Juan de Dios Postigo

es un joven forjado por la disciplina y la sensibilidad. Ambicioso sin estridencias, ha aprendido a crecer con serenidad, guiado por el deporte y por esa intuición que le permite sortear los riesgos que acechan a la juventud. A veces el futuro parece lejano, pero la vida siempre encuentra la manera de ponerlo a prueba.

Romántico y noble, atrae sin proponérselo, aunque nunca dejó de actuar según su conciencia. Pronto descubre que también el corazón necesita aprender.

En estas páginas, él se desnuda sin exhibirse, se confiesa sin perder la dignidad y nos invita a acompañarlo en ese tránsito donde la inocencia se quiebra, pero no termina de extinguirse.

Ojalá lo acompañen con la misma ternura con la que él recuerda lo vivido.

 

La mujer de mi amigo

Con mi amigo Hernán nos conocemos desde la escuela. Ya de adolescentes, recién entrando en la edad brava, congeniamos por el fútbol en Villa Armonía. La verdad es que tengo que decirlo tal cual: él siempre fue más suelto, más arriesgado y más provocador en la calle. Era de esos que no se achican para pelear o para retar a los changos de otros barrios.

Su padre no es precisamente el mejor ejemplo, pero se preocupa por él. Casi siempre dice que su hijo le saca canas verdes con sus andanzas callejeras. Hernán es hijo único y bien amiguero, de esos que se hacen querer aunque a veces te metan en líos.

No recuerdo bien cuándo fue, pero yo ya tenía 16 años. Hernán me llevaba dos, y a esa edad dos años son como una vida entera. Él siempre iba un paso adelante, siempre más atrevido, más lanzado. Fue idea suya, claro. Entre los dos planeamos robar en la casa de su abuelita, doña Trinidad, que a mí me tenía confianza por ser amigo de su nieto.

Una tarde fui a visitarla. Toqué la puerta con esa mezcla de nervios y descaro que uno tiene cuando ya no puede echarse atrás. Doña Trinidad me abrió con su sonrisa cansada, y yo me puse a conversar con ella, a preguntarle por su salud, por sus plantas, por cualquier cosa que la mantuviera distraída. Mientras tanto, Hernán se escabullía por detrás, entrando a la vivienda sin que nadie lo viera, para sacar una radio estéreo que ella ni usaba, pero que igual era suya.

Dos días después, la policía del barrio cayó en mi casa. Golpearon fuerte, como si ya supieran que yo era culpable. Preguntaron por la radio, diciendo que yo la había robado de la casa de doña Trinidad. Sentí que se me helaba el cuerpo. Yo sabía que el que la sustrajo fue Hernán, pero él nunca me dijo qué hizo con el aparato. Y para colmo, desapareció del barrio unos días, como si la tierra se lo hubiera tragado.

Mi madre tuvo que pagar la multa. La vi discutir, llorar, reclamar… pero igual pagar. Ese momento se me quedó grabado como un golpe seco en el estómago. Yo parado ahí, sin poder mirarla a los ojos, sintiendo cómo la vergüenza me subía por la nuca como un fuego lento.

Mientras tanto, la policía seguía buscando a Hernán, y yo me quedé con esa mezcla amarga de culpa y rabia, como si la calle, por primera vez, me estuviera cobrando factura. Y lo peor es que ya me lo había advertido mi amiga Verónica, señalándome con ese dedo suyo que no perdona.

No era solo la multa, ni la policía. Era la mirada de mi madre, cansada y herida, y la certeza de que yo mismo la había puesto en esa situación. Ahí entendí que la calle no regala nada. Todo lo que te da, te lo cobra después, y con intereses.

Lo cierto es que Hernán nunca llegó a explicar nada, ni a reconocer el robo. El culpable y el encubridor terminé siendo yo. Así de simple, así de sucio. Y el tiempo, ya sabés, no se detiene en Villa Armonía. La vida sigue con su encanto torcido y sus penurias que uno aprende a tragar sin hacer ruido.

Hernán apareció de pronto, como si nada hubiera pasado, y prendido de una chica bonita. Alcira. La historia que se contaba era que la conoció en una fiesta de cumpleaños en el barrio vecino, en Villa San Antonio. Dos semanas después, los padres de Alcira lo denunciaron por haberla sacado de la casa sin permiso y por haber tenido relaciones siendo ella menor de edad. La policía, presionada por los padres, terminó obligando a un matrimonio “por el honor de la joven”, así lo dijeron, como si esa palabra —honor— pudiera arreglar algo en medio del desastre.

Yo miraba todo desde lejos, con esa mezcla de rabia y desconcierto que te deja sin aire. Él seguía metiéndose en líos cada vez más grandes, como si buscara a propósito el borde del abismo. Mi vida, en cambio, ya iba por otro carril. En el colegio Ayacucho me relacionaba con chicos y chicas de mi edad, gente del entorno estudiantil, más tranquila, más enfocada. El fútbol seguía siendo uno de mis mayores entretenimientos, mi refugio limpio en medio de tanto ruido.

A mis 16 años la vida me ponía a prueba con tentaciones de todo tipo: el sexo, el alcohol, las drogas. Era como si la calle quisiera ver hasta dónde aguantaba. Yo ya fumaba, con la aprobación de mis padres. Ellos preferían que lo hiciera sin esconderme, sin mentir.

Pero aun así, algunas veces llegaba a casa con olor a alcohol, y mi madrecita me miraba con esa mezcla de preocupación y cariño que solo una madre tiene. Me decía que no estaba bien a mi edad, que no me apurara en crecer, que la vida ya era dura de por sí como para buscarle más peso. Y yo la escuchaba, aunque por dentro sentía ese tironeo constante entre lo que quería ser y lo que la calle esperaba de mí. Era una época en la que uno empezaba a descubrir que la inocencia se te escapa sin que te des cuenta.

Mis amigos del barrio, esos con los que compartíamos fútbol, música y hasta nuestras primeras ilusiones con las chicas, eran parte de ese entorno que te empuja a probarte a vos mismo. Yo incluido. Los relatos entre nosotros giraban siempre alrededor de la curiosidad, de lo que creíamos que era “ser hombre”. La gran pregunta era si alguno ya había besado a su chica. —Yo ya le metí mano —decía uno, inflando el pecho, y de inmediato el resto se quedaba escuchando, atentos, como si estuviera contando un secreto prohibido. Otro agregaba que había tocado un poco más, y todos asentíamos, entre incrédulos y fascinados. Y no faltaba el que aparecía con una revista escondida entre la ropa, con fotos de chicas en traje de baño. Para nosotros, a esa edad, aquello era casi un descubrimiento del mundo adulto, algo que nos dejaba inquietos, confundidos, emocionados.

Éramos changos queriendo entender la vida a empujones, sin guía, sin manual, aprendiendo a tientas entre la calle, el colegio y las advertencias de nuestras madres. Y en ese cruce de caminos uno empezaba a darse cuenta de que crecer no era tan simple como lo pintaban.

En mis encuentros con los amigos del barrio, entre risas, fútbol y fanfarronadas, yo cargaba con un secreto que no podía contar. No podía, no debía, nunca. Mientras ellos exageraban historias, yo guardaba silencio, tragándome la verdad como si fuera una piedra caliente. Ese silencio me acompañó años, hasta que un día, mucho después, se lo confié a mi vecina Verónica. Ella fue la única que supo leerme sin juzgarme.

La huella íntima de un amor que forma

La historia era simple y complicada a la vez: mi primera vez había sido con Modesta, la costurera del barrio. Ese fue mi gran secreto. Mi bautismo en una experiencia íntima que me dejó más preguntas que respuestas, más vértigo que orgullo. No era algo que pudiera contar entre bromas de changos, ni algo que yo mismo terminara de entender. Me había marcado, sus caricias me habían hecho sentir mayor porque descubrì como se engrenda un hijo. Como se disfruta del sexo con una mujer.

Descubrí mis sensaciones y aprendí, al mismo tiempo, lo que significaba acercarse a una mujer con respeto y cuidado. Modesta, con su silencio y su discreción, fue una maestra sin proponérselo. Y así seguí, caminando entre dos mundos: el de mis amigos, que hablaban sin saber, y el mío, donde el secreto pesaba más que cualquier palabra. Modesta quedó guardada en mi memoria como una sombra cálida, una puerta que se abrió demasiado pronto.

Pero esa experiencia también despertó algo en mí. Una inquietud. Un hambre de entender más, de sentir más. El mito del sexo, en nuestro barrio, era oscuro, prohibido, lleno de hipocresías. Los adultos lo condenaban en público, pero todos sabíamos que el deseo era parte de la vida, que el cuerpo también buscaba su propio camino. Yo, en mi ingenuidad de chango, llegué a convencerme de que si Dios nos había hecho así, entonces el gozo físico no podía ser pecado.

Mi romance con la vida empezó a cambiar. Me descubrí merodeando a las chicas del barrio con otra mirada, fijándome en señoras jóvenes que antes ni registraba. Era como si mis ojos se hubieran despertado de golpe. Yo quería más. No sabía exactamente qué, pero quería más.

Era una etapa peligrosa, porque uno cree que controla el fuego, sin darse cuenta de que el fuego también te puede quemar.

Una tarde, mi madre —con sus recomendaciones de siempre— me avisó que se iría a la casa de El Alto para cobrar los alquileres. Ella solía ausentarse unos días, y yo quedaba a mis anchas, creyendo que la libertad era un premio y no una prueba.

Cuando mi madre subía al colectivo que la llevaría a la ciudad, del mismo vehículo bajó una cara conocida: Alcira, la mujer de Hernán. Estaba embarazada, ya se le notaba la barriga redondeada, firme, como una verdad que nadie podía esconder. Después de los saludos de rigor, le pregunté para cuándo esperaba al bebé. —Si no se atrasa, en junio —me dijo, con una sonrisa cansada. Por la forma en que caminaba y cómo se acomodaba la ropa, sospeché que ya estaba en su cuarto mes de gestación.

La acompañé hasta la casa de la madre de Hernán. Ella y su marido vivían en un cuartito alquilado en la garita de Lima, un espacio pequeño donde el aire parecía siempre apretado. En el camino me confesó que no le iba bien, que Hernán era irresponsable, que a veces sentía que cargaba sola con todo. Lo dijo sin lágrimas, pero con esa voz que ya se resignó antes de tiempo.

Al despedirnos, ocurrió algo que me dejó descolocado. Alcira tomó mi mano y me pidió que le tocara la barriga. —Estoy feliz —dijo—. Feliz de estar esperando un hijo. Y en ese gesto, tan simple y tan íntimo, sentí una mezcla rara: ternura, pena, y un inconfesable deseo.

Me fui directamente a mi casa. Tenía tareas del colegio, obligaciones que me esperaban sobre la mesa, pero no podía concentrarme. Las letras se me mezclaban, la mente se me iba a otro lado. Al final, volví a la calle, como si mis pasos supieran mejor que yo adónde tenía que ir.

Me fui a la plaza, ese lugar donde niños, jóvenes y adultos se juntaban para quemar las horas de la tarde. Era un espacio vivo, ruidoso, lleno de historias que se cruzaban sin tocarse. Me quedé ahí, buscando un poco de calma entre el bullicio.

Me acerqué al puesto del fierito Manuel, el que vendía y fletaba revistas. Ese hombre tenía un don para conseguir lo que uno buscaba, desde historietas viejas hasta periódicos atrasados. Elegí una revista de historietas y me senté en una banca, tratando de perderme en los dibujos, en los diálogos, en cualquier cosa que me sacara de mis pensamientos.

Pero aun así, la cabeza me seguía dando vueltas. La imagen de Alcira embarazada, su voz resignada, su pedido de que tocara su barriga… todo eso me había dejado inquieto. Era como si la vida me estuviera mostrando un espejo que yo no quería mirar. Y ahí, en medio de la plaza, con la revista abierta y la tarde cayendo, sentí que estaba parado en un punto extraño: ya no era un chango, pero tampoco un hombre hecho y derecho. Era algo en medio, algo que todavía buscaba su forma.

Sin darme cuenta, mis ojos la buscaban entre los paseantes de la plaza, como si su presencia pudiera aclararme algo. Intenté alejar su imagen de mi mente, pero volvía sola, insistente, como un eco.

Alcira tenía apenas 17 años, y su matrimonio con Hernán había sido forzado. Aun así, había en ella una dulzura que desarmaba. Su piel bronceada por el sol, su estatura menuda, esa cabellera de azabache que brillaba incluso en los días nublados… Me descubrí repasando cada detalle sin que estuviera frente a mí. Y eso me inquietó más que cualquier otra cosa.

No era solo que la encontraba bonita. Era que, por primera vez, me sorprendía mirando a alguien que cargaba una historia dura, una responsabilidad enorme, una vida creciendo dentro de ella. Y aun así, algo en mí se movía, algo que no sabía si era admiración, curiosidad o un deseo que no terminaba de entender.

Me estaba gustando. Y ese sentimiento, tan inesperado como inoportuno, me dejó un nudo en el pecho.

Aquella tarde, en la placita del barrio, no apareció. Y sufrí —sin poder explicármelo— por ese deseo absurdo de volver a verla, de estar cerca de ella un poco más.

Un corazón que despierta

Mi vida transcurría entre los amigos y el colegio. Una tarde apareció en mi puerta Hernán. Venía con nuevas ideas. Me dijo que, si quería ganar unos billetes, él tenía algo para mí. Me prometió una y otra vez que todo era legal, que no habría problemas.

Al aceptar, me propuso ir a su casa, en la Garita de Lima. Y al escuchar aquella invitación, dentro de mí creció un interés distinto, casi secreto, solo por pensar en Alcira.

Esa misma noche, al entrar en la habitación de Hernán, la encontré a ella: la dulce Alcira. Su barriguita sobresalía con un toque sensual bajo un vestido rosa, y llevaba el pelo recogido, lo que la hacía ver aún más bonita… al menos así la admiré yo. Había algo en su forma de mirarme, en la calma de su respiración, que me desordenó por dentro.

Hernán fue directo al plan. Me mostró cuatro relojes de varón, finos, y me propuso venderlos a buen precio. Incluso me sugirió posibles clientes: una joyería y un restaurante donde el dueño acostumbraba comprar cosas robadas.

Llevé los relojes a mi casa y, al día siguiente, intenté venderlos. Sin suerte. Eran demasiado caros.

Por mi cuenta entré a una tienda de telas en la avenida Montes. El dueño se interesó y me ofreció el precio límite que Hernán me había sugerido. Negocio cerrado. Con el dinero en el bolsillo, me dirigí a la casa de mi amigo y socio.

Me recibió sonriente Alcira. Su marido no estaba. Me pidió que lo esperara. Era casi mediodía; ella acababa de terminar de cocinar. Había un aroma tibio en la casa, algo hogareño que me aflojó el pecho.

Le pedí tímidamente un vaso de agua. Ella me miraba con dulzura. Yo, embobado, observaba su rostro, la forma en que sus labios se curvaban apenas, como si guardara un secreto.

—Anoche sentí en mi barriga unos golpecitos —dijo acercándose—. Parece que mi bebé ya se mueve.

Me tomó la mano y la llevó a su vientre redondito. Sentí el calor de su piel, la vida latiendo bajo mis dedos. Sonreí, no sé si de emoción o de algo más profundo que no me atreví a nombrar.

Mi otra mano se deslizó, casi sin pensarlo, sobre su rodilla. —Estoy enamorado de ti, Alcira… no puedo dejar de pensar en ti —le dije, con la voz baja, firme, como si por fin me atreviera a decir lo que llevaba días quemándome por dentro.

La ternura como forma de resistencia

Ella me estampó un beso en los labios, rápido pero intenso, que me dejó helado. Se apartó apenas y, con un hilo de voz, confesó que yo también le gustaba. Ese instante quedó suspendido, como si el aire mismo nos rodeara para que no escapara nada.

Para romper la magia —o para protegerla— me ofreció café o algo mientras esperábamos a su marido.

Recordé un consejo de Modesta: No digas palabras fantasiosas ni imposibles. A nosotras nos gusta escuchar lo que nace de adentro, lo real.

Respiré hondo. —Alcira… yo te deseo. Quiero que vuelvas a besarme —dije con serenidad. Cuánto había aprendido. Cuánto estaba arriesgando también.

Alcira, quizá para aflojar la densidad pasional que se había acumulado en la habitación, me propuso salir a la calle. —Vamos a la tienda a comprar pan o algo… pero salgamos —dijo, como si necesitara aire para no dejarse llevar del todo.

Antes de abrir la puerta volvió a besarme. Un beso breve, urgente, que me dejó sin aliento. Tomó mis manos y las llevó otra vez a su vientre. Yo, atrevido, dejé que una de mis manos descendiera apenas, rozando por encima de sus piernas. Ella no dijo nada; solo respiró hondo, como si guardara ese gesto para sí.

En la calle caminamos despacio, conversando. Yo, directo en mis intenciones; ella, midiendo cada palabra.

—Tenemos que cuidarnos de Hernán —le dije, sin rodeos.

—Juan, escúchame —susurró, sin mirarme del todo—. Algunos fines de semana voy a casa de mis padres, en Villa San Antonio. Hernán no acostumbra acompañarme. En tres días puedo decirle que voy a visitarlos… y nos vemos en tu casa. ¿Te parece?

