
Es un espacio que me permite exponer mis relatos, evocaciones de mis recuerdos que deseo compartir con los visitantes casuales que se cruzan en la red. En este mundo digital que lo refleja todo, donde ahora casi todo es posible, encuentro un lugar para dejar constancia de lo vivido y abrir mis memorias a quien quiera detenerse un momento a leerlas.

Presentaciòn
Historias No Contadas
A manera de presentación
Finalmente me animé a abrir este espacio. Lo hago, sobre todo, para reunir mis notas dispersas en distintos medios y, al mismo tiempo, mantener un intercambio sano de comentarios y anécdotas cotidianas de una profesión —el periodismo— que ha impulsado mi vida desde 1976.
Mi primera máquina de escribir, una Underwood asignada en la redacción del vespertino Jornada, de La Paz (Bolivia), marcó el inicio de experiencias que aún hoy conservo con nitidez.
Nací en La Paz, en septiembre de 1952. Comencé la primaria en la Escuela San José, de los franciscanos de El Alto, aunque mis recuerdos más vivos provienen de la escuelita Waldo Ballivián, en Villa Armonía. Ese barrio, amado y áspero, fue el escenario donde transcurrieron mi adolescencia y mi juventud dorada, entre riesgos, descubrimientos y sueños que aún me acompañan.
El bachillerato lo alcancé en el colegio Bolívar, vespertino, no sin antes pasar por el Busch y el Ayacucho. Este último colindaba con la radioemisora El Cóndor, y fue allí donde, después de clases, solía refugiarme. En esa pequeña cabina aprendí locución en un programa de dedicaciones musicales. Todo era gratuito, puro entusiasmo y amor por la afición. Sin saberlo, ese rincón de radio fue afinando mi oído, mi voz y mi intuición por la comunicación, como si la vida me estuviera preparando, a su modo, para lo que vendría después.
En 1972, con Bolivia bajo el régimen militar de Hugo Banzer Suárez, me trasladé a Buenos Aires con la intención de aprender algún oficio técnico. Estudié electricidad en una de las tantas instituciones privadas que formaban a jóvenes en distintos rubros. Argentina vivía entonces una etapa convulsa: el gobierno de facto de Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973) enfrentaba una insurrección popular creciente que exigía una salida electoral.
En ese contexto, un encuentro con Marcelo Quiroga Santa Cruz —a quien conocía de antes, de su oficina en la calle Potosí, sede del Partido Socialista— en la villa miseria Puerto Nuevo/El Retiro, frente a una concentración de compatriotas y dirigentes exiliados, cambió mi vida. Allí estaban, entre otros, el general Juan José Torres, Rubén Sánchez, Andrés Solíz Rada, Ramiro Lugones, Guido Chávez y Pedro Susz. Después de aquella jornada decidí estudiar periodismo en la Universidad Nacional de La Plata, aunque finalmente no concluí la carrera.
Por esos mismos años compartí un pequeño apartamento en la calle México, cerca del Congreso, con Solíz, Chávez y Lugones. El lugar nos fue facilitado por compañeros de la Juventud Peronista. Eran tiempos de agitación política y crisis económica, cuando para endulzar el café no se conseguía ni un caramelo duro.
El tiempo siguió su curso. Ante el deterioro de la situación política y la falta de garantías para los exiliados en Argentina, muchos comenzaron a buscar nuevos rumbos. Isabel Perón había asumido la presidencia el 1 de julio de 1974, tras la muerte de Juan Domingo Perón, y su gobierno enfrentaba una profunda crisis económica, política y social. En ese clima incierto, varios compatriotas optaron por partir hacia México.
Yo, en cambio, decidí regresar a La Paz. Volví días antes del golpe del 24 de marzo de 1976, que derrocó a Isabel Perón y dio paso a una junta militar encabezada inicialmente por Jorge Rafael Videla. Aquella transición abrupta marcó el fin de una etapa y el comienzo de otra, no menos desafiante, en mi propia historia.
En abril de ese mismo año fui a pedir trabajo al vespertino paceño Jornada. Mi primer encuentro con su director ejecutivo, Jaime Ríos Chacón, fue casi una prueba de fuego: “Si usted dice ser periodista, ahí está la máquina de escribir”, me dijo, señalando un cable sobre su escritorio. Así comencé. Y aquí sigo, más de cuarenta años después, con los nombres y rostros de colegas y amigos aún presentes en la memoria.
Indudablemente, cuando los recuerdos reflotan, siempre se requiere un poco más de tiempo…
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