La contradicción se profundizó con el reporte de llamadas: a las 03:13 del 20 de abril, un tal Boris Lorente avisó sobre un cadáver en la plaza Villarroel, usando la misma frase que los agresores dijeron a Benedicto: “parece que una pelea entre borrachos terminó mal”. Sin embargo, el cadáver DOS —el del Colegio Ayacucho— fue reportado recién a las 03:40 del 20 de abril por el abogado Mullisaca.
Fechas cruzadas. Horarios incompatibles. Dos cuerpos distintos tratados como uno solo.
Cuando Canqui revisó los datos de Lorente, encontró otra sombra: cédula falsa, domicilio inexistente, identidad dudosa. Aun así, su testimonio coincidía punto por punto con lo que Benedicto recordaba entre brumas.
Para Canqui, la conclusión era inevitable: Radiopatrullas mezcló dos cadáveres, dos escenas y dos tiempos. Y alguien se esforzó por que parecieran uno solo.
No era casualidad ni coincidencia. Era la misma historia contada desde dos orillas.
Canqui y el detective Vera revisaron cada documento de Radiopatrullas, cruzando horarios, nombres y supuestos testigos. El mayor problema seguía intacto: Boris Lorente e Iván Lorito no existían en ningún registro confiable. La cédula, el domicilio, incluso el nombre entregado por “Boris” eran humo.
Ringo Vera, que rara vez sonreía, dejó escapar un destello de entusiasmo.
—Carajo, por este caso nos van a condecorar, Canqui. ¡Nos van a subir de grado!
Luego bajó la voz, como si el aire pudiera delatarlo.
—Habla con tu amigo periodista. Pero que no publique nada todavía.
Se inclinó un poco más, casi susurrando:
—En cinco días Banzer será proclamado en El Alto. Están montando un acto enorme… y ahí vamos a buscarlo. Al Iván o al Boris. A quien sea. Vamos a ir como banceristas, con banderas y todo.
Horas después, Postigo ya estaba al tanto. Como periodista, también estaría en la concentración.
El Alto amaneció el 25 de mayo con un viento helado que levantaba polvo y banderas. Desde temprano, militantes del ADN se agrupaban en la avenida Juan Pablo II, cargando pancartas, bombos y altoparlantes que repetían consignas sin descanso. El aire mezclaba fritanga, gasolina y expectativa.
Canqui y Vera avanzaban entre la multitud como dos engranajes más, cubiertos con chompas gruesas y gorras. Postigo, unos metros atrás, cargaba una cámara vieja y una libreta, mimetizado entre los reporteros.
No tenían una sola descripción de Boris o Iván. Ninguna seña, ningún rostro. Solo dos nombres que podían ser falsos. Buscaron entre miles, sin éxito.
Al caer la tarde, regresaron a la ciudad cansados y frustrados, con la sensación de haber perseguido una sombra.
Esa noche, Postigo propuso volver a ver a Benedicto. Había que insistir, arrancarle algún detalle que los acercara a cualquiera de los dos hombres.
—Benedicto sabe más de lo que dijo —murmuró—. No porque quiera ocultar, sino porque tiene miedo.
—Y porque nadie le ha preguntado bien. Mañana vamos. Los tres.
La decisión quedó suspendida en el aire, firme y silenciosa, como un pacto.
Benedicto, en su conversación con Postigo, reiteró una y otra vez que su agresor se vociferaba como el capitán Iván Lorito. El segundo, que también lo insultó y lo golpeó con patadas, parecía un gordito. El tercer hombre —el que intentó persuadirlo— renqueaba de una pierna y llevaba una chamarra de cuero con un cóndor bordado en la espalda. De los rasgos físicos, Benedicto apenas pudo aportar algo: ninguna descripción clara del rostro del supuesto capitán Lorito.
Vera, siempre escéptico, planteó una posibilidad: que en medio de la borrachera el agresor hubiera dicho “Loreto”, ese sujeto Boris Loreto que llamara a Radiopatrullas, y que Benedicto, confundido, lo transformara en “Lorito”. Un detalle menor, pero no descartable.
Sin embargo, dos puntos sobresalían con nitidez:
1. La cojera del tercer agresor, un rasgo difícil de inventar.
2. La chamarra con el cóndor, una prenda demasiado específica para pasar desapercibida.
Ambas pistas, aunque fragmentarias, podían conducir la investigación por un camino más firme que los nombres dudosos.
Un país en disputa, un mendigo asesinado
Mientras Canqui y Vera intentaban ordenar esas piezas sueltas, el país entero avanzaba hacia otro tipo de tensión, una que se filtraba en cada conversación y en cada esquina.
A medida que Bolivia se acercaba a las elecciones convocadas para julio, los partidos políticos desplegaban sus promesas, y el clima electoral se volvía un telón de fondo inevitable para cualquier investigación. El general Hugo Banzer, dictador entre 1971 y 1978 tras el golpe del 21 de agosto, regresaba con fuerza a la escena pública.
El fracaso del gobierno de Hernán Siles Zuazo —crisis económica, huelgas indefinidas, escasez generalizada, colapso de la UDP— había dejado al país exhausto. En ese vacío, el partido bancerista ADN prometía restaurar la autoridad del Estado, garantizar el abastecimiento y reforzar la seguridad interna frente a la conflictividad social. Su discurso del “orden” resonaba en la población… y también en la investigación de Canqui, que empezaba a intuir que los nombres falsos, las coartadas repetidas y los cadáveres mezclados no eran simples errores administrativos, sino piezas de un engranaje mayor que se movía al ritmo de la política.
Juan de Dios Postigo, pensativo, propuso una jugada distinta. Les dijo a Vera y a Canqui que él mismo podría encargarse de hacer averiguaciones en la sede del partido bancerista de la calle Kramer. Allí —recordó— se organizaba toda la campaña preelectoral, un hervidero de militantes, listas, voluntarios y operadores. Si alguno de los agresores tenía vínculos con el ADN, ese era el lugar donde podían aparecer rastros. No se pierde nada echando una ojeada en el corazón del movimiento bancerista, dijo.
Postigo planificó al detalle su visita a la sede de ADN. Conversó con sus colegas de Radio Altiplano y con el corresponsal de Los Tiempos de Cochabamba, con el propósito de preparar un amplio reportaje sobre la campaña preelectoral del partido bancerista. La sede de la calle Kramer era el centro neurálgico de la operación política, y Postigo sabía que, bajo la excusa del periodismo, podía observar sin levantar sospechas.