Rápidamente pensé en mi madre. En su mirada inquisitiva. En la escena imposible de llegar con una mujer embarazada del brazo. No, trágame tierra.

Le expliqué que no era posible, no con mi madre en casa.

Ella se detuvo un instante, como si buscara otra salida. —Juan… el sábado me esperas a las tres de la tarde en la plaza Uyuni. Quedamos en eso.

Asentí. No había mucho más que decir. El plan estaba hecho, y el deseo, encendido.

La sorpresa nos cayó encima: detrás de nosotros apareció Hernán. Abrazó a su esposa y me dio un apretón de manos. Yo tragué saliva. Alcira bajó la mirada, serena, como si nada hubiera pasado.

Hernán se apartó unos pasos y preguntó por el negocio. Le di el dinero y él me entregó lo que me correspondía. Estaba feliz, casi eufórico. Con billetes en la mano, le dijo a su mujer que la invitaba a comer un lechoncito en algún restaurante.

—Vamos, amigos —dijo, apresurando el paso, sin sospechar nada.

Yo caminé detrás de ellos, con el corazón latiéndome fuerte, sintiendo todavía el calor de las manos de Alcira sobre las mías… y el peso de lo que habíamos decidido.

A las tres de la tarde yo estaba ahí, puntual y nervioso, esperando a Alcira. El corazón me latía como si quisiera adelantarse a ella. Cuando apareció, traía una bolsa en la mano. —Es ropa sucia —dijo—. La lavaré en casa de mis padres.

Me miró con esa mezcla de timidez y decisión que la hacía tan suya. —¿Has comido? —preguntó, señalando un restaurante cercano.

Fui sincero. —No tengo hambre. —O no tienes dinero —me corrigió con suavidad—. No se miente, Juan.

Pedimos dos platos de lomitos y una Salvietti. Mientras comíamos, su voz se fue abriendo como una herida antigua. Me habló de su niñez, de su adolescencia, de la tarde en que conoció a Hernán. Había en ella una melancolía escondida, una tristeza que se le escapaba en cada pausa.

—Mi futuro no era esto… —murmuró, sin mirarme—. Mi padre, en parte, es culpable de mi desgracia. Me obligó a casarme. Todo porque una noche no llegué a casa… y estaba con Hernán.

Se quedó callada un momento, como si el recuerdo le pesara en la garganta. Yo la observaba, sintiendo cómo su historia se mezclaba con la mía, cómo su tristeza me tocaba más de lo que debería. Había algo en su forma de hablar, en la manera en que sostenía el vaso, que me hacía querer protegerla… y al mismo tiempo desearla con una intensidad que me sorprendía.

Ella levantó la mirada, apenas. —No era así como yo soñaba mi vida —dijo, y en sus ojos había un brillo que no supe si era rabia, nostalgia o un pedido silencioso.

Yo asentí, sin palabras. Sentí que cualquier frase mía podía romper algo delicado que había entre nosotros.

De pronto, ella me clavó una pregunta dura, directa, como si necesitara arrancarme la verdad de golpe. —Juan… dime, ¿qué quieres conmigo? ¿Estás enamorado? Si así fuera, ¿qué puedes ofrecerme? Tengo marido… y estoy embarazada.

Tragué saliva. Sentí el peso de sus palabras en el pecho. Tuve que ordenar mis pensamientos antes de abrir la boca. No podía mentirle; tampoco podía decirle lo que ella quizá esperaba.

—Alcira… me gustas. Me gustas como eres —dije despacio, cuidando cada palabra—. Sé que eres ajena, lo sé. Pero te deseo con toda mi alma. No puedo amarte, no como debería… pero quisiera tenerte en mis brazos, acariciarte, besarte.

Ella no apartó la mirada. En ese silencio, en esa respiración contenida entre los dos, supe que mis palabras habían rozado algo profundo en ella. No era solo deseo; era la necesidad urgente de sentirse querida de una manera que la vida nunca le había concedido.

Me tomó la mano sobre la mesa. La acarició con una lentitud que me atravesó. Luego se puso de pie, miró a ambos lados; el restaurante, a esa hora, estaba vacío. Guiando mi mano, la llevó hasta debajo de su vientre, apenas un instante, apenas un gesto. Después volvió a su asiento, como si nada hubiera ocurrido.

—Juan… ¿has estado alguna vez íntimamente con alguna chica?

—No. Nunca —respondí.

Sabía que le mentía. No podía confiarle mis experiencias con Modesta, la costurera del barrio. No. No a ella.

—Juan —continuó—, me gustas… y encuentro en ti un consuelo. Soy joven y pronto seré madre, pero me siento, en mi propia vida, como en un desierto. Todo es silencio.

Hizo una pausa, respiró hondo, como si buscara valor.

—No te pido que me salves de mi tormento. Hernán es un tiro al aire. No es agresivo, pero es irresponsable. No tiene trabajo; desaparece de la casa dos o tres días. No llega borracho, casi nunca. No llega drogado. Solo vive detrás del dinero. Cuando tiene algo, lo gasta en la calle. No piensa en un hogar.

Sus ojos se humedecieron, pero no lloró.

—Juan, escúchame. Yo no lo amo. Pero hasta que tenga a mi hijo, voy a aguantarlo. Después… me voy a levantar. Voy a estudiar una profesión y voy a criar a mi hijo. Pero ahora… ahora no puedo acelerar mi vida.

El temblor que forma a un hombre

La noche se asomaba por las ventanas del restaurante. Yo no sabía cómo, pero no encontraba la forma adecuada de pedirle unos minutos más a su lado. Temía que, si lo proponía de golpe, espantara el momento.

—Alcira… —me atreví al fin—. En la calle Yungas hay un alojamiento. Podemos ir. Quiero… quiero estar contigo. Vamos.

No dijo nada. Solo asintió, con una serenidad que me desarmó.

Después tomamos un taxi. Y unos minutos más tarde estábamos frente al hospedaje El Viajero. Entramos sin explicaciones, como si ambos supiéramos que las palabras, en ese instante, solo estorbarían.

La luz de la calle se filtraba por la ventana; no hizo falta encender la lámpara de la pieza. La abracé, y mis besos buscaron su rostro, su cuello, la piel que ella me ofrecía sin prisa.

—Juan… —susurró—. Serás mi amante secreto. No te enamores de mí, porque sería complicar tu vida… y la mía. Tú me deseas; yo te necesito. Vivamos estos instantes con sinceridad y con mucho cuidado. Juan… en ti deposito mi vida. No lo arruines, por favor.

Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros, como una promesa frágil y un límite que yo debía honrar.

—Yo… me voy a desvestir —dijo.

Sus ojos, tan dulces y tan firmes a la vez, se encontraron con los míos. Sentí un estremecimiento que me recorrió entero: una mezcla de ternura, vértigo y un deseo que me apretaba el pecho. Estaba frente a ella, y dentro de mí ardía una ansiedad silenciosa, casi dolorosa, un impulso de acercarme, de besar cada espacio que su piel me insinuaba. Pero ella me pidió calma. Y su voz, suave pero segura, me sostuvo como una mano sobre el corazón.

Supe entonces que ese instante no era para la prisa, sino para la entrega lenta, para esa verdad que ambos buscábamos sin atrevernos a nombrarla.

—No te preocupes, Juan —susurró—. No es peligroso para mi embarazo.

Había en su voz una predisposición al amor, una apertura que me desarmó más que cualquier gesto.

—Soy tuya porque así lo quiero —continuó—. Estás aquí conmigo porque yo te lo pedí… tu presencia me ayuda a mirar mi futuro con más esperanza.

Se acercó a mi oído. Su aliento tibio me estremeció más que cualquier caricia.

—Juan… —murmuró—. Te necesito. Con verdad.

Yo empezaba a explorar su cuerpo desnudo. Le llene de besos con la reverencia de quien toca algo sagrado y a la misma vez sentí sus caricias. No era solo deseo lo que nos unía, sino una especie de refugio mutuo.

Ambos nos dejamos llevar por ese placer reprimido, por esa necesidad que venía creciendo desde hacía semanas. Y ahora, con la respiración aún agitada y la piel tibia, sentí cómo algo en nosotros se había expandido, como si hubiéramos cruzado un umbral del que ya no era posible volver del todo.

Ella reaccionó primero. Con esa lentitud suya, casi ceremoniosa, comprendí que era hora de abandonar el lugar.

Su plan era llegar a la casa de sus padres. Para ella era normal presentarse allí a cualquier hora y quedarse unos días, sin que su marido se inquietara. Así era su vida: un ir y venir sin preguntas, sin reclamos, sin un verdadero hogar que la esperara.

Quise acompañarla hasta Villa San Antonio. Me nació del pecho, como un impulso de protegerla, de no soltarla todavía. Pero me pidió que no.

—Seamos prudentes, Juan —dijo, con esa mezcla de firmeza y ternura que me desarmaba.

Me quedé allí, viendo cómo se alejaba. Y en mi interior quedó una sensación difícil de nombrar, algo entre lo sublime y lo irreal. Mi encuentro con una mujer embarazada… con esa mujer… había sido único. No solo placentero: había sido una revelación. Una grieta luminosa en mi vida, que no sabía si debía celebrar o temer.

Pasaron dos semanas desde aquella noche con Alcira. Mi mayor secreto. A veces quería gritarlo en la cara de mis amigos —pura vanidad juvenil—, pero un muchacho inteligente también sabe ser discreto.

Mi rueda de amigos, los estudios y las tímidas farras llenaban mis días, aunque siempre, en algún rincón de mi mente, aparecían las imágenes de Modesta… y ahora de Alcira, la mujer de mi amigo. Ese contraste me perseguía: la inocencia de mis días de barrio y la intensidad prohibida de aquella noche.

Un lunes, a la salida del colegio, lo vi. Hernán estaba bien plantado en la vereda, esperándome. Sentí un golpe en el estómago. Mil pensamientos cruzaron mi cabeza cuando lo vi venir hacia mí.

—Chango, tengo un negocio para ganar platita —dijo, como si nada.

Me contó que en un garaje había una motocicleta casi abandonada y que sería fácil robarla. Ya tenía comprador: un yungueño que pagaría bien. Yo me negué de inmediato.

—No, hermano —le dije—. No quiero meterme en eso.

—Vos solo de campana —insistió—. Yo hago todo el trabajo. Vigilás si hay movimiento sospechoso y, si hay peligro, silbás fuerte: “tío Pepe, tío Pepe”. Y yo, sapo, quieto como un gato.

El golpe estaba fijado para dentro de dos días.

Al día siguiente mismo me fui a la casa de Hernán, con la única intención de encontrar a Alcira, con cualquier pretexto. Y así fue. Ella abrió la puerta. Hermosa, con su barriguita luminosa, sonriendo como si el mundo no la hubiera herido nunca.

Hernán no estaba. La noche anterior no había regresado a casa. A ella no le preocupaba; así era la rutina. Así era su vida.

Y yo, parado frente a ella, sentí otra vez esa mezcla de deseo, culpa y ternura que me venía persiguiendo desde aquella noche.

—Hola, mi pequeña —le dije.

Busqué sus labios, desafiando todo riesgo, y la besé suavemente, mordiendo apenas su labio inferior. Ella cerró los ojos, como si ese gesto le devolviera algo que había perdido hacía tiempo.

—¿Quieres acariciar mi barriguita? —susurró.

Tomó mis manos y las llevó hasta su vientre. Yo, temblando, deslicé mis dedos un poco más abajo, pero ella me detuvo con una caricia firme.

—Salgamos —dijo—. A la calle. No quiero que Hernán te encuentre aquí. No sabría qué decirle.

Afuera caminamos sin rumbo, hablando de todo, riendo como dos cómplices que saben que el mundo podría derrumbarse y aun así seguirían buscándose. Recordamos nuestra primera noche, esa mezcla de miedo y entrega que nos había marcado a ambos.

—Yo soñé varias noches contigo… haciendo el amor —confesó de pronto, mirándome de reojo—. ¿Y sabes qué?

—No sé… dime —respondí, sintiendo que algo importante venía detrás de esas palabras.

—Desde el próximo mes me voy a ir a vivir con mis padres. Mi embarazo puede sorprenderme en cualquier momento. Mi madre dice que, siendo primeriza, hay que tener mucho cuidado.

Hizo una pausa, como si midiera el peso de lo que estaba a punto de decir.

—Así podremos vernos un poco más tú y yo… ¿no es lindo?

Su sonrisa tenía algo de esperanza… y algo de peligro. Una promesa y una advertencia al mismo tiempo.

Así estuvimos un par de horas, deambulando entre los puestos de venta de la avenida Baptista Saavedra, dejándonos llevar por la charla ligera, por las risas que nacían sin esfuerzo, por esa complicidad que crecía sin pedir permiso. Caminamos hasta las puertas del Cementerio General, donde el bullicio de la avenida se apagaba y el aire parecía más frío.

Nuestros pasos marcaron el retorno. La acompañé hasta su puerta. Su marido no daba señales de vida; para ella era lo habitual, parte de una rutina que ya no le dolía porque había aprendido a no esperarlo.

Me despedí hasta el día siguiente. Y mientras me alejaba, sentí que algo en mí se había quedado atrapado en esa casa, en esa mujer, en esa barriguita que no era mía pero que yo había acariciado como si lo fuera. Una mezcla de ternura, culpa y deseo me acompañó todo el camino.

Un tránsito hacia la propia verdad
Al día siguiente, a la salida del colegio, encontré a Hernán esperándome. Estaba apoyado en un poste, con esa seguridad suya que siempre me inquietaba.

—Esta noche es nuestro, hermano —dijo a modo de saludo.

Le comenté que había estado en su casa el día anterior.

—Sí, hermano, me dijo Alcira —respondió, como si nada—. Hermano, te voy a contar algo en confianza. No se lo digás a nadie… tengo una negrita, y a veces me quedo en su casa.

El comentario me cayó como un barro pesado, sucio. Lo miré fijo, sin poder disimular el golpe que me había dado.

—¿Cómo vas a hacer eso si vas a tener un hijo? —le solté. Sonó a reproche, aunque en mi interior sentí algo que me avergonzó: un aliento de esperanza. Una idea oscura, casi instintiva, de que quizá Alcira podría librarse de este estúpido.

Hernán se encogió de hombros, como si la vida fuera un juego que él podía abandonar cuando quisiera.

Y yo, parado frente a él, sentí que mi lealtad se resquebrajaba. Que algo dentro de mí se inclinaba hacia Alcira con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir.

El golpe estaba acordado para las diez de la noche. Desde el lugar del encuentro me recogió en un taxi, rumbo a las inmediaciones de la cancha Zapata. Después de algunas recomendaciones —susurros rápidos, instrucciones que mezclaban confianza y peligro— me situé en el punto que él había escogido para que yo vigilara cualquier movimiento sospechoso, mientras él ingresaba a un canchón.

Media hora después, Hernán apareció detrás de mí con una motocicleta. La empujaba con una sonrisa de triunfo, como si hubiera ganado una apuesta contra el destino. Condujimos la moto por algunas calles vacías. Muy cerca de la Universidad, Hernán logró ponerla en funcionamiento. Nos montamos y arrancó con esa temeridad suya que siempre me inquietaba.

Me dejó en la puerta de mi casa, en Villa Armonía. Después se fue, vaya uno a saber en qué dirección. Nos veríamos en su casa dentro de dos días.

Y yo, mientras lo veía alejarse, no pensaba en la moto ni en el dinero. Pensaba en Alcira. En su voz. En su vientre. En esa mezcla de ternura y peligro que me envolvía cada vez que la veía.

Una nueva oportunidad para verla.

El día elegido, estuve en la puerta de su casa. Hernán me abrió.

—Pasa, hermano. Esperá, vamos a salir en unos minutos.

Se vistió rápido y salimos a la calle, bajo la mirada silenciosa de Alcira. Yo la miré con ternura, y ella lo captó. Fue apenas un segundo, pero bastó para que mi pecho se apretara.

Con Hernán nos dirigimos a un restaurante. Pidió una cerveza. El dueño me miró de arriba abajo y dijo que los menores de edad no podían consumir alcohol. Terminamos tomando Coca-Cola.

Hernán estaba eufórico. Me dijo que estaba muy contento. Me dio unos cuantos billetes por la ayuda, como si aquello fuera un negocio cualquiera y no un delito que podía arruinarnos la vida.

Con orgullo —un orgullo torpe, casi infantil— me contó que le había dado todo el dinero a su esposa para el bebé. Yo asentí, pero por dentro sabía la verdad: cuando a él le apretaban las necesidades, exigía a Alcira billete tras billete, sin pensar en el hijo que venía en camino. Sin pensar en ella.

Y mientras lo escuchaba hablar, con esa mezcla de irresponsabilidad y arrogancia, sentí otra vez ese tirón interno.

Ese deseo grande de hablar con Alcira —ese deseo terco que me ardía en el pecho— fue lo que me empujó otra vez hacia su casa, con cualquier pretexto, con tal de sentir su presencia un instante más.

Al golpear la puerta, qué tristeza para mí: apareció Hernán.

—Pasa, hermano, pasale —dijo, con esa confianza que a veces pesa.

