Donde el río lava las penas

Aquí se entrelazan historias de desamor, lucha y la tenue luz de la esperanza que surge

en los momentos más inesperados.

El desgaste silencioso de un corazón herido

Juan de Dios Postigo, un hombre marcado por un desamor, llegó a un punto en que la vida parecía avanzar sin él. No era solo tristeza; era una especie de desgaste silencioso, como si cada día le quitara un poco más de fuerza para sostenerse. La herida era profunda, un eco constante en su alma.

La tregua efímera del olvido

El alcohol, al principio, le ofreció una tregua. Un modo de adormecer lo que no sabía nombrar. Pero pronto dejó de ser un alivio y se volvió un territorio peligroso, donde la culpa y la confusión se mezclaban sin aviso. Un escape que solo lo hundía más en la oscuridad.

Olga: fortaleza y una cautela esperanzada

Olga, una cholita de origen humilde y madre soltera, fue moldeada por la vida para ser valiente y luchadora. No tuvo tiempo para la fragilidad: aprendió a sostenerse sola, a criar, a trabajar, a callar lo que dolía. Y, sin embargo, cuando una señal de acercamiento apareció —una posibilidad tenue de una vida distinta, quizá de un nuevo amor— algo en ella se asomó. No era ilusión; era una cautela esperanzada, como si por un instante se permitiera creer que también merecía un destino más amable.

Una vida que todavía no entendía, pero que empezaba —muy despacio— a asomarse

A veces pienso que nada en la vida sale como uno lo planea. Uno avanza con ilusiones que parecen firmes, pero se deshacen como gotas de agua cuando la realidad golpea con su crudeza.

Donde el río lava las penas

Aguanté la respiración. Un auto se detuvo frente a mí y bajaron unos pasajeros que no conocía. Las horas pasaban y el frío de la noche me penetraba hasta los huesos. Era tarde. No sabía qué día era ni recordaba la hora. Todos los días me parecían iguales. No sé desde cuándo.

No llegaba. Para engañar al frío, empecé a caminar más rápido. Subía y bajaba la misma calle, una y otra vez, como si el movimiento pudiera inventar un poco de calor. Mis ojos se aferraban al portón rojo, esperando que se abriera como una promesa.

Nunca antes había notado la bifurcación que lleva a Villa San Antonio y Villa Copacabana. Una calle ancha nace del corazón de la ciudad y se divide en tres ramas, como un símbolo hippie dibujado con asfalto.

Desde donde estaba, contemplaba —con una claridad nueva— las luces de los autos reflejadas en el espejo húmedo del camino, bañado por una llovizna impertinente que ahuyentaba a los transeúntes. Corrían en todas direcciones, como si huyeran de algo invisible.

La lluvia había cesado. Mis ropas seguían húmedas y los zapatos, cubiertos de barro. Con cada paso, sentía cómo mis pies se hundían en agua helada.

Me dirigí a la casa de David con la incertidumbre de quien deshoja una margarita: ¿está?, ¿no está?... ¿está?

Golpeé la ventana una vez más. Llevaba horas intentando que me abriera ese portón rojo, cruzar el callejón, llegar a su cuarto y encontrar refugio para pasar otra noche.

—¿O quizá se ha quedado dormido? —grité—. ¡David! ¡David!

Mi voz se alzó, pero no encontró respuesta.

David es un joven potosino que estudia en la Normal paceña. Parece buena gente. Es un buen amigo. Hace unos diez días que duermo en su habitaciòn, ese rincón que se ha vuelto mi único refugio.

Lo conocí gracias a Sinforoso, mi colega. Él, pese a su buena voluntad, no podía alojarme: vive con su mujer y dos hijos en una sola pieza, en el barrio de Vino Tinto, en la otra punta de la ciudad.

—¿Tal vez anda farreando por aquí cerca?

Las posibilidades giraban en mi mente como hojas arrastradas por el viento. Un consuelo ingenuo, pero necesario.

Extendí los brazos para reacomodar mi cuerpo. La ropa mojada se pegaba a la piel.

Mis pasos me llevaron por la calle, donde varias puertas, con lenguas de luz sobre la vereda, invitaban a los transeúntes a entrar. Salían y entraban personas semejantes a zombis de alguna película que vi en mi infancia. Se tambaleaban hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia atrás, como tomando impulso para seguir adelante. Hasta parecía que sus cabezas pesaran demasiado; apenas las levantaban para ver hacia dónde iban.

Entré a un bar de esos que abren después de la medianoche: tres mesas y cuatro borrachos. No hablaban: gritaban. Y aun así se entendían, porque después largaron una tremenda risotada. Justo al salir del segundo bar, un auto pasó sobre un charco y me empapó como en tiempos de carnaval.

—¡Mierda!

Guardé los lentes en el bolsillo y volví a encaminarme hacia el portón rojo.

—¡David! ¡David!

Nada. Solo el eco. Miré calle abajo. La primera cantina seguía abierta.

Mejor estar allí que pasar frío en la calle. El olor a vómito y tufo, al final, se aguanta; el frío, no.

Puse mi mejor cara, una sonrisa ensayada, y me acerqué. Una voz me detuvo en seco:

—¡Cerrado, joven!

—¡Madiciòn!

El aguardiente abriga más que las paredes.

Me asomé al otro portón. Igual que siempre, saludé al hombre que extendía una botella de aguardiente a otro, que sin decir palabra dejaba unos billetes arrugados sobre el mostrador.

—¡Hola, jefe! —me dijo el borracho, alcanzando la botella—. Hace frío, jefecito... chúpate un traguito.

Para no desairar tanta amabilidad, tomé un trago.

—¡Ah, carajo, esto sí está bueno! —exclamé. Un fuego me atravesó el cuerpo entero, como si el alma, de golpe, volviera a encenderse.

Me tomó del brazo y me llevó hasta su mesa. Allí, una mujer robusta, de mirada chueca, me regaló una sonrisa cansada. El alcohol me recorría el cuerpo como un río tibio que empezaba a soltar viejos recuerdos. Mis nuevos amigos, como niños jugando a la ronda, hacían girar la botella. Yo también, y, feliz, me dejaba arrastrar por ese pequeño remolino de camaradería improvisada.
—Esta —dijo él, señalando a la mujer— no es mi mujer. El cojudo de su marido se ha ido con la otra.
—Mi nombre es Juan de Dios Postigo —me presenté.
—¡Ja, ja, ja! ¡Tienes nombre de cura, caray!
—Soy periodista…
Otro sorbo. Otro pequeño incendio en el pecho. Sentí que algo en mí empezaba a soltarse, como si el piso se inclinara apenas y yo no tuviera dónde afirmarme.

—Y yo aquí estoy, jodido… mi mujer, la muy desgraciada, me puso los cuernos con mi mejor amigo. Quería desahogar mi desamor, pero a ellos no les importaba.

—¡Yo que vos lo mando al diablo, carajo! —me soltó, dándome un jalón, como si quisiera arrancarme de golpe de mi propio despecho.

El bar giraba lento, no por la botella, sino por esa mezcla rara de pena, rabia y alivio que me iba aflojando los bordes. Yo hablaba, pero era como si mis palabras se fueran desprendiendo de mí y cayendo en la mesa, sin dueño.

—¿Y tú cómo te llamas?

—¡El cuchillo! ¡Ja, ja, ja!

—¿Y ella?

La mujer no respondió. Dije “no importa” y sacudí los hombros.

—Carajo, no jodas... Yo soy Josefa. Tengo mi puesto de carnicería en la avenida Buenos Aires.

El hombre del mostrador puso un vals peruano. Los tres cantábamos desafinados, borrachos y dolidos. De mis ojos brotaron lágrimas. Abrazados, seguimos en coro la voz del despechado.

Al abrir los ojos, estaba solo. Inclinado sobre la mesa, rodeado de copas vacías y del silencio que queda cuando la música se va. Me había ahogado en alcohol. Salí sigilosamente. Un fuerte dolor de cabeza me impedía razonar. Vi al dueño del bar dormitando sobre el mostrador, y el tocadiscos giraba y giraba, rayando el último disco.

La noche había quedado atrás. Las calles hervían de gente: autos en todas direcciones, voces de vendedoras y compradores. Mis amigos de chupa… ¿dónde se habrían ido?

Sin apuro, caminé hacia el portón rojo. Miré al suelo, desconsolado, abandonado y hambriento. Aún confiaba en que David, en cualquier momento, saldría disculpándose. Un café caliente no vendría mal. Mejor si había algo de comer.

—¡David! ¡David!

—Joven, en vano estás buscando. No debe estar el joven David —me dijo una mujer desde la vereda del frente, mientras echaba bacines de orín al medio de la calle.

Una barrendera me observó y comentó en aimara:

—Ay, este pobre joven… ¿qué mujer habrá sido su perdición? ¡Mira nada más cómo va vestido!

Y desapareció calle abajo, siempre barriendo.

Yo entendía el aimara. Mi mamá lo hablaba. Era su idioma.

Entonces David salió del portón rojo, bien peinado y engominado, sonriente. Cerró la puerta, saludó a una vecina y subió a un taxi. Se fue.

Tardé unos segundos en reaccionar. Fue tan rápido lo que vi. Mi cuerpo se sacudió y se hundió. Me desplomé como un trapo viejo, justo en la misma puerta donde, apoyado por el frío, el sueño y el hambre, había esperado la noche anterior.

—¡Mierda… mierda! No, no… el cojudo no quería alojarme.

Volví al bar. Cerrado. Solo abren por las noches.

—¿Qué será de ella? Sus besos… No, no puedo vivir sin ella.

Mis pensamientos giraban y giraban, siempre con la imagen sonriente de Manuela. Mi amada Manuela… prefirió a otro antes que a mí. Mi amargura era cada vez más honda.

—Madre mía… ¿por qué duele tanto vivir?

Elevé los ojos al cielo y lloré como un niño. A nadie conmovía mi suerte. Un perro callejero se acercó curioso y me mordió la mano.

El sol inauguraba una nueva jornada. En el cruce, muchos acomodaban sus mercaderías. La gente se amontonaba para abordar los microbuses sobre un sendero serpenteante cuesta abajo. Todo avanzaba con la naturalidad de siempre, menos yo. Me sangraba la mano, y aun así tardé en sentirla, como si el dolor llegara con retraso.

