Brígida Conde: más allá de la supervivencia
Quiero que sepan algo: no fue fácil. Pero yo seguía caminando. Cada día, cada paso, era una afirmación de que mis raíces no eran una vergüenza, sino mi fuerza.

La ternura que resiste
En aquellos años, cuando bajaba desde Alto Kupini con mis polleras y mi castellano lleno de ecos aimaras, muchos se burlaban. Me señalaban, me empujaban, me querían hacer sentir menos. Yo era apenas una niña.

Un camino de esfuerzo y orgullo

Brígida recuerda a Nicolás, aquel chico tímido
que la ayudaba con las tareas y que, sin saberlo,
dejó en ella una huella suave y persistente,
como las primeras emociones que uno descubre sin entender del todo.
Brígida Conde: más allá de la supervivencia
Aquel día, el sol parecía más tibio de lo habitual, como si supiera que algo importante estaba por suceder. El auditorio del Colegio Dora Smith estaba lleno, pero yo solo escuchaba mi nombre, pronunciado con solemnidad por el director, mientras los aplausos envolvían el momento como una brisa cálida.
Recibí el Diploma de Honor con las manos temblorosas. No era solo un cartón que resaltaba mi nombre: Brígida Conde. Era el reflejo de años de esfuerzo, de madrugadas de estudio, de lágrimas escondidas.
Caminé entre las filas de sillas buscando a mi padre. Cuando lo encontré, lo abracé con fuerza y le entregué el diploma. No dijimos nada. No hacía falta. En su mirada estaba todo: orgullo y amor.
Hoy aún no me siento una triunfadora, pero sé que lograré lo que me he propuesto.
Raíces profundas
Mis padres son indígenas, agricultores de papa y papalisa en Qala Marka, provincia Aroma, en el departamento de La Paz. Mi hermano mayor, Ignacio, salió del cuartel y se escapó con una mujer a Santa Cruz. Nunca más supimos de él. Mis padres sufrieron mucho por su ausencia; incluso mi papá viajó a Santa Cruz para buscarlo.
Mi hermana del medio, Sonia, trabaja como empleada doméstica en la casa de unos extranjeros en Cochabamba. Tiene dos hijos, pero nunca habla de un marido.
Yo terminé el colegio a los 19 años. Tarde para algunos, pero fue un logro que me costó cada paso.
A los siete años, sin haber pisado aún una escuela, ya sabía leer y sumar. Mi papá me enseñaba. Pero todo cambió cuando mi mamá murió de pulmonía. Mi papá, muy triste, comenzó a beber con frecuencia. Un día, escuché a mi padrino decirle:
—Vende tu terreno, ya no produces nada. Vete a la ciudad y haz estudiar a tu hija... aquí no hay futuro.
Y así fue. Mi papá vendió la chacra y nos mudamos a Alto Cupini, un barrio pobre encaramado en los cerros de Villa Armonía, justo en el borde de la ciudad de La Paz. Desde allí bajaba cada día a la Escuela Waldo Ballivián. Me señalaban, se burlaban. Era hija de indios, vestía polleras, hablaba un castellano torpe, lleno de ecos aimaras.
Pero yo seguía caminando. Cada día, cada paso, era una afirmación de que mis raíces no eran una vergüenza, sino mi fuerza.
Era entradora, no me dejaba aplastar. Jugaba a la pelota con los chicos. Un día, un muchacho grande del quinto curso me tiró de las trenzas. Yo tenía diez años y cursaba tercero. Me dio tanta rabia que, furiosa, le solté tres puñetes. Le sangró la nariz y, llorando, se fue a quejar al director.
Desde entonces, algo cambió. Algunos comenzaron a guardarme distancia. Otros se volvieron mis amigos.
¡Brígida Conde no se dejaba!
Una excursión en abril
Un día de abril, la escuela organizó una excursión a Río Abajo para los alumnos de cuarto, quinto y sexto curso. Me sentía feliz.
Mi amigo Nicolás, un chico poco tímido, a veces me ayudaba con las tareas —especialmente en matemáticas— y dibujaba muy bonito.
A la hora de la merienda, apareció Betty, su vecina. Se unió a nosotros como si fuera parte del plan. Entre bocados y risas, intercambiamos nuestras meriendas y hablamos de música, de películas, de lo que soñábamos hacer cuando termináramos la escuela.
Todo iba bien… hasta que Betty, con una sonrisa que no supe si era ingenua o cruel, me soltó:
—Cuando tú termines la escuela, puedes trabajar de empleada doméstica en mi casa. Mis papás son muy buenos.
