
Treinta días para existir
El tiempo que ella pidió sin explicarlo, el tiempo que él aceptó sin comprenderlo.
El periodista Julián Palermo era un cliente asiduo del comedor popular del Mercado Lanza, en la ciudad de La Paz. A veces llegaba solo; otras, acompañado de algún amigo, siempre con el cansancio escondido en los hombros. Su casera, la comidera, ya lo conocía bien: el joven Julián era de esos clientes que volvían una y otra vez, incluso en los días en que el bolsillo le apretaba. Entonces ella, sin hacerlo notar, le fiaba el almuerzo y el vaso de fresco: unas veces de linaza, otras de orejones, según lo que hubiera preparado esa mañana.
El comedor, con sus mesas de madera gastada y el olor tibio de las sopas del día, era un refugio para quienes buscaban un respiro entre trabajo y obligaciones. Por allí desfilaban el oficinista, el bancario, los obreros que almorzaban sin prisa, los estudiantes que contaban monedas antes de pedir, y el aparapita, ese hombre que cargaba las compras de las amas de casa que hacían mercado desde temprano. Todos pasaban, todos dejaban algo de sí, como si el lugar guardara la memoria de cada jornada.
El mercado Lanza, a un costado de la plaza Pérez Velasco, era más que un punto de encuentro: era una referencia inevitable, un pequeño mundo donde tarde o temprano todos terminaban cruzándose. Y fue allí, entre el ruido de los platos y el murmullo de la gente, donde los ojos de Julián tropezaron por primera vez con los de una mujer joven. Apenas un cruce de miradas empezó a moverle la vida.
Julián la descubrió ese día como quien encuentra algo que no estaba buscando. La vio cuando ella se acomodaba en la mesa donde varios degustaban, al mismo tiempo, el plato del mediodía. Se sentó frente a ella en silencio, sin pensarlo demasiado, como si el gesto hubiera nacido solo.
Ese día, por una motivación extraña que él mismo no supo explicarse, pidió una papaya Salvietti y dos vasos.
—¿Quiere un vaso de papaya? —le preguntó, sin mirarla del todo.
Pensó en ella, en que no era conocida en el puesto de comida como él, que llevaba meses entrando y saliendo de ese comedor.
Ella, sonriente, aceptó la invitación mirándolo a los ojos.
—Esta caserita cocina muy rico —comentó, mientras acomodaba el plato.
Julián, movido por la curiosidad, le preguntó si venía a comer allí con frecuencia.
Su respuesta fue afirmativa; incluso añadió que casi cada día estaba en ese lugar. Pero Julián sabía que no era cierto. Ella era desconocida, completamente nueva en ese pequeño mundo donde todos, de una u otra forma, se reconocían.
Salieron juntos del comedor del Lanza. —Oh, perdón… mi nombre es Julián Palermo —dijo él, extendiéndole la mano y mirándola a los ojos, esperando sentir la tibieza de la suya. Pero ese contacto no ocurrió. —Tereza —respondió ella, apenas.
A Julián le apremiaba el tiempo. Tenía que regresar a sus fuentes de información. Era reportero de prensa en Radio Continental y, para las seis de la tarde, debía estar redactando sus notas para el informativo de las ocho. Aun así, algo en esa mujer —su presencia inesperada, su sonrisa breve, su mentira suave— lo acompañó mientras se despedían, como una pregunta que recién empezaba a formarse.
Al despedirse, no hubo compromiso alguno para un nuevo encuentro. Cada cual tomó su camino, como si lo ocurrido hubiera sido apenas un paréntesis en medio de la rutina. Sin embargo, mientras se alejaban, algo de la presencia del otro quedó suspendido en el aire, como un eco que ninguno de los dos sabía todavía interpretar.
Julián, mientras avanzaba hacia la Pérez Velasco para tomar un micro, pensaba en sus notas pendientes; sin embargo, por debajo de todo eso, como un murmullo que no cedía, seguía apareciendo la imagen de Tereza: su sonrisa breve, la manera en que aceptó el vaso de papaya, esa mentira suave que él había percibido sin saber del todo por qué.
Era apenas el comienzo, aunque ninguno de los dos lo sabía.
Bolivia atravesaba entonces un periodo de inestabilidad política y crisis económica. El país estaba bajo el gobierno militar del coronel Hugo Banzer Suárez, quien, ante el crecimiento de las protestas populares de distintos sectores, anunció en noviembre de 1977 la realización de elecciones generales para julio de 1978. Aun así, en las calles persistía una sensación de duda: nadie sabía con certeza si aquella convocatoria abriría realmente un nuevo rumbo o si sería solo otra promesa suspendida en el aire.
Era un tiempo incierto, cargado de tensiones, pero también de una esperanza cautelosa que se filtraba en las conversaciones de mercado, en las radios encendidas al mediodía, en los cafés del centro paceño donde la gente hablaba en voz baja, como si el país entero caminara sobre un suelo que podía moverse en cualquier momento.
La Navidad y el Año Nuevo se sucedieron en medio del empeoramiento del poder adquisitivo de los sueldos y salarios. Las conversaciones en la calle, en los mercados y en las radios repetían la misma preocupación: todo subía, menos los ingresos. Era un tiempo en que la incertidumbre política se mezclaba con la angustia doméstica, como un murmullo que no dejaba en paz a nadie.
Juliàn, fiel a su tren de vida, seguía celebrando los tradicionales viernes de soltero con sus colegas y amigos. Entre risas, cerveza paceña y discusiones sobre la coyuntura, intentaba sobrellevar el ajetreo periodístico de esa época. Las jornadas eran largas, las noticias cambiaban de rumbo a cada hora, y la presión por cerrar notas para el informativo lo mantenía en un estado de alerta permanente.
Aun así, había en él una especie de resistencia silenciosa, una manera de seguir adelante pese al cansancio, como si la rutina —sus amigos, el trabajo, el mercado Lanza— fuera lo único que le daba cierta estabilidad en medio de un país envuelto en una niebla de tensa incertidumbre.
Un día sábado, para curar la resaca de una noche de farra, Juliàn se dirigió al comedor del mercado Lanza. Allí, doña Gregoria, la dueña del puesto de comida, lo recibió con una mezcla de sorpresa y picardía.
—¿Y de dónde aparece este joven…? Siéntese, siéntese, le vamos a curar ese chaqui con un caldito de cordero —dijo—. Y póngale mucha llajwíta.
Juliàn sonrió apenas, dejándose caer en el banquito de siempre. El vapor del caldo subía desde la olla grande, mezclándose con el bullicio del mercado y con ese olor a fritura y a vida cotidiana que él conocía de memoria. Era su refugio, incluso en los días en que la noche anterior pesaba más de la cuenta.
Y allí apareció Tereza. —Señorita Tereza, aquí está pues el joven Juliàn; por fin apareció. Alguna pues le ha debido tener amarrado —dijo doña Gregoria, delatando a la recién llegada, que había estado preguntando por él durante los días en que no se dejó ver por allí.
No quiso servirse el caldito de cordero. Apenas pidió una Coca-Cola chica y, de un solo sorbo, se la bebió como quien apaga un incendio por dentro. Después miró a Juliàn con una urgencia, y le propuso salir del lugar.
—Vamos… quiero comer un fricasé, ven —murmuró, tomándolo de la mano, como si temiera que se le escapara otra vez.
Pidió un taxi y, al subir, indicó al chofer que los llevara al Cementerio General. Afuera, la ciudad parecía arrastrar un cansancio antiguo, como si también hubiera pasado mala noche.
—Allí hay una fricacería que te va a revivir si estás de chaqui —dijo ella, pero su sonrisa tenía algo de sombra, como si hablara más para sí misma que para él.
Durante el trayecto, apoyó la cabeza en el hombro de Julián, como si se conocieran desde hacía tiempo y, por fin, hubiera encontrado un lugar donde descansar.
Él intentó decir algo, alguna palabra que rompiera ese silencio espeso que los envolvía, pero Tereza ya estaba dormida, rendida a un cansancio que venía de más lejos que esa noche.
Cuando llegaron, Tereza apenas probó el fricasé. Pidió dos cervezas y bebió en pequeños sorbos, como si cada trago la sostuviera un instante más en pie. Luego empezó a hablar suavemente, con esa voz que parecía salir de un rincón herido de su memoria. Le tomó la mano y se acercó a su rostro para besarle la mejilla, un gesto breve, casi tembloroso, envuelto en un tono misterioso.
—Oye… me gustas desde hace mucho. No estoy enamorada, pero siento como si te necesitara a mi lado. Todo es extraño en mi vida —dijo, y en sus ojos había una tristeza que no buscaba consuelo, solo ser escuchada.
Afuera llovía; febrero es así, impredecible y cansado. La lluvia golpeaba los techos del Cementerio General como si también quisiera entrar a resguardarse. Casi obligados por el aguacero, Julián y Tereza se quedaron en el restaurante, y para entonces ya habían consumido ocho botellas, suficientes para que la ebriedad les aflojara la lengua y los recuerdos.
Julián, entusiasmado por la confesión de su acompañante y arrastrado por el efecto de las bebidas, propuso retirarse del lugar. Tereza, sin decir mucho, pagó la cuenta. Lo hizo con una naturalidad que a él lo alivió y lo avergonzó al mismo tiempo; Julián siempre andaba escaso de dinero, y ella lo sospechó.
Empapados por la lluvia, caminaron hasta la habitación de Julián, cerca de la estación de ferrocarriles. La noche estaba fría y el agua les corría por la ropa como si también quisiera borrar algo de sus vidas.
Tereza reía mientras se desvestía, dejando en el piso sus prendas mojadas, pero había en esa risa un temblor extraño, como si se sostuviera apenas en un hilo de alegría prestada. Julián no comprendía del todo ese entusiasmo repentino; lo desconcertaba y, al mismo tiempo, lo conmovía, como si presenciara algo frágil que no sabía cómo sostener.
Ella ya estaba metida en la cama, buscando calor, mientras Julián extendía las ropas mojadas sobre las sillas, intentando ordenar el pequeño cuarto, como si ese gesto pudiera darle sentido a una noche nueva y romántica.
Al despertar, ambos sintieron una sed galopante. No había en el cuarto ni un vaso de agua para refrescarse. La resaca les golpeaba con la misma crudeza que la luz que entraba por la ventana. Consultaron la hora: doce del mediodía. Los dos lanzaron una exclamación, mezcla de sorpresa y desamparo.
Por la noche anterior, y por encontrarse juntos en la misma cama, comprendieron que habían estado demasiado ebrios para recordar algo con claridad. Todo era un vacío borroso, una sombra de lo que quizá había ocurrido, o quizá no. Solo quedaba la sensación amarga de haber cruzado un umbral sin saber exactamente cuál.
Se vistieron después de salir del cuarto de la ducha, que quedaba en el patio. El aire frío de la mañana les devolvió de golpe la sobriedad. Tereza sonrió al encontrar en el patio a una señora lavando ropa y a dos chicos pateando una pelota, ajenos a la presencia de la extraña. Aquella escena doméstica, tan simple, parecía devolverle un poco de calma, como si la vida cotidiana de otros pudiera sostenerla por un instante.
A su turno, Juliàn se acercó a la dueña de casa para disculparse por haber llegado tan tarde y por si habían hecho algún ruido molesto. —Borracho estaba, doñita… no me acuerdo —dijo, intentando justificar la noche anterior, aunque en su voz había más vergüenza que humor.
La mujer lo miró con una mezcla de paciencia y resignación, como quien ya ha visto demasiadas veces la misma historia repetirse con su inquilino.
Salieron para refugiarse en un restaurante, comer algo reconstituyente y curar la resaca. —Ni una sola cerveza —dijo Juliàn, con la voz áspera. —Ni una sola cerveza —repitió Tereza, como si quisiera convencerse a sí misma.
Pero minutos después, ambos se miraban sonrientes, vencidos por una complicidad que no entendían del todo. En realidad, ninguno de los dos sabía quién era el otro. Apenas los nombres, apenas la sombra de una noche que se les había ido de las manos.
Juliàn la observaba con una mezcla de curiosidad y desconcierto. Era una mujer de unos veinticinco años, agraciada, y para ser más bonita no necesitaba maquillaje; al menos así se mostraba después de una noche de alcohol, con el rostro limpio y un cansancio que no lograba opacar su belleza natural.
Fue ella quien le pidió a Julián que la escuchara. Repitió, con una insistencia suave pero firme, que necesitaba hablar. —Y serás tú quien me escuche —dijo, tomando sus manos y mirándolo fijamente, como quien está a punto de soltar un secreto que pesa demasiado.
O quizá era eso lo que él quiso creer, pensó Julián, sintiendo que algo se abría entre ellos, algo frágil y difícil de nombrar.
—No verás ni una lágrima mía —dijo Tereza al comenzar—, porque tú me das fuerza. Me escuchas… y ahora te pido solo treinta días de tu vida. Yo quiero vivir treinta días contigo.
Lo dijo con una serenidad que no coincidía con el temblor de sus manos. Había en su voz una mezcla de súplica y resignación, como si esos treinta días fueran lo único que podía permitirse pedirle al mundo. Julián la miró sin saber qué responder; sentía que detrás de esas palabras había algo más hondo, algo que ella aún no se atrevía a nombrar.
Nada encajaba para Julián . La mujer que había conocido en el comedor del mercado Lanza ahora le pedía treinta días de su vida, así, sin rodeos, como si fuera lo más natural del mundo. Él la observaba con una mezcla de desconcierto y fascinación. Reconocía que le gustaba; algo en ella lo había tocado desde el primer momento, quizá esa tristeza que llevaba como un abrigo invisible.
En su imaginación, ya se había hecho la ilusión de verla como madre de sus futuros hijos. La miraba y confiaba, casi sin darse cuenta, en que podría ser una buena esposa, alguien con quien construir una vida distinta a la que él conocía. Pero al mismo tiempo, algo no terminaba de encajar. Era como si estuviera frente a un misterio que lo atraía y lo inquietaba por igual, una puerta entreabierta hacia un destino que no sabía si debía cruzar.