Ronald MacLean Abaroa, coordinador de la plataforma electoral de ADN, se mostró accesible y generoso en su exposición. Habló de propuestas, de orden, de estabilidad, de la necesidad de recuperar la autoridad del Estado. Postigo tomó notas, grabó declaraciones y se movió por los pasillos como un reportero más, aunque su mirada buscaba otra cosa: rostros, gestos, cojeras, chamarras con cóndores.
Dos días después, Jornada publicó un reportaje con las declaraciones de ese importante dirigente de ADN. Para entonces, había transcurrido más de un mes desde aquella fecha infame en la que, a golpes de palo, arrancaron la vida de Carlitos, el pankataya. Y aunque el país hablaba de elecciones, promesas y discursos, para Canqui, Vera y Postigo la herida seguía abierta, y cada pista —por mínima que fuera— podía acercarlos a los responsables.
En una nueva reunión con los investigadores, Vera y Canqui escucharon con atención el informe de Postigo. El periodista explicó, con calma y precisión, los detalles de sus observaciones dentro de la sede de los adenistas. Dijo que la entrevista la realizó con extremo cuidado, pero que, moviéndose entre pasillos y militantes, logró captar lo que no se dice en voz alta: grupos que recorren la ciudad, otros que viajan llevando material político —banderas, pancartas, volantes— y un movimiento interno que no figuraba en ninguna estructura oficial.
Era una maquinaria paralela, discreta, que respiraba detrás de la campaña visible.
Lo más delicado surgió en susurros. Postigo explicó que allí se hablaba de un conjunto de hombres que él, por su comportamiento, llamaría grupo de choque, aunque hacia afuera lo presentaban como grupo de seguridad. Su función, según la versión interna, era “contener provocaciones” de otros partidos. Nadie lo admitió abiertamente, ni siquiera Ronald MacLean Abaroa, el operador principal de la campaña. Pero la existencia del grupo era evidente.
Entonces soltó el dato que heló la sala: Los Halcones. Un grupo de jóvenes que, bajo el pretexto de “guardar el orden”, actuaban como fuerza de choque cuando salían a las calles. En una de las paredes de la sede colgaba una fotografía grande, demasiado grande para pasar desapercibida: muchachos con chamarras de cuero, otros con chaquetas de jean, todos posando como si fueran una brigada. “Ellos son los Halcones”, dijo Postigo. No vio distintivos visibles, pero sospechaba que el emblema lo llevaban en la espalda, igual que la chamarra descrita por Benedicto.
La conexión era inquietante. La estructura existía. Y el rastro empezaba a tomar forma.
Para los tres —Canqui, Vera y Postigo— surgió entonces la pregunta inevitable: cómo acercarse más a ese círculo sin quedar expuestos. Porque si bien los indicios apuntaban hacia los Halcones y su vínculo con la maquinaria bancerista, también era posible que los responsables de la muerte del pankataya no pertenecieran formalmente a esa agrupación. Podían ser simpatizantes, operadores sueltos, matones de ocasión.
En cualquier caso, el círculo se estrechaba. Postigo, consciente de que estaban pisando terreno sensible, sugirió a los agentes que registraran con sumo cuidado las declaraciones de Benedicto y que pusieran todo en conocimiento del coronel Villegas, pero sin precipitar conclusiones. Insistió en un punto clave: no insinuar, en esta primera etapa del proceso, ninguna vinculación directa entre los agresores y el partido bancerista.
La prudencia era indispensable. Un movimiento en falso podía cerrar puertas, alertar a los involucrados o, peor aún, comprometer la investigación. Postigo lo dijo con la frialdad de quien conoce el oficio: primero consolidar el testimonio, luego seguir el rastro; las conexiones políticas, si existían, debían manejarse como un segundo nivel de indagación, no como una acusación prematura.
Vera, a su turno, planteó una alternativa: hacer una ronda nocturna por la ciudad. En esos días la campaña electoral estaba en su punto más alto y los distintos partidos empapelaban las paredes con propaganda a cualquier hora. Podía ser una oportunidad para observar movimientos, identificar grupos y, con suerte, cruzarse con alguno de los sospechosos.
La idea sonaba razonable, pero la realidad los frenó de inmediato. Ninguno tenía coche, y depender de un taxi significaba gasto, tiempo perdido y, peor aún, llamar la atención en una operación que exigía discreción absoluta. Moverse sin recursos, en una ciudad agitada por la campaña, era casi una invitación al fracaso.
El plan quedó en suspenso, flotando entre la necesidad y la imposibilidad.
Canqui, rascándose la cabeza como quien forcejea con una idea, soltó una frase seca:
—Para esta noche tengo la solución.
No explicó más. Dijo que se comunicaría con ellos en un par de horas y salió sin indicar adónde iba, sin mirar atrás. Vera y Postigo se quedaron en silencio, siguiendo con la vista la puerta que acababa de cerrarse. Conocían ese gesto: cuando Canqui se movía así, era porque estaba por meterse en algún rincón de la ciudad donde la policía no siempre llegaba… o llegaba tarde.
Canqui cumplió lo prometido. Dos horas después se comunicó con Vera y Postigo. Su voz sonaba contenida, pero con un filo de satisfacción.
—Esta noche hago la ronda por la ciudad —anunció—. Voy como acompañante de un carro patrullero del 110. Tengo la autorización del comandante de esa unidad.
Lo dijo con un acento triunfal. Para Vera y Postigo, la noticia cayó como un golpe seco: por fin tendrían ojos en la calle, en el mismo territorio donde se movían los grupos que buscaban.
La operación, sin embargo, no dejaba de ser arriesgada. Pero era la única forma de avanzar sin levantar sospechas.
Rigoberto Vera, por su parte, se marchó mascullando una idea que le rondaba desde hacía días. El nombre Los Halcones abrió en él un eco antiguo. En los setenta, cuando aún creía que la ciudad podía desafiarse con insolencia juvenil, había visto pasar grupos con nombres que parecían disfraces —Los Caifanes, Los Marqueses, Los Splendid— jóvenes que caminaban como si el mundo fuera una deuda pendiente. Él los observaba desde sus propias rebeldías, sin sospechar que algún día los recordaría con una mezcla de ternura y desasosiego.
