Fútbol, barrio y destino
Explora la conmovedora historia de Nicolás Parra, donde el fútbol es más que un juego, es un reflejo de la vida misma.

Nicolás Parra: El corazón de Villa Armonía
Nicolás Parra, un muchacho de Villa Armonía, había crecido entre calles ásperas y aprendizajes tempranos que solo el barrio sabe imponer. Su historia es la de muchos, un viaje forjado en la resiliencia y la pasión.

Más que un juego: El fútbol como espejo de la vida
Para Nicolás, el fútbol nunca fue solo un juego: era un espejo de su vida, un espacio donde se mezclaban los riesgos de la infancia, los primeros amores de la juventud y las incertidumbres de un país sacudido por tensiones políticas. Cada partido era una lección, cada gol una esperanza.

Memorias que guían cada paso
Bajo el arco, en aquella tarde decisiva, lo acompañaban todas esas memorias que lo habían formado y que seguían guiando sus pasos. Es la historia de cómo el pasado moldea el presente y el futuro.
Fútbol, barrio y destino
El sábado 14 de julio de 1973, El Diario, en su sección deportiva, destacó la fotografía de Nicolás Parra como el héroe del partido por la Copa de la Liga Obrera, disputado entre Chaco Petrolero y Mariscal Braun.
“Chaco Petrolero, campeón de la Copa La Paz”, titularon en grandes letras diversos medios ese día, al cubrir el torneo relámpago organizado en homenaje a la Revolución del 16 de julio de 1809, considerada por muchos como el “primer grito libertario” del continente.
Las graderías del Estadio Obrero de Miraflores lucían colmadas por los seguidores de ambos equipos.
Los hinchas del Mariscal Brau, conocidos también como los cerveceros por pertenecer a esa fábrica que desde hace años participa en la Liga Obrera, alentaron hasta el último minuto con una estruendosa banda de músicos.
Los relatores radiales de Continental y El Cóndor daban como favorito al equipo de la Cervecería, respaldados por su buena campaña y el título obtenido en la temporada anterior.
Sin embargo, los jugadores del cuadro petrolero se esforzaron desde el inicio por aventajar a su rival. Un gol recibido a los diez minutos del primer tiempo los obligó a buscar con desesperación el empate o la victoria.
En el minuto 62 del segundo tiempo, un cabezazo del delantero zurdo Sergio Cubillas le dio el gol del empate a los petroleros. Los pronósticos deportivos eran variados, pero lo cierto es que la igualdad obligaba a disputar una prórroga de quince minutos por lado. De mantenerse el marcador, la definición del título quedaría bajo la exclusiva responsabilidad de los arqueros de ambos cuadros.
Los relatores se esforzaban por transmitir la emoción cuando Nicolás Parra proyectó un balón con destino al arco defendido por Porfirio Mena, quien, en una desesperada maniobra, logró desviar el remate y ahogar el grito de gol que hubiera significado la victoria petrolera. Minutos después, tras una mala jugada, el portero de Chaco Petrolero fue expulsado de la cancha.
Ante la ausencia de un jugador suplente con experiencia bajo los tres palos, el entrenador José Luis Millares instruyó el inmediato cambio de posición: Nicolás Parra debía ocupar el arco, asumiendo una responsabilidad inesperada en plena definición del campeonato.
Al finalizar el tiempo extra sin goles, el empate obligaba a la definición por penales. Los árbitros realizaron consultas con los veedores del torneo, mientras en las tribunas se desataba un alboroto inusitado entre los hinchas del Mariscal Braun, convencidos de que su equipo estaba a un paso de coronarse campeón.
Los nervios reinaban, como es natural en estas lides, en ambos planteles. Nicolás Parra, cuyo puesto inicial en el cuadro petrolero era el de guardameta, había sido desplazado al ataque por el flanco derecho debido a su estatura —apenas 1,67 metros—, posición en la que también supo desempeñarse con soltura. Ahora, sin embargo, estaba nuevamente bajo el arco de su equipo, y de él dependía en gran medida la posibilidad de que Chaco Petrolero se coronara campeón.
No solo había emoción: había tensión y suspenso, como repetían los periodistas deportivos al describir los minutos que se avecinaban. La definición por penales no solo pondría a prueba la puntería de los ejecutantes, sino también el temple del improvisado de los dos arqueros, convertidos de pronto en protagonistas absoluto de la tarde futbolera.
La definición por penales comenzó bajo un silencio expectante. El Estadio Obrero, que minutos antes era un hervidero, parecía contener la respiración. Los árbitros dieron la señal y los jugadores se reunieron en el centro del campo, mientras los arqueros caminaban hacia sus respectivos arcos con la pesada carga del destino del campeonato sobre sus hombros.
El primer ejecutante del Mariscal Braun avanzó con paso firme. Su disparo, fuerte y esquinado, dejó sin opción a Nicolás Parra, que se lanzó correctamente pero llegó apenas tarde. Los cerveceros celebraron con estruendo, convencidos de que la copales pertenecía.
El turno fue luego para Chaco Petrolero. El capitán petrolero acomodó el balón, respiró hondo y remató con seguridad al palo derecho. Porfirio Mena adivinó la trayectoria, pero el disparo llevaba demasiada potencia. Uno a uno, y la tensión crecía.
El segundo penal del Mariscal Brau fue más dramático. El delantero cervecero intentó colocar el balón al ángulo, pero Parra, en una estirada memorable, rozó el esférico con la punta de los dedos y lo desvió contra el travesaño. El estadio estalló: los petroleros recuperaban la esperanza.
El segundo ejecutante de Chaco Petrolero no falló. Con un remate bajo y preciso, puso a su equipo en ventaja. Los hinchas petroleros agitaban banderas improvisadas, mientras los cerveceros comenzaban a inquietarse.
El tercer penal del Mariscal Braun fue convertido con autoridad, igualando nuevamente la serie. Pero el dramatismo no cedía: el tercer remate petrolero fue atajado por Mena, que se lanzó hacia su izquierda y contuvo el disparo con ambas manos, arrancando un rugido de alivio entre los cerveceros.
La serie estaba igualada, pero el ambiente era de incertidumbre absoluta.
El cuarto penal cervecero marcó el punto de quiebre. El mediocampista del Mariscal Braun, nervioso, demoró en la carrera y terminó enviando el balón por encima del travesaño. Los relatores gritaban que el título estaba “a un penal de distancia”.
El cuarto ejecutante petrolero no falló. Con un remate sereno al centro, puso a Chaco Petrolero nuevamente arriba. La presión recaía ahora por completo sobre el último tirador del Mariscal Braun.
El quinto penal cervecero fue el más tenso de la tarde. El delantero tomó carrera larga, remató fuerte… y Parra, en una atajada que quedaría grabada en la memoria del fútbol obrero, detuvo el balón con ambas manos, cayendo hacia adelante para asegurar la posesión.
El estadio explotó. Los jugadores petroleros corrieron hacia él, lo levantaron en hombros, y los hinchas invadieron el campo con lágrimas, abrazos y banderas. Chaco Petrolero era campeón.
Nicolás Parra, improvisado arquero en la hora decisiva, se convertía así en el héroe indiscutible de la jornada.
El alcalde de la ciudad de La Paz, presente en esa jornada de intensa emoción deportiva, presidió una breve pero significativa ceremonia al concluir la definición. Tras unas palabras de reconocimiento al esfuerzo de ambos equipos, tomó entre sus manos la Copa Ciudad de La Paz 1973 y la entregó al presidente de Chaco Petrolero, en medio de aplausos y vítores que resonaban en todo el Estadio Obrero.
El dirigente petrolero, visiblemente conmovido, no dudó un instante: levantó el trofeo ante la multitud y, de inmediato, lo puso en manos de Nicolás Parra, el héroe de la tarde. El improvisado arquero, aún con el sudor del esfuerzo y la incredulidad en el rostro, alzó la copa mientras sus compañeros lo rodeaban entre abrazos, cánticos y lágrimas de alegría.
La imagen quedó grabada en la memoria colectiva del fútbol obrero: Parra, pequeño en estatura pero gigante en coraje, sosteniendo el trofeo que él mismo había salvado con sus manos minutos antes.
A unos metros de la cancha, Pilar, sonriente, la recibió con una alegría contenida. Había seguido con atención, desde las graderías, las incidencias del partido, ese en el que su novio terminó convertido en héroe de la jornada.
Nicolás, desbordante de alegría y aún abrazado a Pilar, se disculpó de sus compañeros para no irse de farra. Todos habían decidido celebrar la copa en un restaurante de la plaza San Martín, conocido también como el Triangular, pero ella prefirió apartarse del bullicio.
Al salir de la cancha, la ciudad les recordó que no solo el fútbol estaba de fiesta. Los preparativos para las fiestas julianas, organizadas por la alcaldía paceña, llenaban las calles y plazas. Todo estaba adornado con los colores de la bandera local —guindo y verde— que flameaban en balcones y faroles. Las radioemisoras se desgañitaban recordando los hechos de 1809, aquellos que, según repetían una y otra vez, habían cambiado para siempre la historia boliviana.
Horas más tarde, cuando el bullicio quedó atrás y la euforia empezó a asentarse, Nicolás permanecía solo y en silencio en su casa. Extrañaba, con un nudo en la garganta, no poder compartir con sus padres la alegría que había conseguido en la cancha. Habían fallecido dos años atrás, con apenas unos meses de diferencia, y esa ausencia seguía pesándole como un ladrillo húmedo en el pecho.
Gracias a don Walter —su principal apoyo y mentor en el fútbol— estaba ahora saboreando su primer gran triunfo deportivo. Recordaba bien una de sus advertencias: el deporte es efímero; una profesión es la única garantía para no sentirse un inútil en la vida. Aquella frase lo acompañaba como una sombra.