No estaba loca, pensó él mientras la escuchaba. Era una mujer en desgracia, y por última vez le pedía treinta días a su lado.
Ese día terminaba febrero. Ella, con la voz quebrada, le dijo que quería que abriera su puerta para poder entrar en su vida; o, si no, que la echara de su lado. Seguiría su camino, añadió, aunque le doliera hasta los huesos.
El último día de febrero cayó en jueves. Julián, siempre preocupado por los horarios de su trabajo en la radioemisora Continental del sindicato de trabajadores fabriles de La Paz, pasó la mañana revisando papeles y ajustando grabaciones. Sin embargo, su mente estaba en otra parte.
Tereza le pidió encontrarse en el restaurante Lido Grill de la Pérez Velasco, a las ocho de la noche. Aquella precisión —el lugar, la hora, el tono casi solemne— lo dejó inquieto. Había en la voz de ella una sombra que él no supo descifrar, un temblor leve que parecía anunciar algo que aún no tenía nombre.
Él se sentía profundamente preocupado por la misteriosa actitud de su amiga. No existía compromiso alguno entre ellos, ninguna declaración de amor que justificara un sobresalto semejante, ni un gesto que insinuara un romance. Entonces, ¿por qué treinta días? ¿Qué significaba ese plazo que ella había mencionado casi en susurro, como si temiera que el tiempo mismo pudiera escucharla?
Mientras caminaba hacia la parada del minibús, Julián sintió que algo estaba por cambiar, aunque todavía no sabía si debía temerlo o abrazarlo.
No había manera de soslayar el tradicional “viernes de soltero”. ¿Cómo faltar a la cita con Tereza, y al mismo tiempo decirles que no a los colegas y amigos que ya lo esperaban para las farras del último día de la semana? El dilema para Julián no era sencillo; lo acompañó durante toda la tarde como una piedra pequeña en el zapato, imposible de ignorar.
Aun así, llegó al sitio del encuentro, media hora más tarde. Ella lo esperaba en una mesa, bebiendo una cerveza con la serenidad de quien ya ha decidido algo importante. No era nada extraño: los viernes, todos los bares y restaurantes estaban abarrotados de gente, en su mayoría empleados y trabajadores que daban rienda suelta a su habitual viernes de chupa.
Tereza, sin embargo, resistía como podía a los merodeadores que la acechaban. Desde lejos, Julián la vio sola, expuesta ante los ojos curiosos que recorrían el local en busca de compañía fácil. Había en su postura una mezcla de firmeza y vulnerabilidad que lo conmovió. Él avanzó entre las mesas con la sensación de que esa noche, más que un encuentro, lo aguardaba una revelación.
Esa noche, juntos bebieron no dos cervezas, sino varias más, las suficientes para sentirse ligeramente embriagados y, por momentos, sinceramente contentos. La conversación avanzaba a ráfagas, se detenía en silencios breves, como si ambos presintieran que algo importante se acercaba sin necesidad de nombrarlo. A ojos de los demás parroquianos, parecían una pareja feliz que disfrutaba del viernes, una más entre tantas que buscaban alivio después de la semana. Pero para Julián, esa apariencia tenía un matiz distinto: una calma frágil, casi prestada, como si la noche les hubiera ofrecido un respiro sin prometer nada a cambio. Era una sensación leve. No sabía dónde culminaría ese pequeño paréntesis ni cuánto duraría, pero intuía que algo, en algún punto, empezaba a moverse en silencio entre ambos, como un gesto apenas insinuado que todavía no encontraba su forma.
Fue Tereza quien, cerca de la medianoche, propuso abandonar el lugar. Lo dijo con esa mezcla de cautela y determinación femenina. Sugirió ir a la casa, que no era otra que la habitación de Julián, y lo hizo con una insinuación apenas perceptible, más cercana a la confianza que a la audacia.
Estaba acordado desde antes de encontrarse: Tereza le había pedido convivir con él durante treinta días, sin explicar qué pasaría después, sin ofrecer una razón clara, como si el plazo fuera más importante que el destino.
Julián sintió que la propuesta tenía un peso que no sabía interpretar. No era un gesto romántico ni una huida; era algo distinto, más íntimo y más incierto. Pero para ellos, el mundo parecía reducirse a ese gesto sencillo: levantarse de la mesa, pagar la cuenta y caminar juntos hacia un destino que ella había elegido. Afuera, la ciudad seguía viva, ruidosa y despreocupada, pero en el interior de ambos se abría un territorio nuevo y misterioso, que ninguno de los dos sabía aún cómo habitar.
Apenas ingresaron a la habitación, Tereza dejó caer su maletín de ropa en un rincón, como si quisiera desprenderse de todo peso acumulado. Se acercó a Julián y lo rodeó con los brazos, susurrándole en un tono suave, cargado de una cercanía nueva, que aquella noche sería distinta, la primera vez que se permitiría estar con él de verdad.
Le pidió que la quisiera, que la tratara con la misma ternura con la que él alguna vez había amado a alguien que aún extrañaba. Había en su voz una mezcla de vulnerabilidad y decisión que lo conmovió más de lo que esperaba.
Julián apenas correspondió con besos lentos, casi tímidos, insinuando que quizá lo mejor para ambos sería descansar, dejar que el cansancio y la emoción se asentaran antes de dar cualquier paso. No era rechazo, sino una forma de cuidar el momento, de no apresurar lo que ya estaba naciendo entre ellos.
Mientras la habitación los acogía en silencio, Julián notó que los ojos de Tereza brillaban de un modo extraño. No era solo la luz tenue que entraba desde la calle: eran lágrimas, silenciosas, contenidas, que la delataban sin que ella dijera una palabra. Había algo en su respiración, en la forma en que evitaba mirarlo de frente, que revelaba un dolor más hondo del que él podía imaginar.
Ambos buscaban una manera de estar juntos sin herirse, sin repetir las viejas sombras que cada uno cargaba a su modo. Pero era evidente que ella sufría. Julián lo entendió por la forma en que se aferró a él, por ese leve temblor de su cuerpo, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera romperla.
Julián sintió que aquella noche no se trataba de pasión ni de promesas, sino de algo más delicado: la necesidad de compañía en medio de una incertidumbre que ella no se atrevía a explicar.
Al despertar, cerca del mediodía, salieron en busca de algo que calmara la resaca de la noche anterior. Se refugiaron en un restaurante donde el fricasé humeante y la cerveza fría parecían lo más apropiado para recomponer el cuerpo y, quizá, también el ánimo.
—Cuéntame un poco de tu vida, Tereza —le pidió Julián con cierta suavidad, casi con temor, como si presintiera que sus palabras podían abrir una herida.
Ella no esperó a que lo repitiera. Levantó la mirada apenas, con los ojos aún cansados por la noche y por algo más profundo, y respiró hondo antes de empezar a hablar.
—Mi querido Julián —comenzó Tereza, con una serenidad que apenas ocultaba el temblor de su voz—. Yo quisiera amarte como alguna vez amé a alguien. Con alma, cuerpo y corazón, como dice aquel vals peruano. Pero puedes estar seguro de algo: no te lastimaré. Conmigo no vivirás una falsa ilusión.
Hizo una pausa breve, como si buscara aire para sostener lo que venía.
—Tú serás mi consuelo, mi desahogo, mi tristeza. Serás el agua que sacia mi sed. Mis sentimientos están lastimados… abandonados en medio de un desierto donde no encuentro el camino para volver a ser la mujer que un día fui: feliz, sonriente, amorosa.
Mientras hablaba, había en su gesto una mezcla de resignación y alivio, como si por fin hubiera llegado el momento de decir aquello que llevaba demasiado tiempo guardado. Tereza respiró hondo, como quien se prepara para cruzar un umbral invisible.
—Pero quiero pedirte algo —continuó, con una suavidad que contrastaba con la firmeza de sus palabras—. Yo te contaré mi vida… pero no ahora. No me lo pidas, Julián. Cuando llegue el momento, yo misma te pediré que me escuches. Entonces sabrás mi verdad.
Sus palabras no eran una confesión, sino un retrato honesto de su herida, una súplica silenciosa para no ser juzgada antes de tiempo. Había en su voz una pena antigua, pero también una esperanza tímida, como si confiar en él fuera un acto de fe que apenas se atrevía a ensayar.
Julián la escuchó sin interrumpirla. Sintió que cualquier palabra suya sería torpe, insuficiente, frente a la fragilidad que ella acababa de mostrar. Se limitó a asentir, con un gesto casi imperceptible, que contenía toda su disposición a acompañarla, como si ese leve movimiento bastara para sostener el momento sin quebrarlo.
Afuera, el bullicio del mediodía seguía su curso, indiferente a lo que acababa de ocurrir entre ellos. Regresaron a la casa caminando despacio, todavía algo aturdidos por la resaca y por las palabras que habían quedado suspendidas en el aire. En un puesto callejero compraron unas empanadas de queso, “para el café”, dijo Tereza, como si ese pequeño gesto pudiera devolverles cierta normalidad. También mencionó que mirarían la televisión un rato, aunque ninguno de los dos parecía realmente interesado en lo que dieran.
Ya en la habitación, hablaron poco. El cansancio se les notaba en los hombros, en la forma en que dejaban caer las cosas sin pensar. Tereza se recostó en la cama con un suspiro largo, casi de alivio, y extendió una mano hacia Julián, llamándolo a su lado. No había urgencia en su gesto, sino una necesidad tranquila de compañía, de sentirse acompañada sin preguntas ni explicaciones.
El domingo, segundo día de convivencia entre Tereza y Julián, ambos descubrieron que no conseguían entenderse en la normalidad de una pareja. No podían, porque aquello no había nacido de una declaración de amor ni de un impulso romántico. Era un acuerdo, casi un pacto silencioso, y los dos lo sabían.
Aun así, trataron de la mejor manera de aparentar una conexión sentimental. Prepararon el desayuno juntos, ordenaron un poco la habitación, hablaron de cosas triviales. Pero cada gesto tenía un leve temblor, como si ambos se preguntaran si lo que estaban viviendo era real o apenas un intento de llenar un vacío.
¿O quizá la conexión ya existía, aunque no se fundara en un acercamiento sensual? Había algo entre ellos, algo que no sabían nombrar: una mezcla de compañía, necesidad, consuelo y una ternura que se insinuaba sin atreverse a mostrarse del todo.
Julián lo percibía en los silencios de Tereza, en la forma en que ella lo miraba cuando creía que él no la veía. Algo rompió ese tedio aquel día. La ducha no funcionaba por un desperfecto, y el agua apenas goteaba con un sonido triste, como si también ella estuviera cansada. Tereza, después de probar inútilmente las llaves, soltó una risa breve, resignada.
—En San Pedro hay duchas públicas —dijo con un entusiasmo inesperado—. Podríamos ir allá. De paso caminamos un poco… nos hará bien.
La propuesta, tan sencilla y tan fuera de la rutina, tuvo algo de alivio. Julián aceptó sin pensarlo demasiado. La idea de salir, de mezclarse con la ciudad, de caminar entre puestos y calles ruidosas, parecía una manera de sacudirse la pesadez que los había acompañado desde la mañana.
Julián la observó mientras se preparaban para salir. No sabía si aquello era un intento de normalidad, un gesto de ternura o simplemente una necesidad de moverse para no pensar demasiado.
Después de las duchas, cerca de la iglesia de San Pedro, Tereza le pidió que la acompañara a la casa de su madre. Mientras avanzaban, comenzó a contarle que su madre tenía un horno y que su hermano mayor, Mario, lo atendía; cada día preparaba pan y otras masitas para algunas confiterías del barrio. Julián escuchaba como si aquellas palabras abrieran una ventana a un mundo que él desconocía, un mundo sencillo y ajeno que, sin saber por qué, le despertaba una curiosidad tranquila, casi afectuosa.
Caminaron por las calles de aquella zona, esquivando de vez en cuando autos impacientes y transeúntes apurados. A paso lento, y sin darse cuenta por la amena charla que sostenían, se detuvieron frente a una casa verde: la de su madre. Tereza le pidió que la esperara un instante mientras la saludaba. Él asintió y se quedó en la vereda de enfrente, bajo una luz que comenzaba a declinar, con la sensación de que ese pequeño alto en el camino revelaba algo íntimo de ella que recién empezaba a comprender.
Allí, detenido, sintió cómo en su mente se arremolinaban preguntas en torno a la vida misteriosa de Tereza. Era una vida que apenas comenzaba a entrever y que, sin embargo, ya lo tocaba con esa mezcla de curiosidad y nostalgia que sólo despiertan las historias ajenas cuando uno presiente que, de algún modo, también podrían haber sido propias.
Mientras Julián seguía ensimismado en sus ideas, Tereza apareció a su lado. No tenía el mismo semblante con el que había ingresado a la casa; algo en su expresión se había endurecido, como si una vieja herida hubiera vuelto a abrirse.
—Vámonos de aquí —le dijo, seca, sin mirarlo demasiado.
Ella levantó la mano para detener un taxi. Subieron y, apenas acomodados, indicó la dirección a la estación de trenes. Durante unos segundos, sólo se escuchó el motor y el tránsito espeso de la tarde, como si la ciudad misma quisiera envolverlos en un murmullo que no dejaba espacio para preguntas.
—Siempre es el mismo sermón de mi madre —murmuró al fin—. Nunca me recibe con cariño, nunca me pregunta cómo estoy.
Y calló. Se quedó mirando la extensión de las calles, como si el barrio retrocediera lentamente y, con él, una parte de su propia historia. Julián, a su lado, sintió que aquella reacción decía más que cualquier explicación.
El ánimo de Tereza se había endurecido. No había espacio para nada romántico aquella noche, por más que Julián se esforzara por animarla. Había algo en su gesto, en la forma en que cerraba los labios, que le hacía comprender que ese deseo debía guardarlo para otro momento.
Escucharon un poco de música, apenas un fondo que no lograba suavizar el ambiente. De pronto, Tereza preguntó si en la casa había algún trago fuerte, que lo necesitaba. Su voz tenía un filo cansado, como si viniera arrastrando un peso antiguo.