Llegué hasta las orillas del río Orqojauira. Busqué un lugar cómodo y me recosté. Con una bolsa plástica tomada del basural amarré la herida. Así transcurrieron las horas.

Escuché voces a lo lejos. No podía abrir los ojos. Solo percibí:

—¡Está muerto!

—Ay, pobre joven, lo han asaltado los maleantes.

—No reacciona.

—Está muerto, llamen al 110.

Donde el miedo se convierte en confianza

Estoy agotado. Por más que parpadeo, no logro comprender dónde estoy. El sol, fuerte y radiante, anuncia que es mediodía. Con esfuerzo intenté incorporarme. Un perro no se aparta: sigue lamiendo mi rostro, como si quisiera traerme de vuelta al mundo. Dos chiquillos, agachados a mi lado, forcejean para arrebatarme los zapatos.

—¡La policía... la policía! —grita otro, mientras trepa la montaña de escombros y basura.

¿La policía? Al ponerme de pie descubro que estoy embarrado de mierda y barro. Camino disimuladamente hacia la orilla del río, mientras dos policías uniformados descienden al trote en busca del cadáver que los vecinos denunciaron por la mañana. Yo mismo no soporto el hedor que desprende mi ropa.

Sigo la orilla hasta encontrar, en una planicie, a una mujer lavando ropa.

—Doñita, buenas tardes.

Ella no responde. Continúa fregando las prendas sobre una piedra.

—¡Ay, Jesús, qué borracho es este! —exclama, corriendo hacia un niño de unos cinco años que come algo, protegido por unos raquíticos arbustos.

—No se asuste, doñita. No soy borracho ni ratero —digo, intentando infundir calma. Su mirada de desconfianza se transforma en un gesto de repugnancia al ver mi estado.

—¿Y qué le ha pasado a usted? Siéntese en ese rincón, quítese la camisa y el pantalón. Se los voy a lavar —ordena, alcanzando un aguayo para cubrirme las piernas.

Obediente y agradecido, guardo silencio. El niño me observa con una alegría sencilla mientras sigue comiendo su pan con plátano. Yo también quisiera comer algo. Mi mente es un laberinto sin salida. No puedo apartar a mi mujer de mis pensamientos, ni estoy dispuesto a renunciar. Miro mi mano, herida por la mordida del perro callejero. La sangre seca forma un mapa torpe sobre la piel. Estoy sentado aquí, apestando a la inmundicia, como si todo lo que he sido se hubiera ido acumulando en mí sin remedio. No puedo seguir así; lo sé, pero tampoco encuentro el primer paso para salir de este pozo.

—¡Te estoy hablando, joven! —dice la mujer en tono burlón—. ¿Así te vas a quedar? Anda, lávate. Allá hay un hueco de agua. Enseguida va a pasar el sol y hay que irse de aquí —agrega, riéndose a carcajadas al verme esquivar las piedras.

La miro de reojo. Le calculo unos treinta años, quizá menos. Me sentí limpio cuando regreso al lugar donde ella descansaba, después de extender las prendas lavadas sobre los arbustos y las piedras. Observa mi mano.

—No está infectada. Tiene que secar así nomás. Este joven parece una chota —dice, aludiendo a mi andar y a la forma en que sujeto el aguayo que envuelve mi cintura.

Se pone de pie y me alcanza una manta negra para cubrirme el cuerpo.

—Anda al lado de Luisito —me indica.

Observo en silencio cómo desenvuelve una bolsa. Sirve un plato de comida a su hijo. Luego, ágil, se levanta y me alcanza un plato de plástico con arroz, huevo y plátanos fritos. Come con gusto y, de rato en rato, me mira, como si quisiera preguntarme algo.

—¡Gracias, tío! —dice Luisito, y su vocecita disuelve los mil pensamientos que me atormentan.

—Tus ropas ya están secas. Ahora te puedes ir —dice ella, dejando mis prendas en el suelo. Reúne todo el lavado y lo carga en la espalda. Luisito me pide, sin palabras, que lo lleve en brazos. Yo sigo callado. La mujer habla solo para indicarme el camino y advertirme de la noche que se acerca.

Pasamos frente a la iglesia de Villa Copacabana y ella se persignó tres veces. Unos pasos más adelante abre una puerta de calamina.

—Ay, mira, este chiquito se ha dormido —dice, extendiendo los brazos para recibir al niño. Pero él se aferra más a mí y rompe en llanto.

Permanezco junto a la puerta, sin saber qué hacer, mientras ella entra a dejar su bulto.

—Un ratito visítame, pues… ¿o estás apurado?

Por primera vez sonrío ante su ocurrencia. Luisito ya duerme plácidamente. Al salir del cuarto, me indica que me siente en la cama; me va a invitar un café. Escucho que conversa con alguien en aimara.

Deja dos jarros de café humeante sobre la silla que hace de velador.

—Ahorita estoy —dice, saliendo otra vez. Regresa con un banco y se sienta. Una viejita entra al cuarto y deja sobre la cama un plato con cuatro empanadas. Se acerca a saludarme en aimara.

De pronto, es la madre de Luisito quien rompe el silencio.

—¿Cómo te llamas?

—Juan de Dios… Postigo.

—Ah, por eso usted parece ser buenito. Joven Juan de Dios —repite, saboreando el nombre.

—¿Y usted cómo se llama?

—Olga… Olguita Magne, pa’ servirle a usted —dice con una gracia que me desarma—. Mi hijo Luisito tiene cinco añitos, y mi mamá, Rosa, es la viejita que ha traído las empanaditas. Aquí vivimos solitas.

Animada, no se detiene. Cuenta que trabaja como empleada doméstica en la zona de Sopocachi.

—Este Luisito es hijo de pepino —ríe, recordando que en carnavales bailó en la comparsa de los chutas, aunque no sabe cómo terminó embarazada—. Y vos, joven, ¿quién te ha maldecido? Tan feo que has aparecido, embarrado de caca.

—No recuerdo bien… Estaba muy borracho y embarrancado en el cruce de Villa San Antonio.

Quisiera contarle mi dolor con toda sinceridad, pero los ojos se me humedecen. No quiero que este momento termine.

—¿Dónde estás trabajando, pues?

Su pregunta me toma desprevenido. No sé por qué miento. Digo que soy electricista.

La charla se interrumpe con la entrada de la viejita. Le recuerda a su hija que, a las nueve, hay que trancar la puerta de la calle. Olga… Olguita Magne me mira. Yo también la miro, apenas inclinando la cabeza, confesando sin palabras que no tengo dónde ir.

Sale a hablar con su madre. Cuando regresa, me dice que mañana temprano debe ir al trabajo; su hijo se quedará con la abuela y, por esta noche, yo puedo descansar en el cuarto oscuro. Es un cuarto sin luz, aclara.

Algo en su voz —esa mezcla de cansancio y compasión— me afloja por dentro. No sé si agradecer o esconderme, pero asiento, como quien acepta un salvavidas sin saber si merece ser rescatado.

Viernes de farra, con promesas al corazón

De la casa de David recogí mi maleta. Ahora trabajo en una radioemisora y alquilo un cuarto en Villa Victoria. Por ausencia injustificada me despidieron de El Diario. Con Manuela, mi ex esposa, a veces nos vemos, aunque nuestras conversaciones carecen de trascendencia. Todo indica que voy saliendo a flote. A veces me basta con verla para sentir un pequeño alivio, como si su sola presencia ordenara, por un instante, el desbarajuste que llevo dentro.

Desde hace unos días, la imagen de la cholita Olga danza en mis pensamientos como una sombra persistente, como un eco que no se apaga. La conocí hace casi dos meses, en el río OrqoJahuira, en el momento más desamparado de mi vida. Los días no se detienen y mis ocupaciones laborales marchan bien, tan bien que he retomado las viejas costumbres de los “viernes de soltero”, como si ese ritual pudiera conjurar el vacío.

Pero el alcohol, lejos de ser bálsamo, se convierte en martillo. Cada copa es un golpe seco que resuena en mi memoria: el matrimonio fallido con Manuela, su mirada ausente, mi propia soledad.

—Para la noche de San Juan podemos viajar a Oruro —propone Sofía, mientras esperamos en un restaurante dos platos de fricasé, excelente para curar la resaca después de una farra.

Con ella —en un intento por encauzar mi vida sentimental— estoy saliendo desde hace tres semanas. Trabaja en el Correo Central de la ciudad.

—¿Y tu hija? —¡Ella también va con nosotros!

Su entusiasmo me tomó por sorpresa. Hay algo en su manera de incluirme —sin pedir permiso, sin dudar— que me descoloca y, al mismo tiempo, me acomoda un poco por dentro.

Sofía está divorciada y tiene una niña de siete años. Lo comprendo: es su mayor preocupación. No suele hablar de su ex marido —ni yo le pregunto—, pero en cada gesto se nota cuánto adora a su hijita.

—¡Señorita, cómprame chicles, dulces!

Un chiquillo de cara sucia se acerca a nuestra mesa. Me mira directo a los ojos mientras toma un pedazo de pan.

—¿Me invitas, joven?

—Son cinco pesitos, señorita —dice, extendiendo la mano para dejar un chicle y dos caramelos junto al plato de Sofía.

Es miércoles 23 de junio. Las calles céntricas de la ciudad se hallan desbordadas de puestos de venta. La multitud apresurada regatea con fervor cada producto expuesto, preparándose para la celebración de la Noche de San Juan.

Aunque mis pasos me conducen hacia la vivienda de la cholita Olg, no dejo de pensar en Sofía. Su propuesta de viajar a Oruro quedó suspendida, sin rumbo cierto. El encuentro fortuito —hace apenas unos días— con aquel chiquillo vendedor de chicles en el restaurante agitó mis pensamientos. Siento que le debo algo a Luisito.

La festividad de San Juan ha encendido su fuego aquí mismo. En los barrios vecinos, las fogatas arden frente a cada puerta, iluminando la penumbra. Los niños corretean como pequeños diablillos alrededor de las llamas; los jóvenes danzan al ritmo de su música, y los adultos se entregan al tradicional sucumbé. Todo vibra, todo arde, y yo camino como si buscara un punto fijo en medio de ese resplandor.