Si los Halcones de ahora conservaban siquiera una sombra de aquellos —un gesto, una forma de ocupar la calle— debía haber rastros en los expedientes viejos. Papeles dormidos, informes escritos con prisa, notas que nadie creyó importantes. La memoria institucional era torpe, pero los archivos… los archivos guardaban lo que la ciudad prefería olvidar.
Así pasó una semana más, sin que el caso de la muerte del pankataya mostrara un solo rostro culpable, pese a los indicios dispersos. El detective Ringo Vera empezaba a mostrar nerviosismo. Tenían pistas, por leves que fueran, pero él sentía que avanzaban lento, demasiado lento para un caso que debía resolverse antes de que la campaña electoral lo contaminara todo.
Canqui también estaba inquieto. No quería acelerar los pasos, pero llevaba un nombre en la cabeza, un sospechoso que había surgido de la ronda nocturna en la que salió como acompañante del patrullero del 110. No lo había dicho aún, pero lo tenía a la vista, como una sombra que se mueve siempre un paso por delante. Fue el primero en soltar sus averiguaciones.
—En la plaza del Estadio —empezó— un grupo de personas estaba colocando afiches del general Banzer sobre la propaganda de otro partido. Nuestro coche —dijo “nuestro” porque yo iba en el patrullero— se detuvo frente a cuatro jóvenes. Mis colegas les pidieron que respetaran la propaganda ajena. No se alteraron; dijeron que sí, pero entre charla y chiste siguieron tapando al partido rival.
En ese momento aparecieron dos motociclistas, cada uno con su acompañante atrás. Uno de ellos se acercó a los patrulleros preguntando si había lío. Desde luego que no lo había. Todos, muy amables, sacaron de una bolsa sándwiches, bebidas… y una botella de trago. Se largaron enseguida.
—Ahí me di cuenta —continuó Canqui— de que dos de los motociclistas llevaban chamarras de cuero con la cabeza de un halcón. No un cóndor, como describió Benedicto. Pero es suficiente. Es un buen dato.
El silencio que siguió fue corto, pero pesado. Vera se movió inquieto, a punto de intervenir, pero la voz de Canqui lo dejó en suspenso.
—Un ratito, hermano —dijo—. He encontrado al cojo.
Vera se abalanzó sobre él y lo sacudió del brazo, urgido por hacerlo soltar la historia. La tensión en la sala subió como un golpe seco, desviando la mirada de los otros dos funcionarios que tecleaban en sus máquinas de escribir, seguramente elaborando algún informe. Por primera vez desde el inicio del caso, una pista concreta parecía abrirse paso entre la niebla.
El sargento Canqui detalló que uno de los motociclistas —el que se acercó a los patrulleros para preguntar por el comportamiento de los encargados de pegar la propaganda mural— tenía un andar desigual.
—Aquí viene lo lindo —dijo—. Escucha, Ringuito, escucha. Yo me presenté, le di la mano y le bromeé preguntándole qué quería decir esa silueta de paloma en su chamarra.
—Ahora sí, estamos avanzando —dijo Vera. Se despidieron sin ceremonias, cada uno guardando sus propias conclusiones.
Ya solo en su oficina, fuera del horario de trabajo, Vera empezó a sacar cuadernos y papeles de un cajón del escritorio. Los extendió sobre la mesa y comenzó a revisarlos con detenimiento: casos de peleas callejeras entre jóvenes, partes olvidados, informes de disturbios nocturnos. Había pedido prestados varios archivos y ahora los examinaba uno por uno, como quien busca una aguja en un campo de sombras.
A punto de rendirse, algo le llamó la atención: incidentes políticos en La Paz durante el golpe militar que derrocó al presidente Luis Adolfo Siles Salinas. Según el periódico Última Hora, se mencionaban “grupos de jóvenes exaltados”, “pandillas de barrio” y “turbas juveniles” actuando en el centro paceño durante el golpe liderado por el general Alfredo Ovando Candia, presidente de facto desde el 26 de septiembre de 1969.
Los informes policiales de la época señalaban que el grupo pandillero Los Caifanes, aunque no de manera oficial, había participado en el allanamiento de instalaciones de la Universidad paceña. En medio de los disturbios se registraba la muerte de un joven de 25 años, Patricio Poncio, conocido como el Patrucas. Su hermano menor, de 17 años, Marco Antonio Poncio, alias el Toño, había resultado herido en la pierna izquierda. Ambos pertenecían al grupo juvenil Los Caifanes, una de las pandillas más comentadas de aquella época turbulenta en La Paz.
Ese dato quedó vibrando en la cabeza de Vera. La coincidencia era demasiado precisa: un tal Toño, con cojera, vinculado a un grupo juvenil violento, activo en disturbios políticos… y ahora reapareciendo en motocicleta, con una chamarra marcada por la cabeza de un halcón.
Vera se quedó inmóvil. El nombre estaba ahí. Y la cojera también. Sin esperar mucho, convocó a sus dos colaboradores —Canqui y Postigo— para compartir su descubrimiento.
Entre los tres surgió la pregunta que venía rondando desde el inicio del caso: ¿qué papel jugaba Toño Poncio, principal testigo del maltrato y muerte del pankataya en manos de su cómplice Iván—Boris Lorente?
La duda cayó sobre la mesa como un peso muerto. Si Toño había estado allí, si había visto algo, si había callado… entonces no era solo un testigo. Podía ser un engranaje más de una maquinaria que recién empezaban a entender. Los tres quedaron en silencio, a partir de ese momento, Toño Poncio dejaba de ser un nombre en un papel.
Era un objetivo.
El viernes 23 de mayo, Juan de Dios Postigo recibió en la redaccion de Jornada la visita de doña Remigia, la comidera del mercado de Villa Fátima. Estaba extrañada por el silencio del periodista desde su última conversación, aquella en la que Postigo le había prometido descubrir a los responsables de la muerte de Carlitos, el pankataya, para que al menos su nombre quedara registrado en los archivos policiales.
—Ha sido trabajoso recuperar el cadáver de la morgue —explicó—. Lo tenían “guardado” para identificación, para buscar familiares, para exámenes periciales, huellas dactilares, odontológicas, fotografía… Según los informes oficiales, Carlitos era un desconocido.