Julián fue hasta su escondite y sacó una botella de singani Los Parrales. No había limón ni ginger ale para mezclar, así que lo bebieron puro, un par de sorbos que ardieron más de lo esperado. Tereza apuró el tercero y el cuarto, como si buscara apagar algo que no quería nombrar. —Soy una desgraciada… —soltó de pronto, con una voz alta y eufórica que desentonó con la penumbra del cuarto—. Me siento así porque no pude detener a mi lado al hombre que tanto amé.
Sus palabras sorprendieron a Julián, que quedó inmóvil por un instante. Luego intentó apaciguarla, hablándole con suavidad, pidiéndole que descansara, que dejara que la noche se asentara un poco. Pero ella ya había quedado atrapada en ese torbellino que el singani sólo había terminado de desatar.
Por efecto del alcohol, ella quedó dormida al instante. Julián, en silencio, preparó su ropa como siempre acostumbraba hacerlo para el día siguiente. Aquella noche no consiguió dormir tranquilo: contemplaba a su lado a Tereza, una mujer que había aparecido de pronto y, casi sin pedir permiso, se había quedado a vivir con él.
¿Qué lo había conmovido a Julián para aceptarla? Tal vez —pensó— se había dejado llevar por el deseo de enamorarla, como suele ocurrir entre un hombre y una mujer cuando la vida los empuja a compartir sentimiento. Pero también intuía que había algo más profundo, algo que todavía no sabía nombrar.
Al día siguiente, Julián, a propósito, salió muy temprano de la casa. Sospechaba que ella había notado el momento en que se levantó, moviéndose despacio para no despertarla. Antes de irse, dejó sobre la mesa una nota:
“Querida Tereza, espero que hayas descansado bien. Salí temprano a la radio. Te espero en el comedor del mercado Lanza, para almorzar a la una. No falles. JP”
Mientras cerraba la puerta, sintió ese leve temblor que dejan las noches inquietas.
Tereza llegó al mercado Lanza unos minutos antes de la una. Caminó entre los puestos con paso contenido, como si cada ruido —el golpe de las ollas, el murmullo de las caseras, el olor a caldo hirviendo— la obligara a volver del todo a la realidad.
Julián apareció minutos después, sonriente. Se acercó y acarició su rostro, pero no la besó.
—¿Cómo amaneciste? —preguntó con una voz baja.
El almuerzo llegó humeante, y por un momento ambos se concentraron en acomodar los cubiertos, como si ese gesto simple les diera tiempo para ordenar las palabras.
—No suelo beber así —dijo Tereza, rompiendo el silencio sin levantar la vista—. A veces… me gana lo que llevo adentro.
Julián asintió despacio. —Todos cargamos algo —respondió—. Lo importante es no sufrir solos.
Ella dejó el tenedor sobre el plato y lo miró por primera vez desde que llegó. Había en su mirada un cansancio antiguo, pero también un destello de gratitud.
—No sé por qué te cuento estas cosas —dijo—. A veces siento que ni yo me entiendo.
—No tienes que explicarte —respondió él.
—Ayer… cuando dije lo que dije… —hizo una pausa breve, casi imperceptible—. No fue justo para ti.
Julián bajó la mirada hacia su plato.
—No se trata de justicia —dijo—. Se trata de lo que te duele.
Ella apretó los labios, conteniendo algo que no quería desbordarse.
—Ese hombre… —murmuró—. Fue alguien que marcó mi vida. Y a veces siento que sigo viviendo en la sombra de lo que no pudo ser.
Julián no respondió de inmediato. Sabía que cualquier palabra podía entorpecer el momento.
—Yo sólo quiero que estés bien —dijo.
—Gracias, Julián —susurró—. No sé si merezco tanta paciencia.
—No es paciencia —dijo—. Es compañía.
El ruido del mercado siguió girando alrededor de ellos: platos, voces, pasos, el eco de la vida cotidiana.
Julián la invitó a caminar hasta la plaza Murillo. Allí, en el Palacio Legislativo, tenía que realizar una entrevista a un parlamentario. Tereza aceptó sin dudar, y juntos avanzaron por las calles que subían hacia el centro histórico.
Ella se veía contenta. Llevaba un maquillaje discreto y unas prendas juveniles que resaltaban su figura con naturalidad. Su andar, envuelto por un vestido azul que le daba una soltura casi despreocupada, llamaba la atención: más de un hombre volvió la mirada al verla pasar. Julián lo notó, pero no dijo nada; simplemente caminó a su lado, sintiendo una mezcla de orgullo y una leve inquietud que aún no sabía nombrar.
Había en ella una energía distinta a la del día anterior, como si la mañana y el almuerzo hubieran despejado, al menos por un rato, la sombra que la acompañaba.
Se despidieron minutos después. —Te espero en casa… no llegues tarde —le dijo Tereza.
Aquellas palabras breves, inesperadas, cargadas de algo que él no alcanzaba a descifrar del todo.
De regreso a casa, Julián seguía con sus dudas, pero prefirió pensar en ella de manera positiva. Ella está en casa esperándome, se repetía, sintiendo un pequeño ardor en el corazón, una mezcla de ilusión y desconcierto. Le gustaba la situación de vivir en pareja, esa rutina nueva que se iba formando sin que él la hubiera buscado.
Tereza será mía, murmuró para sí, no como una conquista, sino como un deseo íntimo de que la vida, por una vez, se ordenara a su favor.
Cuando Julián llegó a la casa, todo estaba oscuro y en silencio. Una tristeza leve, casi inevitable, lo invadió. Consultó su reloj: 21:25. Se dejó caer en el único sillón, sintiendo el peso de la espera y de sus propias dudas.
No había pasado ni media hora cuando la puerta se abrió de golpe, dejando entrar voces y risas.
—¡Oh, mi hombrecito querido, estás aquí! —exclamó Tereza, siempre sonriente, sosteniendo una cacerola entre las manos.
Detrás de ella apareció doña Ana, también inquilina de la casa, una mujer de carácter amable con quien Tereza había hecho amistad en poco tiempo. Ante la falta de recursos para cocinar en la habitación, Ana le había prestado ollas y otros utensilios, y juntas habían preparado un guiso de carne para esperar a Julián esa noche.
La escena lo descolocó. Venía cargado de dudas, pero la imagen de ambas mujeres entrando entre risas, con el aroma cálido del guiso escapando de la cacerola, le aflojó el pecho. Había algo profundamente doméstico en ese gesto, algo que él no recordaba haber vivido desde hacía mucho tiempo.
Tereza dejó la olla sobre la mesa con un orgullo sencillo, casi infantil. —Te hice esto —dijo—. Para que no digas que no sé cuidar a mi hombre.
Julián sonrió, sin saber si la emoción que sentía era alivio, ternura o ese temor suave que a veces anuncia el amor, quizá.
La mesa quedó servida con una sencillez casi hogareña: dos platos hondos, pan en una bolsa arrugada, la cacerola aún tibia en el centro. Doña Ana se despidió con una sonrisa cómplice y cerró la puerta, dejándolos solos.
Tereza se acomodó el cabello detrás de la oreja y sirvió el guiso con un cuidado inesperado, como si ese acto simple tuviera un significado que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Julián la observó en silencio, todavía con la sonrisa que ella había provocado minutos antes.
—A ver si te gusta —dijo ella, sin mirarlo, pero con un leve orgullo en la voz.
Julián probó el primer bocado. El sabor era fuerte, casero, imperfecto, pero lo conmovió: no era la comida, era su intención. —Está buenísimo —respondió.
—Me gusta esto —dijo ella de pronto, casi en un susurro—. Sentarnos así… como si fuéramos… —se detuvo, buscando la palabra.
Él no la presionó. —Como si estuviéramos construyendo algo —completó, con suavidad.
Tereza bajó la mirada, pero una sonrisa se le escapó, pequeña, sincera. —Sí… algo así.
Julián matizó la noche después de la comida con anécdotas del trabajo periodístico: colegas que discutían por una nota, un editor que siempre llegaba tarde, historias de calle que parecían inventadas pero eran reales. Ella lo escuchaba con atención, apoyada en el marco de la mesa, como si esas pequeñas historias le devolvieran un mundo que no conocía.
De pronto, Tereza lo interrumpió.
—¿Estuviste casado alguna vez? —preguntó, sin rodeos.
—No —respondió él, sin pensarlo demasiado.
Ella ladeó la cabeza, observándolo con una mezcla de curiosidad y algo más difícil de descifrar.
—Pero seguramente has tenido novias —insistió—. Antes de conocerme… antes de meterme yo en tu vida, ¿alguna mujer?
La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de una franqueza que no buscaba herir, sino entender. Tereza no sonaba celosa ni insegura; sonaba como alguien que necesitaba ubicar su propio lugar en la historia de otro.
Julián la miró con calma. Antes de responder, respiró hondo.
—Sí… aún no consigo olvidarla —dijo al fin—. Ella está muy lejos de aquí. La historia de ese amor fue emocionante… con un final triste.
Tereza frunció ligeramente el ceño, inclinándose hacia él.
—¿Se murió? —interrumpió, casi en un susurro.
—No —respondió Julián, bajando la mirada—. Ella se fue a su país. Era una monjita peruana.
El silencio que siguió fue distinto: no tenso, sino lleno de una sorpresa que Tereza no supo disimular. Lo observó con una mezcla de incredulidad y curiosidad profunda, como si esa revelación abriera un costado de Julián que nunca imaginó.
Sus labios se entreabrieron —arqueando las cejas— apenas, sin emitir palabra. Luego apoyó los codos en la mesa, acercándose un poco más, quizá para comprenderlo. —¿Una monjita…? —repitió, afinando la mirada con una ironía suave, más curiosa que incrédula, como diciendo miénteme despacio, como probando la palabra—. Eso sí que no me lo esperaba.
No había burla en su tono. Había algo más humano: una especie de respeto silencioso por ese amor que él había guardado tan adentro.
Después se dispusieron a descansar, pero el ambiente era distinto. Una distensión total se había instalado entre ellos. Esa calma nueva dejaba al descubierto miradas y gestos que la noche recibiría complacida, sin prisa.
Tereza apagó la luz pequeña de la mesa y se sentó al borde de la cama, descalzándose con movimientos lentos, casi ceremoniales. Julián la observó, sintiendo que algo en ella —y en él— había cambiado de lugar. Era una cercanía tranquila, una intimidad que se había formado sin que la buscaran.
Tereza se acomodó bajo las mantas, dejando un espacio a su lado. No lo invitó con palabras; no hizo falta. Ella esperaba que dijera algo, y aun así, su silencio era un signo nuevo de una confianza recién nacida.
Él se acostó despacio, cuidando no romper la quietud que los envolvía. Bastaba la respiración cercana, el roce leve de los cuerpos al acomodarse, los besos que habían surgido sin apuro, el calor compartido, la certeza de que esa noche no estaban solos.
La oscuridad los recibió así: en silencio, con una intimidad que no necesitaba explicarse. Habían transcurrido seis días. Entre la incertidumbre, la desconfianza y esas nuevas horas de entendimiento —un acercamiento sentimental que permitía a ambos moverse con más tranquilidad—, Julián volvía al trabajo y Tereza permanecía en casa. Y, a la hora del almuerzo, se repetían los encuentros en el mercado Lanza, como si cada mediodía abriera una grieta suave en la rutina, un espacio donde ambos estaban creando algo propio.
La tarde del jueves, Tereza le dijo a Julián que se reuniría con sus amigas y que volvería a casa después de las nueve de la noche. Él lo entendió y se fue al trabajo sin darle mayor vuelta.
A medianoche, ella aún no regresaba. Él salió a la calle para encontrarla, caminó un par de cuadras bajo la luz fría de los postes, pero no vio rastro suyo. Volvió a su cuarto. Se dejó caer sobre la cama, sin desvestirse, y el cansancio lo venció.
Por fin, cerca de la una, ella llegó. Entró tambaleándose, ronca, disculpándose entre susurros. Estaba ebria y buscó suavizarlo con un gesto cariñoso, casi infantil. —Con las amigas nos pasamos de copas, amor —murmuró mientras se desvestía con torpeza, preparándose para dormir.
Cuando ya se disponían a conciliar el sueño, Tereza se incorporó y pidió algo de beber. Como no había nada en la habitación, quiso salir a la tienda, aunque era evidente que a esa hora ningún negocio cercano estaría abierto. La discusión estalló entonces entre ella y Julián: primero en voz baja, luego con ese filo que nace del cansancio y de la noche demasiado larga. Él intentó convencerla de quedarse; ella insistía en salir, terca, aferrada a la idea como si fuera una necesidad urgente.
Pero ella, terca por el alcohol y por algo más profundo que él no alcanzaba a descifrar, se aferraba a la idea de salir como si fuera un gesto de libertad.
—No tiene sentido, Tereza —dijo él, con la voz baja pero firme.
Ella lo miró con los ojos brillantes, no se sabía si por la ebriedad o por una tristeza que venía de lejos. —Solo quiero algo de beber —repitió, como si esa frase pudiera justificarlo todo.
—Tereza… es tarde. Quédate. Mañana hablamos.
Ella lo miró entonces, y por un instante él creyó ver algo parecido a la tristeza, o al miedo, o a un cansancio que venía de mucho antes de esa noche. Bajó la mirada, como si la luz tenue del cuarto la avergonzara.
—No me controles —susurró, pero sin fuerza, sin convicción.
Él no respondió. No había nada que decir. Solo extendió una mano, no para detenerla, sino para ofrecerle un lugar donde caer si lo necesitaba. Tereza dudó unos segundos, tambaleándose entre la puerta y la cama, entre la calle y el refugio. Finalmente, soltó un suspiro largo, casi derrotado, y volvió a entrar. Cerró la puerta con suavidad, como si temiera despertarse a sí misma.
—Tereza… es tarde. Quédate. Mañana hablamos. Ella lo miró entonces, y por un instante él creyó ver algo parecido a la tristeza, o al miedo, o a un cansancio acumulado por malos recuerdos. Bajó la mirada y fue a sentarse junto a la mesa.