En el patio de la parroquia vecinal de Villa Copacabana, jóvenes, niños y adultos disfrutan de una alegría colectiva que parece brotar del suelo mismo. Luisito me descubre entre la gente; es él quien más celebra mi presencia. Me toma del brazo y, entusiasmado, me conduce hacia un hombre panzón y calvo. Con voz emocionada exclama:

—¡Padre Benito… Padre Benito, aquí está mi tío!

En esa presentación disimulo una sonrisa para el padre Benito, mientras mis ojos se pierden en la multitud buscando a Olga. Algo en mí avanza sin rumbo fijo, como si la fiesta entera fuera un telón que se abre y se cierra a mi alrededor, dejándome en medio de una escena que no termino de comprender, pero que me envuelve igual.

Minutos después, Olga aparece corriendo, ligera como una niña traviesa, con una chispita encendida en la mano. Se planta frente a mí, me estampa un beso leve en la mejilla y, con la fuerza juguetona de sus jalones, me arrastra hacia la rueda que gira al compás de la alegre música que todos cantan en coro:

No te vayas, corazón,'no me niegues tu reír,

no te vayas, corazón,

que sin ti voy a morir…

Entre dudas y revelaciones
Cuando el tiempo avanza, si uno no reflexiona con sabiduría, termina perdido en el laberinto de sus propios pensamientos. En ese enredo, mis labios pronuncian nombres de mujeres, y entre todos ellos surge, con un misterio que aún no alcanzo a descifrar, el de Olguita Magne, aquella cholita a la que conocí en el río.

Perdóname, Olguita. Por presentarme así, deshecho, sin forma ni excusa. Ensayo mentalmente una disculpa. Me golpea una culpabilidad honda por mi reprochable actitud de haberme ausentado sin despedirme de ella aquella noche tan bonita de San Juan.

Y pienso que tal vez debí comprarle un juguete a Luisito y, con ese gesto sencillo, encontrar el valor para saludarla. Pero ¿qué podría decirle?

Siempre me pasa esto los viernes. El alcohol me revuelve la cabeza y mi mente entra en una lucha complicada. Los recuerdos se me vienen encima, cada uno con nombre propio.

Manuela: la historia más ingrata de mi vida. Sofía: tan buena, tan noble… pero no estoy enamorado. Elsa: guapa, coqueta, la secretaria altiva de El Diario. Sale con el jefe de personal, pero me gusta salir con ella sin compromiso. Y Olga… simpática, joven, dulce. Pero es cholita. Hay algo en mí que la rechaza y la desea al mismo tiempo. No sé si es prejuicio o cobardía. Olga me roba el pensamiento. ¡Qué joder! Siento que mi vida está vacía.

Dejo correr los días, pero hay fechas que a uno lo cuestionan. El Día del Amor, el Día de los Enamorados… el 21 de septiembre. La primavera irrumpe como un delirio colectivo, y uno se queda mirando cómo florecen las calles mientras algo dentro se marchita. En medio de ese contraste, su nombre vuelve a aparecer, insistente, como si buscara una respuesta que no me atrevo a dar.

Dos días antes, acorralado por mis dudas, emprendí el camino hacia la casa de Olga. El alcohol —viejo cómplice— volvió a empujarme a buscarla. Pero mi inseguridad, esa sombra que nunca me abandona, me detuvo. No llegué. Me quedé a medio camino, como tantas veces, atrapado entre el deseo de avanzar y el miedo al rechazo.

En ese mismo intento, hoy o quizá mañana, quisiera llegar por fin a los ojos de Olguita. ¿Cómo explicarle mi silencio? ¿Por qué, después de tanto tiempo, su nombre sigue resonando en mi cabeza como una canción que se niega a apagarse?

—Cariño, ¿qué te preocupa? Hace días que te noto ausente… ¿pasa algo? Está ya frío. Apenas hablas, no te entiendo. ¿O estás enfermo?

La voz de Sofía me alcanza como desde lejos. Señala la taza de café y toma el muñeco de peluche con dos dedos, incómoda, casi fastidiada, como si ese pequeño gesto mío revelara algo que ella preferiría no ver.

—¿Y esto… lo compraste para mí?

No sé qué responder. El silencio se me acumula en la garganta, espeso, culpable. Sofía me observa, esperando una explicación que no tengo, una palabra que no llega. Su ceño se frunce apenas, pero basta para que sienta cómo se abre una grieta entre nosotros.

En la mesa vecina, un par de jovencitas alegres cotillean entre risas. Al ver la escena, sonríen con picardía. Una de ellas, con un ademán disimulado, agita la mano en señal de derrota:

—Estás fregado.
Y lo estoy. No por ellas, ni por Sofía, sino por esa sombra que llevo dentro.

Cada persona es una historia

—Son quince bolivianitos, joven Juanito.

Es doña Clotilde, la encargada de lavar mi ropa cada semana. Me ametralla con sus preguntas y lamenta que mis padres no vivan en La Paz. Dice que bien podrían ser mi apoyo.

—Ojalá sea buena mujer esa señorita que viene —dice, refiriéndose a Sofía, que no le cae nada bien—. Ay, a mí me parece que es muy flojita y orgullosa.

Algo dentro de mí —quizás el cansancio, quizás la necesidad de hablar— me impulsa a confiarle mis penas de amor.

—Doñita, mis papás no viven en Sucre… fallecieron hace años…

—¡Mentirosito también había sido este joven! —parlotea mientras busca un lugar para sentarse. Agitando el dedo índice, me advierte que es malo mentir—. Con las mentiras te engañan. Y cuando tú mientes, no puedes dormir tranquilo. Si vives en la mentira, ¡nunca vas a encontrar la felicidad, hijo!

Intento retomar el hilo.
—Doña Cloti, escuche un poquito…

Quiero hablarle de Olga, pero ella vuelve al tema que la inquieta.

—Dime ahora, joven Juanito, ¿para qué viene esa señorita?

La pregunta queda flotando. Y así, casi sin darme cuenta, el viernes vuelve a alcanzarme. Después del cierre del informativo de las 20:00, en banda, tres reporteros y dos técnicos abandonamos la emisora. Esta vez no iré a ningún bar, tampoco tengo cita con Sofía.

El vicio no conoce reglas ni promesas. Es la rebeldía del instante. Y yo… no puedo huir.

—¡Salud, hermanito! ¡Tanto tiempo sin vernos! ¿Cuántos hijos tienes? ¿Sigues trabajando en la radio de don Raúl Salmón?

Es el Chino Villegas, un amigo de la adolescencia. Ahora estamos frente a dos cervezas. Ese es el compromiso. Pero no quiero beber. Estoy pensando en Olga. Quiero romper este círculo de borrachera, pero el cuerpo tiene memoria, y la costumbre pesa.

El Chino habla, ríe, pregunta. Yo estoy lejos. Muy lejos. Y mientras él sigue hablando, la ciudad empieza a transformarse ante mis ojos.

Frente a mí —horas después— se despliega un paisaje matinal sabatino distinto. Mi andar es lento, sobrio esta vez, y me sorprende alegrarme con la dinámica de las calles. Antes no había reparado en el movimiento, en la vida que las recorre.

Niños felices caminan junto a sus padres. Grupos de jóvenes se entretienen con cualquier excusa, riendo a carcajadas. Chicas con sus mejores vestidos corren, esquivando a los paseantes, como si el tiempo no las alcanzara.

Antes, mi mirada no era igual. Las horas se abren como un abanico nuevo. Tal vez soy yo el que ya no miraba igual, embrutecido por el alcohol. Me parece descubrir que el mundo recupera un brillo que creía perdido, como si la luz hubiera estado siempre ahí, esperando a que yo levantara por fin la cabeza.

Dejo pasar las horas en medio del bullicio de la ciudad, que me acompaña mientras avanzo por el camino que me conducirá a la casa de Olguita Magne. Salteñas recién horneadas, jugos energéticos, gorros y banderas para el clásico de esta tarde: Bolívar y The Strongest. Los de siempre. Los que dividen pasiones.

El microbús, en las inmediaciones del estadio, queda casi vacío. Unos cuantos pasajeros soñolientos me observan, intrigados, porque no sigo a los demás. Llevo en las manos un gorrito bolivarista y una pelota de plástico. Me miran como si esperaran que, en cualquier momento, me levantara y corriera tras la multitud. Pero no lo hago. Algo en mí va en otra dirección.

Son las tres de la tarde. Todavía es temprano para visitar a Olga. Camino despacio, repasando las palabras que expliquen mi torpe comportamiento en la pasada Noche de San Juan.

Esa noche fue pura alegría. No había ni una gota de alcohol: té de sultana, café y música para bailar. Recuerdo que alguien me tomó de la mano y me condujo al ruedo. Al oído me dijo que la acompañara a su casa, que le daba miedo la oscuridad, que quería traer discos…

—No quiero saber tu nombre. Te llamaré mi beybi, y quiero bailar aquí contigo, abrazaditos, con besitos. Te va a gustar, mi beybi —me insinuó mientras ponía una balada en el tocadiscos.

—Llámame muñeca. Ven, abrázame fuerte.

—Espérame, beybi, voy a traer algo fuerte para tomar.

Aproveché ese instante, con el corazón latiendo como tambor, para escapar sin mirar atrás. No volví a la parroquia, donde la música seguía danzando entre las llamas y las risas.

De aquel incidente han pasado tres meses Venciendo mis temores, ahora estoy frente a la modesta vivienda de Olga. La anciana Rosa abre la puerta con cautela. Es Luisito quien, al reconocerme, le pide a su abuela que me deje entrar.

—¿La pelota es para mí? —pregunta el niño, saltando de alegría—. Mi mamá ya casi llega del trabajo.

Sentado al sol en el patio, observo un arrugado calendario de bolsillo. Octubre. Han pasado ocho meses. A principios de marzo, estaba borracho y cubierto de inmundicia en el barranco de Villa San Antonio. Tal vez ya debería estar muerto. La repentina aparición de Olga disipa mis recuerdos.

—¿Y quién le ha dicho a este que venga, pues? —me mira con enojo y desafío—. ¿Ahora resulta que la Celia, la roba maridos, te botó? —dice mientras saca frutas y verduras de una bolsa.