Postigo bajó la mirada. Sabía lo que significaba ser un desconocido en esa ciudad: no tener quién pregunte por uno.
—Finalmente el fiscal ha dispuesto entregarnos el cadáver —continuó ella— y mañana lo vamos a enterrar, en el cementerio de Caiconi.
Lo invitó con un gesto tímido, casi avergonzado, como si pedir compañía fuera demasiado.
—He recogido algo de dinerito entre las vendedoras del mercado para comprarle su ataúd —dijo—. Y ni siquiera hemos podido vestirlo al pobre… su ropa parecía soldada a su cuerpo.
La voz se le quebró apenas, pero no lloró. Doña Remigia era de esas mujeres que habían visto demasiado como para llorar frente a un periodista.
Postigo estuvo a punto de confiarle sus averiguaciones a la mujer, solo para aliviar un poco su dolor. La mirada de doña Remigia, cansada y firme a la vez, lo empujaba a hablar. Pero recordó las palabras de Canqui: estos casos requieren la máxima reserva.
—Mañana lo enterramos, hijito —dijo ella—. Ojalá pueda venir. A las cuatro de la tarde va a salir de la morgue. Un auto lo va a traer hasta el mercado. Allí, en la calle, un padrecito va a bendecirlo y luego lo llevaremos a su sepultura.
Doña Remigia se levantó despacio, acomodándose la manta sobre los hombros. Había en su gesto una mezcla de dignidad y cansancio que Postigo no pudo ignorar.
Él asintió.
El periodista se quedó solo, sintiendo que la historia que perseguía ya no era solo un caso policial. Era un deber. Una deuda con un muchacho que, para la ciudad, había sido un desconocido.
De regreso a su casa, Juan de Dios no solo pensaba en el entierro de Carlitos; pensaba también en su propia familia, en el poco tiempo que les dedicaba por la entrega casi obsesiva a su oficio. A veces se preguntaba si valía la pena. Otras veces, como esa tarde, sabía que no tenía alternativa: había historias que lo reclamaban entero.
Tampoco era afecto a las borracheras infaltables de fin de semana. Le gustaba compartir con amigos y colegas, claro, pero él sabía que en casa lo estaban esperando. Había aprendido a medir sus pasos, a no perderse en la noche paceña, a no dejar que el trabajo lo devorara del todo.
Mientras caminaba, sintió que la muerte de Carlitos le había movido algo más profundo que la curiosidad profesional. Era una herida ajena que, sin querer, se le había pegado al pecho.
Y ahora, con el entierro a la vuelta de la esquina, entendía que su papel en esta historia no era solo el del periodista que toma notas. Era el del hombre que no quiere que otro muchacho quede enterrado como un desconocido.
Cuando llegó a casa, Juan de Dios encontró a su esposa doblando ropa sobre el sillón, y Vladimir ya dormía. El olor tibio del guiso que habían cenado aún flotaba en el aire. Era un hogar sencillo, pero lleno de esos pequeños ruidos que a él siempre le recordaban que, pese a todo, pertenecía a algún lugar.
—Llegas tarde otra vez —dijo ella sin reproche, solo constatando un hecho.
Postigo se dejó en el sillón, se pasó la mano por la cara.
—Hoy vino doña Remigia —respondió—. Mañana entierran al pankataya.
Ella dejó la ropa a un lado y lo miró con esa mezcla de paciencia y preocupación que solo se aprende con los años.
—¿Vas a ir?
—Sí —dijo él—. No puedo faltar.
El sábado, a las cuatro en punto, un auto viejo —de esos que parecen sostenerse más por costumbre que por mecánica— esperaba con el motor encendido. Dentro, el ataúd sencillo que las vendedoras del mercado habían logrado pagar ocupaba casi todo el asiento trasero.
Doña Remigia estaba allí, con su manta bien ajustada y los ojos rojos de cansancio, no de llanto. A su lado, tres caseritas más sostenían velas apagadas, como si temieran que el viento se las llevara antes de tiempo.
—Gracias por venir, hijito —dijo ella, apenas lo vio.
Allí mismo, en plena calle, entre puestos cerrados y el olor persistente de frituras, un sacerdote joven se acercó con un pequeño misal en la mano.
—Que el Señor lo reciba —dijo, mientras rociaba el ataúd con agua bendita.
Las mujeres hicieron la señal de la cruz. Postigo bajó la cabeza.
Luego subieron el ataúd nuevamente al auto y emprendieron el camino hacia el cementerio de Caiconi. El trayecto fue silencioso, apenas interrumpido por el traqueteo del vehículo y el murmullo de las caseritas recordando anécdotas sueltas de Carlitos: que era callado, que ayudaba a cargar bultos, que nunca pedía nada.
En Caiconi, el ataúd fue bajado con cuidado. No había música, ni flores, ni discursos. Solo la tierra húmeda esperando.
Doña Remigia se acercó y puso una mano sobre la madera.
—Al menos ya no estás solo, hijito —susurró.
Postigo sintió un nudo en la garganta. Ese entierro, tan humilde, tan silencioso, le confirmó algo que ya venía sintiendo desde días atrás: Carlitos merecía justicia, aunque nadie más la pidiera.
Cuando la última palada de tierra cayó sobre la tumba, el periodista supo que no podía abandonar el caso. No después de ver eso. No después de escuchar a esa mujer.
Comenzaba la semana y, para Rigoberto Vera y Toribio Canqui, se asomaba como la mayor prueba de fuego: dar con el Tono Poncio y apresarlo. Sabían que no habría margen para errores.
Hicieron las averiguaciones en las oficinas de identificación: nada. Buscaron en el registro de propiedad de vehículos y motocicletas de la Dirección General de Tránsito: nada. Con algo de suerte, en la guía telefónica hallaron tres apellidos Poncio, pero ningún Marco Antonio Poncio.
El plan de Ringo Vera era simple y arriesgado: acudir a esas tres supuestas direcciones, una por una, hasta encontrar al sospechoso. Y, si lo hallaban, llevarlo de inmediato a la policía para su interrogatorio, con detención preventiva.
Canqui revisaba la lista de direcciones con el ceño fruncido.
—Si este tipo no figura en ningún registro —dijo—, es porque no quiere figurar.