—Ven aquí. Tú no me conoces. Eres buena persona. Yo soy la desgraciada —dijo, con una voz que parecía quebrarse en cada palabra—. A mis dieciocho años me casé con Reynaldo, mi gran amor y mi perdición. Hoy tengo veintiocho, y desde hace tres años estoy perdida. Mi vida no tiene sentido. Estoy sola en el mundo, y mi único refugio es el alcohol —añadió, golpeándose el pecho con torpeza.
Hizo una pausa larga, como si buscara aire en un cuarto cerrado. —Julián… apenas amanezca me voy a largar a la mierda. No te preocupes. Déjame quedarme esta noche. Julián, mi joven periodista. Lo dijo con un tono irónico, una forma torpe de hablar de su propia frustración.
Él la observó en silencio, sintiendo que aquella confesión le dejaba un peso extraño en el pecho. No terminaba de comprender el drama que perseguía a Tereza. Hasta ahora, ella había mencionado algunos detalles sueltos, como si hablara en códigos.
Tereza se quejaba del trato que le daba su madre. Hablaba de un hombre al que había amado. Y ahora, el alcohol. Los pensamientos de Julián también estaban atrapados en un laberinto. Pensó —como un descargo que no lo hacía sentir culpable— que ella, tal como lo había dicho, tomaría su propio camino. Era doloroso, sí, pero también una salida a la complicada situación en la que lo había arrastrado desde principios de marzo.
Julián se fue esa mañana a su trabajo en silencio, con el gesto endurecido y la mente hecha un nudo. No dejó ninguna nota. No sabía qué podría decirle que no sonara torpe o inútil. La actitud de ella lo tenía molesto, sí, pero también inquieto.
Había algo en ella —en su forma de hablar en fragmentos, como si cada frase escondiera un derrumbe— que lo arrastraba sin que Julián lo entendiera del todo.
Y sin embargo, ahí estaba él, atrapado en esa mezcla de compasión, rabia y una cercanía que no había buscado.
Al mediodía no acudió al comedor del mercado Lanza, por si ella también estuviera allí. Quería evitar situaciones que, sin duda, provocarían explicaciones o mentiras. Caminó sin hambre, con esa sensación de estar esquivando algo que igual lo alcanzaría más tarde.
Llegó tarde a su casa, pensando —o quizá deseando— que la encontraría a ella. Imaginó que, sin reclamos ni reproches, la abrazaría apenas cruzara la puerta; que la llenaría de besos solo por su presencia, por ese alivio extraño que le daba verla viva, tangible, cerca.
En el fondo, Julián no quería perderla. Sentía algo por ella, aunque no supiera ponerle nombre. Ese algo lo inquietaba, lo sostenía y lo hería al mismo tiempo.
La tristeza se adueñó de su alma y de su cuerpo. Diez de la noche… ¿dónde estará ella? pensó, mientras el silencio de la habitación se hacía más pesado. Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.
Era Anna, su amiga y confidente de amores. Entró sin ceremonia.
—Tu Tereza se fue. Aquí está la llave de tu cuarto —dijo a modo de saludo, dejándole el llavero en la mano.
Se acomodó en el sillón y lo miró fijamente, como si quisiera medir el daño antes de hablar. Ana comentó lo que había percibido en pocos días de convivencia con Tereza. —Su vida está marcada por heridas hondas… de amor, sobre todo. No me lo ha contado, pero ella se siente culpable de su suerte. No sé qué cosas le han pasado a esa chica, pero no confía en nadie —dijo con una mezcla de compasión y dudas.
Julián escuchó en silencio, sintiendo que cada palabra abría un espacio más grande entre él y Tereza, como si ella se desvaneciera un poco más en la noche.
Los siguientes días, Julián mantuvo la esperanza de encontrarla. Al tercer día —fin de semana ya— decidió ir a la casa de la madre de Tereza.
Al tocar la puerta, salió un hombre de melena enrulada, joven, con una polera de manga corta. Se notaba que estaba trabajando.
—¿Deseaba? —preguntó.
—Buenas tardes, señor. Estoy buscando a Tereza… ¿está en casa?
—Ah, sí, ella es mi hermana. Mire, no se encuentra. ¿Para qué la busca?
Julián no pudo seguir fingiendo. Le dijo su nombre y, en pocas palabras, explicó que con Tereza mantenían una relación amorosa, pero que desde hacía tres días no regresaba a casa.
Lo miró primero con sorpresa, como si las palabras de Julián no terminaran de encajar con la imagen que tenía de su hermana. Luego frunció el ceño, un gesto breve pero cargado de cautela. —Soy Mario, el hermano mayor de Tereza —dijo, como si necesitara dejar claro desde dónde hablaba.
—¿Una relación… amorosa? —repitió, no con incredulidad, sino con una especie de resignación amarga.
Apoyó la mano en el marco de la puerta, como si necesitara afirmarse antes de continuar.
—Mire, amigo… —dijo finalmente—. Tereza no habla mucho con nosotros. No desde hace años. Va y viene. A veces desaparece días enteros. No es que no la queramos, pero… —hizo una pausa, tragando algo que parecía más grande que un simple silencio—. Ella carga cosas pesadas. Cosas que no cuenta.
Se cruzó de brazos, no en actitud defensiva, sino protectora.
—Si no volvió a su casa, no es por usted. Ella es así. Cuando algo la lastima, se va. Cuando algo la asusta, también. Y cuando algo la hace feliz… —sonrió apenas, una sonrisa triste—, también se va. No sabe quedarse.
—No sé dónde está. Nadie lo sabe cuando se pierde. Pero si usted la quiere… tenga paciencia —dijo el hermano, con un cansancio que parecía venir de lejos.
Detrás de él apareció una mujer envejecida por la vida, con canas visibles que marcaban sufrimientos guardados en silencio. —¿Qué quiere este señor? —preguntó, sin disimular la desconfianza.
El hijo la despistó con un gesto rápido, restando importancia a la presencia de Julián. Luego cerró la puerta detrás de él y se acercó un poco más, como si quisiera que la conversación quedara fuera del alcance de oídos familiares.
—Escúcheme bien —dijo en voz baja—, si mi hermana no regresa a su casa, venga el domingo, pasadas las tres de la tarde. Hablaremos. Quizá podamos entender algo más.
Julián asintió, sintiendo que cada palabra, cada gesto, lo hundía un poco más en el misterio doloroso que rodeaba a Tereza.
Julián regresó a su casa más preocupado que antes. ¿Qué oculta Tereza? La pregunta lo acompañó durante todo el camino, como una piedra que no podía sacudirse del pecho.
No podía dejar de pensar en ella. En esa mujer que, al principio, le había parecido tierna, atenta, incluso alegre. ¿Por qué lo castigaba así? ¿Por qué ese silencio, esa huida constante, ese modo de desaparecer justo cuando él empezaba a sentir que podía confiar?
Había algo en Tereza que lo atraía y lo hería al mismo tiempo. Algo que no lograba descifrar, como si cada gesto suyo fuera un mensaje incompleto, una verdad a medias. Y ahora, con la visita a su familia, ese misterio se había vuelto más oscuro, más inquietante.
Julián se dejó caer en la cama sin encender la luz. La luz del sol lo sorprendió así, tendido, abatido por sus propias penas. Se metió a la ducha para despejar el cansancio mental que lo oprimía.
Cuando se vestía, la puerta se abrió y apareció Tereza, en cuerpo y alma. Llevaba una vestimenta sucia, sin ningún toque femenino, quizá solo para cubrir su cuerpo. Su alma, en cambio, seguía siendo ese territorio misterioso que él no lograba descifrar.
Con la voz quebrada, dijo la única palabra que parecía sincera entre todas sus sombras:
—Perdón, Julián… no tengo dónde ir.
Él se quedó inmóvil, sintiendo cómo la presencia de ella llenaba la habitación con una mezcla de alivio y dolor, como si su regreso fuera al mismo tiempo una respuesta y una herida.
—Viajé a Potosí, donde una tía —dijo ella, adelantándose a cualquier pregunta—, pero no me aguantó… y estoy otra vez aquí.
Hablaba sin mirarlo, con la voz gastada, como si cada palabra le pesara más que la anterior. Su ropa sucia, sin ningún rastro de cuidado personal, parecía contar una historia que ella aún no podía decir.
Tereza cargaba una culpa que no sabía nombrar. Una culpa que no venía de un hecho puntual, sino de una historia larga, tejida de silencios, rechazos y huidas.
—¿Hay algo para comer? Tengo un hambre de perra —dijo, sin suavizar la frase, como si el cansancio le hubiera borrado cualquier filtro.
Julián salió hacia la habitación de Anna y regresó con un plato de arroz con huevos fritos. Ella lo recibió sin mirarlo, concentrada en el simple acto de comer, como si ese gesto la anclara por un momento a la vida.
Después, él le explicó que tenía trabajo pendiente y debía salir en unos minutos. Le indicó que se duchara, que descansara un poco; que él regresaría pasadas las seis de la tarde.
Tereza asintió apenas, con un movimiento mínimo, casi infantil. Había en ella una mezcla de vergüenza y alivio, como si aceptar ese refugio fuera al mismo tiempo una derrota y un respiro.
Julián la observó un instante más, preguntándose cuántas capas de dolor había debajo de esa ropa sucia, de esa voz gastada, de ese regreso sin explicaciones.
Anduvo sin rumbo por la ciudad. Se sentía bien por el regreso de Tereza, pero al mismo tiempo un dolor agudo lo atravesaba. Era una mezcla incómoda: alegría por verla viva y cerca, rabia por su abandono, rechazo por su manera de volver como si nada. Esa contradicción lo desgastaba. Lo hacía sentirse culpable y, a la vez, traicionado.
Esperó que las horas transcurrieran para ir al encuentro de Mario, el hermano de ella. Necesitaba respuestas.
Mario, al recibir a Julián, lo condujo a su departamento, en lo alto de la panificadora que él trabajaba desde muy joven junto a su madre. Tenía esposa y una hija; después de saludar, ambas desaparecieron discretamente para dejar espacio a la conversación acordada un día antes.
—¿Cómo es eso de una relación amorosa, Julián? —preguntó Mario, sin rodeos, con una mezcla de curiosidad y cautela.
En su condición de visita, Julián empezó suavemente a relatar los días en que se conocieron, las horas alegres que compartieron y los momentos incómodos que surgían cuando Tereza se pasaba de copas. Mientras hablaba, Mario lo escuchaba con los brazos cruzados, sin interrumpir, pero con una mirada que parecía pesar cada palabra, como si buscara distinguir la verdad del autoengaño, la ilusión del peligro.
A medida que Julián avanzaba en su relato, el rostro de Mario se endurecía apenas, un gesto mínimo pero revelador: no era sorpresa, sino reconocimiento. Como si lo que escuchaba encajara demasiado bien con lo que él ya sabía —o temía— de su hermana.
—Mi hermanita menor… —empezó Mario, con un suspiro que parecía arrastrar años—. Se crió muy caprichosa. Salió bachiller del colegio privado Santa Ana; era el orgullo de mi mamita, la viejita que vio usted la otra vez. La mejor ropa, su fiesta de quince años en el hotel Italia… mi mamita la complacía en todo.
Hizo una pausa, como si el recuerdo le doliera.
—Hasta que Terecita conoció a Reynaldo Canaviri, un cadete de la Academia de Policías. Ella con dieciséis años, enamorada; y el tipo la seducía con engaños, con ilusiones falsas.
Mario se pasó una mano por el cabello, un gesto de cansancio aprendido.
—Otro defecto de mi hermana es que, por nuestro apellido extranjero, Walker, aparentaba venir de una familia rica. Y sí, el horno, en un tiempo, daba mucho dinero… llegamos a tener dos automóviles. Pero la crisis política y económica viene de tiempo en tiempo, y golpea fuerte.
Miró a Julián con una mezcla de vergüenza y resignación.
—Apenas salió bachiller, se casó. No porque estuviera embarazada, sino porque su novio egresó de subteniente. Vivieron… —hizo un gesto con la mano, como espantando un recuerdo— vivieron como en los cuentos de fantasía. Mi madre los mantenía. Todo era bonito, perfecto… hasta que dejó de serlo.
Mario seguía hablando, pero Julián ya no escuchaba cada palabra. Estaba atrapado en esa mezcla de amor, impotencia y desasosiego. Uno descubre que la persona que quiere es más frágil —y más compleja— de lo que imaginaba.
Se excusó con suavidad, diciendo que debía dejar la conversación para otro momento, que tenía pendiente un trabajo para la radio. Antes de despedirse, le confesó que Tereza había regresado esa mañana, malograda, casi irreconocible.
—Ah, Mario… dígame, ¿ustedes tienen parientes en Potosí? —preguntó, lanzando la frase como quien tantea un terreno incierto, buscando comprobar lo que Tereza le había dicho.
Mario lo miró con una mezcla de sorpresa y cansancio.
—¿Potosí? ¿De dónde sacó eso? Ya me imagino… se lo dijo mi hermana. Tenga cuidado, Julián. Ella miente muy fácilmente.
El hermano suspiró, como si esa verdad le pesara más a él que a nadie.
—Gracias por estar con ella. Quizás usted pueda ayudarla a recapacitar y dejar esa vida del vicio. Le gusta beber… y eso me preocupa mucho, amigo mío.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una tristeza que no necesitaba explicación. Julián sintió que algo se le quebraba por dentro: no era solo la mentira sobre Potosí, sino la confirmación de que Tereza vivía atrapada en un espiral que él apenas empezaba a comprender.
Salió del departamento con el corazón dividido entre la compasión y el miedo, entre el deseo de ayudarla y la duda de si él era capaz de sostener a alguien que se deshacía tan fácilmente entre las manos. Caminó unos metros, todavía con la sensación tibia de esa fragilidad adherida a la piel.
Tereza lucía el pelo recogido, radiante y descansada. La habitación estaba aireada, como recién abierta para que circulara un poco de alivio, y sobre la mesa había unas masitas recién horneadas que perfumaban el ambiente con una calma sencilla.
—Llegás a tiempo. Hay café y té, ¿qué te sirvo, Julián? —dijo, mostrando la mesa preparada con una suavidad que parecía propia de ella.