Él también lo pensaba, pero le resultaba difícil imaginar su futuro. Quería estudiar, abrirse camino más allá del balón, pero su situación económica le cortaba de raíz cualquier inspiración. Era como si cada sueño se estrellara contra la misma pared: la falta de recursos, la incertidumbre, el miedo a no poder.
El arquerito
A veces —diría el relator— aquel muchacho cerraba los ojos y todavía escuchaba el grito que le atravesó el pecho antes de conocer siquiera la adolescencia: “¡Gooool!... ¡Eso, arquerito, eso!” Y allí quedaba él, tendido bajo el arco, con la pelota apretada contra el pecho y el mundo apagándose como una lámpara vieja. Cuando volvió en sí, vio el rostro preocupado de su padre. Le contaron que el balonazo en el estómago lo había dejado sin aire, pero todos repetían que había sido una gran atajada. Don Walter le refrescaba la frente mientras los curiosos se amontonaban. El niño preguntó por su papá; nadie lo había visto.
Perdieron uno a cero. Sus compañeros discutían y Serapito, con su torpeza habitual, le reprochó haber salido de la cancha. Don Walter lo calló de inmediato y lo citó para el entrenamiento del miércoles.
En casa, su madre se quejó como siempre. El padre, sentado bajo el pino, leía sin levantar la vista. —Papà hemos ganado —le mintió el niño, buscando una chispa de orgullo. —Ah, qué bueno, hijo —respondió él, sin mirarlo. Ese desvío de ojos dolió más que el golpe en el estómago.
En la escuela todos hablaban de la atajada. El profesor decía que podía llegar lejos, aunque también lo llamaba flaquito y debil. Betty, su amiga, lloraba a la salida porque Serapio le había roto una estampita. Quería que él lo golpeara, pero el arquerito solo quería ayudarla sin pelear. Recorrió el barrio buscándole otra, hasta que el padre Luis le explicó que la Virgen tenía muchos nombres. Entonces se animó: esa le daría.
El miércoles, al verla en una loma, quiso lucirse. Don Walter lo entrenaba con paciencia de padre adoptivo. El muchacho se pavoneaba, pero nada salía espectacular.
El domingo jugaron contra el equipo de la parroquia. Su padre no fue: la rodilla, dijo. A los diez minutos ya tenían un gol en contra, y el arquerito buscaba a Betty entre la gente. En el segundo tiempo remontaron. Y cuando faltaba poco, cobraron penal. Don Walter corrió hacia él: —Nico, mira la pelota. Santiago es zurdo. No te distraigas. El disparo fue un cañonazo. La pelota chocó contra su rodilla y salió rebotando. Kuty Ramos metió el tercero. Ganaron 3 a 1. El arquerito sabía lo que había hecho.
En casa, su madre preguntó por el padre. Él solo pensaba en don Walter, en cómo lo apoyaba, en cómo lo llamaba hijo. —Nico, eres un buen arquerito —le dijo su padre al llegar. Pero el muchacho seguía viendo, en su memoria, a don Walter corriendo a abrazarlo.
El lunes, Maruja le pasó un papelito: “Te espero en la parada del 14, a las 3. —Betty.” Fue su primera cita. Le entregó la estampita y ella la recibió como un tesoro. Caminaron juntos, hablaron de canciones. La de ella era Cómo te extraño, mi amor. El 28 de octubre cumplieron cuatro meses. Su primer beso fue apenas un roce, pero suficiente para iluminarlo.
Los años pasaron. A los diecisiete celebró su cumpleaños —un bautismo juvenil, bebiendo por primera vez con amigos. Su madre decía que ya debía trabajar. Su padre había muerto el año anterior. Él seguía sufriendo la ausencia de Betty, recordando su despedida cuando anunció que se trasladaría con su familia a Oruro. Eran demasiado jóvenes para prometer algo.
Un día, una palmada lo sacó de sus pensamientos: era don Walter. Lo llevó a su casa; doña Rosita lo recibió con cariño. El muchacho les contó sus preocupaciones como si fueran sus padres.
Cinco meses después, el entrenador del Chaco Petrolero le anunció que podría debutar en Primera. Estudiaba de noche y trabajaba en una gasolinera. Su madre estaba más tranquila. Don Walter decía sentirse orgulloso… todo lo que aquel arquerito logró fue gracias a ese hombre que lo abrazó en la cancha y le enseñó a resistir.
Y mientras ese pensamiento se acomodaba en su memoria —como una fotografía que vuelve a su sitio— unos golpes en la puerta lo alejaron de sus recuerdos. Era Pilar, que venía a dejarle un par de camisas planchadas. Era su manera discreta de colaborar con Nicolás, con quien llevaba ya cerca de un año enamorándose, paso a paso, sin prisas pero con una ternura firme. Incluso hablaban, a veces, de casarse cuando la situación se acomodara para ambos, aunque ninguno se atreviera a decirlo en voz demasiado alta, como si el simple gesto pudiera espantar el sueño.
Lo que queda después del grito de gol
Pilar había llegado a Villa Armonía hacía ya cinco años, proveniente de Sucre. Su padre se trasladó a La Paz por razones de trabajo, y la familia se estableció allí con la premisa de asegurar los estudios de sus tres hijos mayores. Pilar, la menor, creció entre esa expectativa silenciosa y el esfuerzo cotidiano de sus padres por abrirles camino en una ciudad que no siempre daba tregua.
El año pasado no pudo ingresar a la Normal Superior Simón Bolívar debido a la gran cantidad de postulantes. Mientras espera una nueva oportunidad, trabaja en el almacén de zapatos Manaco, en pleno centro de la ciudad. Es joven, de buena presencia, bonita, y con apenas veintiún años dice no estar apresurada. Siente que la vida todavía se está abriendo ante ella, aunque a veces la rutina del trabajo y las responsabilidades familiares le recuerden que no todo depende del deseo.
Nicolás, aferrado al fútbol, sabía que tenía buenas posibilidades de abrirse camino en un equipo profesional. Sin embargo, sobre él también se cernía la inseguridad. A sus veintitrés años seguía con las manos vacías, cargando solo planes que aún no tomaban forma. Ese espacio vacío era su plataforma, frágil y silenciosa, sin imaginar que en cualquier momento podía venirse abajo y dejar hechas polvo todas sus ambiciones. El amor por Pilar era su ideal, la imagen luminosa que lo sostenía cuando todo lo demás flaqueaba. En ella encontraba la motivación para seguir adelante, como si su sola presencia —real o recordada— le diera sentido a cada esfuerzo.
Nicolás aún disfrutaba de la popularidad que los diarios paceños le habían otorgado al presentarlo como el héroe del reciente campeonato de la liga obrera. Aquella fama, modesta pero intensa, lo envolvía como un eco que todavía no se apagaba. La Asociación de Fútbol de la liga fabril de Cochabamba había invitado al Club Petrolero a disputar un partido contra el Bata, equipo de la fabrica de calzados Manaco, campeón del año anterior, y esa noticia corría de boca en boca entre los muchachos del barrio. Para Nicolás, era una oportunidad más de sentirse vivo, de creer —aunque fuera por un instante— que su destino podía cambiar. La duda que lo consumía era si debía pedirle al entrenador el puesto de arquero o mantenerse en su posición habitual en el mediocampo. Esa indecisión lo acompañaba como una sombra, recordándole que incluso en los momentos de mayor ilusión siempre había un punto ciego, un temblor íntimo que podía cambiarlo todo.
El equipo, compuesto por dieciocho jugadores, realizó como primera medida —bajo la guía del cuerpo técnico— el reconocimiento del campo de juego en el estadio Félix Capriles, en la ciudad del valle. Más tarde, un paseo tranquilo por El Prado sirvió de relajación para el partido del día siguiente. Había expectativa en el ambiente. Se trataba de dos equipos no profesionales, pero con una proyección que hacía pensar que pronto alguno de ellos —o al menos varios de sus jugadores jóvenes y talentosos— podría dar el salto a la liga profesional. Esa posibilidad flotaba en el aire, y ellos lo sabian.
El Prado era un lugar atractivo, lleno de rincones donde se podía degustar exquisitos platos, bebidas frías, helados y cafés que animaban la distracción vespertina. Allí, los jóvenes paceños que visitaban la ciudad reían a carcajadas y lanzaban piropos tímidos —o atrevidos— a las muchachas que, a esa misma hora, recorrían el paseo citadino con gracia y curiosidad. Era un escenario vivo, casi festivo, donde la juventud parecía detener el tiempo por un instante.
En medio de ese ambiente bullicioso, Nicolás vio pasar a una joven que lo sobresaltó y lo hizo ponerse de pie de un impulso, como si hubiera reconocido un rostro perdido en el tiempo. —¿Betty…? —murmuró mientras se acercaba, casi sin respirar.
Repitió el nombre suavemente, pero su voz bastó para que la muchacha soltara un pequeño grito que llamó la atención de los paseantes. —¡Nicolás! ¿Qué haces aquí…? ¿Nicolás, eres tú…?
La sorpresa de ambos quedó suspendida en el aire, como si el paseo entero se hubiera detenido para concederles un instante de reconocimiento y memoria. Nicolás se apartó del grupo de sus compañeros de equipo; luego, casi sin pensarlo, se dirigieron a una mesa para dos. Allí se sentaron, frente a frente, y comenzaron a recordar su adolescencia entre miradas cómplices y sonrisas que parecían venir de muy lejos.
Mientras Betty hablaba de sus estudios en la Universidad Mayor de San Simón, en la Facultad de Ciencias y Tecnología, en la carrera de Ingeniería Química, Nicolás sintió cómo algo en su interior retrocedía hasta el año 1966.