Vera asintió. Sabía que estaban lidiando con alguien que había aprendido a vivir en los márgenes, lejos de los papeles y de la ley.
—Por eso mismo —respondió—, tenemos que movernos rápido. Antes de que desaparezca otra vez.
Postigo, que acababa de llegar del entierro en Caiconi, escuchaba en silencio. Aún llevaba encima el peso de la tierra húmeda cayendo sobre el ataúd de Carlitos.
—Vamos por él —dijo finalmente—. No podemos dejar que este caso se enfríe.
Los tres hombres se miraron. Era el comienzo de una cacería que podía salir muy mal. Pero ya no había vuelta atrás.
El plan de Postigo, sin embargo, fue más audaz. Propuso que Vera se presentara ante el jefe de campaña de Banzer, el señor Ronald MacLean Abaroa, y le explicara que la policía no buscaba mezclar ni involucrar al partido en una investigación de riña callejera, donde estaban implicados Marco Antonio Poncio y el señor Lorente, ambos vinculados —hasta donde se había investigado— al entorno político del general.
La idea era simple y peligrosa: si MacLean quería mantener a su partido lejos de un escándalo que la prensa, y sobre todo los rivales políticos, podrían aprovechar, debía facilitar toda la información disponible sobre ambos sujetos.
Vera escuchó en silencio.
—Si él coopera —dijo Postigo—, nos ahorramos semanas de búsqueda. Y si no coopera… al menos sabremos quién quiere proteger a quién.
Canqui soltó un resoplido.
—Y si nos cierran la puerta en la cara, ¿qué?
—Entonces —respondió Postigo— seguimos con las direcciones Poncio. Pero primero probemos por arriba.
Vera se levantó despacio. Sabía que esa visita podía costarle enemigos.
—Está bien —dijo—. Iré mañana a primera hora.
Los tres hombres quedaron pensativos, cada uno imaginando el próximo paso, conscientes de que estaban entrando en un terreno donde la política, la calle y la verdad rara vez caminaban juntas.
Tan cierta era esa reflexión que Canqui, después de un largo silencio, planteó algo que sorprendió incluso a Vera. Le sugirió que otro colega lo acompañara a la reunión con Mac Lean Abaroa. Explicó su temor con franqueza: si él iba como acompañante, el Toño podía reconocerlo, y eso no solo pondría en riesgo la operación, sino que también podría ahuyentar al sospechoso o alertar a su entorno.
—No es bueno ir solo —dijo Canqui—. Con testigo, siempre es una buena maniobra…
Repitió casi palabra por palabra lo que había escuchado en la serie El comisario Kojak, que veía religiosamente cada semana. Postigo sonrió apenas: la frase, aunque nacida de la televisión, tenía sentido.
Vera lo miró con atención. No era común que Canqui mostrara ese tipo de prudencia. Y menos aún que la justificara.
—Está bien —dijo finalmente—. Convocaré al detective Umberto Roliano.
La decisión quedó flotando en el aire.
Vera, horas después, se había reunido con el periodista Postigo en un restaurante céntrico. Apenas se sentaron, explicó la ausencia del sargento Canqui: por disposición del coronel Villegas, había sido enviado en misión a la mina Milluni.
Casi con nerviosismo, Vera comenzó a relatar lo ocurrido en su visita a la sede adenista.
—Postigo… lo vi de frente —dijo, bajando la voz—. Al principal sospechoso. Ese tal Lorente… es Iván, llámese como se llame. No puede fallar mi pálpito.
Postigo dejó el tenedor a un lado.
—¿Estás seguro?
—Mientras preguntaba por el señor MacLean —continuó Vera—, circulaba mucha gente por los pasillos. Era pasado el mediodía. Y de pronto escuché una voz: “Capi”. Me volteé para mirar. ¿Y a quién vi? Al Toño, con su andar defectuoso. Ese paso no lo confunde nadie. Y nombrando a otro como capi… sin duda por capitán. No puede fallar mi sospecha: es él. El asesino del pankataya.
Postigo lo observó con atención. Vera respiró hondo antes de seguir.
—El señor Mac Lean no estaba en su oficina. Anunciaron que había salido a una reunión urgente. Pero igual me valió la visita. Y tengo más para contarte.
Se inclinó hacia adelante, como si temiera que alguien pudiera oírlo.
—Pregunté a la secretaria principal del señor Mac Lean por el nombre del supuesto capitán. La señora se rió. “No es capitán”, me dijo. “Le dicen así porque comanda el grupo de seguridad”. Su nombre es Iván Lorente.
Postigo sintió que las piezas empezaban a encajar. Se acomodó en la silla, bajó la voz y dijo:
Vera apretó los labios, como si estuviera ordenando sus ideas antes de hablar. El ruido del restaurante —cubiertos, murmullos, pasos— parecía alejarse mientras él buscaba la respuesta.
Lo que dijo después no fue un plan completo, apenas una línea de acción. Pero bastó. A partir de esa noche, cada uno volvió a su puesto con una tarea precisa y un objetivo común. Y cuando llegó el momento, actuaron sin titubeos.
El miércoles 5 de junio amaneció frío en La Paz. A las siete en punto, el detective Rigoberto Vera avanzó por la calle Tejada Sorzano con cuatro agentes detrás, el paso firme y el plan ya decidido. Tocó la puerta del domicilio de Iván Lorente y, tras un breve intercambio, procedió a su detención. El vecindario apenas despertaba; alguna ventana se entreabrió, pero nadie se atrevió a preguntar.
A la misma hora, en otro punto de la ciudad, el sargento Toribio Canqui repetía la escena. También acompañado por cuatro agentes, ingresó al domicilio de Marco Antonio Poncio y ejecutó la orden de arresto. La simultaneidad no era casual: la coordinación había sido calculada al minuto.
Horas después, en las celdas de la Policía, ambos detenidos enfrentaron al fiscal de turno. El aire húmedo y rancio del lugar los envolvía. Sin resistencia, firmaron una declaración jurada que dio inicio formal a la investigación.
Cinco horas más tarde, Benancio Zangueza, tercer cómplice y testigo en la muerte del mendigo de Villa Fátima, Pankataya, fue detenido a la salida de su trabajo en la planta de Bolivian Power de La Paz. Apenas cruzó el portón, dos agentes lo interceptaron. No opuso resistencia; parecía saber que el momento había llegado.