Ana entró apresurada, sin saludar a Julián, distraída nomás. Más tarde comentó que habían pasado la tarde de panaderas. Julián sonrió para sí: intuía que esa gracia y ese don venían de Tereza, aunque no estaba seguro de que Ana conociera realmente el oficio. Lo que sí sabía era que, cerca de Tereza, todo adquiría un tono más amable, como si la vida se dejara moldear un poco.
Durante el café, Ana contó con gracia lo ocurrido en el mercado. Había comprado dos libras de papa y algunas verduras. Luego pasó donde la carnicera; dejó su bolsa en el piso, pagó, recibió el vuelto y siguió al siguiente puesto en busca de condimentos. Recién entonces se acordó de su bolso. Lo tomó para encaminarse de regreso a casa y, al sentir el peso, se dio cuenta de que no era el suyo. Volvió al mercado, pero nadie había visto nada.
Aun así —dijo con cierta soltura—, en la bolsa ajena había como cuatro kilos de carne de cerdo y un fajo de perejil. Así que mañana comemos lechoncito —remató entre risas, anunciando que el día siguiente sería de cocina.
Juan intervino en ese momento, divertido por la ocurrencia.
—¿Un lechoncito a media semana? ¿No podríamos aguantar hasta el sábado?
Ana, que siempre tenía una respuesta a mano, dijo que la carne no aguantaría tanto. Tereza, a su vez, comentó con calma que sí, que la carne podía llegar al sábado si la adobaban bien con condimentos fuertes y la dejaban reposar en el refrigerador; así absorbería mejor el sabor para el día elegido.
La propuesta quedó aprobada sin más trámite, y compartieron risas y anécdotas con esa alegría sencilla que aparece cuando la tarde ya no apura a nadie. Siguieron conversando un rato más, hasta que Ana se retiró a su habitación, todavía sonriendo por su propia historia.
Cuando quedaron solos, Tereza se abalanzó hacia Juan.
—Eres muy bueno —le dijo al oído.
Permanecieron así, abrazados en silencio, como si el tiempo se hubiera detenido un instante. Juan, con la voz baja, le preguntó si alguna vez había tenido algún trabajo.
—No sé hacer nada… ¿dónde voy a trabajar? —respondió ella, sin moverse.
Él la apretó un poco más, como si quisiera sostenerle el ánimo.
—Quizás podrías estudiar algo, para mantenerte ocupada. Yo puedo ayudarte… no sé exactamente cómo, pero podemos empezar por algo. Por hacer algo, para que no estés aquí en casa dando vueltas.
Ella levantó la cabeza. Sus ojos tenían ese brillo que no era exactamente tristeza, pero tampoco esperanza. Algo en medio, suspendido.
—¿Y si no sirvo para nada? —preguntó, sin desafío, como quien enuncia un temor antiguo. Como si una parte de su interior, cansada de esconderse, hubiera decidido asomarse apenas un poco.
Juan iba a responder, pero Tereza habló antes, casi atropellada por sus propios recuerdos.
—Tengo mucho miedo, Julián —dijo, y su voz tembló apenas—. Mi vida ha sido un fracaso… desde el día que me casé.
No lo miraba; hablaba hacia un punto indefinido, como si las palabras salieran solas, liberadas después de años de silencio. Mencionó a su exmarido, sus primeros días felices, la ilusión de un hogar que creyó seguro. Luego, la pesadilla: el descubrimiento de la infidelidad, y no con cualquiera, sino con su mejor amiga. Lo contó sin detalles, sin dramatismo, como quien repasa una herida que ya no sangra, pero que todavía duele al tocarla.
Sus ojos se humedecieron. Esta vez sí lo miró, como buscando un refugio breve. Se inclinó y depositó un beso suave en los labios de Julián, un gesto más de gratitud que de algo calculado.
—Otro día te contaré mi verdad —murmuró.
Y él entendió que, por ahora, ese pequeño avance era suficiente. Que había historias que solo podían abrirse de a poco, como puertas antiguas que crujen antes de dejar pasar la luz.
La noche avanzó sin que ninguno de los dos lo notara. Hablaron largo rato, pero esta vez fue Julián quien llevó la voz. Tereza escuchaba con la cabeza apoyada en su hombro, como si sus recuerdos fueran un lugar donde pudiera descansar.
Él le contó de su infancia en El Alto, de las calles polvorientas donde aprendió a correr sin caerse, del viento frío, que castigaba su rostro en invierno. Recordó, entre sonrisas, a sus amiguitos de entonces, cada uno con un nombre que parecía inventado para hacer reír: Rosa Ramos, que siempre llevaba trenzas desordenadas; Armando Meza, que juraba que algún día sería futbolista; Severo Cordero, serio como un adulto en miniatura; y Robertito Tito, que se reía de todo, incluso de lo que no entendía.
Mientras hablaba, Julián notó que Tereza lo miraba con una atención distinta, como si esas pequeñas historias —tan simples, tan suyas— le devolvieran algo de calor.
Luego pasó a su adolescencia y juventud en Villa Armonía, un barrio que, pese al nombre, nunca fue del todo armonioso. Allí, entre el fútbol callejero y las tardes polvorientas, empezó a soñar con salir adelante. Contó anécdotas de fiestas improvisadas, de amigos que iban y venían, de la ilusión torpe de caminar tomado de la mano con alguna chica. Recordó su primer beso, las canciones románticas que escuchaba a escondidas y los poemas que escribió y guardó en secreto, poemas que el tiempo terminó por desordenar en algún cajón de la memoria.
Eran otros tiempos, pensó, tiempos que ahora parecían más livianos de lo que fueron.
Tereza sonreía de vez en cuando, apenas, como si esas imágenes de un pasado ajeno le ofrecieran un respiro de su propio dolor. Había en su mirada una calma nueva, tenue, como si las palabras de Julián le hubieran abierto un pequeño refugio donde descansar.
La madrugada los encontró así, todavía conversando en voz baja. En algún momento, sin que ninguno pudiera precisar cuándo, se quedaron abrazados. No era un abrazo de urgencia ni de pasión, sino uno de esos impulsos que nacen de la necesidad de sentirse acompañados.
En algún momento, sin que ninguno pudiera precisar cuándo, sus labios se encontraron. No fue un arrebato, ni una búsqueda desesperada, sino un gesto lento, casi tímido, como si ambos reconocieran —sin nombrarlo— que se necesitaban. Un reconocimiento más que un incendio, una verdad que se insinuaba en silencio.
Y Julián, mientras la sentía respirar contra su pecho, comprendió que esa cercanía —tan sencilla, tan humana— valía más que cualquier palabra. Había algo en ese contacto que solo aparece cuando dos vidas heridas encuentran, por fin, un punto de descanso.
El sábado, por la tarde, la casa entera parecía haber despertado con un ánimo distinto. Cuando apareció el lechoncito —traído por por Ana—, el aroma empezó a impregnar cada rincón, instalando un ambiente festivo que alcanzó incluso a doña Úrsula, la dueña de casa, y a sus hijas, siempre tan reservadas.
Tereza llegó con una docena de cervezas, más alegre que todos juntos. Había en ella una energía inesperada, como si por un momento hubiera logrado sacudirse el peso de los días anteriores. De algún lado consiguió un tocadiscos, y pronto la música alegre comenzó a llenar el patio, invitando a mover los pies, a reír, a olvidar.
Bailamos, comimos y bebimos. Era una fiesta, sin motivo declarado, sin necesidad de explicaciones. Simplemente una fiesta.
Julián observaba a Tereza entre la gente: su risa, su manera de girar con la música, la forma en que por momentos parecía volver a ser alguien que él aún no conocía del todo. Había en ella una luz breve, casi prestada, pero suficiente como para que valiera la pena guardarla.
Para Tereza, marzo acortaba los días. Ella le había pedido a Julián treinta días, solo treinta, como si ese plazo pudiera ordenar algo dentro de ella. Desde el primer día compartían techo entre sustos y pequeñas alegrías, momentos breves que alcanzaban para olvidar —aunque fuera por horas— la tensión que traían consigo sus recaídas, sus silencios bajo el efecto del alcohol, sus mentiras y esos secretos que parecían pesarle más que la propia vida. Pero lo cierto es que estaba viviendo como se había propuesto: con un hombre que hasta entonces le era desconocido.
Julián lo sabía. Lo veía en la forma en que ella se encogía al amanecer, en cómo evitaba ciertos temas, en la manera en que su alegría —como la de esa tarde— aparecía de golpe y desaparecía igual de rápido, como una llamarada que no encontraba dónde sostenerse. Pero también sabía que esos treinta días eran, para ella, una especie de tregua consigo misma. Un intento, torpe pero sincero, de no hundirse del todo.
Afuera, el país avanzaba hacia un clima cada vez más tenso. La crisis política y económica se sentía en las calles: sectores sociales y sindicales se movilizaban, exigiendo el fin del banzerato. Marzo empujaba lentamente el proceso político, marcado por la huelga de hambre iniciada en diciembre de 1977 por mujeres mineras, una protesta que había logrado ablandar al gobierno militar, que anunció una amnistía política para los exiliados de 1971 y una apertura democrática. El régimen, según informaban los medios, se mostraba desafiante y seguro de resistir la presión social.
Julián, por su profesión y su compromiso en la radio sindical fabril, salía temprano y regresaba tarde. Su trabajo lo llevaba a cubrir marchas, asambleas, vigilias, y a dar voz a quienes reclamaban respeto a los derechos humanos. A eso se sumaban los anuncios —cada vez más frecuentes— de una posible apertura política, la eventual convocatoria a elecciones generales. Él narraba los hechos con la sobriedad del periodista, pero también con la inquietud del ciudadano que sabe que algo está cambiando, aunque no sepa hacia dónde.
Tereza lo escuchaba llegar cada noche, cansado, con el olor de la calle y de la radio impregnado en la ropa. A veces lo esperaba despierta; otras, simplemente lo oía entrar y fingía dormir. Entre ambos había una cercanía frágil, hecha de silencios compartidos, de gestos pequeños que sostenían la convivencia sin explicarla del todo.
Una noche, al encender la luz de la habitación, Julián descubrió varias bolsas con ropa nueva de mujer. Estaban apiladas en un rincón, como si hubieran llegado de golpe, sin intención de esconderse pero tampoco de explicarse. Naturalmente eran de Tereza, pero él no pudo evitar preguntarse de dónde había sacado el dinero para comprarlas.
No había espacio para conversaciones. Ella rehuía cualquier intento de aclaración. Sin embargo, cuando él insistió con suavidad, Tereza murmuró que su hermano le había dado el dinero. Era una explicación suficiente, al menos en apariencia. Pero no para Julián.
En la oscuridad, él comprendió que lo que más lo inquietaba no eran las bolsas de ropa, sino la sensación de que Tereza llevaba consigo un mundo que él apenas alcanzaba a rozar. Un mundo que ella no sabía —o no podía— compartir todavía. Tereza respiró hondo antes de hablar; parecía que cada palabra le rozaba la garganta antes de caer.
—Perdóname, Julián —murmuró—. Por haberte arrastrado a mi vida justo ahora, cuando me siento tan vencida. Solo tú puedes darme unos días de consuelo, aunque no sé si los merezco.
Él no dijo nada. Solo la miró, y en ese gesto ella encontró el permiso para continuar.
Tereza bajó la vista, como si buscara un punto donde apoyar el recuerdo sin que doliera.
—Me enamoré muy joven —susurró—. A los dieciocho me casé con el hombre que elegí. Reynaldo también era joven, cadete de la academia de policías. Me amaba, o eso creí. No teníamos prisa por formar una familia; vivíamos un romance de cuento de hadas. Armonía, sin discusiones, sin carencias… mucho amor. Mi madre nos compró un departamento, nuestro nido, en el edificio Petrolero. Era hermoso.
Mientras hablaba, su mirada se perdía en el vacìo.
—Teníamos compromisos sociales con familias encumbradas, porque él se codeaba con los jefes policiales. De subteniente pasó a teniente, y luego a capitán. Era un hombre dedicado a su hogar, a sus estudios y, sobre todo, entregado a su carrera.
Hizo una pausa breve, como si necesitara aire para sostener lo que venía.
—Nuestro sueño… bueno, mi sueño, duró cinco años. Un día fuimos a una fiesta en Següencoma, invitados por un jefe policial que celebraba sus bodas de plata. Todo muy lindo: conocí gente importante, mujeres de mi edad, solteras y casadas, todas vinculadas con policías. Hasta ahí, nada extraño.
Su voz se volvió más baja, como si hablara desde un rincón que aún ardía.
—Melina, la hija del coronel Becerra, desde aquella fiesta se convirtió en mi mejor amiga. Teníamos la misma edad, el mismo signo zodiacal… y lo que jamás imaginé, lo que nunca pasó por mi mente, era que también compartíamos al mismo hombre. Reynaldo estaba saliendo a escondidas con ella.
Tereza apretó las manos sobre la falda, como si necesitara sostenerse.
—Cuando me enteré… —dijo con un hilo de voz— no fue por él. Nunca por él. Fue por un comentario suelto, una risa entre dos mujeres que no sabían que yo estaba detrás. Melina hablaba de “su Reynaldo”, así, con esa seguridad de quien cree poseerlo todo. Al principio pensé que era una broma. Pero después… después empecé a ver las señales que yo misma había decidido ignorar.
Respiró hondo, pero el aire parecía dolerle.
—Las salidas repentinas. Las reuniones “de último momento”. El perfume que no era mío. Y esa forma en que él evitaba mirarme cuando llegaba tarde. Yo quería creerle, Julián. Quería creer que el amor que yo sentía era suficiente para los dos. Pero el amor no alcanza cuando uno de los dos ya se fue, aunque siga durmiendo en la misma cama.
Sus ojos se humedecieron, pero no lloró. Había un orgullo silencioso sosteniéndola.