Ella tenía doce; él, catorce. Eran novios. Un romance casi mágico, casi celestial, de esos que solo pueden existir cuando las caricias todavía son pecado y los besos pertenecen al mundo de los adultos.
La ingenuidad de aquella época… pero qué maravillosa era.
El encuentro, siete años después, los sorprendió ya jóvenes y distintos. Sonreían porque el tiempo se había encargado de moldearlos de maneras opuestas, como si cada uno hubiera tomado un camino propio sin dejar de pertenecer, en algún rincón de la memoria, a aquel primer paisaje compartido.
El encuentro parecía dictado por el destino, como si ambos hubieran sido conducidos hasta ese instante sin posibilidad de evitarlo.
De pronto, Betty le preguntó a Nicolás el motivo de su presencia en la ciudad. Él no solo le habló de su meteórico ascenso en la cancha como jugador de fútbol; también le adelantó que estaba gestionando su ingreso al Colegio Militar. No dio más detalles, porque en realidad él mismo desconocía mucho del asunto. Nicolás, herido en su orgullo, no quiso mostrarse en desventaja.
—Mañana, en el estadio Capriles, mi equipo, el Chaco Petrolero, jugará contra el Bata. Te voy a dedicar mi primer gol —dijo con entusiasmo, animándola además a llevar a sus amigas y amigos de la universidad.
Nicolás no esperaba semejante reacción de aquella muchacha tierna que, un día, tomándolo de la mano, ambos se habían jurado amor eterno. Sus ojos la contemplaron sin parpadear cuando escuchó su respuesta: a ella no le gustaba el fútbol. Ella y su novio practicaban tenis.
—Mi novio es el director de Comercialización de la Cervecería Taquiña —dijo con un ademán de superioridad. Añadió que su matrimonio estaba fijado para el día de la próxima primavera y que se irían a Estados Unidos de luna de miel.
La noticia cayó sobre Nicolás como un golpe seco, sin que nadie alrededor lo notara. Fue una herida silenciosa, profunda. Permaneció inmóvil. No porque la siguiera amando, sino por su actitud farsante.
No dijo nada. No podía. El orgullo lo mantenía erguido, pero por dentro algo se le quebraba con una lentitud cruel.
Mientras ella hablaba de su novio, del tenis, del cargo importante en la cervecería, del matrimonio ya fijado y de la luna de miel en Estados Unidos, él sintió que cada palabra era un recordatorio de lo lejos que habían quedado aquellos días de 1966. Días en los que bastaba tomarse de la mano para creer que el mundo era suyo.
Se despidieron con una amabilidad superficial, casi protocolar. No hubo promesas de un próximo encuentro ni deseos sinceros de bienestar en los proyectos del otro. Ambos comprendieron, sin necesidad de decirlo, que aquel reencuentro —que al principio había parecido un guiño del destino— terminaba revelándose como una especie de maldición: la sombra oscura sobre un recuerdo que había sido hermoso.
Nicolás, mientras se alejaba, sintió que algo se le desmoronaba en silencio. Habría preferido no verla. Así, al menos, habría seguido adorándola en su memoria como su primer gran amor: intacta, luminosa, suspendida para siempre en la inocencia de la adolescencia.
Nicolás se sintió triste por Betty; aquella actitud de pedantería no merecía que él guardara su encuentro como algo digno de recordarla.
Al día siguiente, el estadio Capriles estaba repleto de público. Antes del partido de fútbol, los organizadores dieron paso a un preliminar del torneo intercolegial. Los muchachos corrían con una mezcla de nervios y entusiasmo, mientras las tribunas se iban llenando de voces, banderas y ese rumor que anuncia una tarde grande.
Después, por los altoparlantes, anunciaron el ingreso del equipo Bata, dueño de casa, para recibir al Chaco Petrolero, campeón de la liga obrera. Los árbitros convocaron a los dos capitanes para dar inicio al partido tan ansiado por el público.
Nuestro héroe, Nicolás Parra, lucía la casaca número 10, instalado en la estratégica posición de mediapunta. Había expectativa en las graderías; el ambiente vibraba con una tensión que solo el fútbol sabe provocar. El equipo local tomó la iniciativa y, en los primeros cuarenta y cinco minutos, consiguió dos goles a favor. Las tribunas estallaron en un grito que parecía sacudir hasta las columnas del estadio.
Los petroleros, apenas al minuto del segundo tiempo, sacudieron las redes con un gol sorpresivo. La jugada nació en los pies de Parra, que colocó un pase preciso a Iván Cornejo. El zurdazo de Cornejo, seco y bien dirigido, se convirtió en el gol del honor, arrancando un rugido contenido en la tribuna visitante.
El partido seguía intenso. Los visitantes, decididos a igualar o incluso llevarse la victoria, exhibieron un juego recio, de esos que se sienten en los tobillos y en el orgullo. Cada balón dividido era una batalla, y el público lo vivía con el corazón en la garganta.
Aun así, los locales supieron resistir. Se plantaron con firmeza, defendieron la ventaja y, al final, se quedaron contentos y victoriosos, celebrando con esa mezcla de alivio y orgullo que solo el fútbol de barrio y de fábrica puede despertar.
Cochabamba tenía su propio encanto para los visitantes: un aire tibio, casi familiar, que envolvía las calles y hacía más llevadera cualquier distancia. La Paz, en cambio, era el hogar; allí la rutina encontraba su ritmo, y los paisajes acostumbrados de lo cotidiano ofrecían una especie de refugio silencioso, ese que solo entiende quien ha crecido entre montañas y retornos.
Cuando la vida retoma su curso
Nicolás, apenas comenzó la semana, hizo lo primero que tenía en mente: buscar a Pilar. Quería contarle —no todo, solo lo necesario— lo lindo que había sido conocer la ciudad de los valles. Había en su voz un entusiasmo discreto.
Ese mismo día, su compañero de equipo, Iván Cornejo, lo buscó y se fueron a tomar un par de cervezas para hablar de fútbol y de chicas. Entre risas y comentarios sueltos, Nicolás, con cierta timidez, confesó que en sus planes estaba casarse con Pilar. Lo dijo sin alardes, casi en voz baja, como quien revela un sueño que todavía no se atreve a tocar.
Luego, con un gesto más serio, habló de lo que realmente le preocupaba: su futuro.
—No tengo posibilidades de estudiar en la universidad —admitió—. Aunque lo deseo, no tengo plata. Quizás después… quisiera trabajar un tiempo.
Iván lo escuchó en silencio, dándole ese espacio que solo un amigo de cancha sabe ofrecer. Afuera, la noche paceña seguía su curso, indiferente a las dudas de un muchacho que empezaba a medir el peso de la vida adulta.
Nicolás se sostenía con un trabajo precario en una estación de servicio. Dos o tres días a la semana debía cumplir horarios incómodos, casi siempre de madrugada o en turnos que le dejaban el cuerpo rendido. Aun así, la mayoría de su tiempo libre lo pasaba con Pilar.
Él sentía que la amaba y que ella lo cuidaba con una ternura que lo desarmaba. Se querían de verdad, y hablaban —con la seriedad de los jóvenes que sueñan en grande— de cimentar una profesión antes de pensar en el matrimonio. El padre de Pilar aceptaba que Nicolás la cortejara; no ponía trabas, quizá porque vivía lejos, en España, adonde se había trasladado hacía años. Desde allá enviaba consejos, cartas breves y algún dinero cuando podía, pero la vida de su hija transcurría en La Paz, entre estudios, esperanzas y ese amor que empezaba a tomar forma.
Pilar nunca hablaba de su madre. Desde los dieciséis años vivía con una tía materna, doña Maclovia, una mujer buena, aunque un poco renegona por las salidas y tardanzas de su sobrina. Aun así, la quería como a una hija. Vigilaba sus horarios, le daba consejos a su manera y, aunque refunfuñaba por cualquier cosa, siempre terminaba dejándole un plato caliente sobre la mesa. Pilar lo sabía y, en silencio, agradecía ese techo y ese cariño que la vida le había dado en reemplazo de lo que había perdido demasiado pronto.
Después de una tarde de entrenamiento en la cancha Zapata, Cornejo le dijo a Nicolás que lo invitaba a comer un silpancho en el mercado Camacho. Allí se dirigieron los dos amigos, todavía sudados, con el cansancio bueno que deja la pelota.
En media calle, antes de llegar al mercado, Iván lo detuvo con un gesto serio, poco habitual en él.
—Hermano —dijo, sin rodeos—, el hermano de mi papá trabaja en Yacimientos. Es capo ahí. Te va a conseguir un trabajo, así dejas la gasolinera. Pero tienes que hablar con él. Mi tio y sabe de ti, pero no le dejes mal parado.
Mi encuentro con el señor Manuel Cornejo Gerente del Departamento de Logística y Abastecimiento de Yacimientos Petroliferos Fiscales Boliviano (YPFB), fue, para mí, un momento de tensión. Me costaba responder a todas sus preguntas; sentía la garganta apretada y las manos inquietas. Le alcancé mi cédula de identidad. Él la miró con detenimiento.
—Veintiún años —dijo—. Buena edad para el fútbol, pero para no estar estudiando una profesión… eso es señal de flojera, jovencito.
Sus palabras me golpearon, aunque intenté mantener la compostura. Un instante después, al ver mi expresión, se disculpó por la ligereza. Le expliqué que mis padres habían fallecido y que no tenía apoyo económico para entrar a la universidad.
—Yo anhelo mucho, señor Cornejo —le dije, con la voz más firme de lo que sentía—, pero la realidad golpea los bolsillos.
Él asintió despacio, como quien empieza a comprender la historia detrás del muchacho que tiene enfrente. Por un instante, el silencio pesó más que cualquier pregunta.