Después de saludar tímidamente a Alcira, Hernán volvió a la mesa. Comía casi apresurado, como si quisiera terminar antes de que yo dijera algo. Alcira me ofreció un plato y yo acepté con gusto, más por quedarme que por hambre. Me senté frente a Hernán, fingiendo que venía a hablar de mis temores; era solo un pretexto, lo sabía bien.

—¿Qué pasaría si la policía me detiene y me pregunta por la moto? —pregunté, tratando de sonar preocupado.

—No pues, hermano, no seas boludo —respondió sin levantar mucho la vista—. Si nadie sabe que nosotros robamos. Nadie te vio a vos. ¿Y por qué la policía va a estar detrás tuyo? En todo caso, a mí tendrían que buscarme… ni siquiera así.

—Sí, hermano, tenés razón. Soy sonso al pensar así —dije, más para convencerme que por convicción.

El silencio que guarda un nombre

—Juanito, escuchame… tengo algo grande aquí, en mis ojos —murmuró inclinando la cabeza hacia mí, bajando la voz como si el aire pudiera delatarlo. Luego se dirigió a su mujer—: Mamita linda, andá a comprar una Salvietti.

Cuando ella salió, quedamos solos. Hernán se acomodó en la silla, respiró hondo y me habló casi en secreto:

—Le dije a mi mujer que voy a viajar a Caranavi por una semana. Pero la verdad, hermanito, es otra. Con un gilacho me voy a Oruro, a recoger cuatro bombas de agua. Las vamos a llevar a Caranavi; allá tenemos un comprador. Dinero fácil, hermanito… me está esperando. Así que, a mi vuelta, te voy a invitar una chupa.

Nos bebimos casi toda la botella del refresco, y yo no me movía de mi asiento. Hernán pidió a Alcira que preparara un maletín con dos poleras y esa bota militar que tanto cuidaba.

Con aire de orgullo —como queriendo demostrar que era un buen marido— le sugirió a su esposa que, durante su ausencia, aprovechara para comprar ropita, “las más bonitas”, para el bebé.

—Mejor si te vas a pasar donde tus papás los días que no estaré contigo… mi preciosa —remató, abrazándola y depositando un beso en su mejilla, mientras se ponía una chamarra que anunciaba su salida. Yo estaba delante de él, observando todo.

Alcira, al despedirse, me miró parpadeando. Ese lenguaje yo lo entendía bien.

Indirectamente, Hernán me hacía partícipe de todos sus planes de hogar, como si yo fuera un hermano más… o como si no viera lo que pasaba en silencio entre su mujer y yo.

Lo acompañé hasta la avenida Montes, y allí se embarcó en la Flota Urus con destino a Oruro. Esperé a que el bus partiera, a que desapareciera entre el humo y los gritos de los vendedores, antes de largarme hacia la casa de Alcira.

Eran cerca de las seis de la tarde. Caminaba con mis propios temores a cuestas. ¿Y si Hernán sospechaba algo? ¿Y si todo esto era una trampa? No quería renunciar a verla, pero el miedo me seguía como una sombra.

Me quedé esperando, paciente, mirando la puerta verde donde vivían Alcira y Hernán. Nadie entraba. Nadie salía.

Un chiquillo pasaba ofreciendo tostados de arveja en una canasta. Lo llamé. Le ofrecí unas monedas para que tocara la puerta indicada: si salía un hombre, debía preguntar por un tal Roberto; si salía una mujer, por Alcira.

Yo, agazapado cerca de un poste de alumbrado público, con el corazón golpeándome como si quisiera escapar.

La puerta se abrió. Era Alcira. Apenas dos minutos y volvió a desaparecer detrás de la misma puerta, como un destello que solo yo había visto.

El chiquillo vino hacia mí, sonriendo con inocencia.

—La señorita dice que no conoce a ningún Roberto —me dijo.

Entendí, entre una sonrisa amarga, que el mensaje había sido mal entregado.

Me debatí en un laberinto de dudas y temores. Al final, me armé de valor y caminé hacia la puerta. Justo en ese instante apareció Alcira. Quise decirle algo, cualquier cosa que mostrara la alegría que me provocaba verla tan cerca, pero ella, sin detenerse, murmuró:

—Sígueme… pero no tan cerca. Las vecinas están mirando.

Siguió caminando con naturalidad, como si nada pasara, y yo detrás, guardando la distancia que me pidió. Llegamos hasta la plaza Eguino. Nos sentamos en un banco, y recién allí la tensión empezó a aflojarse.

—Cuando ese muchachito apareció en la puerta, sospeché que eras vos —dijo, con una sonrisa que apenas se atrevía a mostrarse—. Ese mensaje tan raro… Pero lo importante es que ahora estamos aquí.

Había un temblor en su voz, no de miedo, sino de algo más íntimo, más difícil de nombrar.

—Juan… voy a ir a la casa de mis padres. Me asusta quedarme sola en mi cuarto. Y tu…no puedes estar conmigo ahí.

—¿Y si vamos ahora al alojamiento El Viajero? Todavía es temprano. Después te vas donde tus padres —propuse, sintiendo cómo se me aceleraba la sangre.

Alcira bajó la mirada, pero la sonrisa le nació igual, suave, peligrosa, como un secreto compartido.

—Qué pícaro eres, Juan… Te gustó la primera vez, ¿no?

Su voz era un susurro que me atravesó entero.

Consultó su diminuto reloj: 20:45.

—Juan, dejemos para mañana —dijo con calma, como si quisiera protegernos de la prisa—. Lo vamos a pasar mejor, sin estar apretados por el tiempo ni por los nervios. Además, Hernán dijo que mañana va a llamar por teléfono a la casa de mi hermana mayor. Es la única que tiene teléfono, y vive a media cuadra de donde están mis padres.

Asentí, aunque por dentro me ardía la impaciencia.

Esta vez la acompañé hasta la casa de sus padres. De lejos vi cómo ingresaba. Noté que su padre la recibió en la puerta, y eso me dio un extraño alivio, como si por un momento todo estuviera en orden.

Regresé a mi casa con otro temor encima: la protesta de mi madre. Había desaparecido casi todo el día; ni siquiera llegué a la hora del almuerzo. Acepté sus reclamos y me disculpé, inventando el pretexto de que tenía que prepararme para los exámenes y que estuve en la biblioteca. Seguramente ella no se tragó la excusa, pero no insistió.

Al día siguiente, el alojamiento El Viajero nos recibió. No era el mismo cuarto, pero las paredes tenían ese mismo color verde claro que ya conocíamos.

Alcira se tumbó en la cama, con su barriguita reluciente. La acaricié con la punta de los dedos y sentí —o quizá fue solo imaginación mía— un leve latido desde su interior, como un llamado diminuto.

La ayudé a desvestirse con cuidado; en la delicadeza de mis manos se interpretaba mi alegría contenida.

La contemplé desnuda. Me inspiró un enorme sentimiento de amor, de esos que no se dicen en voz alta porque se quiebran apenas salen. Su cuerpo, tan frágil y tan valiente a la vez, tenía una luz propia que me desarmaba.

Me incliné y recorrí su piel con mis labios, despacio, como quien lee un secreto. Sus senos, erguidos y tibios, me despertaban una ternura que me dejaba sin palabras, una mezcla de deseo y cuidado que me nacía desde lo más hondo.

Acèrcate a mi vientre——dijo mientras acomodaba su cuerpo sobre la sábana, para que yo pueda penetrarle, sin causarle molestias. Bésame, aquì Juan...ella empezò a gozar.

Después, nuestra agitación fue bajando hasta convertirse en la tranquilidad de una conversación de satisfacción mutua. Nos habíamos buscado… y estábamos solos, en un rincón perdido de la ciudad. Abrazado a ella, la escuchaba en silencio, sintiendo cómo su respiración se acomodaba contra mi pecho.

—Mañana tienes que acompañarme a comprar algunas ropitas. ¿Tienes tiempo después de las tres de la tarde? —repitió, como si quisiera asegurarse de que no la iba a dejar sola en ese plan.

Asentí sin pensarlo. Para ella siempre tenía tiempo; lo demás podía esperar… ella no.

Mientras esperábamos el bus hacia Villa San Antonio, le pregunté si su marido había llamado por teléfono.

Comentó que no esperaba nada; casi siempre promete y no cumple. No espera, pero de alguna manera él lo hace para que ella esté pendiente de él, como si necesitara mantenerla atada a su sombra. Lo dijo sin rabia, pero con ese cansancio que solo se nota cuando uno ya ha llorado por dentro demasiadas veces.

El aprendizaje de una renuncia

Nos despedimos, y ella, como en un pequeño ritual que ya era nuestro, tomó mis manos y las guió hasta su barriguita, cada vez más grande. Ese gesto, tan simple, tenía la fuerza de un secreto compartido. Sentí su piel tibia bajo mis dedos, y en ese contacto había algo que me estremecía: amor, sí… pero cualquier paso en falso podía romperlo todo.

—Cuídate —me dijo en voz baja, sin soltarme del todo.

Yo asentí, aunque lo que quería era quedarme allí, pegado a ella, sin pensar en nada más.

Había que andar con cuidado: el viaje de Hernán estaba planificado para una semana. En ese margen de tiempo, como ella misma propuso, salimos por la ciudad a comprar algunas ropitas para el bebé. La observé tan suelta, tan jovial, preguntando por precios y colores, tocando las telas con esa delicadeza que solo tienen las mujeres que ya sienten vida dentro.

No faltaron algunas señoras que nos miraron como si yo fuera el futuro papá.

—Tan jóvenes… van a ser padres. Felicidades, señorita. Tiene que cuidarse, no haga fuerza —recomendó una vendedora, con esa ternura que nace de la costumbre.

Alcira sonrió apenas, sin corregirla. Y yo, por un instante, sentí que el mundo se detenía en esa mentira dulce, peligrosa, que nos envolvía como un abrazo que no debía existir.

Después, ella tendría que regresar a su vivienda para esperar la llegada de su marido. Ese plazo, esa cuenta regresiva silenciosa, nos recordaba que lo nuestro era tan intenso como frágil, tan luminoso como prohibido, recordándonos que cada gesto, cada roce, cada mirada tenía un precio.

Y aun así, en medio de ese riesgo, la ternura entre nosotros crecía como una llama que nadie podía apagar.

Hernán no regresó a la semana. Alcira lo esperaba todos los días en su habitación, con esa mezcla de resignación y costumbre que solo se aprende viviendo al lado de un hombre impredecible. Con ella nos veíamos en la calle, en lugares concurridos, como dos sombras que se buscan sin querer llamar la atención.

Cuando por fin volvió, llegó a su casa a las cinco de la madrugada, después de dos semanas. Me lo contó él mismo.

Fue el mismísimo Hernán quien vino a buscarme a mi casa. A mi madre no le agradaba para nada que fuera mi amigo; lo miraba con desconfianza, como si pudiera olerle los problemas.

Salimos a caminar por el parque para conversar. Me habló de lo “bueno y ganancioso” que había resultado el negocio de las bombas de agua vendidas en Caranavi. Sacó fajos de billetes, orgulloso, como si el dinero pudiera borrar la suciedad del camino que lo había traído hasta ahí. Me regaló un par de billetes de cien, casi como quien lanza migajas a un perro fiel.

—Hermano, yo voy a tener mi moto. Todo legal, hermanito —dijo inflando el pecho—. Y me voy a levantar a las negritas que yo quiera.

Lo dijo con pedantería, con esa arrogancia que siempre me incomodaba. Yo lo escuchaba haciéndome el bobo, como si no entendiera nada. Y mientras él hablaba, yo solo pensaba en Alcira… en su silencio, en su ternura.

Con Alcira habíamos creado un mensaje codificado. En la placita Eguino había unos bancos de cemento y, alrededor, unos cuantos arbolitos flacos que parecían vigilarlo todo. Solo ella —y únicamente ella— podía dejar el aviso. Una hebra de lana, del color que fuera, atada entre los troncos de dos arbolitos, significaba que debía encontrarla los martes, para vernos al día siguiente en las carpas de api del mercado Uyustus, siempre a partir de las cuatro de la tarde. No era todos los días: apenas dos veces por semana. El segundo encuentro era los viernes, si el jueves encontraba la señal, en el puesto de comidas de los agachaditos, también a la misma hora. Siempre hay modos, cuando dos se quieren de verdad.

En esos encuentros no íbamos a hablar mucho, ni siquiera a tocarnos. Nos amábamos con los ojos, con esa intensidad muda que nace cuando el peligro está demasiado cerca y cualquier roce puede delatarnos. Había algo en su mirada —una mezcla de miedo y deseo— que me dejaba sin aire. Y yo sabía que ella lo sentía también, aunque jamás lo dijera.

Alcira ya había entrado en el séptimo mes. Sabía que, en cualquier momento, el alumbramiento podía adelantarse. Y esa posibilidad —tan real, tan cercana— hacía que cada encuentro fuera más urgente, más tierno, más cargado de ese peligro que nos envolvía como un secreto compartido. Cada vez que la veía caminar hacia mí, con una mano en el vientre y la otra sosteniendo el abrigo, sentía que algo en mí se tensaba, como si el mundo entero pudiera quebrarse con un solo gesto suyo.

Nuestro primer encuentro, a través de aquel mensaje secreto, fue en el mercado Uyustus. Y vaya sorpresa: estaba con su marido. Como si el destino jugara a la casualidad, terminamos compartiendo unos exquisitos apis con empanadas. Allí me enteré de que Alcira se trasladaría a la casa de sus padres para velar por el embarazo. A él no lo quieren, y él tampoco quiere estar bajo ese mismo techo.

Cuando nos despedimos, me pidió que al día siguiente habláramos a solas. Para eso, nos encontraríamos en la plaza Pérez Velasco a las siete de la noche.

Yo temía que Hernán estuviera enterado, o al menos sospechara de mis encuentros con su mujer. Sufría, sí, pero me obligaba a no dramatizar la situación. Había aprendido a respirar hondo, a sostener la mirada, a fingir una calma que no sentía.

Entramos al Lido Grill. Él pidió algo para comer; yo, apenas una Coca-Cola. La luz amarillenta del local caía sobre su rostro, y mientras hablaba, yo trataba de mantenerme entero, como si nada dentro de mí se agitara.

Me confesó que tenía otra mujer, que estaban enamorados, que no quería dejar a Alcira por su hijito. Lo decía con esa ligereza suya, casi irresponsable, como si la vida fuera un juego que siempre terminaba a su favor.

—Hermano, te juro que cualquier cosa voy a hacer por mi hijo. Vos vas a ver… voy a comprar no una moto, un auto, y los voy a llevar a pasear por todos lados —decía, moviendo las manos, soñando en voz alta.

Yo lo escuchaba. Hernán siempre fue así: alocado, sin futuro, sin confianza en el día siguiente. Vivía como venía, sin medir consecuencias, sin pensar en lo que dejaba atrás. Y mientras hablaba, yo sentía cómo algo en mí se tensaba, una mezcla de rabia, culpa y un deseo que no podía nombrar.

Dijo que tenía dinero guardado en la casa de su madre. Luego, casi con orgullo, soltó otro secreto: en unos días viajaría con su nueva chica a Cochabamba, por un negocio.

—Ganancia segura, hermanito. Ya verás cuando regrese. Ahora, Juanito, vos eres mi hermano. Quiero que estés atento con Alcira. Que no le pase nada a mi wawita ni a ella. Vos tenés que cuidar que ningún gil se acerque a ella.

Sus palabras me atravesaron. Él confiaba en mí. Me entregaba, sin saberlo, la custodia de aquello que yo más deseaba. Y yo asentí, fingiendo lealtad, mientras por dentro algo ardía, algo que no podía apagar ni confesar. Era una traición silenciosa.

Cuando él hablaba con entusiasmo —que de Cochabamba, que para cerrar el trato, que después se trasladarían a Arica, la población fronteriza con Chile— yo apenas podía seguirle el hilo. No mencionó qué tipo de negocio tenía entre manos, ni yo lo sospechaba. Pero mientras lo escuchaba, mi mente volvía una y otra vez a la dulce Alcira.

Le pregunté para cuándo era su viaje. No respondió de inmediato, porque en ese momento una mujer guapa, de unos veinticinco años, llegó hasta nuestra mesa.

—Hola, mi amor —le dijo a Hernán, con una confianza que me golpeó en el pecho.

—Ella es María Elena, mi novia —dijo él, a modo de presentación, ya muy apretados en el asiento, como si quisieran dejar claro que entre ellos no había espacio para dudas. Ella confirmó que ya tenía los pasajes en un vuelo del Lloyd Aéreo Boliviano, para dentro de dos días.

Él hablaba de negocios, de viajes, de ganancias seguras, mientras yo observaba a esa mujer apoyarse en su hombro con una familiaridad que me resultaba casi ofensiva. Hernán seguía hablando, ajeno a la tormenta que me cruzaba por dentro.

La mujer pidió al garzón algo para comer y, en ese instante, Hernán me hizo una seña para que lo acompañara a comprar cigarrillos. Afuera del restaurante había muchos puestos callejeros que no solo ofrecían cigarrillos, sino también una variedad de chucherías.

Hernán me tomó del brazo y me dijo, en voz baja, casi fraternal: —Hermanito, toma este dinero. Llévala a Alcira, es para la bebé. Y ahora mismo que se vaya donde sus padres. Ella ya sabe… la voy a llamar por teléfono para explicarle mi viaje. Tú, rayo buche, calladito.