Sentí cómo se me encendía el pecho. No era solo rabia. Era algo más profundo, más punzante. Una mezcla de dolor y orgullo herido. Me mordí la lengua. Fue una herida directa a mi dignidad. Como si mis sueños no contaran. Como si mi lugar ya estuviera decidido por otros.
San Juan y un encuentro inesperado
Se acercaba el día de San Juan. En cada hogar, quienes más disfrutamos de las fogatas somos los niños. En el mercadito del barrio se exhibían fuegos artificiales, las famosas chispitas, y bebidas para el té con té, la infusión tradicional que se sirve esa noche a los mayores.
En la parada del colectivo 3, mi papá conversaba con un hombre mayor. Me había dicho que me esperaría en el mercadito de Villa Armonía a las cinco de la tarde para hacer algunas compras. Cuando lo encontré, lo tomé del brazo y saludé con respeto al señor.
En ese instante apareció Nicolás, como perro perseguido. Ya dije que era un poco enredado: no saluda a mi padre ni me mira a los ojos. Su padre dijo:
—Santiago —así se llama mi papá—, este es mi hijo: Nicolás, el menorcito.
—¡Mire nomás qué jovencito! —respondió mi papá, y me empujó suavemente hacia adelante.
—Es mi hijita, también la menorcita. Se llama Brígida.
La conversación entre nuestros padres abarcó de todo: fútbol, política y los precios de los comestibles en el mercado.
—¿Has hecho las tareas de geografía? —me preguntó Nicolás.
¡Ah, este también tiene lengua, sabe hablar!, pensé. Y, contenta, lo llevé a un costado para charlar sobre la escuela y los preparativos para la noche de San Juan.
Mi secreto floreado
En Villa Armonía está la parroquia del Señor de la Sentencia. Dicen que es milagroso, y durante el mes de mayo se organizan varias actividades. Una de las más esperadas es el campeonato de fútbol infantil, que reúne a muchos chicos del barrio y llena de alegría las calles.
Yo terminé la primaria con buenas notas, aunque el abanderado del año pasado fue Nicolás. Es muy inteligente, aunque por su timidez parece medio bobo. Pero no lo es. Es dulce, siempre me trató con cariño y me ayudaba con las tareas. Hace medio año que no lo veo. Ahora estudio en el colegio Dora Smith, en Miraflores. De Nicolás no sé nada.
Durante la festividad de la parroquia me encontré con algunas chicas de la escuela, pero estaban muy creídas. Betty se asomó y me dijo:
—Nicolás me ha invitado a ver el partido de fútbol. Él va a jugar. ¡Vamos!
—¡Pues vamos! —le respondí, con el corazón latiendo fuerte.
Lo vi de arquero. Su equipo perdió, y lo encontramos desanimado. Betty, como siempre, presumida. Yo —con una actitud de complicidad— le comenté mis planes de estudio. En voz baja, le dije que si alguna mañana quería venir a mi casa, podía hacerlo. Al colegio voy por las tardes. ¡Anímate!
Dos semanas después, Nicolás apareció en mi puerta con dos plátanos en la mano. Yo estaba apurada en la cocina, preparando la comida. Es mi tarea diaria antes de ir al colegio. Mi papá llega del trabajo como a las seis. A veces llega borrachito, amargado por su suerte, y entonces me abraza y me dice que estudie, que sea alguien en la vida.
—¡En cinco minutos estoy lista y nos vamos! —le grité desde mi cuarto a Nicolás, que me esperaba en el patio, hojeando mis cuadernos.
Cuando salí, al verme, casi se cayó de espaldas. Tartamudeó al pronunciar mi nombre, incapaz de ocultar el asombro. Yo, sonriente, feliz de revelarle mi secreto, me acerqué despacio. Entonces él, tembloroso, me estampó un beso suave, como una caricia de pluma que apenas rozó mi piel.
—¡Pero Brígida... qué bonita estás! —me dijo, con los ojos brillando.
Sí, estaba bonita. Para ir al colegio dejo mis polleras en casa; voy vestida con una falda floreada y sin trenzas.
—Nico, tú eres mi amigo… no hables mal de mí. Me visto así para que las demás chicas no se burlen ni me ignoren. Algunas me miran con superioridad, como si yo no valiera lo mismo. Pero yo estoy estudiando, no falto a clases. Quiero aprender, quiero crecer. Como dice mi papá: quiero llegar a la universidad. Él se sacrifica por mí… porque solo me tiene a mí.