Me indicó que, en un par de días, pasara por su secretaria para recibir mi nombramiento. En medio de una emoción muda, me atreví a preguntar cuál sería mi ocupación.
—No se preocupe, jovencito —respondió—. Aquí aprenderá. Venga como le indiqué.
Dijo eso y salió conmigo, aunque enseguida tomó dirección opuesta. Yo, ya en la calle, no salía de mi asombro. Sentía que algo grande, inesperado, se había movido bajo mis pies. La ciudad seguía igual, con su ruido y su prisa, pero para mí todo tenía un brillo distinto.
Feliz, me dirigí a la tienda Manaco para contarle todo a Pilar. La encontré atendiendo a varios clientes; apenas me vio, me regaló una sonrisa rápida, de esas que dicen más que las palabras. Me pidió que regresara a las doce, cuando pudiera tomarse un descanso.
Yo asentí y salí de la tienda con el pecho agitado. No podía quedarme quieto. Caminé un rato por el centro, repasando una y otra vez lo que había pasado con el señor Cornejo. El futuro me hacía un gesto de buena voluntad.
En el comedor del mercado Lanza, mientras almorzábamos, los dos estábamos contentos. Yo le conté a Pilar la noticia con el corazón todavía acelerado. Ella me escuchó con esa atención suya, tranquila y firme, y cuando terminé, sonrió con un brillo especial en los ojos.
—Ahora es mi turno —dijo, acomodando el plato frente a ella—. Tengo que ingresar a la Normal, y listo… estaremos mejor.
Sus palabras me llegaron hondo. No era solo un plan; era una promesa compartida, una manera de decir que los dos queríamos construir algo más que sueños sueltos.
El martes 3 de noviembre fue mi primer día de trabajo oficial en Yacimientos. Con la carta en la mano me presenté en la oficina de Personal. El encargado de la repartición leyó el documento en voz baja:
—Nicolás Parra…
Luego de revisarlo, me pidió que lo acompañara a una oficina en el sexto piso del edificio. Yo no salía de mi asombro. Desde arriba, a través de los ventanales, empecé a observar el mercado Camacho: la gente entraba y salía como hormigas, cada una con su propio rumbo. Me sonreí de alegría, sintiendo que, por primera vez, mi vida tomaba un giro inesperado.
Apareció entonces un señor canoso, de lentes gruesos. Se acercó con paso firme.
—Bienvenido, señor Parra. Para el cargo, parece usted muy joven… pero estoy seguro de que será un buen empleado.
Me condujo hacia una sala donde ocho hombres y tres mujeres trabajaban en sus escritorios. En la puerta se leía: Control de Inventarios de Combustible – Equipos de Transporte Industrial.
—Usted será mi asistente —continuó—. Si se empeña, puede llegar a ser mi mano derecha.
Sus palabras me dejaron inmóvil por un instante. No sabía si agradecer, si respirar hondo o si seguirlo sin más. Solo sentí que el mundo, de pronto, se había vuelto más grande…
El amor también se levanta en tierra firme
Mi relación con Pilar se aceleró. Nuestros encuentros se hicieron más continuos, más serios, más responsables. Los fines de semana, si no había partidos programados, nos refugiábamos en mi casa. Allí, entre silencios cómplices y planes que parecían alcanzables, nuestros cuerpos y nuestros sueños se fundían en ese deseo joven que mezcla ternura y urgencia, y en el desafío de construir un futuro que todavía no tenía forma, pero sí dirección.
Éramos dos muchachos intentando afirmarnos en la vida, sosteniéndonos en lo que sentíamos y en lo que imaginábamos que podía venir. Y por primera vez, yo empezaba a creer que ese futuro no era un espejismo.
Cuando recibí mi primer sueldo, lo primero que hice fue compartirlo con mi adorada Pilar. Para nosotros era un montón de plata, casi un milagro. Caminábamos por el centro como si el mundo se hubiera vuelto más liviano.
En un partido de fútbol, en la cancha municipal de Sopocachi, me encontré con Cornejo. Ya antes le había agradecido por el trabajo, pero esta vez, sin pensarlo, lo abracé con fuerza. Creo que hasta le di un beso en la mejilla, en un arranque de gratitud que me salió del alma. Él se rió, sorprendido, y me palmó la espalda como quien entiende que la vida, a veces, también se celebra así: con gestos torpes, sinceros y llenos de emoción.
Por el trabajo en una institución importante, yo también había cambiado en mi apariencia. Vestía traje y corbata, y me había dejado crecer unos bigotes al estilo Javier Solís. Me miraba al espejo y, aunque seguía siendo el mismo muchacho de siempre, había algo distinto en mi postura, en la forma de caminar, en la manera de mirar el mundo.
Pilar, por su parte, había adelantado los trámites para ingresar a la Normal. Ya estaba definido que en 1973 comenzaría sus estudios. Esa certeza nos llenaba de ilusión: ella avanzando hacia su profesión, yo afirmándome en un empleo que jamás imaginé tener.
Mi madre… La recuerdo como si fuera hoy. Cuando algo me preocupaba, solía decir que el segundo mes del año era “febrero loco”, porque siempre traía cosas imprevistas y sorpresivas. ¿Será que tenía razón?
Pilar, la chica de mi vida, me dio una noticia que debería habernos alegrado, pero nos sumió en una honda preocupación: había sospecha de embarazo.
La escuché en silencio, sintiendo cómo el mundo se me estrechaba alrededor. No era miedo a ella ni al amor que nos teníamos; era ese vértigo que da la vida cuando se adelanta a los planes, cuando exige respuestas que uno todavía no sabe formular. Pilar tenía los ojos húmedos, no de tristeza, sino de incertidumbre. Yo también.
Entre los dos, el aire se volvió más denso, como si febrero hubiera decidido cumplir la profecía de mi madre.
Conversamos todas las posibilidades. Lo principal era que entre ambos había amor y responsabilidad. Considerando las ventajas, yo pensaba que mi trabajo en los yacimientos no pagaba mal. Y ella seguiría en Manaco hasta donde pudiera, para ahorrar y recibir a nuestro primogénito. Esa última determinación nos hacía felices. Lo triste era que tendría que postergar sus estudios.
La situación más delicada era cómo darle la noticia a sus tíos: Maclovia y Pedro.
Entre otros detalles de la conversación surgió la idea de casarnos o convivir mientras tanto. Muchas veces habíamos soñado con un matrimonio en la iglesia de Villa Armonía, el barrio donde crecí, con ella vestida de blanco y una lista interminable de invitados, incluidos futbolistas de uno y otro cuadro, que ya nos conocían a ambos. Era una fantasía sencilla, pero nuestra.
Después de febrero, mis prácticas deportivas fueron quedando atrás. No sé en qué momento pasó, pero un día me di cuenta de que ya no entrenaba como antes. En el trabajo me iba bien; demasiado bien, quizá. Había asimilado rápido las tareas y hasta me hablaron de un posible ascenso en los próximos meses. Eso me infló el pecho más de lo que debería.
Mis compañeros —casi todos mayores que yo— me arrastraban a sus viernes de soltero. Al principio iba por no quedar mal, después porque me gustaba sentirme parte de algo. Aprendí a beber sin medida, como si no tuviera a nadie esperándome. Y a Pilar… a Pilar la dejé plantada más de una vez, parada en alguna esquina donde habíamos quedado. Yo sabía lo que hacía. Sabía que ella contaba conmigo, que confiaba en mí. Igual la dejé ahí, sola, mirando hacia la calle por donde yo no aparecía.
Cada vez que lo recuerdo, me arde la cara. No por el alcohol, sino por la vergüenza.
Sin entrar a la iglesia ni pasar por un notario, habíamos decidido convivir.
Elegimos mi casa como el lugar donde recibiríamos a nuestro bebé. Los tíos de Pilar nos apoyaban en todo, sobre todo a ella, como debía ser. Yo agradecía ese respaldo, aunque por dentro sentía que todavía me faltaba demostrar que podía estar a la altura.
Y así llegó octubre, con el nacimiento de un varoncito. Lo tuve en brazos por primera vez y sentí que el mundo se me acomodaba y se me desordenaba al mismo tiempo. Elegimos el nombre de Ernesto Álvaro. Sonaba fuerte, digno, como si desde la cuna ya le estuviéramos pidiendo que fuera más valiente que nosotros.
Un hijo no solo trae alegría: también exige coraje
Don Pedro era un hombre religioso; en casi todas sus conversaciones nombraba a Dios. Cuando entró a mi casa para conocer a Ernestito, se puso de rodillas, emocionado, y exclamó que con la llegada de mi hijo, Dios había dispuesto un regalo para la familia. Lo dijo con una convicción que me dejó sin palabras. Y remató diciendo que todo había ocurrido justo tres días antes del cumpleaños número veinte de mi amada Pilar. Lo dijo como quien revela un misterio.
El papel de padres, entre Pilar y yo, lo asumimos con amor. Nuestras vidas se fueron forjando con lentitud, pero con la seguridad que me daba el trabajo. Salíamos a un restaurante a comer, al cine algunas veces, dejando a Ernestito en los brazos de la tía Maclovia. Nuestro primer año como pareja, nuestra primera Navidad con un bebé como regalo para sellar nuestro amor… era el cuadro romántico de la felicidad, de nuestra felicidad.
Mi jefe, Ramiro Ortuño, fue promovido después de la Navidad a otra repartición de Yacimientos en Santa Cruz, por razones de salud. Yo, con más de un año en la empresa, también fui promovido a la planta de Entre Ríos, detrás del Cementerio General. Un poco distante, sí, pero el trabajo era prometedor: seis subalternos bajo mi responsabilidad, siempre en el departamento de Distribución de Combustible para maquinarias industriales.