Al despedirse, me abrazó con esa fuerza que siempre mezclaba cariño y urgencia. Me deslizó cien pesos en la mano, para el taxi. Mi misión era ir al encuentro de Alcira. Y, aunque no lo dije, me sentí contento. Había algo en esa confianza —o en ese encargo— que me encendía una pequeña llama en el pecho.

Llevaba un rollo de dinero en el bolsillo. Lo tocaba una y otra vez, como si necesitara asegurarme de que seguía ahí adentro, como si ese bulto tibio fuera una promesa o un secreto. Mientras caminaba hacia el domicilio de Alcira, sentía el peso del encargo y, al mismo tiempo, una extraña ligereza.

El reloj de la plaza marcaba las nueve. La ciudad hervía. Gente corriendo en todas las direcciones, buscando un transporte colectivo para escapar del centro antes de que la noche terminara de caer.

Con una confianza nueva —o quizá con una ilusión vieja que volvía a despertarse— me dirigí hacia la mujer de mis sueños. Golpeé la puerta. Me abrió un muchacho; le expliqué que venía a ver a doña Alcira y me franqueó el paso.

Alcira se sorprendió al verme. Sus ojos húmedos delataban que había estado llorando.

—Juan… me siento mal. Sola y desgraciada. ¿Por qué la vida me trata así?

La abracé. Ella tomó mi mano y la llevó a su vientre, como si necesitara que yo sintiera ese pequeño mundo que crecía dentro de ella. Su piel estaba tibia, vulnerable. Yo quería decirle algo que la sostuviera, pero mis palabras no alcanzaban para calmar del todo sus lamentos.

La herida que uno aprende a llevar

Al final, entre sollozos, me preguntó por qué estaba allí. —Hernán se fue de viaje —le dije—. Me pidió que te dijera que, por ti y por la bebé, te vayas a casa de tus padres. Él estará en Cochabamba… no sé cuánto tiempo. Parece que consiguió un trabajo allá. Te explicará mejor por teléfono.

No mencioné el dinero. Ese secreto ardía en mi bolsillo.

—Juan… mañana voy a ir a casa de mis padres. Será muy tarde, tengo que preparar mis cosas. ¿Tú te quedarás esta noche conmigo? —dijo mirándome, casi suplicando que aceptara. Yo luchaba por dentro: temía que Hernán apareciera de pronto, y además mi madre estaría muy preocupado.

—Alcira… no, no puedo quedarme. No importa, yo te ayudo a empacar tus cosas y, en un taxi, te acompaño hasta Villa San Antonio.

—Alcira, Hernán dijo que tengas este dinero para cuando llegue tu bebé —le extendí el rollo de billetes.

Ella abrió los ojos como si la habitación se hubiera agrandado de golpe. —¿Tanto? —susurró, casi incrédula.

Eran cuatro mil pesos. Una suma pesaba que implicaba contar con una fortuna.

Alcira levantó la mirada. No dijo nada, pero en sus ojos había una pregunta que me atravesó: ¿de dónde salió tanto dinero, si Hernán no trabaja? Sentí cómo ese silencio se me pegaba al pecho.

Sin apartar la vista de mí, levantó el colchón y sacó una bolsita azul. También tenía dinero. La vació sobre la cama; los billetes cayeron como un pequeño derrumbe, como si algo dentro de ella también se aflojara. Empezó a contarlos con manos temblorosas. Era casi la misma cantidad.

—Uy… —dejó escapar un suspiro largo, cargado de miedo y alivio, como si por un instante se permitiera descansar en mi presencia.

—Juan, vamos ahora mismo a Villa San Antonio. Mañana o pasado regresaré por mi ropa. Vamos… —su voz se quebró apenas—. Me invadió un enorme miedo… vamos, Juan, vamos.

Guardó el dinero en la bolsita azul y me la entregó para que lo guardara. Sus dedos rozaron los míos; ese contacto breve me atravesó como una corriente tibia que no supe manejar.

Minutos después estábamos en un taxi rumbo a la casa de sus padres. Casi en silencio, pero tomados de la mano con fuerza, como si ese gesto fuera lo único que nos mantenía a flote. Su palma temblaba apenas; la mía también. Afuera, la ciudad se deslizaba oscura, indiferente, mientras entre nosotros el aire se volvía más denso, más íntimo, más peligroso.

A las once de la noche, en ese mismo taxi, me fui a mi casa. Me quedé mirando las luces pasar, perdido en mil pensamientos confusos que me golpeaban uno tras otro. Sentía su calor todavía en mi mano, como si no me hubiera soltado del todo.

Por seguridad, el dinero quedó con Alcira. Habíamos acordado encontrarnos al mediodía, en el cruce de Villa San Antonio. Ese día falté al colegio; no podía pensar en otra cosa.

La dulce Alcira, como si su saludo buscara consuelo, me contó que su padre la había recibido la noche anterior con un severo reproche. Se sentía marginada del seno familiar, abandonada por su marido. Yo la miraba con amor, con esa mezcla de ternura y desvelo que me nacía sólo para ella.

—Eres mi único apoyo, Juan —susurró.

Caminamos hacia un restaurante cercano para almorzar allí. Fue entonces cuando eligió el momento para soltar, con una calma temblorosa, la decisión que había tomado para proteger a su bebé.

—Juan… con una parte del dinero de Hernán tomaré un departamento pequeño en anticrético. Con el resto compraré algunos muebles. Tengo que ahorrar algo para después. Hernán no se atreverá a pedirme nada; todo estará invertido, y por su hijo. Pero tú… tú tienes que ayudarme a arreglar estas cosas con calma.

Sus palabras buscaban mi aprobación, como si en mi silencio se jugara su destino. Mi voz, apenas audible, transmitía que yo estaba dispuesto a todo por ella y por su hijo. Pero dentro de mí algo se desgarraba: la certeza de que estaba cruzando un umbral del que ya no podría volver.

Dentro del restaurante aparentábamos ser una pareja ideal: un bebé en camino, la futura madre acariciando mi mano, besándome los labios con una ternura que no me pertenecía. Yo recibía esos gestos con una mezcla de orgullo y vértigo. Sabía que no era el padre, pero también sabía que ella era la mujer de mi amigo.

Nos despedimos con mutuas recomendaciones y fijamos nuestro próximo encuentro. Ella debía ir a su vivienda en la Garita de Lima para recoger sus ropas y anunciar que dejaba la pieza. Me estaba dejando arrastrar por una historia que no era mía.

Mientras tanto, yo iba y venía entre el colegio y mis amigos del barrio, cada vez más distantes. Cada vez que me cruzaba con alguno, se extrañaban de mi ausencia por las calles donde antes pasábamos las tardes. Yo inventaba excusas, pero la verdad era otra.

La imagen misteriosa de Hernán me perseguía. Su sombra se interponía entre mis pensamientos, recordándome que el dinero no era mío, que el bebé no era mío, que la mujer que yo amaba seguía siendo su esposa. Y aun así, pensaba en Alcira.

En el colegio, mi profesor de Matemáticas, sorprendido por mi bajo rendimiento en el último mes, me llevó a un costado del patio. Me pidió que hablara con sinceridad sobre los problemas que me estaban aturdiendo. Yo bajé la mirada; no podía decirle allí, entre gritos y recreos, lo que me estaba consumiendo. Le pedí que la charla fuera despuès de las lecciones. Aceptó sin dudar.

Nos reunimos en un café. Él me miró con una paciencia que me desarmó. Me pidió que fuera sincero, que él iba a ayudarme. Y por un momento sentí que, si abría la boca, todo lo que estaba sosteniendo se derrumbaría: Alcira, el bebé, el dinero, mi propio nombre. Había una parte de mí que quería hablar, soltarlo todo, y otra que sabía que, si lo hacía, ya no podría seguir siendo el muchacho que fingía ser.

Le conté la historia a medias. Le hablé de una amiga separada por un tiempo de su marido, porque él trabajaba en Santa Cruz; le dije que ella quería tomar un departamento en anticrético y que contaba con el dinero para hacerlo. El profesor escuchó sin interrumpirme, y al final dijo que averiguaría alguna posibilidad. Yo asentí, agradecido y temeroso a la vez: cada palabra que decía me hundía un poco más en esa doble vida que ya no podía controlar.

Dos días después, el profesor mencionó un departamento pequeño en la zona de San Pedro. Yo y Alcira decidimos que no; era demasiado lejos de sus padres, y ella necesitaba sentirlos cerca, aunque estuvieran dolidos con ella. Yo, por mi parte, necesitaba tenerla cerca también, aunque no me atreviera a admitirlo.

Encontré una vivienda en mi barrio y le pedí al profesor que conversara con la dueña. Alcira, que lo acompañó, regresó encantada: le gustaba el lugar y el precio era accesible. Además, me dijo con una sonrisa que la iluminaba entera:

—Tendré la ayuda de la madre de Hernán. Ella me quiere… y tendrá un nieto.

Su entusiasmo era contagioso. Yo también la tendría muy cerca. Cada decisión que tomábamos juntos me acercaba a ella… y, sin embargo, algo en mí se resistía a esa vida que empezaba a formarse alrededor nuestro.

Su preocupación aumentaba cada día. Sentía dolores y punzadas en el vientre y temía que, en cualquier momento, se adelantaría el parto. Le sugerí que fuera a hablar con la madre de Hernán y le dijera que él está trabajando en Cochabamba; que le ha dejado un dinero para el anticrético de la vivienda. Allí esperaría el regreso de su marido, decía yo en tono convincente, aunque la verdad es que ella ya no desea compartir su vida junto a él.

Desde comienzos de mayo yo vivía sobresaltado. Cada amanecer traía la misma punzada en el pecho: en cualquier momento vendría el hijo —o la hija— de Alcira. Habíamos elegido nombres casi sin darnos cuenta, como quien se deja arrastrar por una corriente que no termina de aceptar. Si era niño, lo llamaríamos José Antonio; y si era niña, Olivia Mónica, el segundo nombre en honor a la madre de Hernán, con la esperanza de asegurar su cooperación cuando Alcira necesitara tiempo para estudiar o trabajar. Era una decisión práctica, sí, pero también una forma de ordenar un mundo que se nos venía encima.

La visita que hizo Alcira a su suegra fue positiva. Doña Mónica la recibió con los brazos abiertos, encantada con su nuera y esperanzada en que su hijo estuviera trabajando por el bien de su familia. Incluso la invitó a vivir con ella hasta el alumbramiento. Aquella noticia, que debería haberme aliviado, me dejó más inquieto: sentí que la historia avanzaba por un camino que yo mismo había ayudado a trazar, pero que no me pertenecía del todo.

—Juan, ¿qué hago? ¿Me quedo con mis padres o me voy con mi suegra? —me preguntó Alcira, con esa mezcla de cansancio y ternura que la volvía más vulnerable—. La verdad… con mi suegra me siento mejor. Y además estaremos más cerca —dijo.

Su voz buscaba una respuesta, pero también buscaba sostén. Y yo, atrapado entre la lealtad y el deseo, guardé silencio. Ese silencio mío —tan breve, tan denso— pareció asentarse entre los dos como una verdad que ninguno se atrevía a nombrar.

Alcira recibió las llaves del departamento después de firmar el contrato de anticrético por tres años. Rubricó su nombre con una seguridad que me sorprendió: Alcira Graciela Venegas de Altamirano. Sonrió al decir que era la primera vez que firmaba algo “como casada”, y en esa sonrisa había un brillo que mezclaba ilusión, alivio y una pizca de orgullo.

Yo la observé en silencio. A sus diecisiete años se sentía adulta, erguida, dueña de un papel que la reconocía y la ataba al mismo tiempo. Había en su gesto una seriedad nueva, una responsabilidad que parecía quedarle grande y, sin embargo, la llevaba con una dignidad que me conmovió. Era como verla cruzar un umbral invisible: la niña quedaba atrás, y frente a mí se afirmaba una mujer que empezaba a entender el peso de su propio nombre.

Mientras inspeccionaba las tres habitaciones, la cocina y el baño, comenzó a enumerar las necesidades básicas: cortinas para las ventanas, un pequeño armario, y el cuarto del bebé, que imaginaba ya con colores suaves y un rincón para la cuna.La escuchaba hablar y, aunque su entusiasmo era genuino, en mí crecía una inquietud que no sabía cómo nombrar. Era como si cada objeto que mencionaba —cada cortina, cada mueble, cada detalle— fuera un ladrillo más en una casa que yo ayudaba a levantar sin saber si tenía derecho a entrar en ella. Y, aun así, me sentí premiado con sus caricias, como si por un instante todo ese peso se aligerara.

—Juan, este será nuestro rincón —dijo, con una ternura que me desarmó.

Cuando me besó, sentí el volumen de su vientre entre nosotros, recordándome la vida que estaba por llegar y el lugar incierto que yo ocupaba en esa historia. Me tomó las manos y las guió con suavidad, invitándome a compartir ese momento suyo, ese cuerpo que cambiaba día a día.

Yo quería más cercanía, algo más profundo que ese gesto, pero no supe cómo decirlo sin traicionar mis propios límites. No podía disimular la tensión entre lo que sentía y lo que me permitía sentir.

—No… ahora no. Sería peligroso para la bebé —susurró, complacida por nuestro encuentro—. Puedes acariciarlo todo… pero con suavidad.

Reaccionó inclinándose hacia mí, rozándome el dorso con una delicadeza que me cautivó aún más. Ese gesto suyo, tan simple, encendió en mí una mezcla de ternura y deseo que tuve que contener para no perderme en ella.

Alcira me sorprendió: en medio de la habitación vacía, sin muebles, se despojó de su ropa para mostrarme su vientre brillante. Había en ese gesto una confianza que me conmovió. Fue un instante breve, íntimo, que me atravesó con una mezcla de emoción y responsabilidad que no supe nombrar.

Después se mostró cansada y me pidió que la acompañara hasta la casa de su suegra; allí pensaba descansar un poco. Yo tenía que mantenerme discreto. Conversé un momento con doña Mónica, porque conoce —aunque no aprueba del todo— mi amistad con su hijo. Ella cree que soy el joven malentretenido, desde que se enteró de que una vez me llevaron a la policía por un robo en la casa de su madre.

Aun así, pese a sus reservas, me preguntó por él. —Hace tiempo que no viene a verme —dijo, con un cansancio que no era solo físico—. La última vez que lo vi, me dijo que estaba trabajando en Caranavi… y desapareció. Es muy desconsiderado. Abandona a esta chica en este estado.

—Dime dónde está vagando ahora tu amigo —insistió, con una preocupación que me dejó sin palabras.

No pude responderle la verdad. No podía decirle que Hernán se había esfumado, que Alcira cargaba sola con la espera, que yo era el único que seguía ahí, a la sombra.

—Ha viajado a Cochabamba —alcancé a decir, buscando un tono convincente—. Está trabajando allá. Regresará pronto, para el nacimiento de su hijo.

Lo dije como quien ofrece un consuelo que no siente, como quien tapa un hueco con las manos sabiendo que igual se va a abrir.

Antes, con Alcira, habíamos acordado encontrarnos en el cruce de Villa San Antonio para averiguar algunos muebles para su nueva casa. Ese día Alcira no llegó. Di vueltas y vueltas alrededor de la casa de sus padres, inquieto, sin poder calmarme. Finalmente me asaltó un temor que me heló el pecho: quizá se había puesto mal y le había llegado la hora del parto.

Me fui de inmediato hacia la casa de su suegra.

No había nadie. Doña Mónica es viuda y vive sola, acompañada por una sobrina ya adulta. Hernán es su único hijo. Corrí luego a la casa nueva, y tampoco encontré a nadie.

Llamé a Remedios, la hermana mayor de Alcira. Me di modos para averiguar algo sobre ella; incluso mencioné a Hernán, que estaba pendiente de su esposa y del bebé. Finalmente me dijo que, en la madrugada, Alcira se había puesto mal y la llevaron a la Clínica Santa Isabel de Sopocachi.

—Nació una linda bebé —me dijo, muy contenta.

Y yo, al escucharla, sentí una alegría más honda de la que esperaba.

Mis horas se habían vuelto inestables. Mis estudios quedaron en segundo plano, como si ya no tuvieran fuerza para sostenerme. Cuando regresé a casa, mi madre me esperaba preocupada. La miré con ese temor que uno arrastra desde niño; más de una vez me había levantado la voz para corregirme, para enderezar mis andanzas sin rumbo.

Esta vez no hubo gritos. Me pidió que me sentara frente a ella.

—¿Tienes algo que contarme? —preguntó con una calma que me desarmó—. Hace tres meses que no estás con tus amigos del barrio. No estudias como antes. Has dejado el fútbol. No llegas a la hora del almuerzo. Llegas tarde para dormir. Siempre preocupado, siempre apurado… Algo está pasando contigo, hijo. Confía en tu madre.

Hizo una pausa, como si le doliera recordar.

—Desde aquel día en que la policía vino a arrastrarte por un robo, mi corazón sufre. Mi cabeza va a estallar de tantos malos pensamientos.

Sentí un nudo en la garganta. No quería verla así, con ese presentimiento oscuro que solo tienen las madres cuando algo se les esconde entre las manos.

—Mamita querida, no tengo problemas. Estoy bien, te lo prometo —le dije, intentando sonar firme, como si la firmeza pudiera tapar mis sombras.