Durante la caminata por la villa, nadie nota el cambio en Brígida. Pero yo sí noto el nerviosismo de Nicolás. Las palabras no le salen, y yo sospecho que le gusto. Quiere concertar un nuevo encuentro. Se despide con un beso leve en la mejilla, suave, como una promesa. Me dice que conseguirá los libros de Física e Historia Universal que necesito para adelantar mis estudios.
Me acaricio la mejilla donde Nicolás me besó. Me quedé prendada. Creo que estoy enamorada. Sonrío ante todos los que se cruzan en mi camino al colegio, como si llevara un secreto hermoso en el corazón.
Acabo de cumplir quince años y siento cambios en mi cuerpo, en mi forma de pensar. Me duele el sacrificio de mi papá. Él trabaja en la Fábrica de Textiles Said. Yo sigo alternando mi vestimenta: a veces me visto de cholita, porque mi papá me pide que no reniegue de mi origen. Pero los miramientos de la gente son crueles, me hacen sentir pequeña. Entonces, para evitar eso, me pongo faldas bonitas, siempre con flores.
El tiempo no se detiene
Mi papá está más viejito, pero todavía consigue trabajos como jardinero en Calacoto, ese barrio de casas grandes y gente adinerada.
Acabo de cumplir veintiún años, y aunque el mundo parece abrirse ante mí con promesas de futuro, hay una herida que no deja de doler: la soledad. Me lastima este destino que me enfrenta sola a la vida.
Ingresar a la universidad fue mi mayor impulso. En mi pecho late con fuerza el sueño de convertirme en doctora de niños. A veces cierro los ojos y me imagino en una bata blanca, con una sonrisa que tranquiliza, con palabras que curan. Ese sueño me sostiene, incluso cuando todo lo demás parece tambalearse.
Si el tiempo no se detiene, tampoco lo hacen las penas ni los problemas; ellos siempre encuentran el modo de alcanzarnos.
Me sentía sin aliento, sin fuerzas para continuar mis estudios. Mi padre estaba enfermo, internado en el Hospital General, y yo no podía sostener ni mi propia manutención, mucho menos cubrir los gastos de sus medicinas, que eran cada vez más exigentes.
Tuve que recurrir a préstamos. La gente usurera siempre ronda cerca de quienes más necesitan. Me ofrecieron dinero, sí… pero a cambio de los papeles de nuestra casita en Alto Kupini.
Fue una tristeza profunda. Más que tristeza, una desolación que no encontraba consuelo. Algunos intentaban aliviar mi pena diciéndome que, al menos, mi padre ya no sufría. Pero yo no lograba sentir alivio. Murió con dolores intensos que le carcomían los huesos. La osteoporosis lo había debilitado hasta el último aliento.
En el entierro de mi padre, los conté: había nueve vecinos. Qué solos estábamos. Entre ellos, Nicolás, acompañado de su mamá.
Con mucho esfuerzo, conseguí sobreponerme a la ausencia de mi padre y continué con mis estudios. Pero lo peor estaba por venir: la deuda. Me asfixiaba la idea de vender la casita. No tenía posibilidades.
He perdido contacto con mis amigos de escuela y colegio. Pero a Nicolás… lo encontré hace poco en el colectivo. Y fue como si el tiempo se detuviera. Se veía distinto. Más hombre. Su mirada, profunda y algo esquiva, me recorrió como si buscara algo que había perdido. Yo solo lo miré, con esa mezcla de ternura y deseo que no sé disimular, y sonreí. Su voz, aunque breve, me dejó temblando por dentro. Nicolás siempre fue más que un amigo.
Ahora tengo una amiga llamada Teófila. Es de Cochabamba y trabaja como enfermera en el Hospital Obrero. A veces salimos a comer, y ella siempre termina invitando. Gracias a ella conseguí trabajo como enfermera en casa de una familia acomodada en Miraflores. Cuido a la señora Marisol, una anciana de ochenta años que necesita compañía y atención. La acompaño algunas horas al día, y en sus silencios encuentro ternura.
A veces siento que el tiempo me aplasta. En octubre está prevista mi graduación académica. Aunque mi padre ya no está, su memoria me impulsa a seguir. Cada paso que doy hacia mi título es también un homenaje a su sacrificio, a sus madrugadas, a sus manos cansadas. Y en cada logro, lo siento cerca, como si me abrazara desde algún rincón del cielo.
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