Me entregaron una camioneta de la empresa para movilizarme, y yo la usaba también para llegar hasta la casa. Ese vehículo, con su olor a diésel y herramientas, me hacía sentir que por fin estaba avanzando. Me sentía seguro; Pilar también. Habíamos mejorado el amoblado del hogar: una mesa más firme, un ropero que ya no cojeaba, unas cortinas nuevas que ella eligió con ilusión. Vivíamos casi sin preocupaciones, dentro de esa modestia que uno aprende a agradecer. Era una felicidad trabajada, sin lujos, pero nuestra.
El papel de padres, entre Pilar y yo, lo asumimos con amor. Nuestras vidas se fueron forjando con lentitud, al ritmo de mis turnos y de ese cansancio honrado que deja el trabajo bien hecho. Pero había seguridad, una seguridad sencilla, de empleado: el sueldo puntual, la rutina estable, la sensación de estar levantando algo propio con las manos. Salíamos a un restaurante a comer, al cine algunas veces, dejando a Ernestito en los brazos de la tía Maclovia. Nuestro primer año como pareja, nuestra primera Navidad con un bebé como regalo para sellar nuestro amor… era el cuadro romántico de la felicidad, de nuestra felicidad humilde.
Para junio, cuando comienzan las vacaciones de invierno para los estudiantes, habíamos planeado unos días en Santa Cruz para visitar a don Ramiro Ortuño. Sentía por él un aprecio especial, casi una deuda moral, por toda su paciencia al enseñarme el ritmo y la entrega que exige el trabajo. En el fondo, yo sabía que necesitaba verlo; necesitaba escuchar su voz firme, esa manera suya de poner orden en el caos sin levantar la voz. Quizás buscaba en él una confirmación de que yo también podía sostener una familia, un futuro.
Mientras tanto, Bolivia vivía el impacto regional del golpe militar en Chile, liderado por el general Augusto Pinochet en septiembre de 1973. Las noticias llegaban como un viento frío, recordándonos que la historia podía irrumpir en cualquier casa, incluso en la nuestra, donde apenas aprendíamos a respirar como padres.
El presidente boliviano, también militar, endureció su política ese mismo año. Banzer ya había cerrado espacios democráticos, intervenido universidades, reprimido a dirigentes sindicales y a políticos de izquierda. Fortalece alianzas con las dictaduras vecinas, como si entre todas quisieran blindarse del miedo que ellas mismas generaban.
En abril de 1974, el gobierno militar anunció nuevas medidas en su política económica y dispuso cambios en la jerarquía de las principales entidades del país: la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), la Empresa Nacional de Ferrocarriles (ENFE), el Servicio Nacional de Caminos (SNC) y la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTEL).
A los pocos días, quedé cesante, igual que cientos de empleados y trabajadores. Fue como si alguien hubiera apagado la luz de golpe. No hubo explicaciones, ni despedidas, ni siquiera un gesto de humanidad: solo una lista, un sello y la puerta abierta hacia la calle.
A veces la vida quita para enseñar a resistir
Sentí el golpe en el pecho, no por el orgullo —que también— sino por la familia que recién empezábamos a construir. Fue un golpe seco, como un portazo en la cara. Nadie explicó nada. Solo una lista, un sello, una firma que no conocía. En un segundo, el uniforme que llevaba con orgullo se volvió un trapo ajeno. La credencial, que antes me abría puertas, ya no sirve para nada.
Me preguntaba cómo iba a mirar a Pilar a los ojos, cómo iba a sostener a Ernesto Álvaro sin que se me notara el miedo. El país se endurecía, y uno también, aunque por dentro se fuera resquebrajando de a poco. La crisis no era un titular de periódico. Era mi vida, mi mesa, mi familia. Y me golpeó de frente.
Cuando Pilar se enteró de la situación, no se puso a llorar como yo. Con el niño en sus brazos, dijo que llegarán mejores días. —Estamos juntos, tenemos a nuestro hijo para no desfallecer —me habló convencida, como si el mundo no pudiera terminarse mientras quedara un poco de esperanza.
La situación, al comenzar el mes de mayo, seguía convulsa. El país no garantizaba ni siquiera una fuente digna de empleo. Qué ironía: el presidente Banzer, al llegar el Día del Trabajador —ese primero de mayo lleno de discursos y banderas— saludaba a los obreros como el soporte de la economía boliviana, mientras cientos de ellos deambulaban por la ciudad buscando una ocupación, porque el mismo los había echado a la calle. Yo recorría La Paz de punta a punta, con los zapatos gastados y el ánimo por el suelo, buscando un trabajo que pareciera posible. Revisaba una y otra vez los avisos clasificados de El Diario. Cuando ofrecían algo, lo que fuera, al llegar ya había una fila interminable de hombres como yo, todos con la misma mirada cansada, todos esperando que ese día fuera distinto.
Además, donde llegaba me preguntaban por mi profesión, y yo no tenía ninguna. Mi experiencia en Yacimientos no servía de gran cosa: sabía manejar números, cuadros estadísticos, llenar reportes… pero en esos días todo eso parecía vano, como si el país entero hubiera decidido que el esfuerzo de uno no valía nada. Era duro admitirlo: no tenía un título que me respaldara, solo mis manos, mi disciplina y un par de habilidades que nadie estaba buscando.
Y mientras caminaba de un lado a otro, sentía cómo el orgullo se me iba desgastando, igual que las suelas de mis zapatos.
En la calle Ingavi, en la puerta del Restaurante Oruro un aviso colgado me detuvo: “Se necesita garzón”. Levanté la mirada. Era el recuerdo de mis risas con los muchachos, las mesas llenas de botellas vacías, la sensación de que el mundo estaba a nuestro favor. Entrábamos ahí como quien entra a un territorio propio, con el pecho inflado por la seguridad de un sueldo fijo y un futuro más o menos claro. ¿Y ahora?
Ahora, en cambio, estaba parado en la vereda, dudando si empujar la puerta o seguir de largo. La humillación me ardía en la garganta, pero la necesidad me apretaba más fuerte. Pensé en Pilar, en su manera de sostenerme sin reproches. Pensé en Ernesto Álvaro, en su respiración tibia cuando dormía sobre mi pecho. Y pensé en mí, en lo que quedaba de ese hombre que se creía invencible.
Respiré hondo. No era el trabajo lo que me dolía. Era la caída.
Empujé la puerta despacio, como si el ruido pudiera delatar mi vergüenza. Adentro olía a caldo, a fritura, a ese vapor espeso que se pega en la ropa. El mismo olor de siempre, pero ahora me recibía desde otro lugar. Ya no era cliente. Era un hombre buscando una oportunidad.
El dueño, don Félix, estaba detrás del mostrador, limpiando vasos. Me reconoció al instante. —Joven Nicolás… ¿qué hacés por aquí? —preguntó, sin malicia, pero con esa sorpresa que uno teme.
Sentí que la sangre me subía a la cara. —Vengo por el aviso —dije, tragando el orgullo como si fuera una piedra.
Don Félix dejó el vaso a un lado. Me miró largo rato, como si tratara de encajar al hombre que fui con el que tenía delante. —¿Vos? —murmuró, sin burla, solo incredulidad.
Asentí. No tenía más palabras.
Me condujo casi como a un muñeco hacia una especie de oficina: cuatro sillas desparejas y una mesa que hacía de escritorio. Me indicó que me sentara mientras él salía. Se demoró unos minutos. Era cerca del mediodía, cuando los clientes entran y salen en un desfile apurado de días laborales. Desde la oficina podía escuchar el ruido de los platos, el golpeteo de los cubiertos, las voces mezcladas con el olor a caldo y fritura que se filtraba por la puerta entreabierta.
Y pensé en mí, en lo que quedaba de mi orgullo. No podía darme el lujo de volver a casa con las manos vacías. Respiré hondo. Afuera, el mundo seguía su ritmo. Adentro, yo esperaba mi turno para caer un poco más… o para empezar de nuevo.
Apareció Daniel, el garzón que algunas veces nos atendía con preferencia cuando íbamos con los compañeros de Yacimientos. Depositó sobre la mesa un plato de caldo de gallina. Noté en su rostro una simpatía alegre por el inesperado encuentro.
—Pero señor Parra… ¿qué hace aquí encerrado? —preguntó, con esa mezcla de confianza y respeto que uno gana sin darse cuenta.
—Estoy esperando a don Félix —contesté, sin dar mayores detalles.
Por un instante pensé en levantarme y abandonar el lugar. La vergüenza me empujaba hacia la puerta, como si todavía pudiera salvar algo de mi antiguo orgullo. Pero el caldo humeante, con ese olor que se mete en el pecho y afloja las defensas, también era una tentación. Y la verdad es que no podía escapar así, como un cobarde. No después de haber llegado tan lejos.
Daniel me miró con una curiosidad discreta, como quien intuye que algo se ha roto pero no pregunta por respeto. —Está calientito, joven —dijo, empujando el plato un poco más hacia mí.
Asentí. No era hambre. Era necesidad. Necesidad de quedarme, de aguantar, de no volver a casa derrotado antes de tiempo.
Tomé la cuchara. El vapor me empañó los ojos. No supe si era por el calor… o por lo que estaba tragando junto con el caldo.
Félix apareció disculpándose por la tardanza. Se sentó frente a mí y, con esa paciencia de hombre acostumbrado a escuchar desgracias ajenas, se enteró de mis penas y necesidades. Movió la cabeza varias veces, como si lo que me estaba pasando no fuera justo, como si el país entero se hubiera vuelto un lugar donde los golpes caen sin mirar a quién.
Le confié que tenía una familia que sostener. —Ah, carajo… tan joven y con un hijo recién parido —dijo, siempre moviendo la cabeza—. Mirá, Nicolás, el trabajo de garzón no es para vos. No, no vas a poder.