Su voz me golpea más que sus palabras. No sé si es rabia, cansancio o simple desconfianza, pero en su mirada hay una mezcla que me deja sin aire.

—Hijo, ¿quieres probarte estos zapatitos? Son del nieto de mi patrona. Ven, mi niño.

Permanezco inmóvil, como si el cuerpo se me hubiera vuelto piedra. Silencio absoluto. Mis ojos siguen a la madre y al hijo, testigos involuntarios de una historia que no saben completa. Ella tiene todo el derecho de estar molesta por aquella noche. En su mente, quizás fui un hombre que se perdió por placer, que se dejó arrastrar por Celia sin más, evaporándome luego sin una sola palabra. Pero solo yo sé que no fue así.

Un despecho bien plantado no suelta la memoria

Desde la semana pasada he vuelto a caer en mi viejo defecto: perderme en los bares los viernes, celebrando con los muchachos ese “viernes de soltero” que ya no me dice nada. Cada vez que bebo, mis amigos me reprochan que siga recordando las bondades de Manuela, que siga maldiciendo su traición… y aun así evocándola. Mi ex esposa. La única que todavía me arde en la memoria.

Quizá por eso, aquella noche, la ciudad de La Paz —con su geografía caprichosa— se me volvió frágil bajo la lluvia. Las inundaciones y los deslizamientos inquietan a quienes la habitamos, pero yo caminé sin rumbo, dejándome llevar por ese aguacero que, lejos de incomodarme, me resultaba casi grato. Tal vez porque me arrastraba hacia recuerdos lejanos, hacia ese brillo que Manuela dejó en mí antes de apagarse.

Pronuncié su nombre con una mezcla de asombro y nostalgia, como quien toca una herida que ya no sangra pero aún duele. Y, sin embargo, apenas lo dije, volvió el rechazo que me provoca, esa punzada amarga que me recuerda por qué la abandoné… o por qué la dejé ir.

La conocí en un concierto en homenaje a los 166 años de la Revolución de Julio, en el Teatro Municipal. Compartimos asiento. Fue una atracción inmediata, silenciosa, como si el destino nos hubiera empujado uno hacia el otro. Semanas después, nos casamos sin alboroto, discretamente, como si el amor no necesitara testigos. Fueron dos meses intensos, apretados de gozo, de esos que uno guarda en la memoria como un perfume que se desvanece lento.

Despertar fue doloroso. Me di cuenta de que no era dueño de nada, que ni siquiera tenía derecho a la llave de la vivienda que compartíamos. Una soledad áspera me rodeó de golpe; me sentí desgraciado, como si el amor se hubiera evaporado sin dejar siquiera el rastro tibio de su aliento.

Aun así, intenté luchar por ella, por nosotros. Pero cada día de reconciliación traía consigo un presentimiento oscuro, una sombra que se extendía sobre mi esperanza. Caminaba sin techo donde guarecerme, sin un refugio que calmara el desorden de mi pecho, sin un consuelo capaz de mitigar el peso de mi propio desamparo.

—¡Los vi, carajo! ¡A la muy desgraciada con otro! —rugí, sintiendo la lluvia recorrerme la piel y apagarme por dentro. El agua se llevó mi voz con una suavidad cruel. No sé si alguien me escuchó.

Aún recuerdo esa noche. No era tarde. Yo solía llegar a casa a las siete, justo cuando Manuela volvía del trabajo. Nunca necesité llave. Hasta esa noche.

Me vuelve la imagen de aquella noche en la acera de enfrente, cuando mi corazón ya sabía lo que yo no quería admitir. Un coche frenó. Ella descendió, radiante, lanzando besos al aire hacia el hombre que la miraba con una sonrisa tranquila. Me quedé ahí, detenido, como si el tiempo hubiera decidido congelarse para que no pudiera apartar la vista.

Desde entonces camino sin rumbo por la ciudad. Las cantinas me reciben como a un viejo conocido, aunque solo sea para hundirme en el fondo de un vaso. Me pierdo allí, intentando borrar lo que vuelve una y otra vez. Entre esos recuerdos que aletean sin descanso, alguien golpeó la puerta. No contesté. Era sábado, gris, y la resaca me tenía de mal humor. La voz insistente de un niño —el hijo del otro inquilino— rompía el silencio.

—Joven, la señorita Sofía quiere hablar con usted. ¡Dice que es urgente!

Sofía. Me levanté de un salto, me vestí, me enjuagué la boca. Pensé que tal vez podríamos reconciliarnos. ¿Y Olga? No sé por qué pensé en ella también. Todo se mezclaba.

Sofía entró sin ceremonias. Me miró con esa mirada que ya no me pertenecía.

—No has cambiado nada. Disculpa, pero vengo a recoger mi bolsa de ropa.

Intenté hablar, pero ella ya se había ido. Me dejó una frase que aún me retumba:

—Suerte, Juan. Pensá en tu vida; me daría pena encontrarte un día tirado en la calle, borracho y sucio.

Donde el alma reza en silencio

La población —cansada de las huelgas en bancos y oficinas públicas— se las ingenia para recibir este primero de noviembre a los difuntos como cada año, con una mesa colmada de pan, bizcochuelos, golosinas, comidas y bebidas que ellos amaron en vida. Y mientras observo esas mesas encendidas de memoria, siento que cada ofrenda ajena me recuerda lo que yo he perdido, lo que ya no vuelve. La ciudad honra a sus muertos; yo apenas intento convivir con los míos.

Para mí, un día apropiado para visitar a Olga. Miro mi reloj: 11:45. Entro a un restaurante.

—¡Jefe, véngase por aquí! —me gritan los empleados del ministerio, reunidos entre bebidas.

No acepto la invitación. La última vez que me dejé arrastrar por ese grupo terminé borracho, y aún me pesa. Me excuso con una sonrisa tensa y abandono el local.

En una bolsa de plástico, cuidadosamente anudada, llevo un poco de arroz, algo de azúcar y un cochecito de madera para Luisito. El chofer del microbús, domado por el sopor del mediodía, avanza metro a metro por el camino que serpentea hacia Villa Copacabana.

Hay algo que me pesa. Ya le insinué mis intenciones, pero Olga es una cholita, y esa simple palabra abre un abismo entre su mundo y el mío. No sé cómo salvarlo. Me pregunto qué busco, qué hago aquí, sin encontrar una respuesta que me sostenga. Me quedo quieto frente a su puerta, con el corazón desbocado y los pies clavados. —No… no puedo —susurro, dándome la vuelta, incapaz de sostener mi propia sombra.

Entonces su presencia se vuelve real. La puerta se abre despacio y, sin sorpresa alguna, Olga me toma del brazo y me guía hacia adentro, como si hubiera sabido que llegaría.

—¡Ay, Juanito, entra! Mamita, Luisito, mirá quién está aquí.

Doña Rosita me sonríe con dulzura, aunque en su rostro asoma la sombra del recuerdo. Me invita a rezar por su difunto esposo, y en ese gesto sencillo siento cómo la casa entera se llena de una calidez que no esperaba, una que me desarma más que cualquier rechazo.

La madre de Olga, con esa ternura que solo concede el tiempo, me explica lo sencilla que es la ofrenda. Sobre la mesa reposan flores frescas, golosinas que alguna vez fueron sus favoritas, una botella de cerveza que parece aguardar el momento de ser abierta y tantawawas —muñecos de pan con forma humana— que observan en silencio. Todo está dispuesto con un cuidado humilde y amoroso, en memoria de su esposo, muerto hace quince años. Cada elemento, por pequeño que sea, conserva un pedazo del pasado.

—Mamita, voy a la casa del joven Armando. ¡Regreso en un ratito! —dice Olga, con una sonrisa nerviosa que apenas disimula su apuro.

—Vamos, hijo.

Toma a Luisito de la mano y sale con paso apresurado, sin mirar atrás.

Quedo perplejo. No comprendo aquella salida repentina ni el silencio que lo envuelve.

La madre de Olga percibe mi inquietud y lo encara sin rodeos:

—Escúchame, joven. ¿Qué quieres con mi hija? ¿Por qué vienes tanto? Nosotras somos pobres. No quiero que le hagas daño a mi Olguita. No quiero verla llorar por vos.

Intento responder, pero las palabras se me enredan en la garganta. Sacudo la cabeza, buscando claridad, pero antes de que pueda explicar el motivo de mi visita, la mujer continúa, con la voz quebrada por la rabia y el dolor:

—La han botado del trabajo. El hijo mayor de la patrona quiso abusar de ella. Mi niña… mi niña se defendió. Ahora trabaja como costurera. Es muy viva, ha estudiado mucho. No merece más sufrimiento.

Respira hondo y añade, más serena:

—Ese Armando también es un atrevido, pero mi Luisito cuida a su mamá. Por eso salieron, a entregarle un par de camisas que ella arregló. No te preocupes, ya deben estar por regresar.

Las horas transcurren. No consigo exponer mis sentimientos: Olga está ocupada con las necesidades de la casa. Mientras tanto, Luisito permanece absorto frente a un programa infantil. Al entrar en la habitación, Olga encuentra al niño dormido y a mí en un estado de somnolencia. Con un gesto suave, me toca el hombro y me pide que lleve al pequeño a la cama.

Ese acto sencillo, casi doméstico, revela un ambiente familiar que yo no esperaba… pero que, sin saberlo, ya me estaba reclamando.

No dije nada cuando Olga me ofreció el sándwich y el café. Ella se sentó junto a mí, con la taza entre las manos.

Mañana, al mediodía, vamos al cementerio —dijo en voz baja—. Mi mamá no podrá ir; le duele la cadera.

Mis labios se abrieron en una sonrisa suave, quizá porque, por primera vez, sentía en mi vida un ambiente familiar tan espontáneo, tan romántico y tan real que me desarmaba.

—¡Sonso! ¿De qué te estás burlando? —dijo ella, amagando un golpe en mi pierna.

—Olguita Magne… ¿vamos a dormir juntos? —pregunté, con el rostro encendido de felicidad, aun sabiendo, con una resignación dulce, que no sería así.