—Lo más cruel —continuó— fue que Melina seguía buscándome. Me invitaba a tomar café, me contaba cosas de su vida, me pedía consejos. Yo la escuchaba sin saber que hablaba también de mi vida, de mi marido. Y cuando, cansada de los rumores, por fin lo enfrenté, Reynaldo no lo negó. Solo dijo que “no sabía cómo había pasado”. Como si el amor fuera un accidente. Como si yo fuera un mueble que podía correrse de lugar.
Tereza bajó la mirada, agotada por la confesión.
—Ese día entendí que mi matrimonio había terminado mucho antes de que yo lo aceptara. Y que el sueño que defendía sola ya no era un sueño… era una costumbre. Una costumbre que me estaba consumiendo.
Se frotó las manos, como si quisiera borrar algo que aún la marcaba.
—Me vine abajo. Triste, sola… corrí donde mi madre para refugiarme. Pero ella me echó de su casa. Y no la culpo. Es cierto que, poco después de casarme, dejé de visitarla. Tuvimos discusiones; me reprochaba que yo me avergonzaba de ella, de su condición, de su forma de vivir. Estaba dolida, y tenía razón. Yo estaba ciega de amor… y de mi nueva situación social.
Su voz se quebró apenas, pero se sostuvo.
—Me había acostumbrado a mirar hacia arriba, a sentirme parte de un mundo que no era mío. Y en ese ascenso imaginario dejé atrás a la única persona que siempre me había querido sin condiciones. —Cuando fui a buscarla, cuando más la necesitaba, ella solo vio a la hija que la había abandonado. Y yo… yo no supe cómo explicarle que no era soberbia, sino torpeza. Que confundí amor con deslumbramiento.
Tereza cerró los ojos un instante.
—Ese día me quedé sin marido y sin madre. Y desde entonces estoy sola.
Las lágrimas, gruesas y silenciosas, rodaron por sus mejillas. Julián se acercó sin decir palabra; la tomó entre sus brazos con la torpeza de quien quiere consolar, pero sabe que no alcanza.
Aun así, murmuró aquel viejo refrán que había escuchado alguna vez, en algún lugar perdido de su memoria: —Después de la tormenta viene la calma.
Mientras la sostenía, comprendió que había dolores que no buscaban consuelo, sino simplemente un espacio donde caer sin hacerse añicos. Julián optó entonces por levantarle el ánimo, insinuándole que era hora de dormir, que la noche no era apropiada para hablar de cosas tristes. Sabía, sin embargo, que sus palabras eran casi absurdas, un intento torpe de suavizar lo que no tenía alivio inmediato.
Todo lo que ella había dicho no era solo una historia, sino la acumulación de una vida hecha de pequeñas banalidades que, sin quererlo, le recordaban la distancia que había elegido con su madre. El rechazo materno y el fracaso de su matrimonio eran dos piedras que Tereza llevaba dentro, pesadas, silenciosas, imposibles de soltar de un día para otro.
Ella lo miró fijamente.
Julián sintió ese silencio como un portazo suave, no violento, pero definitivo. Tereza se levantó despacio y caminó hasta el pequeño refrigerador; tomó una gaseosa, abrió la lata con un chasquido breve y bebió un sorbo largo, como si necesitara que el frío le ordenara la respiración.
Recuperó el aliento y dijo, casi sin tono, que mejor no seguir con sus cuentos.
Julián la observó mientras ella se desvestía con movimientos lentos, casi mecánicos, como si cada prenda que dejaba caer al suelo fuera un recuerdo que prefería no tocar. Se acostó dándole la espalda, con la mirada fija en la pared, como si allí hubiera un refugio que él no podía ver.
Sintió una punzada de impotencia. Quiso decir algo, cualquier cosa que la acercara de nuevo, pero comprendió que había noches en las que el silencio era la única forma de no romperse.
La ciudad amaneció con sus calles adornadas de banderas por el Día del Mar boliviano. Desde temprano se escuchaban altavoces, bandas escolares, pasos apurados. Había un extenso programa oficial, y destacaba la ceremonia en la Plaza Abaroa, donde el presidente Hugo Banzer daría su discurso. La población se movía con ese fervor particular que despertaba la reivindicación marítima: una mezcla de memoria, orgullo y herida abierta. En todo el país se conmemoraba la fecha.
Julián observó el movimiento desde la ventana, sintiendo cómo la ciudad avanzaba mientras él seguía detenido en la escena de la noche anterior. Tenía que cumplir con su tarea de prensa; era un día festivo, sí, pero también un día de trabajo. Aun así, pensaba en Tereza. En su silencio. En la forma en que se había dado la vuelta en la cama, como si necesitara un mundo sin testigos.
Ese pensamiento lo acompañó durante la mañana, mientras esquivaba saludos y encuentros con amigos y colegas. En medio del trajinar cotidiano, llevaba otra vida a escondidas, una que apenas se insinuaba entre sus pasos apurados. Ricardo, el colega del diario Hoy, sabía de las andanzas de Julián, pero poco podía orientarlo o ayudarlo en sus enredos con Tereza. Así sobrellevaba su ritmo de actividades laborales y sus encuentros con ella, como si ambas vidas se rozaran sin mezclarse del todo, como dos corrientes que avanzan paralelas sin llegar a tocarse.
Quizá por eso, cuando Tereza cambió de semblante —apenas un matiz, un leve acomodo interior— Julián lo percibió al instante. Tenía esa sensibilidad para los gestos mínimos, quizá porque llevaba tiempo observándola con paciencia y una esperanza discreta. En ese gesto, tan pequeño que cualquiera habría pasado por alto, creyó ver un punto de unión entre sus mundos: la posibilidad de que, por un momento, la distancia entre ellos se redujera lo suficiente como para que algo encajara.
Ella aceptó la invitación, pero puso una condición: que él eligiera el restaurante y que ella pagaría, porque aún conservaba parte del dinero que su hermano le había dado. Lo dijo sin énfasis, como quien ofrece una prueba modesta de autonomía.
Cuando Julián se disponía a salir, ella se acercó. Él sintió que el aire entre ambos se tensaba apenas, como si algo estuviera a punto de definirse.
—Nos vemos a la hora que digas —dijo ella, con una calma recién estrenada—. Voy a ir a casa de mi madre y hablaré con mi hermano. Le diré que quieres conocerlo… y quizá se quede un rato con nosotros, ya veremos.
Había en su voz una mezcla de cautela y apertura, un equilibrio frágil. Él lo recibió con la misma gratitud silenciosa con la que se agradecen las pequeñas treguas de la vida.
El restaurante La Prensa, a pocos pasos del Prado, estaba ese día muy concurrido. Julián, sentado en una mesa del jardín, esperaba la llegada de Tereza. Su demora se prolongó casi una hora, y en ese tiempo él fue deshilando, uno por uno, los recuerdos de los días compartidos. No eran muchos, pero tenían la persistencia silenciosa de lo que queda grabado en el interior.
Lo que más lo intrigaba —y a la vez lo mantenía en una especie de vigilia interior— eran los treinta días de convivencia que habían acordado. Treinta días: una cifra modesta y, sin embargo, ya solo restaban siete para su cumplimiento. Era una promesa que él no sabía si interpretar como un comienzo o como un límite. Mientras la esperaba, sintió que ese plazo, tan concreto y tan breve, se le volvía entre las manos como un objeto frágil que no sabía bien cómo sostener.
De pronto se presentó el garzón con una parrilla de carnes y chorizos humeantes, una fuente de ensalada y tres platos, además de dos cervezas heladas. Julián, sorprendido, le dijo que debía de haber un error: él no había hecho ningún pedido. El garzón apenas alcanzó a responder cuando, entre risas que estallaban sin pudor, se asomó Tereza, acompañada de un hombre.
—Él es Mario, mi hermano mayor —anunció ella, todavía divertida por la escena que había anticipado con el garzón.
Julián y Mario se reconocieron solo con la mirada. No hicieron falta palabras. Ambos siguieron la comedia de no conocerse, como si ese pequeño teatro improvisado les permitiera entrar en la situación con menos torpeza, cada uno cuidando su propio territorio emocional mientras el humo de la parrilla se mezclaba con la tarde.
Pasaron dos horas de charla amena. Curiosamente, Tereza no probó ni un sorbo de cerveza; prefirió una limonada que fue bebiendo despacio, como si necesitara mantenerse en un punto de claridad. Mario, por su parte, se interesó de inmediato por el trabajo periodístico de Julián. La conversación derivó hacia los oficios: él habló de sus reportajes y Mario añadió pasajes de su vida como panificador, un oficio que llevaba ejerciendo desde hacía muchos años.
Entre risas y recuerdos, terminaron evocando anécdotas de la infancia de Tereza. Ella escuchaba con una mezcla de pudor y cariño, como si esas historias la devolvieran a un lugar que no siempre sabía cómo habitar, pero que, por momentos, parecía reconfortarla.
Por las calles, como cualquier pareja de enamorados, caminaron despacio por el Prado, sin apuro, hasta llegar a la casa. Hablaban poco, pero reían de cualquier ocurrencia. El cansancio no aminoró el buen humor de ambos. Sin embargo, Julián llevaba por dentro una inquietud que no lograba disimular: los treinta días se acercaban a su último tramo, y esa cuenta regresiva lo acompañaba como una sombra silenciosa.
—Amor, ¿quieres hablar conmigo? —le dijo a Tereza cuando la vio inquieta, moviéndose como si buscara algo que no encontraba.
—No soy tu amor, Julián —dijo con una calma que no ocultaba la dureza del contenido—. No hay amor entre nosotros dos. Me gusta estar contigo, sí… pero eso no es lo mismo. Estoy aquí porque yo te lo pedí y tú aceptaste. Así estamos.
Hizo una pausa breve, respiró hondo, y su voz se volvió un poco más baja, más humana.
—No quiero que te confundas. No quiero que construyas algo que yo no puedo darte. A veces me siento bien contigo, otras no tanto… y no tiene que ver contigo. Es algo mío, algo que todavía no sé ordenar. Por eso prefiero ser clara, aunque suene frío.
Julián la escuchó sin interrumpirla. Había en sus palabras una sinceridad que dolía, pero también una especie de respeto: ella solo intentaba evitar que él se perdiera en una ilusión que no podía sostener. Tereza bajó la mirada, como si buscara en el suelo una frase que no terminaba de aparecer.
—No me pidas más de lo que tengo ahora —añadió—. Estoy tratando de alejar mi depresión.
La palabra cayó entre ambos con un peso discreto, sin dramatismo, pero con la gravedad de algo que se ha llevado demasiado tiempo a cuestas. Julián sintió que ella no lo decía para justificar nada, sino para poner un límite honesto, casi frágil, como una herida sin querer exhibirla.
Ya acostada en la cama, Tereza se acomodó entre las sábanas con un gesto lento, casi cansado. Julián, desde el sillón, fingía leer un libro. Pasaba las páginas sin verlas, afinando en silencio los pensamientos confusos que le habían dejado los últimos días y, sobre todo, las palabras que ella había pronunciado horas antes.
La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la lámpara del velador. El aire tenía esa quietud que solo aparece cuando dos personas intentan no rozar un tema que aún arde.
—Señor periodista… ven a mi lado. Quiero una entrevista —dijo Tereza de pronto, quizá para descongelar el ambiente que se había formado tras su confesión.
Lo dijo con una media sonrisa, suave, como si buscara tender un puente sin deshacer lo que había dicho antes. Julián levantó la vista del libro, sorprendido por el tono: no era burla, tampoco coquetería. Era más bien un gesto de tregua, un modo de decir estoy aquí, aunque no sepa cómo seguir.
—Señor periodista… ven a mi lado. Quiero una entrevista.
Lo dijo con una sonrisa leve, casi tímida.
—¿Una entrevista? —murmuró, más para acompañar el juego que por curiosidad.
Tereza asintió, acomodándose la almohada detrás de la espalda. Tenía los ojos abiertos, pero no del todo fijos; parecía mirar algo que estaba más adentro que afuera.
—Sí… una entrevista —repitió—. Pero no de esas que escribes para el periódico. Una de las otras… las que no se publican.
Julián entendió que no se trataba de preguntas, sino de un permiso. Un modo de decir puedes acercarte, pero con cuidado. La lámpara del velador dejaba una luz tibia sobre su rostro, y él sintió que esa intimidad no era física, sino algo más frágil: un espacio donde ella podía hablar sin sentirse juzgada.
—Está bien —dijo él—. ¿Por dónde empiezo?
Tereza respiró hondo, como si la pregunta la tocara en un lugar vulnerable.
—Empieza por lo que quieras saber… pero sin buscar respuestas grandes. Hoy solo puedo darte pedacitos.
Julián asintió. Había aprendido a leer esos matices: ella no estaba cerrando la puerta, solo marcando el ritmo.
—Entonces… —dijo con voz baja— ¿cómo estás ahora mismo?
Tereza lo miró un instante. No fue una mirada intensa, sino honesta, casi desnuda, como si por un segundo hubiera dejado de sostener el peso de sí misma.
—Estoy cansada —respondió—. Pero no de ti. Cansada de mí misma… de cargar cosas que no sé dónde dejar. Por eso te pedí la entrevista. A veces hablar así, como si no fuera conmigo, me ayuda a no sentirme tan rota.
Julián sintió un nudo suave en el pecho. No era tristeza, tampoco compasión: era la sensación de estar entrando en un territorio delicado, donde cada palabra debía elegirse con cuidado, como quien avanza descalzo sobre un piso antiguo que cruje.
—¿Cuál es el recuerdo más bonito de tu infancia? —preguntó él, con esa cautela que nace del respeto.
Tereza respiró hondo, como si buscara en un cajón que no abría desde hacía años. —Cuando perdí mi primer diente de leche. Bajo mi almohada encontré una medallita de oro con la imagen del Niño Jesús. Fue la primera vez que sentí que alguien pensaba en mí sin que yo lo pidiera.
JJulián dejó que ese recuerdo se asentara en el aire antes de preguntar, con la suavidad de quien no quiere romper nada. —¿Qué fecha cumples años?