Tres días después, el coronel Jaime Villegas, director de la División de Homicidios de la Policía Boliviana, apareció ante la prensa. Su voz, firme y medida, recorrió la sala mientras detallaba las pesquisas, los seguimientos y las detenciones. Nombró al presunto autor de la muerte de Pankataya y señaló también a los dos cómplices cuyos testimonios apuntaban a Iván Lorente como único responsable del maltrato que llevó al mendigo a la muerte.
El juez instructor, tras revisar el expediente, remitió toda la documentación para iniciar el proceso judicial. En el caso principal, la pena podría alcanzar los treinta años de prisión, una cifra que cayó sobre la sala como un golpe seco.
Bajo la presión del silencio
Toda la operación se llevó a cabo con la precisión de un cronómetro. Rigoberto Vera, satisfecho, no necesitó alzar la voz: se le notaba en los ojos, en esa quietud orgullosa que solo aparece cuando un caso empieza a cerrarse. Habían dado con el autor del crimen: Iván Lorente, alias el Capitán.
Postigo escuchaba con atención mientras los policías describían el operativo. Cada detalle encajaba, aunque nada había sido sencillo.
—No fue fácil, pero salió —resumió Vera ante sus colaboradores más cercanos.
Les contó que, antes de proceder, se había reunido con el señor Ronald Mc Lean para informarle que la investigación involucraba a tres militantes de su partido en la muerte de un mendigo en Villa Fátima. La primera conversación fue tensa. McLean atribuyó todo a una campaña sucia contra su organización.
—El gobierno y su UDP están detrás de esto —insistía, aferrado a esa versión como a un salvavidas político.
Vera sabía que el escenario era más amplio: un escándalo que podía salpicar al general Banzer en vísperas de las elecciones. No hubo acuerdo.
—Yo —añadió Vera— le pedí los datos personales de los tres militantes para proceder a la detención. Hermanos, él se negó rotundamente.
Fue entonces cuando intervino su camarada Umberto. Le explicó a McLean que, si la Policía se veía obligada a presentarse en la sede del partido, el escándalo sería inevitable y difícil de contener. No solo estallaría en la ciudad: la prensa lo amplificaría hasta convertirlo en un incendio nacional. Al escuchar eso, McLean pidió un par de días para hacer consultas. Y así fue.
—Aquí viene lo más gordo —dijo el detective Vera, inclinándose hacia adelante, como si aún sintiera el peso de aquel momento—. Un hombre de lentes oscuros apareció en mi oficina. Me pidió que lo acompañara “por orden del señor McLean”.
Hizo una pausa, larga, amarga.
—¿Orden? ¡Carajo, por orden! —recordó, todavía molesto—. Al final acepté. No estaba Canqui a mi lado; no había nadie en quien confiar.
Lo llevaron a una oficina céntrica. Allí lo esperaban Ronald McLean, Guillermo Fortún Suárez —hombre fuerte del general Banzer— y un abogado cuyo nombre Vera ya no lograba recordar. La escena tenía algo de clandestino: cortinas cerradas, voces bajas, la sensación de que cada palabra podía torcer el rumbo de la investigación.
Le explicaron que los tres sospechosos no eran militantes ni simpatizantes del partido. “Son muchachos que se ganan la vida pegando afiches, pintando paredes”, dijeron. Según ellos, el incidente que la Policía registraba era “puro invento”. Aseguraron que la jerarquía policial ni siquiera estaba enterada del “embrollo” y que no tenía sentido seguir adelante.
Luego vino el discurso político, envuelto en promesas y advertencias. Le dijeron que el general Banzer sería elegido por el pueblo, que el país ya lo había decidido, y que él —Vera— tenía ante sí “la oportunidad más grande de su vida dentro de la institución”. Que no valía la pena, con las elecciones encima, “ocuparse de un muertito por borrachera” ni involucrar a tres jóvenes que “no habían hecho nada”.
Finalmente, la oferta cayó sobre la mesa con la suavidad de una trampa bien aceitada:
—Mire, estamos aquí entre caballeros. Usted da un paso al costado. Tiene autoridad para cerrar este caso sin acusados… y recibirá mil dólares para darse algún gustito. Entiéndame, señor Vera.
El detective se irguió en la silla. Aclaró, sin titubeos, que no aceptaba sobornos ni insinuaciones coercitivas. Les informó que su superior, el coronel Villegas, estaba al tanto de cada avance del caso. Se esforzó por explicar —con la calma de quien pisa terreno minado— que había acudido a esa reunión justamente para evitarles un daño político, para impedir que un escándalo estallara en plena campaña. Pero también dejó claro que tres sujetos eran responsables de la muerte de una persona.
—No importa su condición social —les habría dicho—. Es un crimen, señores.
El abogado regresó después de que los representantes políticos se reunieran en privado. Su propuesta sonó más calculada, casi razonable en comparación con la oferta anterior. Explicó que lo único que pedían era que el caso no involucrara ni insinuara al partido del general Banzer en la muerte ni en la responsabilidad del crimen.
—Es un asunto policial, un hecho callejero —dijo—. El ADN no va a defender a nadie.
Verbalmente, mencionaron las direcciones y los datos personales de los tres implicados, como si con eso quisieran demostrar transparencia. Luego, el abogado se inclinó hacia Vera, bajando la voz:
—Señor Vera, ahora yo le pido que respetemos ese compromiso.
La habitación quedó en silencio.
El periodista de Jornada Juan de Dios Postigo, al recibir de los agentes policiales Rigoberto Vera y Toribio Canqui la confirmación de la captura de los tres principales sindicados por la muerte de aquel mendigo de Villa Fátima —cruelmente asesinado en las inmediaciones de la plaza Villarroel el pasado 19 de abril y caratulado por Radiopatrullas 110 como cadáver NN— comenzó a reconstruir la historia que lo devolvería del anonimato.
Sangre y silencio: el pankataya pide justicia
La justicia fue esquiva para esclarecer la muerte de un mendigo sin nombre ni familia, cuyo cuerpo permaneció más de treinta días en la morgue sin que nadie reclamara su cadáver. Tras una exhaustiva labor de seguimiento y la voluntad de identificar a los responsables de su muerte fortuita, el coronel Jaime Villegas, director de la División de Homicidios de la Policía Boliviana, finalmente presentó ante la prensa al autor del crimen.