Ella entrecerró los ojos, como si buscara la verdad detrás de mi voz.

—Hijo… ¿acaso hay alguna chica que te está volando la cabeza? —preguntó con un tono que mezclaba miedo y ternura—. Con mujeres hay que tener mucho cuidado. Te pueden acusar de cualquier cosa, y tú eres muy joven para andar metido en líos. Para ti recién está saliendo el sol… piensa, mi hijo. No me defraudes.

Sus palabras me atravesaron. No era un regaño; era un ruego. Y eso dolía más.

Yo sabía que ella intuía algo. Sabe más por experiencia que por palabras. Movió la cabeza despacio, como quien ya conoce la respuesta y aun así espera otra. Ese gesto me dejó sin aire. Su silencio pesaba más que cualquier reproche.

Dentro de mí ardía una lucha que no me dejaba en paz: decirle la verdad sobre Alcira, o inventar una mentira que la dejara dormir tranquila. Sentía la culpa como un animal inquieto en el pecho, golpeando, pidiendo salir. Pero también estaba el miedo: miedo a herirla, a que descubriera que yo ya no era el hijo que ella creía.

Y aun así me quedé callado. Porque a veces uno ama tanto que prefiere mentir antes que romperle el corazón a la única persona que siempre estuvo ahí.

La ternura que guardé solo para ella

Por fin, después de tres semanas del nacimiento de la hijita de Alcira, me encontré con ella. Está viviendo temporalmente en casa de su suegra mientras amuebla su departamento. La abuela, radiante, no se cansa de mirar a su nieta: Olivia Mónica, tan pequeña y ya dueña de todas las miradas.

Yo, en cambio, me sentí abandonado. Cuando la vi, estaba completamente entregada a su nuevo rol de madre, con esa mezcla de cansancio y luz que solo tienen las mujeres que acaban de traer vida al mundo. La observé con su hijita en brazos, y sentí que algo en mí se quedaba atrás, como si ya no hubiera un lugar para mí en ese cuadro tan íntimo.

Y para sorpresa de todos, una tarde apareció Hernán. Se presentó vestido con una elegancia moderna —nunca antes lo había visto así— y llegó a mi casa sin avisar, preguntando por su esposa. No sabía absolutamente nada. Me contó que fue a su cuarto en la Garita de Lima y le informaron que ella se había marchado hacía dos meses. Caminamos a paso apurado hacia la casa de su madre, y él entró sin tocar la puerta. Se encontró con su madre sosteniendo a la nietecita, y el ambiente se llenó de un alboroto de alegría.

Alcira le explicó sus planes, que pronto tendrían un hogar propio, con las comodidades básicas. Hernán sonrió, mostró alegría, pero estaba lejos. Había una distancia en su mirada, en su postura, en la forma en que apenas conversó con su madre. Con Alcira sí habló más: le contó que en Cochabamba está trabajando y que le va muy bien; que en la próxima la llevará a pasear.

Y yo, testigo silencioso.

Repentinamente me invitó a salir a dar una vuelta. A su esposa le prometió que regresaría pronto con un regalo para la bebé. Su madre, a su turno, le preguntó si volvería a la hora de la cena, para prepararle su plato favorito: chuletas de res.

Una vez en la calle, Hernán me confesó que en Cochabamba le está yendo muy bien. “Mi ñata, María Elena, es una capa… sabe de negocios”, dijo con orgullo. Yo, por discreción, no hice muchas preguntas.

“Hermano, con mi mujer —se refería a María Elena— entramos al Chapare y sacamos en camión frutas. Las llevamos hasta Arica… allí se pelean por nuestros productos. Ella ahora está en el Hotel Gloria. Hermano, tienes que ayudarme”, dijo sin explicar aún para qué necesitaba mi ayuda.

Esperé en el salón de recepción del hotel. Allí, Hernán volvió a hablar con entusiasmo, diciendo que estaba muy feliz, que estaba haciendo dinero. Me entregó un fajo de billetes.

“Hermanito, compra las cosas más bonitas para mi bebé y dile a Alcira que yo lo envío… y que me estoy regresando con mi jefe a Cochabamba.”

Yo en ese instante sentí una pena honda por mi amigo, una pena que se me quedó clavada en el pecho. Él no se dio el tiempo de abrazar a su hijita, de olerle el cabello, de sentir ese calorcito que solo un recién nacido entrega. No se permitió hablar de cosas simples con Alcira, ni siquiera un gesto de ternura, una palabra que la sostuviera después de tantas semanas sola. Mucho menos con su madre, que todo el tiempo estuvo preocupada, esforzándose en esos pocos minutos por agradar la llegada de su hijo, como si todavía pudiera retenerlo con cariño y comida.

Lo miré y sentí, con esa mezcla de compasión, distancia y desilusión que uno no sabe dónde acomodar en el pecho, que algo en él estaba roto o, quizá, demasiado endurecido por la vida. Había en su manera de moverse una prisa sin alma, una ausencia que dolía más que cualquier palabra. Entonces, sin poder contenerme, le hablé con esa rabia tierna que solo se usa con un hermano.

—Hernán, hermano… no te vayas. Quédate con tu bebé y con tu mujer un par de días. Alcira te ama, y no hay derecho a que la trates así.

Sentí que la voz se me quebraba por dentro. Yo tenía el alma rota para rogarle en ese tono, como si al hablarle también intentara salvar algo en mí. Pero él apenas me escuchó, como si mis palabras fueran viento golpeando una puerta cerrada.

Mientras conversábamos, apareció su novia: lentes oscuros, vestida con la misma elegancia moderna que él. Me saludó apenas, con un leve movimiento de cabeza, y ambos salieron del hotel para subir a un auto que los esperaba en la puerta. Yo quedé plantado allí, inmóvil, con la mente en blanco, como si el mundo hubiera seguido su curso sin avisarme.

Pedí al conserje del hotel permiso para pasar al baño. Me mojé la cabeza y la cara para reaccionar. Y, escondido, me atreví a contar el dinero que Hernán me había entregado.

—Uy… eran dos mil pesos.

Por un momento dejé de preocuparme por el origen de tanto dinero. ¿Qué hacer ahora? ¿Comprar los encargos de Hernán para su hijita, como él pidió, o entregarle todo el dinero a Alcira? Qué difícil se me ponía todo. Sentía que cualquier decisión me dejaba atrapado entre la lealtad y la vergüenza, entre lo que debía hacer y lo que el corazón me dictaba.

En la calle Potosí, a poca distancia del hotel, encontré un almacén de ropas para niños. A la encargada del negocio le expliqué que necesitaba comprar un regalo para mi “hermana”, que acababa de tener a su hijita. Ella, con esa seguridad práctica de las mujeres que conocen su oficio, me preparó una bolsa con lo primordial. Yo asentí, confiando en su criterio, y salí contento con la elección. Aun así, me sobraba un montón de dinero.

Me quedé un momento en la vereda, sintiendo el peso de esos billetes en el bolsillo, como si ardieran. Entonces tomé una decisión que me dolió y me alivió al mismo tiempo: dividí el resto del dinero en tres partes. Una para Alcira, otra para su madre… y otra para mí. Me consolé diciéndome que yo también merecía algo por mi tiempo, por mi ayuda, por cargar con silencios y responsabilidades que no eran mías.

Había en ese gesto una mezcla de pudor y necesidad, de culpa y justificación. Pero también una verdad simple: a veces uno hace lo que puede para no quebrarse.

Llegué a la casa de doña Mónica cerca de las ocho de la noche.

—¿Y mi hijo? ¿Dónde se ha quedado ese sinvergüenza? —reaccionó la mujer, asomando la cabeza hacia la calle, como si esperara encontrarlo escondido en alguna sombra.

Me esmeré en explicarles el precipitado regreso de Hernán a Cochabamba, y que había comprado esas ropitas para la bebé. Dejé un dinerito para su madre y otro para Alcira.

—Hernán dijo que, en un tiempo más, vendrá y los llevará a pasear por distintos lugares —añadí, como un mensajero de buenas noticias, intentando tranquilizar a esos dos seres que él dejaba siempre a medias: su madre y su esposa.

Fue Alcira quien, al momento de despedirme, cuando ya me disponía a salir a la calle, me tomó de la mano. En la puerta, con la mirada fija en la mía, me conminó a decirle la verdad.

—Alcira… ya te dije todo. Estoy apurado, tengo que llegar a casa. Mañana mi madre no estará; ven por la tarde… lo pasaremos lindo. Te extraño —murmuré, casi rozándole los labios, buscando un beso que me calmara el pecho.

Al día siguiente, Alcira no llegó. No fue solo tristeza: algo más hondo se me clavó por dentro. Mi razón se negaba a aceptar que otras ocupaciones pudieran impedirle venir. Me dolía. Mis ojos la buscaban, mis manos la recordaban, mi cuerpo entero esperaba su sombra en la puerta. Pero no llegó. No llegó al final. Y yo, en silencio, me sentí olvidado.

Al día siguiente, Alcira no llegó. No fue solo tristeza: algo más hondo se me clavó por dentro. Mi razón se negaba a aceptar que otras ocupaciones pudieran impedirle venir. Me dolía. Mis ojos la buscaban, mis manos la recordaban, mi cuerpo entero esperaba su sombra en la puerta. Pero no llegó. No llegó al final. Y yo, en silencio, me sentí olvidado.

Cuando me disponía a salir a la calle para despejar mis preocupaciones, encontré en la puerta a la madre de Hernán.

—Doña Mónica… mi mamita no está. Se fue a El Alto; volverá en unos días.

—Qué bueno, mi hijo. Yo vengo a hablar contigo. ¿No me invitas a tu casa un rato? —dijo avanzando un paso hacia adentro, como si la invitación fuera apenas un trámite.

Entró sin esperar respuesta. Su presencia llenó la sala con un aire inquieto, casi urgente.

—Juanito —me miró fijo, con un cansancio que parecía venir de lejos—, tú eres su amigo, y eres buen chico. Cuéntame la verdad… ¿en qué está metido mi hijo?

—Dímelo ahora, pues. Tú también eres hijo y no sabes lo que se sufre por un hijo —continuó, afirmando que el suyo era un hombre alocado; desde chico se había metido en problemas, y ella, siempre detrás de él como madre…

—. ¿Hasta cuándo será este tormento?

Doña Mónica suspiró hondo, como si ese aire arrastrara años enteros.

—Esa chica… ahora con una wawa. Yo no puedo hacerme cargo de ellos. Ya estoy vieja. Hernán tiene que responder. Él se lo ha buscado.

La escuchaba en silencio. Su voz temblaba, pero no lloraba. Y yo, sin quererlo, sufría con ella. Sentía su cansancio, su miedo, su resignación… y también la sombra de mi propia madre, que se me apareció de pronto como un eco tibio y doloroso, justo cuando más me pesaba la ausencia de Alcira.

Para tranquilizar a la afligida mujer, le expliqué la situación de su hijo eligiendo las palabras más suaves que pude. Admití que no sabía mucho sobre el trabajo que decía tener ni sobre el origen del dinero que presumía. Lo que no pude ocultarle —mirándola como se mira a la propia madre, con ese respeto que nace del dolor compartido— fue que su hijo tenía otra mujer… y que vivía con ella en Cochabamba.

Se puso de pie, para salir. Le tome de los brazos para ayudarla. Tras la conversacion senti que dona monica, habia quedada mas lastimada, herida en sus sentimientos y defraudada por su unico hijo.

-Embarazar a una chiquilla, para abandonarla y buscarse otra mujer para que? Juanito, que le pasa a tu amigo?, susurro.

La acompañé hasta su casa. Me invitó a pasar, pero me excusé. La vi a ella… y nos saludamos apenas, muy brevemente, con Alcira. Casi indiferente. Yo, en cambio, con esa tristeza que se me instala en el pecho sin pedir permiso.

Mónica insistió en que entrara, que al menos me tomara un café. Guardaba el mayor secreto de su hijo y, aun así, se ocupaba con cariño de su nietecita y de su nuera. Yo, en medio de ellas, con cierta timidez, le hacía cariños a la bebé. Me gustaba. Me identificaba con ella desde que estaba en el vientre de su madre, como si en esa criatura hubiera algo mío, algo que me llamaba desde antes de nacer.

Los tres, sentados a la mesa, compartíamos el café, pero el silencio era casi un cuarto invitado. Alcira hablaba de su bebé con una alegría contenida, y su suegra apenas sonreía, como si cada gesto le costara un poco de vida. Yo no decía nada; me limitaba a escuchar, a sostener la taza entre las manos, a disimular la tristeza que me rondaba desde antes de llegar.

De pronto, Alcira, con un brillo inesperado en los ojos, anunció que en unos días nos invitaba a conocer el departamento nuevo.

—¡Está todo listo! Les va a gustar —dijo con entusiasmo—. Ya verán, todo está bonito.

Lo dijo adelantándose, como quien teme que alguien falte a la inauguración de su pequeña esperanza.

Dos días después, yo fui el primero en llegar al departamento de Alcira. Llevaba un reloj de velador como regalo; no se me ocurrió nada mejor. Venía preparado para abrazarla, para reclamar un poco de su calor, pero al cruzar la puerta me encontré con la sorpresa: estaba con ella su hermana mayor, Remedios, con quien una vez hablé por teléfono.

Tras la presentación, tomé a Olivia en mis brazos, y en ese mismo instante llegó doña Mónica con dos canastas de comida. La alegría se desbordó en el ambiente, acompañada por una melodía suave que hacía mover a Alcira al ritmo, feliz en su nuevo hogar.

Acompañé a doña Mónica a recorrer las piezas. Todo estaba amoblado. Casi al unísono preguntamos cómo había logrado hacerlo, con qué tiempo.

Con una risa contagiosa, abrazada a su hermana, Alcira dijo que sin la ayuda de Remedios nada habría sido posible.

En la cocina, a solas con Alcira, le sugerí en voz baja que, cuando hablara con su suegra, mencionara a Hernán. “Puedes decir que lo extrañas… que él se está perdiendo los primeros días de su hija por culpa del trabajo. Algo así. Pero no lo ignores, ¿sí?”, le pedí.

Y así fue. Alcira, sin exagerar ni victimizarse, se dirigió a su suegra con una especie de consuelo suave. Le dijo que todo sería más bonito si Hernán estuviera entre nosotros. Doña Mónica, con lágrimas en los ojos —nadie, al menos yo, esperaba esa reacción— murmuró que quien más perdía era Hernán, por su cabeza dura.

—Tú eres una hija para mí —dijo mirando a Alcira—. Eres la madre de mi nietecita. Yo te ayudaré en todo lo que esté a mi alcance. No puedes quedarte así, esperando que tu marido regrese y luego desaparezca sin explicaciones. Tú, Alcira —y lo dijo delante de su hermana—, tienes que salir adelante. Puedes hacerlo. Yo te apoyaré… de eso puedes estar segura.

Ambas se confundieron en un abrazo, y Remedios y yo terminamos uniéndonos también, formando un solo cuerpo apretado, cálido, emocionado. Era un abrazo que no pedía permiso: simplemente nos envolvió. En medio de esa mezcla de respiraciones entrecortadas y alivio contenido, se escuchó el llanto de la pequeña Olivia, reclamando su lugar en ese círculo de afectos. Como si también quisiera ser parte de esa reconciliación silenciosa que por un instante nos unió a todos.

Se iniciaron las vacaciones de invierno. Junio trae también la festividad de la noche de San Juan, con sus fogatas alegres encendidas por toda la ciudad, sobre todo en los barrios populares, donde las calles se inundan de fuego, de gente y de buena música. Lo triste es que Alcira ya no es la misma: ahora está más ocupada con su hijita, y su risa —esa que antes me alcanzaba— se ha vuelto un murmullo distante.

Me siento vacío. Por más que me propongo retomar mis estudios, siempre es más fácil dejarlo para el día siguiente. Los amigos, y el fútbol, siguen su ritmo sin contar conmigo. Yo camino a otro paso, más lento, más solo. Ahora estoy más solo que nunca.

En el colegio voy levantando mis notas como quien recoge pedazos de sí mismo después de un tropiezo. Con Alcira casi no hablamos ya; cuando nos vemos, las palabras se nos mueren antes de nacer. Y, sin embargo, cuando voy a visitarla, termino quedándome más tiempo con Olivia Mónica. Tres meses tiene, y ya sonríe como si supiera algo que yo olvidé hace años. Me quedo mirándola crecer, tan vivaz, tan limpia, y me pregunto en qué momento dejé de ser así.

Para la noche de San Juan, Jorge invitó a mi madre y a mí a pasar un par de días en su casa. Yo fui arrastrando los pies, con ese desconsuelo silencioso que uno no confiesa, porque en el fondo me habría gustado quedarme cerca de Alcira… aunque ya no supiera si era por ella o por la costumbre de no estar solo.

Apenas llegamos entendí que todo estaba preparado. Mi madre y mi hermano me sentaron frente a ellos como si yo fuera un acusado. No lo dijeron, pero lo sentí: querían que me mirara al espejo, que dejara de esconderme detrás de mis diecisiete años.

—Primero, los estudios —dijo Jorge, sin rodeos.