Ella sonrió apenas, como quien recuerda una anécdota que no duele, pero tampoco alegra del todo. —Nací un cinco de noviembre. Y por la alegría de todos —cuenta mi madre— me llamaron flor de noviembre. En algún lugar de la casa estaba esa planta. Nunca le di importancia, ni es mi flor favorita… así quedó, mimada y caprichosa, porque yo era la reina de la casa.
Julián la observó en silencio. Había en su voz una mezcla de pudor y ternura, como si ese apodo —tan simple, tan doméstico— revelara una parte de ella que no solía mostrar.
—¿Y el recuerdo más triste?
—Un día le pregunté a mi mamá por la vida de mi padre. Su respuesta fue evasiva… dijo que había salido de viaje y nunca regresó. Quizás está muerto, o quizás vive lejos, con otra familia. No lo sé. Nunca lo supe.
Julián bajó la mirada un instante, no por incomodidad, sino para darle espacio a ese silencio que pedía quedarse.
—¿Tu amor más grande? —preguntó después, casi en un susurro.
—Reynaldo —dijo ella—. El primero y el último hombre a quien le di mi cuerpo, mis sueños y mis ilusiones… Pero no quiero seguir. No es bonito para mí recordar desgracias. Mejor dejemos la entrevista para otro rato. Ahora, a dormir.
Julián dudó un instante. Había una pregunta que le rondaba desde hacía días, una curiosidad que no nacía del morbo, sino del deseo de comprenderla un poco más. —Disculpa… una última pregunta. ¿Alguna vez pensaron en tener hijos? Porque, después de varios años de matrimonio… no te embarazaste.
El silencio cayó como una manta pesada. Tereza giró el rostro hacia la pared, y su voz salió seca, cortante, sin temblor, pero con un cansancio antiguo. —Esa es otra historia. Dije que no quiero seguir con esto. Bueno.
La habitación se encogía alrededor de esa frase. No había enojo en ella, sino un límite claro, casi un ruego. Julián lo entendió.
Y cerró los ojos con la serenidad dócil de quien, por un momento, se permite descansar del peso de su propia historia.
Julián no podía conciliar el sueño. Las dudas y las preocupaciones lo asaltaban como sombras que no se disipan con la noche. Se volvió hacia ella y notó que Tereza también estaba despierta, inmóvil, como si escuchara algo dentro de sí.
—Tereza… cuéntame esa desgracia —murmuró él—. Te escucharé y secaré tus lágrimas. Estoy contigo.
Ella se incorporó lentamente en la cama, acomodando la espalda contra la pared, como quien se prepara para abrir una herida antigua.
—Mira… —empezó con voz baja—. Mi primer y único gran amor, bendecido en la iglesia de María Auxiliadora, nació para que dos jóvenes se amaran y miraran el futuro con la esperanza de un hogar estable. Pero todo se rompió después de cinco años. La traición de mi marido con mi mejor amiga me permitió descubrir el monstruo que él llevaba dentro… el monstruo que usó para sacarme de su vida.
Sus palabras confirmaron su dolor interior. —No fue solo la traición —continuó ella—. Fue la manera. La frialdad. La facilidad con la que me dejó a un lado, como si ya no tuviera lugar en su vida. Ahí entendí algo oscuro en él.
Sus ojos brillaron, pero no lloró.
Julián, con la voz baja, preguntó: —¿Y cómo fue que se separaron?
La respiración de Tereza cambió apenas. Su voz tenía un temblor que no era debilidad, sino memoria; una memoria que, por primera vez en mucho tiempo, se abría serenamente frente al hombre acostado a su lado. —Mi reacción fue… quizá violenta, de niña mimada —dijo—. Entre gritos y llanto lo eché de la casa. Metí su ropa en una valija y la dejé en la puerta. Y se fue. Así, sin mirar atrás.
Hizo una pausa breve, como si escuchara el eco de aquella puerta cerrándose.
—Me quedé llorando. Sola con mi desconsuelo. Sola con la sensación de que algo dentro de mí se había roto para siempre.
Respiró hondo y siguió: —Una semana después, Reynaldo regresó. Todo arrepentido, diciendo que había sido un error, que no sabía lo que hacía. Y yo… lo perdoné. Volvimos a ser felices. O eso quise creer. Pero duró poco. Muy poco. Todo era falsedad. Una fachada. Una mentira que yo misma sostenía para no aceptar que ya no quedaba nada.
Hizo una pausa, como si buscara palabras que no dolieran tanto.
—Nada era igual —continuó—. Mis celos ardían por dentro, como brasas que no se apagan. Mis ojos lo interrogaban sin nombrar a su amante. Yo dejé de frecuentar amistades. No tenía amigas ni amigos en quienes confiar mi suerte. Me encerré en mí misma, como si el mundo fuera un cuarto donde ya no entraba la luz.
Se frotó las manos, un gesto pequeño, casi infantil.
—El único que me escuchaba era mi hermano —dijo—. Pero yo no escuchaba sus recomendaciones.
Yo quería una solución a mi problema como si fuera una receta de torta, como unas instrucciones para armar un cajón. Algo claro, preciso, que me dijera qué hacer para que el dolor se fuera. Pero no era así. No había instrucciones. No había manual. Solo estaba yo… y ese vacío que se hacía más grande cada día.
—Sola en mi departamento —continuó ella— empecé a beber los licores que decoraban una vitrina. No era que me gustaran. Era que me adormecían. Él me encontraba dormida. Llegaba en silencio… y así también se marchaba. Ya en casa no había olor a hogar ni fragancias sensuales en nuestro lecho. Todo era frío. Todo era ajeno.
Su voz era firme por la honestidad de quien, por primera vez, se atreve a mirar de frente lo que fue.
—Un amanecer —dijo—, cuando él llegó sin corbata y con señales carmesí en el cuello, lo golpeé en el pecho. Fue un impulso, una mezcla de rabia y humillación. Su reacción fue más dura: me dio un manotazo en la cara. El alboroto hizo que una vecina interviniera, amenazando con llamar a la policía. Reynaldo, envalentonado, dijo ser policía y la ahuyentó.
Tereza bajó la mirada, como si aún pudiera ver el suelo de aquel departamento.
—Él salió furibundo —susurró— y yo quedé tirada en el piso, llorando. Llorando por él, por mí, por lo que habíamos sido… y por lo que ya nunca seríamos.
El silencio que siguió no era vacío: era un silencio lleno de memoria, de cansancio, de una verdad que por fin encontraba palabras.
—Esa situación se repitió unas cuantas veces —continuó ella, con la mirada perdida en un punto que solo ella podía ver—. Yo, enamorada, era quien le pedía perdón… no él. Era, al final, una muñeca para sus antojos en la cama. Me tenía dominada. Y en los pocos momentos de tranquilidad, como una tregua frágil, salíamos a la ciudad como dos extraños. Caminábamos juntos, pero cada uno llevaba su propio invierno por dentro.
Tereza bajó la cabeza. Su rostro tenía una tristeza serena, como si ya no luchara contra el recuerdo, sino que lo dejara pasar a través de ella.
—No quiero seguir —dijo con suavidad—. Porque tú no tienes derecho a sufrir por mí. Estás haciendo mucho por mí… y eso quiero disfrutarlo a tu lado. No quiero que mi pasado te lastime.
Se acercó un poco más a Julián, no para buscar refugio, sino para ofrecer una verdad limpia.
—Julián… yo te prometo que no volveré a beber. Quiero alejarme de ese vicio maldito. No quiero perderme otra vez. No quiero que tú me veas así. Quiero… quiero empezar de nuevo.
Sus palabras no eran un juramento impulsivo, sino un deseo profundo, casi tímido, de recuperar algo de sí misma.
Pero Tereza se sentía agotada por la dureza de sus recuerdos. Había hablado más de lo que imaginaba posible, y cada palabra parecía haberle arrancado un pedazo de sombra.
Propuso descansar. Dijo que el día había sido intenso, demasiado largo para su corazón, y que mañana —con una sonrisa tenue, casi tímida— él se dedicara a la casa, que no se preocupara por ella.
Había vaciado su alma y necesitaba volver a su silencio para no quebrarse. Se acomodó entre las sábanas, buscando el cuerpo de Julián como quien busca un punto firme en medio de un mar agitado. Cerró los ojos con un suspiro suave. Julián la observó en la penumbra.
La habitación quedó envuelta en un silencio tibio, un silencio que no separaba, sino que unía.
Julián había empezado a contar los días que le quedaban a Tereza junto a él, tal como ella misma lo había pedido al principio. Seis días. Y, aun así, lo intrigaba qué traería ese último amanecer. Temía que, por su actitud incierta, Tereza decidiera abandonarlo y salir de la casa del mismo modo en que había llegado. Entonces, Julián quedaría más solo que nunca.
En esos veinticuatro días no había alcanzado a conocerla del todo, pero también había descubierto que le gustaba la vida de a dos. Estaba seguro de que llegaría a amarla, y que ella comprendería que su vida estaba mejor junto a él. Podía ser otra vida para ambos, suspiraba.
Antes de salir al trabajo, Julián ingresó al cuarto de Ana para pedirle si podían encontrarse en la ciudad, sin que Tereza lo supiera. Así acordaron verse en el mercado Uyustus, donde Ana solía ir para entregar las prendas tejidas a sus clientas. Ella se mantenía con dos máquinas de tejer, y le iba bien: era su sustento.
Frente a Ana, Julián volcó con toda sinceridad sus preocupaciones y dudas sobre la personalidad de Tereza, esa mujer que se había acomodado en su corazón de a poco, con sentimientos que rozaban el amor… pero también con temores que lo sobresaltaban, por lo misterioso que todo era.
Ambos, sin embargo, no consiguieron descifrar la vida enigmática de Tereza. Ni siquiera Ana, con su intuición siempre despierta, había logrado hurgar en aquello que Tereza parecía esconder.
Por la noche, al regresar a casa, Julián se sorprendió, lo primero que lo envolvió fue la música: voces románticas, antiguas, de esas que parecían salir de una radio de otra época. El volumen era inusualmente alto para la casa silenciosa que él conocía.
Tereza llevaba un vestido que él no le había visto antes, uno que resaltaba sus hombros y la hacía parecer más segura de lo que solía mostrarse. Caminaba con una mezcla de timidez y decisión, como si hubiera ensayado ese momento. —Llegaste justo a tiempo —dijo ella, sonriendo.
Había algo en la escena que lo conmovía y lo inquietaba al mismo tiempo: la música, el vestido, la forma en que ella lo miraba, como si aguardara una reacción precisa. En la mesa, dos platos cubiertos reposaban bajo otros platos invertidos, conservando el calor. Una cerveza abierta dejaba escapar un hilo de espuma, y junto a ella, dos copas limpias brillaban bajo la lámpara. Ese detalle —las dos copas— le provocó un sobresalto que intentó disimular, aunque Tereza lo notó.
—Pensé que… —empezó ella, sin terminar la frase.
Él avanzó unos pasos. —¿Para quién es la otra copa? —preguntó Julián, con una voz más suave de lo que esperaba.
Tereza bajó la mirada, como si buscara una respuesta en el suelo. —Para ti —dijo finalmente—. Para nosotros.
Ella se acercó un poco más, apenas un paso, lo suficiente para que él percibiera el perfume tenue que llevaba, uno que no había usado antes.
—Quería que esta noche fuera distinta —añadió ella—. Que… que me vieras.
Julián respiró hondo. La música, la mesa preparada, el vestido, las dos copas: todo parecía un intento de acercamiento, pero también un gesto que escondía algo más profundo, algo que él aún no alcanzaba a comprender.
—Qué ricas te salieron las chuletas… ¿cómo es que preparaste todo esto, si no tenemos cocina? —preguntó Julián, sonriente, limpiándose la boca con una servilleta de papel.
—Me fui a la calle Graneros, allí donde los agachaditos sirven chuletas y sillpanchos. ¿Verdad que están ricas? —confirmó ella, con un brillo leve en los ojos.
Ambos terminaron riendo y bebiendo la cerveza, aunque Julián lo hizo con una desconfianza suave, casi imperceptible, como si algo en la escena —o en ella— le pidiera estar atento a un matiz que aún no lograba descifrar.
Después, por sugerencia de ella, salieron a caminar por las calles cercanas. Iban tomados de la mano, un gesto que no había ocurrido antes, y que a Julián le despertó una mezcla de ternura y desconcierto.
Las palabras de Tereza llegaron con una suavidad que cauitivò a Julián, como si cada sílaba buscara un refugio en él.
—Julián… no dejes que la noche me asuste. Quédate conmigo. Quiero escuchar lo que dice tu corazón cuando incline mi cabeza sobre tu pecho… No dejes que esta noche me arrebate tu sonrisa y tu voz. Háblame, pero no me preguntes nada, por favor.
En los oídos de Julián, aquella súplica sonó como una melodía inesperada, una canción tenue que lo envolvía y lo dejaba sin respuestas claras. Solo sentía que algo, en esa noche, estaba cambiando de lugar, como si una pieza largamente suelta por fin buscara encajar.
Al regresar a casa, ella dijo que quería ducharse antes de acostarse. Él asintió sin oponer palabra; no había nada en esa decisión que lo inquietara. Más bien, la observó alejarse con una mezcla de ternura y desconcierto, consciente de que la noche seguía moviéndose por dentro de ambos.
La medianoche marcó el comienzo de otro día, martes 26 de marzo, y Julián sintió que ese simple cruce de fecha llevaba consigo un leve temblor, como si el tiempo mismo hubiera decidido acompañar el cambio que se insinuaba entre ellos.
La entrega fue total. No era la primera vez, pero había en esa cercanía un pulso distinto, una serenidad nueva que los envolvía sin necesidad de palabras.
La pasión, contenida en gestos suaves y en el silencioso lenguaje de sus cuerpos, marcaba una diferencia sutil: ambos parecían plenamente conscientes de que aquello no era solo un encuentro, sino un acto de amor asumido con una calma casi ritual, romántica y profundamente humana.
Con esmero se vistió Julián para llegar a tiempo a su trabajo. Tenía el rostro alegre, esa expresión que lo distinguía cuando algo le había tocado el ánimo más de lo que él mismo admitía. Aún llevaba en la piel el eco de la noche, y en el pensamiento la forma en que había abrazado y besado a Tereza.