Y así, entre bromas tímidas y una ternura que me desbordaba sin aviso, llegó el día siguiente.
Sábado 2 de noviembre. El Cementerio General de la ciudad se llena de miles de personas. Las familias se reúnen entre flores, velas y panecillos, compartiendo con quienes elevan plegarias y cantos al viento en memoria de los difuntos.

—Aquí está mi papá —dijo Olga, con voz suave, casi reverente—. Nos pide que recemos antes de colocar las flores.

Todos guardamos silencio.

El ambiente del lugar invitaba a caminar por sus sendas. Luisito era el más feliz de todos. Yo también me dejé envolver por la calidez del momento. Y Olga estaba hermosa: vestía colores sobrios con una elegancia serena. Una cholita bien paceña, digna y radiante, como si en su andar llevara la historia entera de su origen.

—¡Qué grata sorpresa, mi estimado licenciado Postigo! ¿Cómo se encuentra usted?

El encuentro, inesperado, abrió a mi alrededor un escenario distinto, casi solemne.

—La sorpresa es mía, señor ministro —respondí—. No imaginaba encontrarlo por aquí.

Mi reacción fue leve, serena, mientras rodeaba con un gesto casi protector a Olga, que sostenía a su hijo de la mano.

—He venido con mi familia a rendir homenaje a nuestros seres queridos que ya partieron —dijo el ministro Zeballos, mi jefe inmediato en el Ministerio de Educación.

Sin más preámbulo, incliné la cabeza y extendí la mano en señal de respeto.

—Permítame presentarle a mi esposa y a nuestro pequeño hijo. Ellos también han querido acompañarme en esta jornada de recuerdo.

Mis palabras fluían con una naturalidad que me sorprendía. Jamás imaginé que aquel encuentro —tan inesperado como cordial— terminaría sellando, de manera casi involuntaria, mi relación con Olga. Fue como si el destino hubiese decidido intervenir con discreta elegancia, moviendo hilos que yo apenas alcanzaba a intuir.

El ministro expresó su preocupación por la situación del país.

—Esperemos que la huelga en el sector público llegue pronto a su fin —comentó, con ese tono grave que no admite réplica—. Es la nación la que está sufriendo las consecuencias de estas movilizaciones sindicales —enfatizó al reanudar su camino.

Olga me observaba en silencio. Luisito ladeaba la cabeza, curioso. Yo, absorto. Los tres retomamos la caminata, esquivando a los transeúntes que iban y venían, afanados por cumplir sus propios rituales.

De regreso a la casa, ninguno mencionó el encuentro con mi jefe. El viejo reloj, apoyado sobre una silla en el cuarto de Olga, marcaba las seis de la tarde. El día había sido tenso, lleno de emociones reservadas, como si todos hubiéramos decidido callar más de lo que sentíamos.

Era el momento de expresarle mis sentimientos.

—Olga… yo… —mi voz salió más baja de lo que esperaba, casi un murmullo que apenas vencía el ruido de la cocina.

Ella se volvió hacia mí con esa calma suya. Tenía las manos húmedas por el agua del lavaplatos y, aun así, al verme tan torpe, tan expuesto, dejó todo a un lado.

—¿Así que electricista, señor licenciado? —dijo, con la voz cargada de incredulidad y rabia—. ¿Qué otra cosa vas a inventar? ¿Cuántas mentiras más tienes guardadas?

Se plantó con firmeza, como quien defiende su futuro.

—Escúchame bien, Juanito. Yo quiero a mi lado un hombre de verdad. Un trabajador, no un mentiroso. No quiero un borracho ni un agresivo. Quiero alguien que ame su hogar, que colabore, que me ayude a criar a mi Luisito.

Mientras hablaba, sus manos dibujaban en el aire el porvenir que anhelaba. Cada gesto suyo era una exigencia. Olga nunca fue de palabras románticas ni de pedir opiniones. Decía lo que pensaba, sin rodeos. Como suelen decir, era una mujer que tomaba el sartén por el mango.

Yo la observaba en silencio. Por dentro, todo se movía. Si de verdad quería que ella fuera mi novia, tendría que aceptar sus condiciones: su forma de ver el mundo, sus miedos, incluso sus silencios. No era fácil. Pero tampoco imposible.

Entonces, ¿por qué la había buscado tantas veces? ¿Por qué insistía, aun cuando ella parecía tan lejana? Tal vez porque, en el fondo, sabía que era distinta. Tenía algo —no sabría decir qué— que me hacía volver una y otra vez, como quien regresa al único lugar donde, por un instante, se siente completo.

Mientras pensaba en eso, ella volvió a hablar, señalando que el “cuarto oscuro” necesitaba una mano de pintura, un cambio de piso y ventanas nuevas.

—Es bastante grande —dijo—. Son tres piezas, suficiente para nosotros.

Unos golpes secos en la puerta interrumpieron la conversación. Doña Rosa, inquieta, preguntó si iba a atrancar el zaguán. Cada noche, pasadas las nueve, apagaba las luces del patio y aseguraba las puertas.

Nos miramos. Y en ese instante, las palabras se desvanecieron. No hubo gestos ni explicaciones. Solo un silencio que proclamaba, sin decirlo, que el amor había germinado en lo más hondo de nuestras almas. Nos abrazamos. Los besos encendieron la llama de una entrega que parecía ritual.

—Vamos al cuarto oscuro —susurró—. Aquí duerme la wawa.

Domingo 3 de noviembre. Marcó el inicio de una nueva etapa en mi vida. No lo había planeado, pero la situación se imponía con fuerza. Esa mañana recibí el día con un gesto lleno de ternura: un beso suave en la frente de Olga. No dije nada. Ella, en silencio, se alisaba su larga cabellera negra. Ya había anunciado que, después del desayuno, iríamos juntos a la misa de las diez. Quería pedirle a la Virgencita de Copacabana que nos protegiera de todo mal.

Al salir de la iglesia, ninguno habló. Caminamos sin apuro hacia la plazoleta del barrio, envueltos en un silencio necesario. Allí, con las lágrimas a punto de brotar, me abrí por fin. Le conté todo: mi fracaso con Manuela, las dificultades en el trabajo, incluso aspectos íntimos de mi origen. Era como si, en ese pequeño rincón del mundo, hubiera encontrado el espacio seguro para desahogarme.

—Tú me has hecho tu mujer —me dijo, con una calma que me estremeció—. A ese señor de tu trabajo le dijiste que soy tu esposa. Desde entonces, algo cambió en mí. Ahora tenemos que vivir esa verdad… caminar juntos —sentenció, como si ya no hubiera vuelta atrás.

—Trabajo ahora en casa, entre telas y costuras. Los vecinos confían en mí; me traen su ropa para arreglar. Y yo puedo, claro que puedo. Salí con buenas notas del CENAFI —¿lo conoces?, ese centro donde los adultos aprenden cosas.

—Mi Juanito… si tú me ayudas, yo quiero seguir. Me gustaría estudiar peluquería. Es fácil. Mi sueño es tener mi propio salón, pequeño y bonito. Cuando se sueña, se vive.

Nuestra amena conversación quedó en pausa.

Nos encontramos con doña Rosa, que regresaba del mercado tomada de la mano de Luisito.

—Mamita, este Juanito es mi marido… —dijo Olga, con una sonrisa traviesa.

—No estés hablando sonseras, hija. Respeta a tu hijo —respondió la madre, molesta.

—Mamita, ayer en el cementerio me casé —rió Olga—. Pregúntele a Luisito: Juan es su papá.

Con paciencia y ternura, Olga le explicó a su madre el proyecto de vida que habíamos decidido emprender juntos. Rosa, aún sorprendida, hizo la señal de la cruz y exclamó:

—¡Que sea en buena hora!

Entonces, Olga levantó a Luisito y lo depositó con suavidad en mis brazos.

—¡Aquí tienes un hijo!

Todo se desarrollaba como una escena de teatro. Yo, protagonista inesperado, solo atinaba a mover la cabeza, sonreír y murmurar palabras entrecortadas:

—Sí… así es… oh, sí… está bien…

Luisito intervino con tanta alegría que no habló: gritó de emoción.

—¡Yo sabía, mamita! Sabía que tío Juan era mi papá, porque todos los papás compran regalos a sus hijitos.

El destino abre nuestras puertas

El final de aquel año, 1976, traía consigo una promesa silenciosa. Navidad y Año Nuevo se acercaban con el corazón lleno de esperanzas. El cuarto oscuro se preparaba para recibirnos; Luisito tendría, por fin, su propio espacio. Aunque el carpintero y el electricista aún debían concluir su labor, el ambiente ya se impregnaba de ese aroma inconfundible de dulce hogar, tibio y nuevo, como una caricia que se queda en la piel.

Me acerqué despacio, la tomé de la mano y, con voz baja, le dije lo único que podía decir:

—Aquí estoy, Olguita. Para quedarme.

Ella no respondió. Solo apoyó su cabeza en mi hombro. Y en ese gesto, silencioso y profundo, entendí que el amor no siempre se anuncia con palabras: a veces basta con quedarse, con resistir, con mirar hacia adelante… y sentir cómo el cuerpo del otro encuentra su lugar en el propio, sin esfuerzo, sin miedo.

Dejar atrás el cuartito de Villa Victoria fue como soltar un peso invisible. Allí quedaron las paredes estrechas y las noches de incertidumbre. El alivio no fue solo físico, sino íntimo, hondo: una bocanada de aire fresco que me atravesó el pecho y me anunció, sin estridencias, que lo mejor estaba por venir.

La verdad que quedó entre nosotros

A veces pienso que el final de mi historia se contó demasiado pronto. Que ese alivio que todos vieron en mí —cuando encontré a la cholita Olguita Magne y al pequeño Luisito en las orillas del Orqojauira— fue apenas un respiro, no una salvación. Yo mismo repetí que sus cariños habían curado mis desgracias, que sus manos tibias habían secado las lágrimas que dejé tiradas por la ausencia de mi ex esposa. Y no mentía del todo: por un tiempo, de verdad creí que la vida me estaba dando otra oportunidad.