Si perdía el año, me mandarían al cuartel. A esa edad, según ellos, yo no era un hombre todavía; no tenía derecho a decidir mi destino. Mi madre habló después, con esa mezcla de ternura y dureza que sólo ella sabe usar. Enumeró mis faltas, mis distracciones, mis silencios, todo lo que había dejado caer en los últimos seis meses. Cada palabra suya me tocaba donde más dolía, no por cruel, sino porque era verdad.

Y mientras la escuchaba, sentí algo extraño: una tensión que no sabía si era vergüenza, rabia o miedo. Miedo a despertar a la realidad. Miedo a que ya no pudiera seguir escondiéndome detrás de mis excusas. Uno de mis compromisos con mi madre era recuperar su confianza, y eso implicaba renunciar a Alcira.

De ella estoy enamorado desde hace más de seis meses. La mujer de mi amigo… y, sin embargo, mi mayor ilusión. Con ella compartí mis horas más hermosas, esas que uno no confiesa porque sabe que no le pertenecen. Y aunque a veces la conciencia me mordía, recordándome que estaba traicionando a un amigo, también me descubrí ocupando un lugar que nadie me había dado: su defensor, su protector… su amante secreto.

Con la celebración de mis 17 años, mi madre y mi hermano me prometieron una fiesta por mi bachillerato. Tres días después de mi cumpleaños, el 26 de septiembre, en el país se produjo el golpe de Estado del general Alfredo Ovando Candia contra el presidente Luis Adolfo Siles Salinas. Aquel hecho puso en riesgo la continuidad del año escolar por la ola de protestas que estalló en las calles.

Alcira, justo unos días después, apareció en mi casa. Yo no estaba, pero conversaba animadamente con mi madre. Mi madre, mirándola con severa desconfianza —dice que la acorraló con preguntas— quiso saber qué había entre nosotros.

Cuando llegué, las encontré a ambas cambiando los pañales de la pequeña Olivia Mónica. Mi actitud, atrapada entre el temor a las malas interpretaciones de mi madre y la vergüenza de sentirme descubierto, fue seca con Alcira. Temía que todo aquello —lo nuestro, lo prohibido, lo que apenas empezaba a nacer— se derrumbara frente a una sola mirada materna.

Fui testigo de un cuadro que me conmovió más de lo que esperaba: dos madres, cada una en su mundo, pero la más cariñosa —mi madre— inclinándose con ternura sobre la hija de mi amigo. Había en sus manos una suavidad antigua, casi sagrada, como si acariciara un recuerdo que yo aún no había vivido.

Sentí una punzada de nostalgia, una especie de vacío dulce por algo que nunca me había detenido a pensar: una familia. No… todavía no. Pero por un instante, esa escena abrió una puerta que no sabía que existía en mí.

Mi madre servía el té con esa delicadeza que siempre me ha conmovido, y Alcira, casi sin pensarlo, me preguntó si sabía algo de su marido. Tres meses sin señales, sin llamadas, sin dinero. La ausencia se sentó con nosotros, más pesada que cualquier palabra. Mi madre bajó la mirada; yo no supe qué decir.

Cuando Alcira ya se había ido, mi madre empezó a hablar mal de mi amigo Hernán. Le reprochaba su irresponsabilidad con su mujer y su hija.

—¿De verdad que tú no sabes nada de ese tipo? —me preguntó mi madre, con ese tono suyo que mezcla rabia y decepción.

Moví la cabeza para decir que no, que hacía tiempo no sabía nada de él. Doña Mónica también me había preguntado por Hernán. No supe qué responder entonces, ni ahora.

—No sé nada —dije al fin—. Lo único que comentó es que estaba trabajando en Cochabamba.

Mis palabras quedaron flotando en el aire, débiles, insuficientes, y sentí esa incomodidad amarga de quien no puede defender a un amigo, pero tampoco condenarlo.

Esa misma noche salí hacia la casa de Alcira. Intuía que, con algún disimulo, había pasado por la mía para ubicarme. Cuando abrió la puerta, estaba vestida con un camisón blanco que dejaba ver su cuerpo, apenas velado por la luz tenue del pasillo. Había en su postura algo frágil y, al mismo tiempo, una confianza que no esperaba.

—Estoy durmiendo a la bebé —murmuró, señalándome que la esperara en la cocina.

Entré despacio. La casa estaba en silencio, salvo por el olor tibio del arroz y el crujido leve de la madera bajo mis pasos.

—Te fijas que no se queme el arroz —ordenó desde el pasillo. Su voz no era dura; era baja, íntima, como si me hablara desde un lugar donde ya no tenía fuerzas para fingir distancia. Más que una orden, era una manera de hacerme entrar en su noche, de dejarme dentro de su desorden, de su soledad.

Había algo extraño en esa escena, una cercanía que se había instalado entre los dos sin pedir permiso. No era solo el silencio: era la forma en que ella respiraba, como si cada palabra que no decía se le quedara atrapada en la garganta.

—Mañana salgo temprano al trabajo de mi hermana —murmuró, sin mirarme del todo—. Parece que allí hay posibilidades de que enganche un trabajito. Entonces, para mi vuelta, tengo la comida preparada.

Yo no pronuncié ni media palabra. La observaba solo a ella, y ella lo sabía. Sabía cómo la miraba. Sabía lo que esa mirada callaba. Ya había sucedido antes: nuestros besos nos habían envuelto en un vuelo de caricias, donde la piel reconocía su territorio. Ya no había secreto ni reserva entre los dos; cuando el deseo se mezcla entre las sábanas, la verdad se vuelve imposible de ocultar. Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y miedo, esa mezcla que siempre me cautiva, que me llama sin decir mi nombre.

—Te amo… ¿y qué? —dijo con una voz fuerte, decidida, como si por fin se atreviera a romper algo que llevaba tiempo oprimiéndole el pecho.

El camison blanco resbaló de sus hombros y cayó al piso como una confesión que ya no podía sostener. No hubo gesto brusco ni urgencia; fue un abandono suave, casi melancólico, como si soltara algo más que una prenda, como si dejara caer un peso que la había acompañado demasiado tiempo.

Yo sentí que el aire entre nosotros se tensaba, caliente, espeso, cargado de una electricidad que reconocía en mi propia piel. Su pecho subía y bajaba con un ritmo que conocía demasiado bien, un ritmo que me había marcado antes y que ahora volvía a encenderse en la penumbra.

La luz tenue de la lámpara del pasillo dibujaba nuestras siluetas en la pared, difuminadas, temblorosas, como si la casa misma respirara con nosotros. No necesitábamos palabras. La tensión era un lenguaje propio, antiguo, inevitable.

Doña Mónica apareció muy temprano en la mañana en mi casa. La recibió mi madre, mientras yo me preparaba para arrancar hacia el colegio.

Don Mario, el padre de mi amigo Pepe, se había enterado por la radio de que dos hombres y una mujer, los tres de nacionalidad boliviana, fueron detenidos en Arica con veinte kilos de cocaína. Los trasladaron a Santiago para ser juzgados allí por narcotráfico, según las leyes chilenas.

Lo que ella no recuerda —solo sospecha— es que en el informativo radial mencionaron el nombre de Hernán Altamirano. Él era su hijo. De ahí su urgencia, casi desesperada, por averiguar qué sabía yo de ese incidente.

Fue para mí un balde de agua fría. No sabía cómo razonar, y menos aún cómo consolar a la madre de mi amigo. Pensé también en Alcira.

Una especie de compromiso —medio dicho, medio impuesto por la urgencia del momento— quedó flotando en el aire: después del colegio, iba a averiguarlo todo. Yo mismo no sabía dónde ni cómo. Lo único que le pedí a la afligida madre fue que no le comunicara nada al respecto a su nuera, Alcira.

Ese día falté al colegio. Me largué a buscar a Pepe y, con él, encontrar la forma de verificar la noticia pregonada por la Radio Nueva América. Éramos tan ingenuos para esos asuntos que nos presentamos directamente en la policía. Allí nadie podía informarnos; no conocíamos los detalles. La única referencia era que tres bolivianos habían sido detenidos en la frontera con Chile. Al escuchar eso, los agentes policiales se rieron en nuestra cara y se burlaron.

—Anda entonces a Chile a preguntar —se escuchó decir, entre risas.

Sin otra opción, me dirigí a mi colegio para esperar a mi profesor de Matemáticas, que en otras ocasiones me había orientado cuando algo me preocupaba. Fue él quien me sugirió que fuera a El Diario y revisara las ediciones de los últimos tres días.

—Principalmente las noticias provenientes de Chile. Y si encuentras lo que te interesa, compra el periódico de ese día —dijo con esa seguridad tranquila que solo él podía ofrecerle a un alumno afligido.

Durante todo el día no regresé a mi casa. Cerca de las cinco de la tarde estaba frente a doña Mónica con el periódico que confirmaba la detención de su hijo por contrabando de cocaína. Al enterarse de la noticia, casi se desmaya. Le cayó muy mal. Le alcancé un vaso de agua y esperé a que se tranquilizara.

No sabía cómo ayudar a su hijo. Barajaba posibilidades: si debía viajar hasta allá, si convenía acudir a un compadre en otra ciudad, o tal vez contratar un abogado.

El amor que descubrí mientras perdía a un amigo

Lo único cierto era que Hernán Altamirano estaba preso en una cárcel chilena, y esa verdad la dejó sin aliento, como si el mundo se le hubiera encogido de golpe. Cuando leí la noticia, reconocí también el nombre de su novia: María Elena Salyburry, y el de Dionicio Salyburry. La coincidencia de los apellidos, la cercanía con Hernán, la forma en que aparecían juntos en la nota… algo no terminaba de encajar. No lograba ordenar a los implicados por su relación y su parentela; todo me resultaba extraño, como si hubiera un hilo oculto que todavía no alcanzaba a ver.

A la madre de mi amigo le pedí que no le comunicara la mala noticia a Alcira de manera precipitada y cruel. Que esperara un poco, primero para que ella misma pudiera tranquilizarse y después encontrar la forma de hablar con su nuera sin derrumbarla de golpe.

Antes de ir al colegio pasé por la vivienda de doña Mónica, solo para saber cómo se encontraba. Me recibió casi con un abrazo y, de repente, me preguntó si, en caso de que ella decidiera viajar a Chile, yo estaría dispuesto a acompañarla.

—Claro, mi hijito, yo hablaría con tu mamá —dijo, con esa mezcla de desesperación y esperanza que solo una madre puede sostener.

Yo quedé más confundido que antes. ¿Cómo viajar a un país donde no conocíamos nada ni a nadie? ¿Cómo averiguar la situación penal de mi amigo Hernán en un lugar tan ajeno, tan distante? La sola idea me desbordaba, pero en los ojos de doña Mónica había una súplica que no sabía cómo rechazar. Me comprometí a hacer más averiguaciones, a ganar tiempo para pensar cómo afrontar la situación con Alcira y con mi madre.

Gracias a mi profesor de Matemáticas —sus consejos siempre tan serenos, tan razonados— pude ver las cosas con más claridad. Con ese mismo temple acompañé a doña Mónica a hacer averiguaciones en la oficina consular de la República de Chile, en La Paz, y al mismo tiempo consultar las posibilidades de realizar un viaje a la capital chilena.

Allí le informaron oficialmente la situación jurídica de Hernán Altamirano y de su novia, María Elena Salyburry: ambos habían sido condenados por ingresar ilegalmente al país veinte kilos de clorhidrato de cocaína y cumplirían siete años en el Complejo Penitenciario de Santiago I.

Cuando el funcionario consular terminó de leer el informe, doña Mónica quedó inmóvil, como si no hubiera entendido del todo. Al salir de la oficina caminó unos pasos en silencio, con esa rigidez que nace del golpe inesperado. Luego se detuvo, miró el papel que llevaba en la mano —el documento con la confirmación oficial— y lo apretó contra el pecho, como si en ese gesto pudiera abrazar a su hijo a la distancia. Recién entonces empezaron a caerle las lágrimas: lentas, discretas, sin estridencias. Lágrimas de madre, de esas que no buscan consuelo, solo verdad.

—Vamos a casa de Alcira. Ella tiene que saber esta desgracia —dijo, resuelta a compartir sus preocupaciones con la mujer de su hijo.

Alcira, al verme entrar con doña Mónica, levantó la voz en un gesto de sorpresa que intentó disimular, como si no quisiera escuchar más de lo necesario. Lo noté de inmediato. Su suegra, con lágrimas contenidas en los ojos, le comunicó la impotencia que la atravesaba: no poder ayudar a su hijo, no poder hacer nada más que avisar su intención de emprender viaje hasta la capital chilena.

Alcira, casi sin pensarlo, expresó su disposición a acompañarla.

—Tengo todo el derecho de enfrentarme a él. ¿Por qué mierda ha jugado así con nosotros? Tanto amor… para castigarnos con su desgracia —dijo, eufórica de dolor y rabia, con esa mezcla de orgullo herido y ternura que solo una mujer traicionada puede sostener sin quebrarse del todo.

El viaje de nuera y suegra estaba planificado para dentro de diez días. Alcira y yo nos encargamos de todas las gestiones: la visa consular, los pasajes, el hospedaje y el permiso para visitar a Hernán.

En uno de esos días, Alcira me reprochó haberle ocultado las andanzas de mi amigo.

—Juan, tú sabías bien el embrollo en que estaba metido tu amigo. Los viajes a Caranavi, Oruro, Cochabamba… todos eran por sus negocios turbios. ¡No mientas! Eres su amigo… y bien lo sabías.

Me sostuvo la mirada, herida, desconfiada. Luego añadió, con un temblor que mezclaba rabia y desilusión:

—Y es más… sabiéndolo, andabas detrás de mí para enamorarme.

Sentí el golpe seco de sus palabras. Después dijo que, a su regreso, le plantearía el divorcio en ausencia. No quería seguir atada a un delincuente. Me quedé quieto, tragando mi propia culpa, sintiendo cómo se me cerraba el pecho. Porque lo que más dolía no era su reproche… sino la certeza de que, aun sin quererlo, yo también formaba parte de esa desgracia que la estaba rompiendo.

Promesas desde la desgracia

Seis largos días después, las dos mujeres retornaron. Mientras doña Mónica hablaba, yo la escuchaba con una mezcla de alivio y desasosiego. Había en su voz una fe ciega en la inocencia de su hijo, una necesidad casi desesperada de culpar a otros para no aceptar la caída. Y, sin embargo, algo en mí se encogía al oírla repetir que Hernán era “un buen muchacho”, que todo era culpa de los amigos, de esa mujer, de cualquiera menos de él.

Sentí un peso antiguo en el pecho. Porque yo también había sido parte de ese círculo, de esas noches, de esos silencios que ahora se volvían cuchillos. Y aunque nunca participé en sus negocios, sabía que mi cercanía me hacía cómplice a los ojos de Alcira… y quizá también a los míos.

Cuando doña Mónica mencionó que Hernán había preguntado por mí, un escalofrío me recorrió. No supe si era gratitud, culpa o una nostalgia amarga por la amistad que habíamos tenido antes de que todo se torciera. Me imaginé su rostro detrás de los barrotes, llorando frente a su mujer y a la pequeña Olivia Mónica, pidiendo perdón… y por un instante me dolió verlo tan humano, tan derrotado.

Pero lo que más me estremeció fue escuchar que le había dicho a su madre: “Mamita, yo estaré a tu lado hasta que te mueras.” Ese juramento, pronunciado desde la desgracia, tenía un peso que me dejó sin palabras. Lo decía porque las autoridades chilenas le habían asegurado que podría salir en cinco años, y él, aferrado a esa esperanza mínima, confiaba en su propia redención. Había en esas palabras una mezcla de miedo, arrepentimiento y un deseo torpe de reparar lo irreparable.

Pero lo que más me estremeció fue escuchar que le había dicho a su madre: “Mamita, yo estaré a tu lado hasta que te mueras.” Ese juramento, pronunciado desde la desgracia, tenía un peso que me dejó sin palabras. Lo decía porque las autoridades chilenas le habían asegurado que podría salir en cinco años, y él, aferrado a esa esperanza mínima, confiaba en su propia redención. Había en esas palabras una mezcla de miedo, arrepentimiento y un deseo torpe de reparar lo irreparable…

En medio de esa conmoción interior llegó noviembre, un mes en que muchos jóvenes celebraban con sus familias la conclusión de los estudios secundarios. El bachillerato les abría posibilidades nuevas, caminos limpios, futuros que aún no conocían la sombra del error. Y mientras la ciudad se llenaba de fiestas y fotografías, Alcira, casi sin proponérselo, se había ido incorporando a mi ruedo familiar. Ante los ojos de mi madre era una buena amiga, una muchacha correcta, agradecida. Doña Mónica repetía que se sentía reconfortada por mi solidaridad en los momentos más difíciles que le había tocado afrontar.

Mi hermano era el único desconfiado. Me miraba de reojo, como si algo en todo aquello no le cerrara. No se tragaba a Alcira, quizá porque más de una vez, al cruzarnos en la calle, me había visto cargar a su hija en brazos. Una tarde me lo soltó sin rodeos: que yo andaba “ hedioedo a orín”. Puede que tuviera razón; yo salía con Alcira llevando a la niña en brazos, y el olor tibio de la pequeña se me quedaba impregnado en la camisa, en la piel, en el alma. Un olor inocente que me desarmaba más de lo que yo mismo quería admitir.