Mientras lo escuchaba, sentí que algo dentro de mí se encogía. No era solo la negativa. Era la manera en que la decía: como si yo fuera demasiado frágil, demasiado fino, demasiado “empleado de Yacimientos” para cargar bandejas y aguantar clientes. Como si mi caída no me hubiera dejado lo suficientemente claro que ya no era nadie.
Me ardió la cara. Me estaba negando un trabajo por desconfianza en mi capacidad. Y eso dolía más que el hambre, más que la vergüenza, más que el caldo que se enfriaba sobre la mesa.
Pensé en levantarme. Pensé en decirle que no necesitaba su lástima. Pero también pensé en Pilar. Y en Ernesto Álvaro. Y en que no podía darme el lujo de seguir perdiendo.
El dueño del restaurante seguía con su mirada fría, práctica, de hombre que ya ha visto demasiadas desgracias ajenas. —Si quieres, puedes probar el viernes —dijo al fin—. Mañana ven temprano, te voy a explicar unas cositas.
Se paró y me dio la mano. Yo quedé agradecido, sin siquiera preguntarle cuánto iba a ganar. En ese momento, cualquier monto era mejor que nada.
Cuando llegué a casa, Pilar me recibió cálida, como si hubiera estado esperando alguna novedad. —¿Y? —me dijo bajito.
—Amor… mañana voy a probar un trabajo en un taller de electricidad —le mentí.
Sentí la vergüenza subirme hasta la garganta. No por el trabajo, sino por la mentira. Me costaba decirle que iba a ser garzón, que iba a limpiar mesas donde antes entraba con mis compañeros, orgulloso de ser empleado de Yacimientos. Me costaba que ella me viera tan caído.
Pilar me abrazó fuerte. —Vas a estar bien, mi amor —susurró—. Ya va a mejorar todo.
Y ese abrazo, en vez de aliviarme, me golpeò el pecho. Porque yo sabía que al día siguiente no iba a ningún taller. Iba a un restaurante donde antes celebraba mi vida…
Al día siguiente, a las siete de la mañana, yo ya estaba en la puerta del restaurante. Félix me recibió con una sonrisa corta, de esas que dan ánimo sin exagerar.
Desde una camioneta estaban descargando bolsas. Sin preguntar nada, me acerqué y empecé a cargar sacos de cebolla, de papa y otros productos para la preparación de las comidas del día. El frío de la mañana paceña se mezclaba con el vapor tibio que salía de la cocina, y yo, entre ambos, trataba de no pensar demasiado.
Félix me miró de reojo, como evaluando si realmente iba a aguantar. —Así es pues, Nicolás —dijo—. Aquí todos jalamos hombro desde temprano.
Yo asentí nomás, sin quejarme. Cada bolsa que levantaba me recordaba que estaba empezando desde abajo, más abajo de lo que alguna vez imaginé. Y aunque me dolían los brazos, había algo en ese esfuerzo que me hacía sentir vivo, útil, necesario.
Era mi primer día. Y aunque me costara admitirlo, era también un comienzo.
En la cocina amplia había cuatro personas: dos mujeres y dos varones, los encargados de preparar los platos del menú del día y los pedidos a la carta. Todos ellos me miraron con extrañeza, murmurando entre dientes, como diciendo ¿y este pendejo qué hace aquí? Yo bajé la mirada nomás, sin darles importancia. Sabía que ese juicio silencioso era parte del precio.
Félix dio unas cuantas instrucciones rápidas antes de conducirme a su oficina. Desde ahí pidió café y unos sándwiches de carne. Mientras comíamos, me explicó que ese día iba a trabajar con él en el mostrador, atendiendo los pedidos y cobrando el consumo.
—Vas a estar aquí conmigo, Nicolás —dijo—. Tienes buena presencia, buena letra… y eres tranquilo. Eso sirve harto en el mostrador.
Daniel y Genaro, los dos garzones, se presentaron como si yo fuera el jefe. —Mucho gusto, joven —dijo Daniel, con esa sonrisa suya que siempre parecía medio pícara. —A la orden, licenciado —añadió Genaro, exagerando un respeto que me incomodó.
Todos escucharon atentos las palabras del dueño y patrón. Yo asentía nomás, tratando de no mostrar lo que sentía por dentro: una mezcla rara de alivio, vergüenza y miedo. Era trabajo. Era una oportunidad. Y era, aunque doliera, el camino que me tocaba recorrer.
Los días viernes y los fines de semana eran de mayor concurrencia. Y un día antes, el restaurante ya tenía que estar preparado para esos días pesados. Félix, con sinceridad y sin darse aires, me contaba sus comienzos. No se quejaba de su suerte ni de su situación, pero se notaba que había cosas que le quedaron atravesadas.
—A mí me hubiera gustado estudiar una profesión, ¿sabés? —dijo mientras revisaba unas cajas—. Ingeniero, por ejemplo. Me gustaba harto la construcción. Desde chango he trabajado de albañil con mi padre.
Lo dijo sin lamento, pero con esa nostalgia paceña que no hace ruido, solo pesa. Yo lo escuchaba mientras acomodábamos las bolsas de verduras y los insumos para el fin de semana. Había algo en su historia que me golpeaba: él también había empezado desde abajo, pero sin perder la compostura. Y aun así, tenía sueños que no pudo cumplir.
Me hizo pensar en mí, en lo que yo había sido en Yacimientos, en lo que creí que sería, y en lo que estaba haciendo ahora. Pero también me hizo entender que nadie está libre de empezar de nuevo.
Félix me dio una palmada en el hombro. —Aquí se trabaja duro, Nicolás. Vas a aprender rápido.
El viernes amaneció con ese aire frío y seco que baja del Illimani, pero adentro del restaurante el ambiente era otro: caliente, ruidoso, apurado. Desde temprano ya se sentía que sería un día pesado. Las ollas hervían, las cocineras gritaban pedidos, y Daniel y Genaro iban y venían como si tuvieran fuego en los pies.
A las once y media, Félix me miró y dijo: —Ya vas a ver, Nicolás… ahora empieza lo bueno.
Y empezó nomás.
La gente entraba como si el restaurante fuera un refugio. Oficinistas, choferes, comerciantes, estudiantes… todos buscando un plato caliente. El mostrador se llenó de pedidos: “Un caldo, dos almuerzos completos, un pique, tres cervezas…” Todo al mismo tiempo.
Yo trataba de mantener la calma, pero las manos me temblaban un poco. Tenía que anotar, cobrar, dar vuelto, avisar a cocina, entregar los platos. Y todo rápido, porque en La Paz el mediodía no perdona: la gente come apurada, con el tiempo contado.
—¡Nicolás, el vuelto! —me gritó Félix desde atrás. —¡Joven, joven, mi cuenta pues! —reclamaba un cliente golpeando la mesa.
Sentía que el mundo se me venía encima. El ruido, el vapor, el olor a fritura, el calor pegado en la nuca. Pero seguía. No podía fallar. No ese día.
En un momento, Daniel pasó a mi lado y me dijo bajito: —Tranquilo, joven… así es siempre. Uno se acostumbra.
No sé si me ayudó, pero agradecí que alguien lo dijera.
A las tres de la tarde, cuando por fin bajó la marea, me apoyé un segundo en el mostrador. Tenía la camisa pegada al cuerpo, las manos oliendo a monedas y a comida, y la garganta seca como si hubiera tragado polvo todo el día.
Félix se acercó, me dio una palmada en la espalda y dijo: —Bien, Nicolás. Para ser tu primer viernes… has aguantado.
A las cuatro, el personal se reunió alrededor de Félix. Comían y conversaban del ajetreo del día, riéndose de los apuros, comentando los pedidos raros, como una familia. Sí… era una familia a la que yo, sin darme cuenta, me había incorporado. Me senté a un lado, escuchando nomás, tratando de entender ese ritmo de camaradería que ellos ya tenían tan natural.
Ahí escuché decir al dueño: —Esta noche, Nicolás no va a estar aquí. Ya saben pues… es tradicional que los que salen temprano el viernes invadan la noche para celebrar el famoso “viernes de soltero”. Se come, se bebe… hasta que amanece.
Todos rieron. Yo también, entendia esas celebraciones.
Félix se volvió hacia mí: —Nicolás, a tu casa. No estaría bonito que tus excolegas de Yacimientos te encuentren aquí lavando platos. Mañana vienes temprano.
Y con una sonrisa medio burlona, medio cariñosa, añadió: —Chao, capitán.
Sentí el golpe suave de esas palabras. “Capitán”. Una forma de decirme que todavía valía algo, aunque fuera poquito. Me levanté, agradecido y cansado, con la sensación de haber sobrevivido a una batalla que recién empezaba.
Caminé despacio hasta la casa. El aire frío de la tarde me despejaba un poco, pero el cuerpo me pesaba como si hubiera cargado piedras todo el día. Cuando abrí la puerta, Pilar ya estaba ahí, con Ernesto Álvaro en brazos, meciendo a mi hijito con ese ritmo suyo, suavecito, que siempre me calmaba.
Apenas me vio, sonrió. —Has llegado temprano hoy —dijo, con esa calidez que me desarma.
Yo asentí, dejando la chaqueta en la silla. —Sí… hoy me soltaron antes —respondí, tratando de sonar natural.
Pilar me miró con atención, como si quisiera leerme la cara. —¿Cómo te ha ido, amor?
Me quedé un segundo en silencio. Tenía las manos ásperas, oliendo a monedas y a comida. La camisa todavía húmeda del sudor del mediodía. Y una mezcla de orgullo herido y alivio en el pecho.
—Bien… —dije al fin—. Ha sido pesado, pero… bien.