Pero ahora, cuando miro hacia atrás, entiendo que esa versión era solo la que yo quería creer. La realidad —la que nunca me animé a escribir— es que también me separé de Olga. Dos años y medio estuvimos juntos. Dos años y medio de entendimiento, de amor, de complicidad… un tiempo que parecía tejido con fantasías y promesas. Yo caminaba con la ilusión de que, por fin, había encontrado un lugar donde descansar el alma. Ella también lo creía, o eso pensé. Y aunque nuestra historia terminó, guardo su nombre como quien guarda una piedra tibia en el bolsillo: algo pequeño, pero que acompaña.

Me sentía pleno a su lado. Olga era una mujer luchadora, serena, valiente… y una madre ejemplar para su hijo. Yo también me empeñaba en ser un apoyo para el niño, en darle un lugar seguro donde pudiera confiar. Con ella aprendí que los amigos y la farra podían tener su propio espacio; no me privaba de esos vicios, pero había aprendido a actuar con responsabilidad, respetándola y sin faltar al hogar.

Olga me demostró que cuando se quiere, se puede. Estudió peluquería en un instituto de la calle Sagárnaga. Quería superarse, no esperar que la vida le regalara nada. Yo no lo sabía entonces —me enteré después—, pero era dueña de un terreno en Alto San Antonio. Lo vendió, claro, no sin consultarme antes. Con ese dinero instaló un salón de peluquería en la Galería Luz.

Su determinación me conmovía. Había en ella una fuerza silenciosa, una manera de mirar el futuro que me hacía sentir parte de algo más grande que mis propias heridas. A su lado, entendí que la vida podía reconstruirse con paciencia, con trabajo… y con amor.

La peluquería Juanita marchaba bien; tenía clientela constante y un ritmo que hablaba del esfuerzo de Olga. Mi hermosa cholita… yo ya me había acostumbrado a presumir de ella, porque sabía vestirse con una elegancia que desarmaba. Habíamos hecho costumbre almorzar todos los días en el restaurante Marilyn, en la calle Potosí.

Un mediodía apareció frente a mí una mujer guapa, vestida con una sobriedad que imponía. Era Olguita, luciendo un vestido azul oscuro y el cabello suelto, peinado con una delicadeza que la hacía ver distinta, más luminosa. Confieso que me gustó mucho. Yo, orgulloso, la tomé del brazo y así nos fuimos a casa.

Fui yo quien tuvo la idea de viajar al pueblito de Sorata para celebrar nuestro primer aniversario como pareja. Fueron dos días de amor intenso, de entrega y pasión. En ese ambiente de confianza, mientras la abrazaba, le hablé de la hora de darle un hermanito a Luis. Yo también quería tener un hijito con ella.

Con lágrimas en los ojos me confesó que no podía. Que durante el embarazo de Luisito se había complicado su matriz y que ya no podría tener más hijos. Lo dijo casi en un susurro, como si al pronunciarlo volviera a romperse por dentro.

Cuando escuché su confesión, sentí que algo dentro de mí se detenía. No fue un golpe brusco, sino un silencio… un silencio que me atravesó despacio, como si el aire se hubiera vuelto más pesado. Ella seguía hablando, con la voz quebrada, explicando lo que los médicos le habían dicho, pero yo ya no escuchaba palabras: escuchaba el temblor de su alma.

La abracé. No por obligación, ni por consuelo automático. La abracé porque mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Sentí su respiración entrecortada en mi pecho, el calor de sus lágrimas mojándome la piel, y en ese instante entendí que su dolor era más grande.

Yo quería un hijo con ella, sí. Pero ella… ella cargaba con la culpa de no poder darme algo que yo anhelaba. Y eso me dolió más que cualquier imposibilidad. Me dolió verla sentirse menos, verla creer que me fallaba, cuando en realidad era la vida la que nos había jugado una mala pasada.

Desde ese día, nuestra magia empezó a diluirse. No fue de golpe; fue como si la luz de la vela que nos alumbraba comenzara a temblar, a apagarse de a poco. Ella se sentía culpable, y yo… yo me fui quedando ausente. No por falta de amor, sino porque no sabía cómo sostener ese dolor que no era mío, pero que me atravesaba igual.

Nada fue igual.

Regresamos a la ciudad con la sensación de haber dejado algo enterrado en Sorata. Por más esfuerzo que ambos hicimos para reencauzar nuestro amor, nuestras vidas empezaron a vagar entre las paredes. Caminábamos juntos, pero cada uno cargaba su propio silencio. Ella evitaba mirarme demasiado tiempo, como si temiera encontrar reproches en mis ojos. Yo, en cambio, la miraba de reojo, buscando a la mujer que había sido mi refugio… y encontrando a alguien que se escondía detrás de su propia tristeza.

Las noches se volvieron más largas. Las conversaciones, más cortas. Y aunque seguíamos compartiendo la misma cama, había un espacio entre nosotros que ningún abrazo lograba cerrar.

Yo la quería. La quería de verdad. Pero había una grieta fina, casi invisible, que se abría cada día un poco más. Y lo peor es que ninguno de los dos sabía cómo detenerla.

Ocho meses después, Olga dio el primer paso hacia nuestra separación. Lo hizo con esa serenidad triste que solo tienen las mujeres que ya han llorado en silencio antes de hablar. Me dijo que yo tenía derecho a un hijo, a ese símbolo de alegría que anuncia que la vida continúa. Que por más amor que ella me tuviera, el milagro de un hijo no se asomaría en nuestras vidas.

Me pidió que me alejara de su lado.

No lo dijo con rabia, ni con reproches. Lo dijo con una ternura que dolía más que cualquier grito. Sabíamos que ambos lloraríamos, que sufriríamos, pero insistió en que era por el bien de los dos… más por el mío, decía ella, como si su destino estuviera ya decidido y el mío aún pudiera salvarse.

Yo la escuché en silencio. Sentí cómo se me apretaba el pecho, cómo la garganta se me cerraba sin dejar pasar palabra alguna. No era solo la idea de perderla; era la certeza de que ella ya había tomado una decisión desde el amor, desde ese amor que a veces se vuelve sacrificio.

Quise decirle que no, que no me importaba, que un hijo no define la vida de un hombre. Pero algo en su mirada —esa mezcla de dolor, dignidad y resignación— me detuvo. Era como si ya no hablara solo por ella, sino por los dos. Como si hubiera entendido antes que yo que nuestro camino juntos había llegado a su última curva.

En ese instante supe que no había marcha atrás. Que ese adiós no era un impulso, sino una herida que venía sangrando desde Sorata.

Y aun así, la amaba.

Y entonces descubrí algo que me avergüenza admitir, pero que forma parte de mi verdad.

Qué débil puede ser el hombre herido. Por más amor que se tenga, cuando la vida te golpea en el orgullo, uno busca refugio en lo más fácil, en lo más inmediato. Y el hombre débil —ese que no quiere enfrentar su dolor— se esconde como un cobarde en la bebida.

Yo era uno de ellos.

Me sentía derrotado… no por ella, no por la imposibilidad de un hijo, sino por mi propio amor propio, que se quebraba como vidrio bajo el peso de la realidad.

Mientras tanto, Luisito seguía preguntando por mí.

Y yo… yo no sabía cómo explicarle que a veces los adultos nos rompemos por dentro, aunque por fuera sigamos caminando.

Trece años después, tras vivir en Europa, regresé como turista al país acompañado de mi hijo mayor Walter, un muchacho de quince años que miraba todo con ojos curiosos. Yo, en cambio, caminaba con el peso de mis recuerdos. Días después me dirigí a la Galería Luz, donde alguna vez funcionó el salón de peinados Juanita. Pero nadie sabía nada. Me dijeron que hacía tiempo había cerrado.

Esa noticia me dejó un vacío extraño, como si una parte de mi historia hubiera sido borrada sin aviso. Entonces, casi sin pensarlo, tomé un taxi rumbo a Villa Copacabana.

Al llegar, sentí un golpe en el pecho. La calle de Olguita estaba irreconocible. No quedaba rastro de aquella puerta destartalada de calamina que protegía su casa humilde. En su lugar se levantaba una construcción de cuatro pisos, sólida, moderna, ajena a mis memorias.

Y se repitió la vieja escena de mi pasado: yo parado frente a un portón, con la intención de llamar y preguntar por Olga Magne… cuando la puerta se abrió antes de que tocara.

Apareció frente a mis ojos un joven.

—¿Deseaba, señor? —preguntó con educación.

Lo miré apenas un segundo, pero ese segundo bastó. La forma de los ojos, la expresión tímida, la manera de inclinar la cabeza… Luis. Luisito.

—¡Luis… Luisito, hijo! —exclamé, y lo abracé sin pensarlo, porque lo reconocí de inmediato.

Él se quedó rígido un instante, sorprendido, y luego correspondió a mi abrazo con una mezcla de desconcierto y emoción.

—¿Usted… papá? ¿Usted aquí? —dijo, todavía incrédulo.

Su voz ya no era la del niño que yo había dejado atrás. Era la voz de un hombre joven, pero en ella reconocí el eco de aquellos días que creí perdidos para siempre.

Y en ese abrazo, en ese reencuentro inesperado, sentí que el tiempo no había borrado todo. Algo de mí seguía vivo en ese muchacho. Algo de él seguía guardado en mi memoria.

Después de algunas palabras necesarias para explicarle mi presencia repentina en su vida, el joven me escuchó con respeto, con esa mezcla de sorpresa y afecto que solo puede nacer de un recuerdo que nunca terminó de apagarse. Cuando terminé, él respiró hondo y dijo:

—Mi mamá está en la peluquería. Vamos… se va a poner contenta. Vamos, yo voy para allá.

Su naturalidad me animó. No había reproches, no había distancia.

Subimos a un taxi. Luis le indicó al chofer una dirección en la zona Sur. Y en ese instante lo supe. No necesitaba más pistas.
Olga había prosperado. Mucho.

Mientras el taxi avanzaba, miré por la ventana con una mezcla de orgullo y un leve temblor en el pecho. Recordé la puerta de calamina, el salón humilde, sus manos cansadas después de un día de trabajo, abrazada a la máquina de coser, luchando contra el sueño para terminar un encargo más. Recordé su empeño por estudiar, su sueño de superarse sin esperar nada regalado, su manera de enfrentar la vida con una dignidad que no hacía ruido, pero que iluminaba.