Paralelo a esta situación que, de algún modo, me resultaba propicia, también lo era para Alcira. En enero comenzaría a trabajar en un consultorio dental de la ciudad, y su suegra se encargaría de cuidar a Olivia Mónica, que ya había cumplido siete meses. Esa pequeña rutina que empezaba a ordenarse para ellas dos me daba cierta tranquilidad, como si la vida, pese a todo, buscara un modo de seguir adelante.

En contraste, en mi casa las cosas se tensaban. La enfermedad de mi madre me quitaba el sueño. No solo a mí: también inquietaba a mi hermano, que andaba apurado con la venta de la casa de El Alto. Pero sin la firma de mi madre no era posible avanzar en ninguna gestión, y esa imposibilidad lo desesperaba. Yo lo veía caminar de un lado a otro, mascando su impaciencia, mientras yo cargaba con otra clase de preocupación, más silenciosa y más íntima: Alcira. Ya no nos veíamos con frecuencia, ni nos deseábamos con aquel ardor que antes nos encendía sin aviso. Algo se había enfriado entre nosotros, quizá por culpa del cansancio… o tal vez porque cada uno empezaba a sentir el peso de su propia vida.

En el barrio empezaron, como flores, a brotar las muchachas que habían logrado el bachillerato, orgullosas de sus diplomas y de sus vestidos nuevos. Ese título, sencillo y solemne a la vez, certificaba que aún estaban jóvenes para forjarse un futuro. Cualquiera que fuera. Porque el futuro —lo sabía bien— es siempre incierto, incluso para el ser más cuidadoso, incluso para quien cree tener el camino asegurado.

Las fiestas de fin de año —Navidad y Año Nuevo— se celebraban en cada hogar según la situación familiar. En mi casa, con mi madre ya desahuciada por los médicos, esperábamos su suspiro final. En la casa de doña Mónica, en cambio, la vida se sostenía alrededor de su nieta y de Alcira, que había puesto distancia con sus propios familiares, cansada de que cada encuentro terminara en reproches.

Pese al dolor que me acongojaba por mi madre, seguí mi ritmo habitual de encontrarme con los muchachos del barrio. Aferrarme a esa rutina me daba un respiro, aunque fuera breve, de la sombra que se cernía sobre mi casa.

En ese terreno fértil para la juventud encontré en mi camino a Maribel. Nunca antes mis ojos se habían detenido en ella, pero me confesó que asistía a los partidos de fútbol donde yo jugaba en la cancha del barrio. Claro, yo fascinado primero por Modesta y después por Alcira, y quizá por eso nunca la había visto de verdad. Maribel, en cambio, sí me había observado desde lejos, con esa paciencia silenciosa que tienen algunas muchachas cuando esperan que la vida les dé una señal.

En ese correr de mis días, ya sin pensar en estudios, el único nombre que rondaba en mi interior era Alcira. Había terminado su primer mes de trabajo con un optimismo que me contagiaba. Decía que estaba aprendiendo un montón y que, quizá más adelante, si el tiempo se lo permitía, se decidiría a estudiar odontología; que su suegra le daría una mano.

Una noche, vencido por la tristeza —no por el deseo, sino por la necesidad de escucharla, de sentirme un instante a su lado— me animé a golpear su puerta. Mi madre había muerto hacía unos quince días. Llevaba el dolor fresco, abierto, y pensé que la persona a quien más quería, después de ella, era Alcira.

Abrió la puerta apenas un instante y me pidió que me fuera, que tenía visita. Yo, impotente, sin reacción posible, me retiré como un robot: a paso pesado, lento, sin protestar, tragándome la noche y el silencio. Cada paso era un golpe seco en el pecho, como si el duelo por mi madre y el portazo de Alcira se mezclaran en una misma herida. Caminé sin mirar atrás, el frío de la calle me devolvía, a mi soledad.

Cuando mi vida empieza a derrumbarse en silencio

Los trámites para la inscripción en la universidad eran lentos, casi humillantes. La exigencia de uno u otro certificado, las copias, los papeles administrativos… todo imponía un peregrinaje agotador de oficina en oficina, ruegos por un favor, pedidos de ayuda, pagos disfrazados de “servicios”. En el fondo, todo se movía a punta de coimas.

Mientras avanzaba entre ventanillas y sellos, sentía que el cansancio no venía solo de la burocracia. Llevaba encima el duelo por mi madre, aún fresco, y la distancia de Alcira, que me había cerrado la puerta en la cara cuando más necesitaba una voz amiga. Cada trámite fallido, cada funcionario indiferente, me recordaba que estaba solo, que debía sostenerme con mis propias manos aunque me temblaran.

Las clases del primer semestre comenzaban a finales de febrero y, tal como iban mis gestiones, dudaba de lograr mi cupo. Esa incertidumbre se mezclaba con el dolor y me dejaba una sensación amarga: como si la vida entera se hubiera vuelto un pasillo largo, lleno de puertas que se abrían apenas un instante para luego cerrarse de golpe.

Una de esas puertas, que se abren de pronto y sin aviso, trajo una sombra maligna. Yo quería y respetaba mucho a doña Mónica, adoraba a Alcira y a la pequeña Olivia Mónica; por eso, mi propia existencia se vio sacudida cuando llegó la noticia trágica desde Chile. Mi amigo Hernán había decidido quitarse la vida.

Un periódico paceño propagó la noticia: Hernán Altamirano, sentenciado a siete años de cárcel por tráfico de drogas, apareció ahorcado en su celda el pasado domingo 5 de febrero. Leí su nombre impreso y sentí que algo se me quebraba por dentro. No era solo la muerte; era la forma, el abandono, la distancia, la certeza de que nadie lo sostuvo en su última noche. Y en ese instante, mi duelo, mis trámites, mis puertas cerradas… todo se mezcló en un mismo golpe seco contra el pecho.

Corrí a la casa de Alcira. Vacía. El silencio me devolvió un eco frío, así que seguí de inmediato hacia la casa de doña Mónica. Llegué apresurado; apenas abrió la puerta, me abrazó llorando. Ella ya sabía de la tragedia: la había escuchado en el informativo de la radio.

La gran incertidumbre ahora era otra, más dura, más concreta: cómo lograr que el cadáver de Hernán fuera trasladado a La Paz. ¿A quién acudir? ¿Qué puertas tocar para saber qué posibilidades existían en un caso así? La burocracia, que ya me tenía agotado con mis trámites universitarios, se volvía de pronto un muro aún más alto cuando se trataba de un muerto, de un amigo, de alguien que había quedado solo en un país ajeno.

Doña Mónica temblaba entre mis brazos, y yo sentía que no tenía respuestas, que apenas podía sostenerla mientras la noche se nos venía encima con un peso insoportable.

Al día siguiente, a pedido de su suegra, con Alcira fuimos al consulado chileno. Allí nos informaron que, si existía la intención de trasladar el cadáver, todos los gastos corrían por cuenta de los dolientes. Y no eran pocos: desde el ataúd especial hasta el transporte aéreo, además de los permisos internacionales entre Chile y Bolivia. Cada palabra del funcionario era un golpe más, una confirmación de que incluso la muerte tenía tarifas, sellos y obstáculos.

El trámite más simple —dijo con frialdad administrativa— era que el difunto fuera enterrado o cremado en territorio chileno. Además, dejó en claro el funcionario, en un tono casi mecánico, que en las próximas veinticuatro horas debía comunicarse a la capital chilena la decisión final de los familiares. Aquella información cayó sobre nosotros como una sentencia.

Doña Mónica, con la mirada clavada en el piso, escuchaba esas posibilidades como quien oye el derrumbe de una esperanza. Yo la observé en silencio, sintiendo cómo el peso de la injusticia se hacía más denso que el propio duelo. No era solo la muerte de Hernán: era la distancia, la burocracia, la frialdad de un sistema que parecía empeñado en negarle incluso el derecho de volver a su tierra.

La distancia, la burocracia y la frialdad del sistema

Yo sentí que el mundo se estrechaba, que la injusticia se hacía más pesada que el propio duelo. No era solo la muerte de Hernán: era la distancia, la soledad en que había terminado, la indiferencia de un sistema que ni siquiera concedía un último regreso a su tierra.

En ese instante entendí que no estábamos luchando solo contra trámites, sino contra una sombra más grande: la de un destino que parecía ensañarse con los que menos tenían para defenderse.

Doña Mónica tenía encendido, sobre una mesa cubierta con un paño negro, un pequeño altar: la fotografía juvenil de su hijo, dos velas que parpadeaban y un par de frascos adornados con flores blancas. La luz temblorosa dibujaba sombras en las paredes, como si la casa entera respirara tristeza.

Me situé frente a ese altar, igual que alguna vez vi a mi madre rezar por los suyos, y quise hacer lo mismo por el descanso de mi amigo. No recé; un nudo en la garganta me lo impidió. Mis pensamientos, en cambio, me arrastraron hacia tiempos idos.

Hernán… travieso, divertido, solidario. Sonreí, pese al dolor, al recordar que una vez, para el campeonato de fútbol del barrio, yo no tenía botines. Los míos ya estaban para tirarlos. Antes del partido, él apareció con un par nuevo y me los entregó sin decir palabra. No le pedí explicaciones; conocía sus mañas. Tal vez los robó, tal vez los compró con dinero que no debía… no lo sé. Pero eran los botines que alguna vez le había dicho que me gustaría calzar. Ese era Hernán: capaz de cualquier cosa, buena o mala, con tal de no dejarte solo.

Doña Mónica me interrumpió, proponiéndonos —a Alcira y a mí— que antes del mediodía del jueves fuéramos a la parroquia del Milagroso Señor de la Sentencia para hablar con el padre Luis. La nuera y la suegra, vestidas de negro en señal de duelo, expusieron al sacerdote toda la aflicción que traían encima.

El párroco, con esa serenidad distante que a veces tiene la Iglesia, lo único que ofreció como consuelo fue celebrar una misa por el eterno descanso del difunto. Nada más que eso. No sé qué esperaba doña Mónica encontrar allí, quizá una palabra que aliviara, quizá un gesto que abriera una puerta donde todas parecían cerrarse. Pero el padre Luis no tenía más respuestas que las de siempre, y la tristeza quedó flotando en el aire, pesada, sin forma de resolverse.

Ese mismo día me quedé a cuidar a la pequeña Olivia, mientras las dos señoras se dirigían al consulado de Chile para comunicar la decisión final: no iniciarían los trámites para la repatriación del cadáver. Era una resolución dura, pero inevitable. Los costos, los permisos, la distancia… todo conspiraba contra cualquier intento de traer a Hernán de vuelta a su tierra.

Más tarde, según relató Alcira, su suegra salió del consulado alterada, reprochándoles a los funcionarios la falta de humanidad y de solidaridad con los pobres. Y en medio de ese laberinto, doña Mónica cargaba no solo el duelo, sino la impotencia de no poder darle a su hijo el último regreso que merecía.

Como una forma de consuelo, le informaron a la mujer —aún desgarrada por el dolor— que el cadáver de su hijo sería incinerado, conforme al reglamento vigente para extranjeros sin domicilio permanente en Chile. Le explicaron también que sus restos serían conservados en el depósito de personas no reclamadas del Cementerio General de Santiago durante un lapso de tres meses. Aquella noticia, tan fría como inevitable, cayó sobre la familia con el peso de una segunda muerte, una que no se llora en voz alta, pero que se siente igual de honda.

Quizá por eso, en esos días de tristeza, de idas y venidas, me descubrí aferrándome sin querer a la presencia de Alcira. Había en nuestra convivencia algo casi doméstico, una calma prestada, como si fuéramos una pareja improvisada, con una niña en medio que llenaba la casa de una luz que yo creía extinguida desde la partida de mi madre. Ese vacío seguía allí, silencioso, y tal vez por eso me aferraba a cualquier gesto que se pareciera a un hogar. Pero ¿qué podía ofrecer yo a Alcira y a Olivia? ¿Qué futuro, qué estabilidad, qué certeza podía darles un hombre que todavía buscaba su propio lugar en el mundo?

Fue entonces cuando la penetrante mirada de mi hermano me devolvió a la realidad. Estaba plantado en mi puerta, firme, como si hubiera llegado a recordarme —sin necesidad de palabras— aquello que yo prefería no enfrentar. Había en su presencia una mezcla de autoridad y cansancio, como si llevara tiempo esperando el momento de decirme lo que seguía.

Tras una larga charla inquisidora sobre mi futuro, me conminó a que no me auxiliaría más con ningún dinero si no trabajaba para mantenerme. —Puedes elegir universidad o servicio militar. Terminarás mal si sigues vagando por las calles —sentenció, con esa dureza que solo un hermano mayor puede ejercer sin temblar.

Luego se levantó sin dramatismos y se fue, dejando sobre la mesa unos billetes, como cada mes, desde el fallecimiento de mi madre. Aquella vez, sin embargo, el gesto no tenía el mismo significado: ya no era un apoyo, sino un ultimátum. Y mientras escuchaba el golpe seco de la puerta al cerrarse, sentí que algo en mí también se clausuraba, como si la infancia —o lo que quedaba de ella— hubiera sido desalojada de golpe.

Hace un par de semanas yo ya sufría la ausencia de Alcira. Su ocupación en un consultorio dental —según ella— no le dejaba tiempo para mí. Su hijita le absorbía los fines de semana, y por las noches se excusaba diciendo que estaba cansada. Empecé a sospechar que me mentía, pero no quería herirla juzgándola. Así que, llevado por esa mezcla de inseguridad y necesidad que uno no confiesa, me puse a espiarla.

Una tarde, plantado a media cuadra del trabajo de Alcira, vi aparecer a Maribel junto a su madre. Se acercó con esa naturalidad suya, y en una breve conversación me contó que estaba haciendo los trámites para ingresar a la universidad. —En agosto comienza el segundo semestre —dijo—, tengo tiempo todavía.

Sus palabras, tan claras y decididas, me golpearon más de lo que esperaba. En ese mismo instante me preguntò por mis proyectos. Es fácil inventar mentiras cuando la realidad se te escapa de las manos. Y yo llevaba tiempo dejándola escapar.

Le aseguré que yo también estaba en las mismas gestiones, que pensaba estudiar medicina. Ella saltó de alegría. —¡Es la misma carrera que yo voy a seguir, Juan de Dios!

Nos despedimos. Su madre, siempre amable, me dijo que alguna vez pasara por su casa a visitarlas. Y mientras las veía alejarse, sentí una punzada extraña: una sensación de vergüenza. No era solo por la mentira que acababa de decir, sino por la claridad con la que Maribel avanzaba hacia su futuro, mientras yo seguía detenido en el mío.

Me marché del lugar, avergonzado por mi intención de espiar a la mujer que amo y por las mentiras sobre mi futuro. Sentía el peso de mis propias sombras, como si cada paso que daba me recordara lo lejos que estaba de ser el hombre que pretendía mostrar. Desde la plaza Murillo hasta mi barrio, Villa Armonía, me fui caminando despacio. Era como si con cada cuadra intentara ordenar mi vida.

El secreto de Hernán y mi propio derrumbe

A mis 18 años ya, debería haber tenido alguna certeza, algún rumbo, pero lo único que llevaba conmigo era esa mezcla de culpa, miedo y un deseo torpe de no perder a Alcira.

El nombre de mi amigo me sacudió de pronto, como un golpe que llega desde atrás. Pensé en su madre, doña Mónica, sufriendo sin consuelo, aferrada a un dolor que no tiene forma ni descanso. Y yo, caminante errático, perdido entre mis propias mentiras y mis dudas, avanzaba sin rumbo por las calles de La Paz.

No sé en qué momento mis pasos me llevaron hasta su casa. Sin proponérmelo, me encontré golpeando la puerta de esa mujer que había perdido a su hijo. Era como si mi vergüenza, mi desorden y mi necesidad de redención me hubieran empujado hasta allí, buscando en su tragedia una claridad que yo no encontraba en mi propia vida.

Su alegría fue un remedio para mi alma. Eran las diez de la noche, una hora tardía para una visita, pero allí estaba yo, de pie en su sala, observando un par de velas encendidas frente al retrato sonriente de Hernán. La luz temblorosa le devolvía vida por un instante, como si el muchacho aún pudiera entrar por la puerta y abrazar a su madre.

No quise preguntar por Alcira. Imaginaba que ya había pasado a recoger a su hija y que estaría en su casa, quizá con las mismas dudas que me roían el corazón. Yo, en cambio, había llegado hasta allí empujado por una mezcla de vergüenza, necesidad y un deseo torpe de encontrar consuelo en medio del dolor ajeno.

Doña Mónica, sin consultarme, me alcanzó un plato de comida, como si adivinara mi hambre y también mi desorden. Mientras yo comía en silencio, ella comenzó a contarme picardías de su hijo cuando era niño, allá en la mina, y cómo jugaba con su padre.

—Ahora estoy sola —dijo de pronto, con la voz quebrada pero firme—. A mi marido se lo comió la mina, y a mi hijo no me lo devuelven para darle una cristiana sepultura. Es muy injusta la vida, mi hijo.

Esa noche no concilié el sueño. No podía dormir: me atormentaba el sufrimiento de la madre de Hernán, Alcira me trastornaba la existencia y mi propio caos me mantenía sin futuro. Era como si todo se hubiera juntado de golpe, empujándome hacia un borde que no sabía cómo evitar.