La muerte del pankataya —aquel hombre sin nombre que deambulaba entre los puestos de Villa Fátima— destapó una historia oculta del mercado: su refugio, su único mundo. Las vendedoras eran su familia; las vecinas, sus conocidas; las calles, su casa.
Su cuerpo apareció tirado en las inmediaciones de la plaza Villarroel el 19 de abril, con signos de una golpiza brutal que Radiopatrullas 110 registró fríamente como cadáver NN. Pero detrás de esa sigla impersonal había un rostro familiar para comerciantes, choferes y vecinos que lo veían cada día: un fantasma cotidiano que ahora exigía justicia desde la morgue.
La Policía, en los primeros días, le restó importancia —quizás por su situación social—: era un mendigo sin nombre, y un informe forense preliminar calificaba su muerte como un accidente producto de la borrachera. Nada más falso. Días después, por exigencia de la División de Homicidios de la Policía Boliviana, se comprobó lo contrario. La unidad delegó en el detective Rigoberto Vera y en el sargento Toribio Canqui la tarea de realizar el seguimiento necesario para esclarecer su muerte.
Jornada, fiel a su estilo, no se conformó con el parte policial ni con la fría etiqueta de cadáver NN. Cuando me encargaron la nota y conocí los primeros antecedentes, supe que tenía que ir a Villa Fátima y caminar por donde él había caminado. Quería saber quién había sido ese hombre antes de convertirse en noticia: cómo hablaba, dónde dormía, qué comía, quién lo reconocía al pasar.
No quería reconstruir un caso policial; quería rescatar a una persona que la justicia había dejado atrás.
A doña Remigia llegué después de preguntar en varios puestos del mercado de Villa Fátima. Llevaba conmigo las fotografías que la Policía me había facilitado del cadáver; imágenes duras, tomadas sin cuidado, como si se tratara de un trámite más. Cuando las mostré, no hubo dudas: “Es el pankataya”, me dijeron de inmediato.
Esa palabra —pankataya— era una deformación cariñosa, o quizá burlona, del pankatay en aymara, el escarabajo. Un apodo que en el barrio todos entendían y que, de algún modo, lo había acompañado más que cualquier nombre propio.
A doña Remigia la encontré después de dar varias vueltas por el mercado, preguntando aquí y allá, siguiendo apenas un hilo de voces que lo recordaban sin decir aún su nombre. Cuando la Policía me entregó las fotografías del cadáver, supe que tendría que mostrarlas con cuidado. Pero en Villa Fátima no hizo falta explicar demasiado: apenas las vieron, las vendedoras dijeron al unísono, casi con un suspiro: “Es el pankataya”.
Doña Remigia, dueña de un puesto en el comedor, me recibió con esa serenidad que solo tienen quienes han visto pasar demasiadas vidas por los mismos pasillos. En cuanto se sentó frente a mí, comenzó a reconstruirlo. Y lo primero que hizo fue corregirme: —No se llamaba así, hijito. Ese era el apodo. Su nombre era Carlitos.
Me contó que lo conocía desde que ella era muy joven, cuando su madre también era comidera en la avenida, en los tiempos en que los obreros de las fábricas bajaban a almorzar con prisa y hambre. “Era flaquito y blanquito el chico —me dijo—. Era mudo, nunca le escuché hablar ni gritar. Ayudaba a las otras vendedoras de la calle, antes de que techaran el mercado. Nadie sabía su nombre; para todos era ‘el chico’. Ayudaba, y así se ganaba unos centavitos para su mamá, que también pedía limosna en la puerta de una fábrica.”
A veces desaparecía por semanas, y otras veces volvía limpio, peinado, casi bonito, como si alguien lo hubiera cuidado un rato. “Yo le puse Carlitos —añadió— porque un día me dio una foto de ese actor chistoso… Carlitos Chaplin.”
Mientras la escuchaba, sentí que ese nombre —Carlitos— abría una puerta que nadie había querido abrir. No era un cadáver NN, no era un mendigo sin historia. Era un muchacho que el barrio había visto crecer, desaparecer, volver, sobrevivir. Y ahora, gracias a la memoria de doña Remigia, volvía a tener un lugar en el mundo.
Doña Remigia no solo recordaba lo que ella había visto; también cargaba las historias que otras vendedoras le habían confiado con los años. Mientras conversábamos, de pronto evocó a doña Manuela, una vecina del mercado que ya había muerto hacía tiempo. “Ella me contó algo, hijito —me dijo, bajando la voz—. Este chico… bueno, no era tan chico, solo que era bajito… se había escapado de su pueblo, de Sorata, con su hermana mayor.”
Hizo una pausa, como si buscara las palabras exactas. “El patrón le sacó una wawa a la hermana. Por eso huyeron. Qué habrá sido de esa chica… quién sabe. Lo que sí sé es que lo dejó aquí, solito, a su hermanito mudo. Nunca de aclaro de donde viene esa version. Y él nunca se apartó de la zona, nunca.” añadio.
Mientras la escuchaba, sentí que la historia de Carlitos —el pankataya para el barrio— se abría como una herida antigua. No era solo un hombre en situación de calle; era un sobreviviente de algo más profundo, más oscuro, que había quedado enterrado en el silencio de los años. Y ahora, gracias a la memoria de Remigia y de las mujeres del mercado, esa historia volvía a respirar.
A Benedicto Chaulla lo conocí después de que varias vendedoras me señalaran al “cargador fuerte”, ese hombre que siempre está moviendo bultos de un lado a otro en Villa Fátima. Cuando por fin lo encontré, estaba descargando sacos de papa de un camión, sudando, respirando hondo, como si cada jornada fuera una batalla más contra la vida.
Fue él quien compartió con Carlitos —el pankataya— sus últimos días. Y su testimonio, aunque marcado por el dolor y por el miedo, fue decisivo para dar con los responsables de la muerte de su amigo.
Benedicto también es parte del paisaje humano del mercado. Se gana la vida cargando mercadería para comerciantes y amas de casa, que los fines de semana lo llaman por cualquier nombre que se les ocurre para pedirle ayuda. Él no se queja. Solo baja la cabeza, toma el bulto y sigue.