Cada imagen me golpeaba con una fuerza suave, como si el pasado quisiera recordarme quién había sido yo a su lado.

Luis miró por la ventana y sonrió apenas.

—Ya falta poco —dijo.

Y en ese “poco” cabían trece años de ausencia, de silencios, de heridas, de decisiones que marcaron nuestras vidas.

El taxi se detuvo en una avenida amplia, donde la vida cuesta más. Frente a nosotros, una vidriera enorme, bien iluminada, se extendía como una declaración de triunfo. En la parte superior sobresalían dos letreros llamativos y luminosos:

“Salón de Maquillaje y Peinados Olguita” y, justo en la puerta vecina, otro rótulo brillante: “Barber Studio Juanito”

Me quedé inmóvil unos segundos. No era solo un negocio. Era un imperio pequeño, sólido, levantado con esfuerzo, con disciplina, con esa terquedad dulce que siempre tuvo Olga para salir adelante.

Y entonces lo supe con certeza: ella había construido algo grande. Algo suyo. Algo que no existía cuando yo formaba parte de su vida.

Sentí un nudo en la garganta. No era celos, ni tristeza. Era una mezcla de orgullo y una punzada suave, como si el tiempo me dijera al oído: “Mira lo que logró sin ti.”

Luis pagó el taxi y me hizo una seña para bajar.

—Vamos, papá —dijo con naturalidad—. Ella está adentro.

Y yo, con el corazón golpeando despacio pero fuerte, di el primer paso hacia el lugar donde, después de tantos años, volvería a encontrarme con la mujer que había marcado mi vida.

Pero al llegar a la puerta, me quedé quieto.

No era miedo. Era algo más profundo: una mezcla de respeto, nostalgia y ese temblor que solo aparece cuando uno está a punto de enfrentar una verdad que creyó enterrada.

A través del vidrio la vi. Olga hablaba por teléfono, de pie, segura, con esa elegancia que siempre tuvo, pero ahora multiplicada por los años y por el éxito.

De pronto, dejó el auricular sobre el mostrador. Luis abrió la puerta y entró primero. Yo me quedé un paso atrás, como si necesitara un segundo más para respirar. Ella levantó la mirada. Observé también al personal que atendía a sus clientes con profesionalismo, ajenos a la tormenta que se desataba dentro de mí.

Y en cuanto me vio, su expresión cambió. Sus ojos se abrieron con una sorpresa luminosa, y en un instante su rostro se llenó de una alegría difícil de describir.

Caminó hacia mí sin dudar, con pasos rápidos, casi urgentes. Yo seguía quieto, como si mis pies se hubieran clavado en el piso.

Cuando estuvo frente a mí, sonrió con una ternura que reconocí al instante, aunque los años hubieran pasado sobre nosotros como una larga sombra.

—Juan… —susurró.

Y en su voz cabían dieciséis años de silencio, de caminos separados, de heridas que el tiempo había ido cubriendo sin borrarlas del todo. La miré… y por un instante, el mundo se redujo a sus ojos.

Luis, a un costado, observaba la escena con una mezcla de orgullo y pudor, como si entendiera que estaba presenciando algo que no pertenecía del todo a su generación, sino a la nuestra.

—Papá, ¿quieres un vaso de agua? Ahora te traigo —dijo Luis, con una naturalidad que llamó la atención de su madre. Ella lo miró un segundo, sorprendida por ese “papá” que caía en medio del salón como una verdad inesperada.

El agua tranquilizó mis nervios. Sentí cómo el temblor en mis manos se iba apagando, cómo el aire volvía a entrar en mis pulmones con un poco más de calma.

Entonces Olga me tomó del brazo.

—Ven —dijo.

Y me condujo a una oficina amplia, elegante, luminosa… un espacio que hablaba de su esfuerzo, de su crecimiento, de la mujer en la que se había convertido.

Yo entré detrás de ella.

Apenas cerró la puerta, sus brazos me rodearon con una fuerza que no esperaba. Me besó una y otra vez, con lágrimas en los ojos, sin preocuparse por el maquillaje que empezaba a correrse y que, aun así, realzaba la belleza madura de su rostro, ya de cuarenta y cinco años.

Sentí su temblor. Sentí su respiración acelerada. Sentí que ese abrazo venía desde un lugar profundo, guardado durante demasiado tiempo.

—Juan… mi querido Juan… nunca te olvidé —dijo, con la voz quebrada.

Sus palabras me atravesaron. No eran un reproche, ni una súplica. Eran una verdad desnuda, dicha sin miedo, sin vergüenza, sin reservas.

—Fuiste el hombre que me condujo por los caminos del trabajo… el que me enseñó a superarme —añadió.

Y entonces lo noté. Por primera vez, me di cuenta de que hasta su dicción había cambiado. Su forma de hablar era más clara, más segura, más pulida. Sus gestos también: medidos, elegantes, propios de una mujer que había aprendido a ocupar su espacio sin pedir permiso.

La Olga que tenía frente a mí era la misma… pero también era otra. Una versión más fuerte, más completa, más dueña de sí misma.

Y entre la emoción del instante, levantó el dedo índice, como para llamar mi atención, como lo hacía cuando quería que la escuchara de verdad.

—Juan… ¿le dijiste a Luisito que eres su papá?

Su pregunta cayó suave, pero directa. No había reproche, ni celos, ni temor. Solo la necesidad de entender.

Entonces le expliqué. Le conté que había ido a buscarlos hasta Villa Copacabana, que no encontré la casa, que la calle había cambiado. Le dije que, en ese encuentro inesperado frente al portón, Luisito me reconoció antes de que yo pudiera decir una palabra. Que fue él quien, espontáneamente, me llamó “papá”.

Mientras hablaba, vi cómo los ojos de Olga se humedecían otra vez, pero esta vez no por nostalgia, sino por una mezcla de alivio y orgullo.

—Para Luisito tú siempre serás su padre —dijo con firmeza, con esa seguridad nueva que había aprendido con los años—. Te quiere, te busca. Y ahora que es joven… podrá entender nuestra historia de amor.

Sus palabras me atravesaron. No eran un permiso, ni una bendición. Eran una verdad que ella había guardado durante dieciséis años.

Y en ese instante entendí que, pese a la distancia, pese a los silencios, pese a las vidas separadas… algo entre nosotros había permanecido intacto.

Mientras Olga instruyó y comunicó a su personal que no regresaría hasta el día siguiente, Luis permaneció de pie junto a mí. Su cercanía tenía un peso distinto; sentí su mano apoyarse sobre mi hombro, firme, cálida, como si buscara decirme algo que aún no encontraba el valor de pronunciar. Presentí que quería abrirme el alma a preguntas, pero se contuvo.

Fue él quien sugirió llevar comida a casa, algo sencillo de algún restaurante, como si necesitara prolongar ese espacio a solas.

Olga, por un instante, pareció dudar de mi presencia; aun así, me regaló una sonrisa breve. Había silencios que convenía respetar, porque en ellos se estaba gestando algo más profundo.

El viaje en taxi hasta el domicilio de Olguita Magne transcurrió entre diálogos simples sobre las calles, el tráfico y el mal tiempo. Nada importante, pero cada palabra parecía un modo de evitar lo que realmente queríamos decir.

Ese mismo ambiente nos siguió hasta la casa, donde degustamos el menú que Luisito había elegido del restaurante. La noche anunciaba su cercanía, envolviéndonos con esa calma que obliga a mirarse por dentro. Yo no sabía cómo romper el silencio, cómo iniciar una charla con Olga… o con Luis. Había algo suspendido entre los tres, algo que ninguno se atrevía a nombrar.

Olga —por eso siempre he valorado a esta mujer— tomó la iniciativa. Le pidió a su hijo que nos dejara conversar. El joven comprendió sin necesidad de más palabras y se retiró con una discreción que agradecí en silencio.

Olga volvió a acercarse a mis labios. Me besó con esa ternura que yo jamás había olvidado. Había besado muchos labios en mi vida, pero los de Olguita Magne tenían un sello propio, inconfundible, como si guardaran un secreto que solo se revelaba al rozarlos.

Recordé su costumbre de morderme el labio inferior, suavecito, apenas un toque que me dejaba sin aliento. Y lo hizo. Ese gesto, tan suyo, regresó con toda su fuerza, como si el tiempo no hubiera pasado.

Confieso que soy muy sensible; mis ojos se humedecieron sin que pudiera pronunciar palabra. Había algo en ese beso —en su manera de volver a mí— que removía todo lo que creí haber dejado atrás.

—¿Eres feliz en tu matrimonio? —preguntó.

Su voz no tenía reproche, solo una serenidad que me desarmó. Luego añadió:

—Juan… gracias por regresar, aunque sea por un instante, a nuestras vidas. Cuéntame tu vida, sin rodeos, sin mentiras. Ya no somos los jóvenes enamorados; somos adultos, con responsabilidades, y tenemos que ser sinceros. Cuéntame tu vida… después tú escucharás la mía.

Lo dijo con esa firmeza suave que siempre la caracterizó, como si abriera una puerta que ambos sabíamos que tarde o temprano tendríamos que cruzar.

En mi relato abrevié la situación de mi actividad sindical y el exilio, cuatro años después de mi separación de ella. Le conté que salí a Noruega con dos hijos. Le dije que ahora tenía cuatro: dos varones y dos chiquillas. No pude ocultar que mi matrimonio con la madre de mis tres hijos había fracasado. Mi esposa actual me dio una niña.

Sus preguntas giraron en torno a mi trabajo, a mi vida matrimonial, a lo esencial. Yo respondía con cautela, tratando de no dejar que la emoción me quebrara.

—Llegué con mi hijo Walter —expliqué—. Tiene quince años.

Entonces vino su pregunta, directa, inevitable:

—Corazón… ¿y tus mujeres están enteradas de lo nuestro?

Su voz sonó como una bala. Me atravesó sin aviso, dejándome sin aire. No supe cómo afrontar aquello. Sentí que todo mi pasado, mis decisiones, mis silencios, se me venían encima.

—Saben —respondí, mintiendo—. No les oculté nuestra relación ni los motivos por los que optamos por la separación.

La mentira me pesó en la lengua, pero no encontré otra salida. Había verdades que aún no sabía cómo pronunciar.