Ella se acercó y me tocó el brazo, como si quisiera medir mi cansancio. —Lo importante es que estás trabajando, mi amor. Eso ya es una bendición.
El sábado llegué antes de que amaneciera del todo. El cielo paceño todavía estaba medio plomo, y el frío se metía por el cuello de la chompa como si quisiera despertarme a la fuerza. Cuando empujé la puerta del restaurante, Félix ya estaba adentro, revisando cajas y moviendo cosas de un lado a otro.
—Buenos días, capitán —me dijo, sin levantar mucho la voz, pero con esa sonrisa que uno agradece a esa hora.
Yo respondí el saludo y me puse a su lado. El restaurante estaba silencioso, distinto al caos del día anterior. Solo se escuchaba el hervir de una olla grande y el golpeteo suave de cuchillos en la cocina. Las cocineras ya estaban ahí, picando verduras, y Daniel y Genaro entraron poco después, bostezando, pero con la energía de quienes ya conocen el ritmo del lugar.
—Hoy va a ser más tranquilo, Nicolás —me dijo Félix—. Los sábados son pesados, pero no como los viernes. Igual hay que estar atentos.
Me mostró cómo revisar el dinero del día anterior, cómo ordenar los pedidos pendientes, cómo dejar listo el mostrador para cuando empezara a llegar la gente. Yo escuchaba todo con atención, tratando de memorizar cada detalle. No quería fallar. No podía fallar.
A la hora del desayuno, cerca de las nueve, Félix habló con una calma rara, como cuidando que sus palabras no me espantaran.
—Nicolás… el restaurante no es para vos. Sos un chico muy vivo, inteligente, ágil y despierto. Pero no quiero que trabajes aquí.
Sentí una punzada silenciosa atravesarme el pecho. Una puñalada sin sangre, pero profunda.
—No, don Félix… —alcancé a decir, con la voz apretada.
Él levantó la mano, pidiéndome que lo escuchara.
—Mirá, Nicolás… no sé por qué, pero me caés bien. Quizás porque yo no tengo ningún hijo varón. Tengo dos hijas en edad de colegio, y me esmero, me sacrifico por ellas. Este oficio no es fácil. No es como dicen, que yo me lleno de plata. No estoy mal, pero es una lucha constante.
Yo lo miraba, tratando de entender si me estaba despidiendo o protegiendo.
—Yo necesito trabajar… —dije, sintiendo que la vergüenza me subía a la cara—. No le voy a defraudar, don Félix. Déjeme intentar, por favor.
Félix me sostuvo la mirada. No había dureza en sus ojos, sino una especie de preocupación que no esperaba de un patrón.
—No quiero que te quedés estancado aquí, Nicolás —dijo al fin—. Tienes futuro. Y este lugar… este lugar te va a chupar la vida si te descuidás.
Yo tragué saliva. No sabía qué decir. No sabía si agradecerle o reclamarle.
—Déjeme trabajar, don Félix —repetí, casi en un susurro—. Solo eso le pido.
Félix suspiró, como quien carga un peso que no le corresponde.
—Bueno… —dijo al fin—. Probá un tiempo más. Pero no te quiero ver rendido, ¿ya? No eres de aquí. No naciste para esto.
Pero ese día, en esa cocina tibia, con el olor a caldo y a verduras recién picadas, entendí que Félix no me estaba echando. Me estaba advirtiendo. Era su manera de decirme que no quería verme atrapado en un oficio que él conocía demasiado bien.
Al mediodía empezaron a llegar al restaurante personas de toda clase. Familias enteras, con wawas en brazos o niños traviesos corriendo entre las mesas. Parejas jóvenes, agarradas de la mano, buscando un almuerzo tranquilo. Hombres mayores acompañando a sus padres ancianos, moviéndoles la silla con cuidado. Hasta enamorados que se hablaban bajito, como si el mundo no existiera.
El sábado era distinto de verdad. Y yo no conocía ese ambiente.
Había un ruido suave, constante, pero no desesperado como el del viernes. Era un murmullo de vida: platos chocando, risas, conversaciones cruzadas, el llanto de un niño que se calmaba con un pedazo de pan. La cocina hervía, pero afuera había algo casi cálido, casi familiar, aunque yo no perteneciera del todo.
Daniel pasaba entre las mesas con una habilidad que parecía baile. Genaro hacía bromas a los clientes habituales. Las cocineras gritaban pedidos, pero con una sonrisa escondida. Y Félix, desde el mostrador, vigilaba todo con ese ojo de dueño que no descansa nunca.
En un momento, mientras entregaba un refresco, vi a un padre levantar a su wawa para que no se ensuciara la ropa. Por un leve descuido, la esposa volteó el plato de comida al piso. Yo corrí con la escoba en la mano para ayudarles.
—¡Nicolás! —exclamó una voz que me heló la espalda.
Lo reconocí al instante. Era Iván Cornejo, mi amigo del fútbol, el mismo que me consiguió trabajo en Yacimientos. Ahora estaba ahí, como comensal, con su familia, mirándome sorprendido.
Dejé la escoba en el piso. No pude evitarlo: lo abracé. Era un abrazo de años, de camaradería, de recuerdos que dolían y consolaban al mismo tiempo.
—¡Hermano! —dijo él, palmoteándome la espalda—. ¿Qué hacés aquí?
Hice un ademán rápido a Genaro para que limpiara el desastre, mientras yo me presentaba ante la esposa de Iván, que tenía a su hijito en brazos, tan chiquito como mi Ernestito.
—Mucho gusto, señora —dije, tratando de mantener la compostura—. Soy amigo de su esposo, de hace tiempo ya.
Ella sonrió con amabilidad, aunque noté en sus ojos una ligera confusión, quizá sorpresa, quizá pena. Iván me miraba como si no entendiera del todo lo que estaba viendo.
Desde el mostrador, Félix levantó la mano, dándome a entender que siguiera nomás, que no me preocupara por el trabajo en ese instante. Su gesto fue un alivio, un permiso silencioso para recuperar un pedazo de mi vida frente a alguien que conocía mi pasado.
Iván me tomó del brazo.
—Hermano… ¿estás trabajando aquí?
Sentí el golpe en el pecho. No era una pregunta malintencionada. Era la pregunta inevitable.
Tragué saliva, respiré hondo y asentí.
—Sí, hermano… aquí estoy.
Iván me miró largo rato, con esa mezcla de sorpresa y respeto que solo tienen los amigos de verdad. No dijo nada más. No hacía falta. En su silencio había algo así como un abrazo, una palmada en la espalda, un “aquí estoy” que no necesitaba palabras.
Al despedirme de mi amigo, me acerqué al garzón y le pedí que repusiera el plato que se había derramado. Lo dije con calma, casi con vergüenza, como quien reconoce que la vida a veces se desborda igual que un caldo mal servido. El muchacho asintió sin reproches, y yo sentí que ese gesto simple cerraba el día con una dignidad que hacía tiempo no sentía.
Aprender a resistir, día tras día
El domingo me dediqué a mi familia. Pilar andaba por la casa como quien no quiere la cosa, pero cada tanto se detenía a mi lado y me lanzaba una pregunta sobre mi trabajo. No era un interrogatorio; era peor. Era esa curiosidad suya, suave pero insistente.
El lunes comentó que estaría por la ciudad y que quizá podría pasar por el taller. Lo dijo con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo. Luego preguntó por dónde quedaba exactamente mi supuesto empleo, y yo sentí cómo se me aflojaba algo por dentro.
Más tarde quiso saber por mis compañeros del taller. Lo preguntó mientras acomodaba unos vasos, sin mirarme, como si la respuesta no le importara demasiado. Pero yo la conozco. Sé cuándo está tanteando el terreno.
Salimos a la cancha del barrio. La tarde estaba soleada y, como siempre, había partidos de fútbol. La vecindad entera se había trasladado allí, buscando una distracción. Pilar caminaba a mi lado, en silencio, pero su silencio pesaba distinto. Y ahí entendí que ya no podía sostener por más tiempo la mentira.
Pilar había llevado a la cancha una ensalada de fruta para nosotros y un biberón para el bebé. Ah, y también una sombrilla para proteger a Ernestito de los rayos del sol. Siempre tan previsora, tan atenta a los detalles que a mí se me escapan cuando ando con la cabeza en otra parte.
Se acomodó a mi lado, extendió la manta y dejó al pequeño recostado, moviéndole el piecito con esa ternura que a veces me desarma. Yo miraba el partido, o fingía mirarlo, porque en realidad no podía concentrarme en nada.
—Nicolás… mírame —dijo de pronto.
Su voz no fue dura, pero tenía ese filo suave que corta más que un grito. Cuando levanté la vista, la encontré observándome con una mezcla de preocupación y certeza, como si ya supiera la mitad de lo que yo callaba.
Pilar se quedó quieta después de escucharme. No soltó mi mano; al contrario, la apretó un poco más, como si quisiera asegurarse de que yo no me desmoronara ahí mismo, frente a todos. Tenía la mirada baja, fija en la sombra que proyectaba la sombrilla sobre Ernestito. Parecía estar ordenando sus pensamientos, acomodando dentro de sí la verdad recién revelada.
No lloró. Pilar nunca llora a la primera. Primero respira, se afirma, se endereza por dentro.
Cuando levantó la vista, sus ojos tenían ese brillo que no es tristeza pura, sino una mezcla de preocupación y alivio.
—Nicolás… —dijo despacio —. No sabes cuánto me dolía verte así, sufriendo solo.
—Me hubiera gustado que me lo dijeras antes —añadió, sin dureza—. No para juzgarte, sino para caminar contigo.
Se acomodó el cabello detrás de la oreja, un gesto mínimo, casi nervioso, que pocas veces le veía. Luego miró a nuestro hijo, dormido bajo la sombra.