No creo en mensajes ni en cabalas de los sueños, pero, como una comunicación del más allá, desperté pensando en unas palabras que mi amigo me había confiado una vez. “Tengo un dinero guardado en casa de mi madre”, dijo en aquella ocasión, y nunca volvimos a tocar el tema. La frase regresó a mí con una claridad inquietante, como si él mismo me la estuviera repitiendo desde algún rincón de la memoria.

Si ese dinero existía en casa de doña Mónica, con él podríamos costear un viaje a Santiago de Chile, recoger las cenizas de Hernán y traerlas de vuelta para darle una tumba. ¡Sí… eso, eso! —exclamé casi gritando en mi soledad, como si por fin hubiera encontrado un propósito que me arrancara del desorden en el que vivía.

Otra vez estaba en casa de doña Mónica. Llevé unos panes frescos; era lo único que se me ocurrió para no llegar con las manos vacías. Su alegría al verme —esa alegría humilde, sincera— parecía aliviarle un poco el dolor, como si mi presencia le recordara que aún quedaba algo de compañía en el mundo.

Tomamos desayuno en el patio, bajo el sol. No era tan temprano, pero la luz tenía esa tibieza que calma el alma. —¿Y no vino la pequeña Olivia? —pregunté, pensando que era viernes y que Alcira, en teoría, debía estar en el trabajo.

—No, mi hijo —respondió con un suspiro cansado—. La hermana de Alcira la tiene por ahora. Dice que la niña tiene que relacionarse con otros niños. Tiene razón, porque aquí, solita con una vieja, mucho no puedo hacer por mi nieta.

Lo dijo con una mezcla de resignación y tristeza, como quien reconoce sus límites pero igual se duele de ellos.

Me acerqué a ella con la seguridad de que nadie interrumpiría nuestra conversación. Había en el aire una quietud extraña, como si la casa misma contuviera la respiración.

—Doña Mónica —dije al fin, sintiendo cómo se me apretaba la garganta—, quiero confiarle un secreto de Hernán.

Ella levantó la mirada, atenta, con ese brillo que solo tienen las madres cuando escuchan el nombre de un hijo.

—Si se cumple ese milagro —continué—, yo le prometo que la acompañaré hasta Chile a recoger las cenizas de Hernán, para que lo tengamos cerca.

Las palabras salieron de mí con una mezcla de temblor y determinación, como si al pronunciarlas estuviera sellando algo más grande que una promesa. Y en los ojos de esa mujer, cansados pero firmes, vi por un instante un destello de esperanza, pequeño pero vivo, como una vela que se niega a apagarse.

Le comenté todos los detalles de aquella lejana conversación con Hernán. Le repetí sus palabras tal como las recordaba, sin adornos, sin exageraciones, como si él mismo estuviera allí, sentado con nosotros en el patio iluminado por el sol de la mañana. Ella escuchaba en silencio, con las manos entrelazadas sobre el regazo, como si cada frase fuera una cuerda que la sostenía. Entonces ingresamos a la vivienda para buscar el dinero que Hernán dijo tener escondido.

Hurgamos en el cuarto que ocupaba Hernán, revisando cada rincón, cada tabla suelta, cada caja olvidada. De rato en rato, como quien toma aliento para no rendirse, volvíamos a intentar, moviendo muebles, levantando mantas, buscando cualquier señal que nos guiara hacia lo que anhelábamos encontrar.

Y nada. El cuarto seguía igual de pobre y silencioso que antes, como si guardara su propio secreto o como si el muchacho se hubiera llevado todo consigo.

Ya resignados, sentí una punzada amarga en el pecho: pena por haber encendido una esperanza en aquella mujer afligida. Vencido, me fui a casa. Pero mi mente no descansaba: mil posibilidades se cruzaban sobre dónde podría estar escondido el tesoro de Hernán… si es que realmente lo había escondido.

Al día siguiente, a las siete de la mañana, doña Mónica estaba en mi puerta. Los golpes eran secos, urgentes, como si trajeran una noticia que no podía esperar.

Recién despertado, me vestí a la rápida, sin siquiera lavarme la cara, y abrí la puerta. —Papito… hijito lindo —exclamó apenas entró a mi cuarto. Me abrazaba, me besaba, y yo no salía de mi asombro. Su agitación no era de angustia: era de alegría.

—Aquí está, hijito… aquí lo encontré.

Se dio cuenta de que estaba muy nerviosa y se sentó en la sala sin soltarme la mano. Sus dedos temblaban, pero en sus ojos había un brillo distinto, una mezcla de alivio y fe, como si por fin la vida le hubiera devuelto un pedacito de justicia.

—Mira… son mil quinientos pesos —dijo con la voz entrecortada—. Mi hijito querido lo había escondido entre mis ropas. ¿Quién iba a buscarlo allí?

Respiró hondo, como si aún no terminara de creerlo.

—Tengo guardada solo para algunas ocasiones una pollera de chifón… y en su interior estaba bien amarradito el dinero, hijito lindo. Tú tenías razón. Y tu fe en Dios nos dio este milagro.

Me miró con una ternura que dolía.

—Ahora, hijito, haremos lo que tú digas —añadió, expresándose con una facilidad y una confianza que me desarmaron por completo.

En ese instante comprendí que no solo había encontrado el dinero: había recuperado un propósito, una dirección, una esperanza que la vida le había negado demasiadas veces. Y yo, sentado frente a ella, sentí que esa responsabilidad también caía sobre mis hombros.

Ya ambos serenos, nos trasladamos a su casa para conversar la intención de viajar a Santiago. Le propuse que Alcira debía estar enterada de este viaje, que era mejor no ocultarle nada.

—Con calma, Juanito —me dijo, apoyando su mano en mi brazo—. Con confianza te lo digo: mi nuera es viuda y libre, dueña de su vida. Ella… parece que está andando con el doctorcito del consultorio donde trabaja.

Lo dijo sin malicia, más bien con una resignación tranquila, como quien ya ha visto demasiado para sorprenderse.

—Me lo dijo a medias —continuó—, pero yo puedo asegurarte que, de a poquito, quiere alejarse de mi lado para arreglar su vida. Hijito, ella es joven y tiene derecho. Mi nieta y ella necesitan un hogar estable. ¿Qué dices tú, mi hijo?

El duelo ajeno y la herida propia

Sus palabras cayeron con una mezcla de verdad y ternura. Sentí, en lo más hondo del corazón —ese lugar donde uno reconoce que está enamorado—, cómo se rompía en trizas el cristal que guardaba la imagen de Alcira.

Ella había encontrado su propio camino, y yo debía encontrar el mío sin aferrarme a lo que no me pertenecía. Frente a la madre de mi amigo Hernán no podía derramar mi dolor, pero ella notó cómo mi rostro se petrificó: quieto, silencioso.

—Juan, ¿qué te pasa, hijo?

Sabía, intuía, que yo estaba sufriendo desde el momento en que escuché el nombre de Alcira. Pero permanecí inmóvil. Sin reacción. Sin vida. Bruscamente cambié de tema; me aferré al viaje a Chile como quien se agarra de algo para no hundirse. No lo pensé: simplemente me sujeté a esa idea como a la única tabla que quedaba a flote.

Salí de la casa casi sin mirar atrás. Caminé rápido, con esa urgencia muda de quien necesita escapar antes de que el cuerpo lo traicione. Pero los sentimientos son traicioneros: apenas doblé la esquina, mis pasos tomaron otro rumbo. Sin pensarlo, me encaminé hacia la casa de Alcira.

La reconocí desde lejos. La lámpara de la sala estaba encendida, derramando una luz tibia sobre la calle oscura. No había nadie afuera. No había ruido. Solo yo, parado frente a esa puerta que conocía mi voz, mis pasos, mis dudas. Frente a esa luz que parecía esperarme, aunque yo ya no tuviera derecho a entrar.

Días después, enterada de nuestra misión, fue ella misma quien nos despidió en el aeropuerto. Nos abrazó con esa mezcla de cariño y distancia, dándonos recomendaciones para que nos cuidáramos y regresáramos pronto con Hernán. Ese gesto conmovió a doña Mónica; a mí me dejó sin suelo.

Había algo en su manera de hablar, en la naturalidad con que nos deseaba buen viaje, que me confundía aún más. Yo estaba ahí, firme, cumpliendo con el papel que me tocaba… pero por dentro era otra cosa. Un desorden silencioso. Yo estaba de pie, sí… pero destrozado. Nada era igual. Nada encajaba ya en su lugar.

Alcira frunció los ojos al mirarme, como si buscara en mi rostro al muchacho que conocía. Me preguntó por mi actitud seca, casi indiferente. Lo que veía en mí no era lo que ella recordaba. Y yo, sin saber cómo sostenerme, solo atiné a decir que nunca antes había subido a un avión. Ella me miró un segundo más, intentando descifrar lo que yo no podía —o no quería— decir.

—Juan de Dios Postigo, eres un tonto… no sabes mentir.

Me lo dijo con una media sonrisa y, antes de que pudiera responder, me guiñó el ojo. Luego me abrazó y, con suavidad, puso su dedo índice sobre mis labios, como queriendo silenciar —o proteger— la pena que yo no lograba esconder. Y aun así, no dijo nada más. No hizo preguntas. Solo dejó su dedo ahí, un segundo, como si ese silencio fuera la única caricia posible entre los dos.

Tres horas después, la capital chilena nos recibía con un calor excesivo para nosotros, hijos del altiplano. Nos hospedamos en un hotel modesto y, al día siguiente, con las cenizas de nuestro querido Hernán, retornaríamos a nuestra ciudad.

Poco después de instalarnos, le sugerí a doña Mónica dar un paseo. Necesitábamos movernos, respirar. Entramos en un restaurante para probar el pastel de choclo; en el hotel nos habían recomendado no irnos sin saborearlo. Era una cazuela espesa, un pastel tibio de maíz molido y carne picada, sencillo pero reconfortante.

Mientras comíamos, el silencio entre nosotros tenía un peso distinto.

—Juanito… a vos te está pasando algo —dijo doña Mónica, con esa calma que solo tienen las madres cuando ya saben la respuesta.

Me sentí como si estuviera frente a mi propia madre, obligado a desnudar mis penas. Pero ella no esperó mi respuesta. Su voz era serena, sobria, protectora. Tomó mi mano con suavidad, como quien sostiene a un hijo que no quiere admitir que está sufriendo.

—Vos te has acercado mucho a Alcira —continuó, sin reproche—. Y son muy jóvenes los dos. La vida no es fácil, hijo. Ella y su niña necesitan un hombre con profesión… alguien que les dé seguridad. Vos y Alcira parecían hermanos, y así debe quedar.

Hizo una pausa breve.

—Yo los quiero a los dos —añadió—. Y a vos… a vos te quiero como a un hijo perdido.

Apretó mi mano con firmeza, con esa fuerza tranquila que no busca convencer, sino acompañar.

—Pensá en tu futuro, Juan. No te lastimés más por ella.

Y yo, tragando el nudo que me subía a la garganta, apenas pude sostener la mirada. Doña Mónica sabía —como saben las madres— que los hijos, aun en silencio, dicen sus verdades con los ojos.

El viaje de retorno estuvo marcado por los preparativos del entierro simbólico de Hernán. Alcira no apareció por la casa de su suegra, y esa ausencia me inquietó. Fui a buscarla para informarle, pero al llegar a su calle vi algo que me partió en dos: Alcira llegaba del brazo de un hombre de terno azul.

Me detuve en seco. Bajo mis pies se abrió un pozo. Logré llegar a mi casa para encerrarme y llorar mi desamor.

Faltaban dos días para la ceremonia, y ese plazo me apretaba el pecho. Hablé con doña Mónica como si hablara con mi propia madre. Le pedí que fuera ella quien acompañara a Alcira como viuda. Yo no tenía fuerzas para enfrentarla.

El día de la misa fue emotivo y más concurrido de lo que imaginé. Alcira estaba junto a su suegra. Doña Mónica me buscó con la mirada y me hizo señas para que me situara a su lado. Caminé con timidez, sintiendo el peso de las miradas curiosas.

Mis amigos del barrio cantaron nuestra canción de Savia Andina.

A los bosques yo me interno…

Y los bosques me contestan…

lo que has hecho estas pagando

Junto a la viuda y la suegra, también yo recibía las condolencias. Cada abrazo era un recordatorio de lo que habíamos perdido. Yo apenas sostenía el cuerpo, cargando un duelo ajeno y otro mío, más silencioso.

Lo que ella encendió cuando la vida se apagaba

Fue entonces cuando aparecieron Maribel y su madre. Por un instante sentí que un rayito de luz se abría paso en mis ojos. No era alegría, pero sí una tibieza inesperada, un respiro en medio de tanta negrura.

Los días pasaron. Animado por Maribel, empecé a mover mis papeles para ingresar a la universidad. Ella insistía en Medicina. Yo dudaba, pero sentía en su insistencia un deseo de que no me quedara atrás.

Shirley y Pilar aparecieron también en mi camino, muchachas que habían crecido mientras yo me perdía en mis propios laberintos. Las escuchaba hablar de fiestas, música, sueños… y yo estaba ahí, pero a medias. Porque en mi mente seguía habitando Alcira. Su nombre me cruzaba el pecho como una sombra tibia, persistente.

Doña Mónica vino un día a buscarme, extrañada por mi ausencia. Me reprendió con cariño y dureza, como solo ella sabía hacerlo. Pero evitamos mencionar a Alcira. Era nuestro pacto silencioso.

Alcira no me buscaba porque no quería. Así de simple. Y yo sufría, pero no iba a mendigar su presencia. Dejé que el olvido hiciera su trabajo, como una madriguera que va cubriendo los recuerdos.

Una tarde, acompañando a doña Mónica al cementerio, nos cruzamos con Remedios, la hermana de Alcira. Nos contó que el próximo mes, al celebrar el primer año de la pequeña Olivia Mónica, Alcira ingresaría de blanco a la iglesia para casarse con Emilio, el dentista.

Sentí que desfallecía. Doña Mónica me sostuvo y pidió ayuda para sentarme. Me dio agua. —Juanito, hijo… Dios sabe lo que hace. Es por tu bien —me dijo—. No creas que solo tú sufres; yo también tengo mis penas. No me enfermes de pena, hijo. Recapacita.

Sus palabras me llegaban como desde lejos. Caminé sostenido más por ella que por mis propias fuerzas.

Al volver a casa encontré una carta de mi hermano Jorge, exigiendo que me presentara. Fui. Me habló de mis estudios, de la casa, de mis supuestos vicios. Me dejó sin excusas. Y, sin embargo, algo en mí se movió. A principios de junio ya había avanzado en mis trámites y asistía a los cursos para el examen de admisión. Sin proponérmelo, estaba saliendo adelante.

Pasaba por la casa de doña Mónica un par de veces por semana. Ella misma me dijo que me veía mejor. Era cierto: pensaba menos en Alcira. Nuestra ruptura se había dado sin palabras, sin explicaciones, sin un último encuentro… y con los días se fue desvaneciendo con una indiferencia que dolía más que cualquier despedida.

Doña Mónica me mostró la invitación para la boda de Alcira. Me preguntó si la acompañaría. Dije que no.

—Yo te comprendo, hijito —respondió—. Demuestra con tu actitud que eres un chico maravilloso. Tu andar recién comienza. Me dijiste que vas a ingresar a la universidad, eso está buenísimo.

Hizo una pausa.

—Alcira es buena chica. Te protegió. Y eligió la partida que más le conviene después de una desgracia junto a mi hijo, mala cabeza.

Cuánta verdad había en sus palabras. Repetí para mis adentros: Alcira te protegió. Y entendí que no fue egoísmo, sino también un sacrificio.

Porque, de no haber sido así, quizá habríamos terminado juntos… pero en desgracia, arrastrados por la misma sombra, tal vez sin futuro. Ella eligió otro camino, uno que la alejaba de mí, sí, pero que también me dejaba libre para buscar el mío.

No fue un alivio inmediato. Tampoco una revelación luminosa. Fue más bien una quietud amarga, como cuando el cuerpo deja de resistirse y entiende que ya no hay nada que pelear. La vida, de algún modo, me estaba diciendo que siguiera andando, aunque fuera con el corazón remendado y la mirada todavía perdida en lo que no pudo ser.

Esa noche, al volver a mi cuarto, me senté en la cama sin encender la luz. Pensé en Hernán, en su ausencia que todavía dolía; pensé en Alcira, en su partida inevitable; pensé en mí, en ese muchacho que había querido sostenerlo todo y terminó sosteniéndose apenas.

No lloré. No hacía falta. El dolor ya había hecho su trabajo./

 

Bortom det vanliga

Det är här vår resa börjar. Lär känna vår verksamhet och vad vi gör. Vi är engagerade i kvalitet och bra service. Följ med oss när vi växer och lyckas tillsammans. Vi är glada att du är här för att vara en del av vår berättelse.

Professionella tjänster

Vi erbjuder en rad specialiserade tjänster skräddarsydda för att möta dina individuella behov. Vårt tillvägagångssätt är fokuserat på att förstå och svara på vad du behöver, tillhandahålla effektiva och praktiska lösningar.

Vad vi gör

Vi erbjuder en rad specialiserade tjänster skräddarsydda för att möta dina individuella behov. Vårt tillvägagångssätt är fokuserat på att förstå och svara på vad du behöver, tillhandahålla effektiva och praktiska lösningar.