Es un hombre de origen aymara, robusto, de unos cuarenta y tantos años. Me dijo que llegó a la ciudad desde Coro Coro hace ya mucho tiempo, buscando trabajo y un lugar donde dormir sin que lo corrieran. “Por eso lo entendía al Carlitos —me confesó—. Los dos no teníamos techo. Los dos éramos de aquí y de ninguna parte.”
Mientras hablaba, noté que su voz se quebraba apenas, como si cada recuerdo fuera una piedra que cargaba desde hace años. No hablaba de un mendigo ni de un cadáver NN. Hablaba de su amigo. De alguien con quien compartió noches frías, panes duros, silencios largos y una forma de sobrevivir que solo ellos entendían.
Benedicto me contó que Carlitos —el pankataya para el barrio— compartió techo con él, aunque no recuerda desde cuándo. “Yo tenía un toldo a un costado del río Orkojahuira”, me dijo, señalando con la mano hacia el cauce. “Una mañana apareció un hombre que me miraba y miraba. Estaba sucio, chascoso. Le pregunté qué quería, qué estaba buscando. Y él solo señaló unos zapatos que estaban ahí.”
Benedicto se rió apenas, con esa mezcla de ternura y tristeza que deja la memoria. “Yo uso abarcas, no zapatos. Así que se los di. Y el hombrecito se puso feliz.”
Desde entonces, Carlitos volvía siempre. A veces traía frutas, pan o un poco de comida en una lata o en una bolsa arrugada. Era su manera de agradecer, de decir “aquí estoy”, aunque no pudiera hablar.
“Así empezó todo”, recordó Benedicto. “Sin palabras. Solo miradas. Y después ya no se fue más.”
Mientras lo escuchaba, entendí que esa amistad —hecha de silencios, de trueques mínimos, de sobrevivencia compartida— era lo más parecido a un hogar que ambos habían tenido en la ciudad.
Benedicto adornó su relato con una anécdota que, pese a la tristeza que arrastra, le arrancó una sonrisa breve. Me contó que él acostumbraba lavar su ropa en el río Orkojahuira: apenas un par de mudas, siempre los lunes. Allí mismo se refregaba el cuerpo, como si el agua helada fuera la única forma de empezar la semana de nuevo.
“Pero el Carlitos no”, me dijo, negando con la cabeza. “Por más que le insinuaba, nunca quiso meterse al agua. Su ropa brillaba de suciedad y de gracia… pero él no era amigo del agua.”
Luego bajó la voz, como si lo que venía le doliera más. “Hay gente mala, bien mala. Cuando el pankataya pasaba por alguna calle, había jóvenes malcriados que le echaban agua. Si estaban lavando su auto, lo manguereaban. Por eso le tenía terror al agua.”
Mientras lo escuchaba, entendí que ese miedo no era simple rechazo: era una herida. Cada chorro de agua había sido una humillación, un recordatorio de que para algunos él no era una persona, sino un estorbo. Y sin embargo, ahí estaba Benedicto, recordándolo con cariño, ambos han compartido techo, hambre y noches frías.
El pankataya vuelve desde la morgue
Yo, autor de esta crónica, quise saber qué escondía el rostro de Carlitos —porque así me dijeron que se llamaba—, aunque en Villa Fátima nadie lo conocía por ese nombre. Para todos era el pankataya. Ese fue el nombre que lo acompañó en vida y también en muerte.
Lo encontré sin vida, tirado en el piso frío de la morgue del Hospital General. Aún recuerdo el olor metálico, la luz blanca que cae sin piedad, y ese cuerpo pequeño, abandonado, como si la ciudad hubiera decidido olvidarlo incluso después de muerto.
Con esas imágenes clavadas en la memoria, recorrí el mercado de Villa Fátima, ese territorio íntimo donde el popular —y tantas veces rechazado— pankataya había deambulado durante años. Caminé por los mismos pasillos que él caminó, hablé con las mismas vendedoras que lo alimentaron, escuché las voces que lo nombraron sin nombrarlo.
Ese barrio lo vio llegar joven, inocente, voluntarioso. Lo vio ofrecer su ayuda a cambio de un plato de comida y unos centavos. Lo vio dormir donde podía, reír cuando alguien le regalaba un pan, desaparecer por días y volver con la misma ropa, la misma mirada, la misma fragilidad.
Y ahora, desde la morgue, algo inesperado comenzó a moverse en torno a él. Por esas muestras silenciosas de solidaridad, de compasión hacia los pobres —o quizá simplemente por la simpatía que despiertan los que nunca tuvieron nada—, la gente del mercado reunió dinero para darle a Carlitos un descanso digno. No era caridad; era un acto de reconocimiento. Un gesto final para alguien que había sido parte del barrio sin que nadie lo dijera en voz alta.
Con ese dinero, compraron su ataúd y pagaron su entierro en el cementerio de Caiconi, una urbanización empinada entre cerros, camino a Los Yungas. Pero antes de llegar allí, su féretro hizo una última parada. Lo llevaron al mercado, a ese lugar donde había vivido, dormido, comido y sobrevivido durante tantos años.
Por unos breves momentos, el viernes 23 de mayo, Carlitos volvió. Volvió para despedirse de las vendedoras que lo alimentaron, de los pasillos que lo cobijaron, de los vecinos que lo vieron crecer y deteriorarse.
Cuando el ataúd salió del mercado rumbo a Caiconi, yo caminé detrás, mezclado entre las vendedoras, los cargadores, los choferes y los curiosos que se habían detenido un momento para mirar pasar a Carlitos por última vez. No había banda, ni flores caras, ni discursos. Solo pasos. Pasos lentos, cansados, pero firmes.
Mientras subíamos por la pendiente, pensé en todo lo que había escuchado en esos días: la ternura de doña Remigia, la lealtad de Benedicto, el silencio de quienes lo humillaron, la indiferencia de quienes nunca lo vieron.
En Caiconi, cuando bajaron el ataúd a la tierra, el viento frío de los cerros sopló como si quisiera llevarse el polvo del olvido. Yo miré ese cajón humilde y supe que, aunque la ciudad lo hubiera borrado en vida, el barrio lo había rescatado en muerte.
Carlitos, el pankataya, el chico sin nombre, ya no era un cadáver NN. Era una historia. Era una memoria. Era alguien.
Y mientras la tierra caía sobre la madera, entendí que esta crónica no era para contar cómo murió, sino para dejar constancia de que vivió.
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