—Son tiempos duros, sí —repitió—. Pero no estás solo. Yo estoy contigo. Y mientras estemos juntos, vamos a salir adelante.
Y en ese instante entendí que la verdad, aunque tardía, había llegado a tiempo para no perderla.
El lunes, al llegar al restaurante, sentí que algo en mí había cambiado. No era que el trabajo fuera distinto: el mismo olor a aceite caliente, el mismo vapor que empañaba los vidrios, el mismo trajín de platos entrando y saliendo como si el mundo dependiera de ese ritmo. Pero yo sí estaba distinto. Ya no cargaba la mentira en la espalda.
Pilar y yo, con un hijo de por medio, éramos una pareja pobre, sí, pero también una pareja con frustraciones compartidas y, sobre todo, con esperanzas tercas de días mejores. Mis tiempos de éxito deportivo habían quedado atrás, convertidos en historia y en leyenda para los niños y jóvenes que aún practican ese deporte en el barrio. Mis dieciocho meses como joven inspector de Combustible para Equipos de Transporte Industrial de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos también habían pasado; terminó el día en que me despidieron por reestructuración administrativa.
Mi situacion ahora es distinta, mi lugar de trabajo es el restaurante Oruro, me puse el delantal y fui directo a la caja. Revisé el cambio, limpié la superficie, acomodé los recibos. Era un trabajo sencillo, pero exigía atención. La gente entraba desde temprano: obreros, choferes, estudiantes con hambre atrasada.
Ahora solo quedaba lo que siempre queda cuando la vida te aprieta: seguir adelante.
A la hora del almuerzo volvió a aparecer mi amigo Iván Cornejo. Entró con su paso tranquilo, ese andar suyo que siempre parece medir el mundo antes de pisarlo. Después de un breve saludo, se apoyó en el mostrador y me miró con esa franqueza que solo tienen los que te conocen desde antes de tus caídas.
—La verdad, Nicolás —dijo en voz baja, casi confidencial—. ¿De verdad estás trabajando aquí… o estás ayudando a algún familiar?
Sentí que la pregunta me atravesaba, no por malicia, sino por cariño. Él sabía leer entre líneas, y yo, con el delantal puesto y olor a fritura en la ropa, era una línea demasiado evidente.
Me quedé un segundo en silencio, acomodando unos recibos para ganar tiempo. Afuera, el sol caía fuerte sobre la vereda; adentro, el vapor de la cocina me envolvía como un recordatorio de mi nueva realidad.
—Estoy trabajando aquí, Iván —respondí al fin—. No es de nadie conocido. Es mi trabajo… por ahora.
Tenía esa mirada que mezcla sorpresa con respeto, como si estuviera viendo a un hombre que se rehace desde abajo, con las manos limpias pero el orgullo herido.
—Bueno —dijo—. Mientras sea honrado, está bien. Vos siempre fuiste de pelearla.
Me limité a sonreírle, una sonrisa corta, sincera, de esas que salen cuando uno acepta su destino sin resignarse del todo.
—¿Te sirvo algo? —le dije, para cambiar el aire.
—Lo de siempre —respondió—. Y tranquilo, hermano. No tenés que explicarme más.
Mientras llevaba su pedido a la cocina, sentí que algo en mí se aflojaba. Como si, al ser visto por Iván sin vergüenza ni lástima, yo mismo empezara a verme con un poco más de dignidad.
Después del mediodía, cuando el bullicio empezó a bajar y el vapor de la cocina ya no era tan espeso, Félix Madueno, el dueño del restaurante, me llamó a una charla. Lo hizo con ese gesto suyo, breve, casi militar, que no admite evasivas.
—Nicolás, vení un momento —dijo, secándose las manos en el delantal.
Lo seguí hasta la parte de atrás, donde guardábamos las cajas de verduras y el olor a cebolla era más fuerte que en la cocina. Félix se apoyó en un cajón y me miró con una seriedad que me puso alerta.
—Quiero decirte algo —empezó—. Te estás desempeñando muy bien. Estoy contento con tu presencia aquí.
Sentí un pequeño alivio en el pecho. Pero enseguida lo vi fruncir el ceño, pensativo.
—Pero… —dijo, dejando la palabra suspendida en el aire.
Me adelanté, casi con miedo.
—Oh no, Félix… yo quiero trabajar aquí. Me siento bien. No me eches, por favor.
Él levantó la mano, como quien calma a un caballo nervioso.
—Nicolás, escuchame —dijo con firmeza—. No te estoy echando. Al contrario. Tengo una propuesta para vos.
Me quedé quieto. Félix nunca hablaba de más, así que si tenía una propuesta, era seria.
—Un compadre mío tiene una fábrica de carrocerías metálicas —continuó—. Y ahí necesita un hombre trabajador, dinámico e inteligente para mejorar el taller. Alguien que no tenga miedo de aprender.
Me señaló con el dedo, sin dureza, pero con convicción.
—Vos, Nicolás. Vos podrías probar suerte ahí. Tenés mejores posibilidades de superarte. Y además… —hizo una pausa breve— aprenderías un oficio. Soldador metal-mecánico. Eso no te lo quita nadie.
Me quedé en silencio. El ruido del restaurante llegaba amortiguado desde el salón, como si el mundo estuviera lejos. Pensé en Pilar, en Ernestito, en la cancha del barrio, en mis días de gloria que ya eran historia. Pensé en mis manos, en lo que aún podían hacer.
Félix me observaba, esperando.
—No te estoy empujando —añadió—. Solo te estoy abriendo una puerta. Tu decides si la cruzás.
Era una oportunidad de volver a ser alguien. De reconstruirme desde otro lugar.
Y por primera vez en mucho tiempo, tuve la sensación de que el destino me estaba dando un respiro.
Esa noche llegué a casa cansado, con olor a fritura pegado en la ropa y la cabeza llena de pensamientos. Pilar estaba en la cocina, meciendo a Ernestito.
Me acerqué despacio. Ella levantó la vista y me sonrió, una sonrisa pequeña, de esas que sostienen más de lo que muestran.
—¿Cómo te fue hoy, amor? —preguntó.
Me senté frente a ella, apoyé los codos en la mesa y respiré hondo. No quería que sonara a noticia pesada, pero tampoco podía disfrazarlo.
—Pilar… Félix habló conmigo —dije.
—¿Pasó algo en el restaurante?
Negué con la cabeza.
—No. Al contrario. Me dijo que estoy trabajando bien… que está contento conmigo.
Vi cómo sus hombros se relajaban un poco. Pero yo sabía que faltaba la parte difícil.
—Pero también me hizo una propuesta —continué—. Un compadre suyo tiene una fábrica de carrocerías metálicas. Y necesita a alguien… alguien trabajador, que aprenda rápido. Me dijo que podría probar suerte ahí. Que tendría mejores posibilidades de superarme. Que aprendería un oficio.
—Nicolás —dijo despacio—. Si es una puerta que se abre, aunque sea chiquita, hay que mirarla. No te estoy empujando. Solo quiero que no tengas miedo de crecer otra vez.
Dos días después conocí a don Ricardo Mullisaca, un hombre ya entrando a los sesenta. Carrocerías Kory Lazo era el taller de metalmecánica que había fundado quince años atrás, junto a su compadre Félix. Con el tiempo, Félix se decidió por abrir un restaurante, y don Ricardo siguió solo, aferrado al olor a soldadura y a ese eco metálico que parecía acompañarlo desde siempre.
En pocas palabras, don Ricardo me dijo que al taller no le iba mal; trabajo nunca faltaba. Pero también admitió, con ese suspiro cansado de los hombres que han visto pasar demasiados inviernos, que la competencia había crecido. En la zona de Villa Victoria y en El Alto se habían abierto otros talleres, especializados en carrocerías de camiones y colectivos. Aun así, él seguía firme, aferrado a su oficio como quien se aferra a la última certeza que le queda.
Los compadres Ricardo y Félix, y yo al medio, compartíamos una charla amena. Entre cerveza y cerveza, reían recordando tiempos pasados, como si cada anécdota les devolviera unos años de juventud.
—Un momentito, don Ricardo… ¿y yo qué voy a hacer en su taller? —pregunté, levantando mi vaso de cerveza—. Yo no sé soldar ni taladrar un fierro.
Ellos soltaron una carcajada franca, de esas que solo se permiten los hombres que ya han vivido bastante y aún conservan la paciencia para enseñar.
Ya era tarde, e inevitablemente llegué a casa mareado; no borracho, pero lo suficiente para que Pilar me recibiera con enojo. Yo, en cambio, no podía dejar de sonreírle mientras trataba de explicarle —entre tropiezos y entusiasmo— que iba a trabajar en un taller.
Al día siguiente, Carrocerías Kory Lazo me recibió con la simpatía de sus siete trabajadores. Yo aún no sabía qué iba a hacer ni cómo iba a empezar. Ese día me lo pasé junto a don Ricardo, como si me hubieran contratado solo para escucharlo.
Hablaba de los tiempos de bonanza, cuando montaban carrocerías para los flamantes camiones Toyota que llegaban listos para surcar los caminos del país. “Ahora este presidente les ha dado facilidades a los sindicatos de colectiveros para importar microbuses —decía, moviendo la cabeza con resignación—. Entonces ya no se van a fabricar colectivos como antes. Eso viene mal, compañero.”
Luego añadió que su hija Elvira manejaba la parte económica del taller. “Pero ya se casó —continuó— y se fue a los Yungas con su marido. Allá ha montado un tallercito. Ojalá les vaya bien.”
Mientras lo escuchaba, yo sentía que entraba a un mundo que no conocía, hecho de fierro caliente, historias viejas y esperanzas que se resistían a morir...continuarà
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