A su turno, ella tomó mis manos con fuerza, como si depositara en las mías todos sus secretos, todo lo que había guardado durante años.

—Juan —dijo con una serenidad que me estremeció—, nunca pude olvidarte. Hubo un tiempo en que te guardé tanto rencor y desprecio por tu abandono…

Su mirada se nubló, pero no apartó las manos.

—Mi madre murió, creo yo, de pena. De tanta pena que me reprochaba haber permitido que te trajera a esta casa… desde aquel río donde lavé con mis manos todas tus penas. Y te fuiste.

Sus palabras no eran un reproche; eran una herida que por fin se atrevía a mostrarme.

—Lloré tanto, abrazada a mi Luisito —continuó—, que al final fue él quien me impulsó a seguir mi camino, a levantar la cabeza.

Hizo una pausa, como si ordenara sus recuerdos antes de entregármelos.

—Después… después te recordé con amor. Porque a mi alrededor construí lo que ves: una seguridad material para mi vida y para mi hijo. —Me miró con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad—. Confieso, Juanito mío, que pretendientes no me faltaron. Llegaron con palabras bonitas, con regalos, con atenciones. Cada uno, a su manera, me ayudó a sanar la soledad… pero nunca los acepté por entero. Siempre se quedaron antes de la puerta. Y aquí estoy, Juanito mío.

Sus dedos apretaron los míos, como si temiera que me desvaneciera.

—Eres como el santo de mi devoción —dijo con una ternura que me atravesó—. Y para mi hijo… tú sabes lo que significaste. Sufrió cuando te fuiste. Recuerda que, por algún tiempo, te presentabas en la puerta de su escuela para llevarle figuritas de fútbol o algún regalito. Yo no podía reprocharle nada, porque venía feliz a contarme que se había encontrado contigo.

Hizo una pausa breve, como si buscara la forma más justa de decir lo que seguía.

—Luis sabe que no eres su padre biológico; se lo expliqué cuando cumplió diez años. Pero nunca dejó de pensar en ti. Tiempo después te descubrió por internet… reportajes, noticias que llevaban tu nombre. Guarda una foto tuya, esa en la que estás junto a Nelson Mandela en una ciudad de Europa.

Me miró entonces con una mezcla de orgullo y nostalgia.

—Por eso, en esta casa, Juan, eres el padre de Luis.

Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros, cargadas de una verdad que no necesitaba adornos. Era un reconocimiento, pero también una responsabilidad emocional que me envolvía sin aviso.

Tomó aire antes de seguir, con una sinceridad que me dejó indefenso.

—No quiero lastimarte. Pero no es bueno que nos presentes a tu hijo. Cuidemos esto… —su voz bajó, casi un susurro— como una iglesia que se camina por dentro, en silencio, respetando lo que guarda adentro.

Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros cuando Luis, con disculpas, interrumpió la charla. Solo era una urgencia: debía salir a la ciudad. Se acercó a mí con respeto, casi con una timidez adulta, y me dijo que al día siguiente podíamos encontrarnos. Me entregó su número de celular, como quien abre una puerta que llevaba años cerrada.

Cuando volvió el silencio, Olga retomó la conversación con esa calma que siempre la distinguió. Me comentó, después de casi dos horas de confidencias, que Luis estudiaba en la Universidad Católica, cursando Ciencias Económicas. Habló de él con un orgullo sereno, de madre que ha visto crecer a su hijo con esfuerzo y dignidad.

Dijo que tenía planes de trasladarse a Francia, que llevaba tiempo soñando con ese destino. Y añadió, con una sonrisa discreta, que por ahora estaba saliendo con una chica de su misma carrera, una joven aplicada, candidata también a una beca en Francia. Lo dijo como quien observa desde lejos el rumbo de un hijo y agradece, en silencio, que la vida le haya dado alas propias.

Ya más liviano en mis pesares, me dispuse a abandonar la casa de Olga. Ella también se puso de pie y me acompañó hacia la puerta. No hablamos. Nos miramos en silencio, como si las palabras estorbaran. Y, sacudiendo apenas la voz, le dije que mañana me reuniría con Luisito.

Abrió la puerta. Afuera hacía frío. El taxi esperaba; Olga había llamado uno para trasladarme a mi alojamiento.

Entonces, Olguita me tomó las manos con fuerza.

—Quédate esta noche, Juan…

Su petición quedó suspendida entre nosotros, cálida, temblorosa, imposible de ignorar.

La miré. No dije nada. Le besé los labios despacio, como quien confirma una decisión que ya estaba tomada. Luego regresé al interior de la vivienda.

—No te desesperes ni te pongas nervioso. ¿Quieres hacer una llamada? Allí tienes el teléfono —dijo, retirándose con discreción, mientras yo recorría con la mirada cada rincón de la sala, amoblada con un gusto refinado y me atraía al mismo tiempo.

Llamé a mi suegra, disculpándome por la tardanza y anunciando que no regresaría a casa: estaba con unos parientes, dije, y con unas copas encima.

Todo arreglado. Sonreí con una picardía silenciosa. Vi venir a Olga con dos copas de trago.

—¿O prefieres café? —preguntó.

Era una bebida suave. Descubrí, en una esquina de la sala, sobre una mesita ratona, unas ramitas secas de plástico que parecían de verdad y dejaban ver, discretamente, tres fotografías de medio cuerpo: Olga sonriente, Luisito con su toga de bachiller y yo, Juan de Dios Postigo.

Tomé la foto entre mis manos y pregunté:

—¿Y esto?

—Es de una credencial de prensa que dejaste. Y no solo eso, Juan… Hace años que yo dormía con tu camisa, aquella celeste que yo misma te regalé en Navidad. Tu almohada la convertí en un cojín. Mira, ese que está en el sofá.

No dije nada. Ella salió un momento y regresó con un libro en la mano.

—¿Recuerdas? El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez. Ese libro lo leí como diez veces… y aprendí mucho de él. Lo encontré entre las cosas que dejaste. Aprendí a esperar… como ese coronel que aguarda cartas que nunca llegan.

Ah, y Luisito tiene tu reloj pulsera. Un tiempo lo usó; ahora lo guarda con cariño, como si en esa prenda quedara todavía un poco de tu presencia.

Todo era un cuadro conmovedor. Sin darnos cuenta, estábamos abrazados. Me inquieté por Luis y pregunté si no le molestaría sorprendernos así.

Olga me explicó que Luis tenía su propio apartamento en el piso de arriba. En cualquier situación, primero llamaría; esas previsiones me devolvieron cierta tranquilidad.

La noche de amor con Olga no se pareció a la primera, aquella mezcla de pasión y entrega casi subliminal, ni tampoco a la última, vivida bajo la sombra de inquietudes que nos desbordaban. Fue distinta después de tantos años. Ella me extrañaba, y yo, en todo ese tiempo, la recordaba en silencio. La olvidé como una disciplina necesaria para no quebrarme. Mi nueva situación se imponía por sí misma, y también por amor a la familia que había formado hacía años. Era una lealtad que no podía traicionar sin perderme a mí mismo. El amor por mis hijos y por mi esposa se había vuelto una piedra firme para seguir adelante. Y aun así, estaba arriesgando demasiado.

Olga es inteligente, me dijo que nunca me pediría que regresara a su lado. Y en esa frase, tan simple, sentí el peso de todo lo que habíamos sido y de lo que ya no podía permitirme volver a ser.

—Esto, para mí, es un remedio —explicó—. Me ayuda a mantener intacta tu imagen, lejos de mi vida. Quiero que vuelvas al lado de los tuyos y entregues todo tu amor, todas tus penas, tus alegrías… Es tu vida. Vívela como siempre has anhelado, feliz. Mi Juan… Luisito y yo somos felices. Seguiremos nuestras vidas con más fuerza, porque te vimos, y sé ahora más que nunca que no estás abandonado, como aquella vez en que te encontré en la orilla del río. Tú y yo somos otras personas. Somos almas unidas en un gran amor, en silencio, en secreto, pero con la fuerza suficiente para vivir esta realidad. Con confianza, Juan. No hables ni digas nada. Yo te entiendo… y tú sabes comprenderme.

No era mi cholita Olga; era otra con el mismo cuerpo. Aunque dijera que sus sentimientos seguían siendo los mismos, ella y yo éramos almas distintas, unidas apenas por un gran apego al ayer… a nuestro ayer. Y eso bastaba.

El desayuno fue formal, con la presencia de Luis, que sonreía cada vez que nos miraba. Luis era ya un hombre; entendía cosas de mayores y sabía mantener una conversación amena sobre los asuntos menores de la casa y de la calle.

Después quedamos solos nuevamente. Yo me aprestaba a salir al mismo tiempo que Olga, aunque en direcciones distintas.

Dos días después, mi encuentro con Luis, en el café del Hotel Presidente, nos sirvió para conocernos más íntimamente. Le expliqué con cuidado quién había sido yo en su vida. Él facilitó mis dificultades: dijo saber, y estar consciente, de que yo no era su padre.

—Yo tengo una sola imagen de padre, y es usted —me dijo—. He conversado mucho con mi madre y entiendo la separación de ustedes. Pero ahora, entiéndame usted. En una parte importante de mi vida, usted llenó de amor mis ilusiones de niño. Con cariño… aunque también las quebró, alejándose despacito. Y eso lo valoro. Recuerdo que usted venía a mi escuela, me tomaba de la mano y nunca entraba a la casa. Yo era feliz.

Me contó que, ya de joven, averiguó quién era yo en la vida de su madre y en mi vida profesional. Leía mis artículos, mis viajes, mis entrevistas en una agencia de noticias extranjera. Se sintió orgulloso.

—Un día, cuando tenía dieciocho años, recorté un periódico donde usted entrevistaba a Fidel Castro. Lo llevé a mis amigos, orgulloso, como si mostrara una prueba secreta de mi origen. Me hirieron diciéndome que yo no llevaba su apellido y que mentía. Y era cierto que les mentía… pero no conozco otro padre. Don Juan, usted es y seguirá siendo mi padre. Permítame darle un beso en la frente, ese que he guardado tantos años para usted.

Vi al joven con un par de gruesas lágrimas. Nos abrazamos. En otras palabras, aquel gesto marcaba también una despedida.