Antes de salir, apresurado, volvió sobre sus pasos. Se inclinó hacia ella y depositó un beso breve, de esos que quedan en la memoria más que en los labios. Era un gesto sencillo, pero cargado de la gratitud silenciosa de un hombre que, la noche anterior, se había sentido amado sin reservas.
Tereza, aquel martes, había llegado hasta las instalaciones de Radio Continental. Imaginaba que Julián se sorprendería al verla en su lugar de trabajo. La sala donde aguardaba tenía un aire quieto: sillones gastados, un olor tenue a papel y café recalentado, y una radio empotrada en un mueble que parecía llevar años allí. Mientras esperaba, reconoció la voz de Julián emanando del aparato, anunciando el cierre del noticiero del mediodía. Ese sonido, cálido y profesional, llenó el espacio con una familiaridad inesperada, como si él estuviera a punto de entrar en la sala en cualquier momento.
Ella sonrió —un gesto leve, casi un suspiro contenido— cuando Julián apareció acompañado de sus cuatro colegas de redacción. —¡Mi Julián! —dijo ella, avanzando hacia él con esa alegría risueña.
Él la presentó como su enamorada. Los piropos no tardaron ni un suspiro: llovieron entre risas, empujones y exageraciones. Lo celebraban como si hubiera revelado un tesoro bien guardado, la mujer que —según ellos— explicaba por qué últimamente llegaba tarde y sonreía de más.
Como una especie de celebración, ella sugirió ir donde la caserita del comedor del mercado Lanza, allí donde se habían conocido. Apenas doña Gregoria, ocupada entre ollas y vapores, los descubrió, lanzó un medio grito de bienvenida.
—¡Joven Juliancito! Pase por aquí, patroncito. ¿Dónde se ha perdido tanto tiempo? —exclamó, abriéndose paso entre los bancos—. ¿Y esa señorita… no me diga que es su esposa.
Se rió con gusto, como si la escena le devolviera algo de sus días más animados.
—Sí pues, aquí se conocieron —añadió, orgullosa de su memoria—. Y gracias por no olvidarse de esta vieja cocinera. Siéntense, yo les voy a servir su almuerzo.
El gesto festivo le iluminaba la cara: era la alegría pura de volver a tener, aunque fuera por un rato, a sus clientes de antes.
Pasaron las horas y, como todas las tardes, Julián se ocupó de sus fuentes informativas. Al despedirse, Tereza le dijo que la esperara a las seis en la Confitería Marilyn, en la calle Potosí.
Al tomar su camino, él se sentía liviano, casi flotante. Enamorado. Y, sobre todo, contento: con un optimismo que no necesitaba justificación, confiaba en que su amor por Tereza sería correspondido con el transcurso de los días. Esa esperanza —tan sencilla, tan suya— le iluminaba el paso.
Ambos, sentados frente a frente, se veían tranquilos y serenos. Reían de cosas simples, como si la tarde les hubiera regalado un respiro. Julián, llevado por la alegría del momento, le daba pequeños besos en la mejilla, gestos breves que parecían brotarle sin pensarlo.
De pronto, Tereza le pidió calma. Puso una mano sobre la suya y, con una suavidad que no dejaba espacio para preguntas, murmuró:
—No me preguntes nada.
Lo miró con una mezcla de firmeza y vulnerabilidad.
—Te voy a contar algo más de mi vida —añadió, apretándole los dedos, como si en ese contacto depositara la confianza que hasta entonces había guardado para sí.
—Mi matrimonio feliz duró apenas cinco años —empezó Tereza, con la mirada fija en un punto que no estaba en la mesa—. Los dos años posteriores fueron un peregrinaje: peleas, discusiones, separaciones… y ese volver a empezar que solo trae más cansancio. Perdón tras perdón, siempre entre súplicas y lágrimas.
Respiró hondo antes de continuar.
—Reynaldo… —pronunció el nombre sin rabia, pero con un peso antiguo—. No solo me hizo daño en lo físico y en lo psicológico. Sus mentiras, sus promesas… eran solo maneras de manipularme. Dejé de ver a mis amigas, dejé de arreglarme el pelo, las uñas. El dinero nunca alcanzaba y él me lo mezquinaba, como si yo no tuviera derecho a nada.
Julián no dijo palabra. Solo escuchaba.
—Y así como me pedía perdón —siguió ella—, las mismas veces me echaba en cara que Melina, mi ex amiga… y su amante… era mejor que yo.
No había amargura en su voz, pero sí un sufrimiento que llevaba atravesado en la vida. Hablarlo, de algún modo, la aliviaba.
—Me sentía sola y abandonada —continuó Tereza, con la voz más baja—. Mi madre no me escuchaba ni me apoyaba. El único que me ayudaba, aunque fuera con algo de dinero, era mi hermano.
—Él fue quien me aconsejó iniciar el divorcio. Fuimos juntos a ver a un abogado y le conté todo lo que estaba viviendo con mi marido. Al principio parecía sencillo… pero meses después todo se complicó por la tenencia del departamento. Sin consultarme —y si lo hizo, no lo recuerdo— todos los documentos estaban a su nombre. Ningún papel demostraba que mi madre había puesto el dinero.
—Cuando salí del departamento —continuó Tereza, con la mirada perdida en un punto que parecía más memoria que presente— sentí que no solo perdía un lugar donde vivir. Era como si me arrancaran los años que había puesto allí: mis cosas, mis rutinas, mis intentos de ser feliz. Todo quedó atrás de un día para otro, como si mi vida hubiera sido desalojada junto conmigo.
Hizo una pausa breve, apenas un temblor en la respiración.
—Y mientras él se casaba con Melina, yo trataba de recomponerme. No te imaginas lo que es que alguien te mire como si fueras menos que nada. Es una forma de desaparecer en vida.
Cada frase era un pedazo de historia que ella no había podido decir en voz alta durante años.
—Después de todo eso… —dijo Tereza, bajando la mirada— me fui hundiendo sin darme cuenta. Por desgracia, me refugié en el alcohol. Era lo único que me hacía olvidar un rato, aunque después me dejara peor. Bebía en bares con desconocidos, gente que no sabía nada de mí ni yo de ellos. Y ahí… —tragó saliva— los hombres me confundían con una prostituta.
Se detuvo un instante, como si la palabra le pesara más que el recuerdo.
—En las calles me señalaban como drogadicta, como ladrona. Yo… yo que había sido una niña mimada, educada en colegio de monjas. Imagínate, Julián. Yo, que nunca había pasado una noche fuera de casa sin permiso, terminé durmiendo donde podía, sobreviviendo como podía. Nada fue fácil. Nada.
Sus manos temblaron apenas, pero no las retiró.
—No era solo el frío, ni el hambre. Era la vergüenza. La sensación de haber caído tan bajo que ya no había forma de volver a subir. A veces pensaba que ese era mi destino, que así iba a terminar mi vida: perdida, sucia, sin nombre.
Levantó la vista hacia él, con una mezcla de incredulidad y gratitud. —Un día miré en el espejo y no me reconocí. El tiempo había marchitado aquella flor de noviembre. Ya no era la mujer que había sido. No era la que quería ser. Era… una sombra.
—Hasta que te encontré.
El silencio que siguió fue hondo, casi cálido. Julián no necesitaba hablar: su sola presencia parecía sostenerla.
Tereza, como si despertara de una pesadilla larga, sacudió ligeramente la cabeza. Tomó su taza de café; estaba fría. La dejó de nuevo sobre la mesa y levantó la mirada hacia él, buscando algo que no sabía nombrar.
Julián inclinó un poco el cuerpo hacia adelante, con esa suavidad que no invade.
—Si quieres… nos vamos a casa —dijo en voz baja—. Te comprendo. Estoy contigo. De a poco, muy de a poco, vas a ir sacando esas espinas.
Extendió una mano, no para apresarla, sino para ofrecerle un punto de apoyo.
—No llores, amor —añadió, con un tono que no era declaración, sino consuelo.
La palabra quedó suspendida entre ambos, no como promesa, sino como un gesto de cuidado. Tereza no respondió de inmediato. Solo respiró hondo, como si necesitara que el aire volviera a entrar en su cuerpo con calma. Luego se puso de pie, despacio, como quien regresa de un lugar lejano.
Julián también se levantó. No dijo nada. No hacía falta.
Salieron tomados de la mano, con esa unión silenciosa que no busca mostrarse, sino sostener. Afuera, la tarde ya empezaba a deshacerse, y el aire frío les rozó el rostro como un recordatorio de que el mundo seguía allí, intacto, esperando.
La mañana llegó sin prisa. La luz entraba por la ventana con un tono pálido, como si también ella respetara el cansancio de la noche anterior. Tereza despertó antes que Julián.
La mañana siguió su curso, tranquila, casi tímida. Y aunque ninguno de los dos lo dijo, ambos sabían que algo había cambiado. No era un final ni un comienzo rotundo, pero sí un punto de inflexión: un día que, sin anunciarlo, abría un camino distinto.
Al menos eso era en la mente de Julián, que mientras se vestía repetía mentalmente el día y la fecha: miércoles 27 de marzo. Había algo en ese número, en ese amanecer, que le hacía creer que la vida podía ordenarse.
Pero la realidad no tardó en reclamarlo.
Ese día, en la radio, el jefe de redacción lo llamó a su oficina apenas llegó. Tenía el ceño fruncido, los auriculares colgando del cuello y un fajo de papeles en la mano.
—Julián, necesito que te traslades a Kalamarca —le dijo sin rodeos—. Hay un enfrentamiento entre policías y campesinos que mantienen bloqueada la carretera La Paz–Oruro. La situación está tensa. Queremos un reporte desde el lugar.
Julián sintió cómo la ilusión suave de la mañana se mezclaba con la urgencia del oficio. Kalamarca quedaba a unos sesenta kilómetros; no era lejos, pero tampoco era un paseo. Y los bloqueos… los bloqueos siempre tenían algo imprevisible.
Asintió, profesional, aunque por dentro pensaba en Tereza, en cómo la había dejado en casa, todavía frágil, todavía respirando con cuidado.
—Salgo en diez minutos —respondió.
Mientras preparaba su grabadora y revisaba las baterías, una idea lo atravesó con la claridad de un relámpago silencioso: la vida no se detenía para nadie, ni siquiera para quienes estaban intentando recomponerse. Sin embargo, algo en él se sentía distinto. Más firme. Más dispuesto a sostener.
Con esa mezcla de deber y esperanza, Julián salió rumbo a Kalamarca. Para él, el despacho de noticias para la radio fue intenso, y la jornada, agotadora. Regresó muy tarde a la ciudad, con la preocupación acumulada por no haber podido avisarle a Tereza sobre aquel viaje inesperado.
Al ingresar a la habitación, la encontró dormida. Se sentía demasiado cansado para una ducha a esa hora, así que optó por acostarse con cuidado, procurando no despertarla.
Algo lo inquietó. Un olor a alcohol flotaba en el aire. Tereza dormía profundamente. Desde la cama, alcanzó a ver sobre la mesa una botella de singani. Su corazón dio un vuelco de tristeza y de dolor, como si una vieja herida hubiera vuelto a abrirse sin aviso.
Al amanecer, Julián se metió muy temprano a la ducha. No dejaba de pensar en la última secuencia de la vida de Tereza que había presenciado: ebria, perdida en un silencio que no sabía descifrar.
Tenía la mañana libre hasta el mediodía, así que no había apuro. Se sentó a desayunar con Tereza, quien disimulaba con habilidad las huellas de sus últimas horas. Él, con una suavidad casi instintiva, matizó la conversación contándole detalles de su viaje a Kalamarca, como si buscara devolverle un poco de luz al día que recién empezaba.
Pero, aun mientras hablaba, una parte de él seguía observándola en silencio, intentando comprender qué grieta interna la había llevado otra vez hacia el alcohol.
—Mi Julián… —comenzó ella, con la voz baja—. No quiero repetir otra vez la palabra perdón. Quiero admitir que anoche, por tu tardanza… que en un momento me desesperé. Me fui a la tienda y compré una botella de singani. De a poquito me la bebí. Lloré por mi soledad, por mi vida.
Hizo una pausa, como si buscara aire en un lugar que ya no tenía.
—Reconozco lo que hice, y no me da vergüenza ni me siento culpable. Soy una mujer acabada… el alcohol me quiebra. Contigo me sobrepuse a duras pruebas, días sin beber. Gracias por tu apoyo. Yo misma me puse a prueba, me fijé treinta días… y aquí estoy otra vez, abrazando el alcohol. No sé si algún día estaré completa, para mirarte serena y con ese amor que quisiera darte. Pero ya ves… anoche volví a fallar.
Julián la escuchó sin interrumpirla, sintiendo que cada palabra de ella caía como una piedra suave sobre el agua, abriendo círculos que tardarían en desaparecer. Anotó en su mente que ese día era jueves 29 de marzo. Un temblor invisible recorrió su cuerpo, como si la fecha quedara grabada en un lugar que no sabía nombrar.
Trató de darle confianza, de sostenerla sin invadirla. Se inclinó un poco hacia ella, buscando que su voz tuviera la calma que a veces él mismo no encontraba.
—Vas a salir adelante —dijo con una suavidad—. Y lo estás logrando. Tienes mi amor, tienes mi apoyo. No te voy a abandonar, Tereza… confía en mí, por favor.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Ella, en silencio, se levantó de la mesa, tomó una toalla y se metió a la ducha. Julián quedó pensativo, sin saber cómo actuar ni qué decir, como si cada gesto suyo pudiera quebrar algo que aún no entendía del todo.
A los pocos minutos apareció Ana, preguntando por Tereza. Habían quedado en salir al mercado y pasear por la ciudad. La reacción de Julián fue un leve arqueo de ojos, una sorpresa contenida.
Dijo que no sabía de tales planes, pero que no se oponía. Le pareció, incluso, una excelente idea: que Tereza se mantuviera ocupada, distraída, con algo que la sacara de sí misma durante el día. Tal vez —pensó— el movimiento, la calle, la compañía de Ana pudieran darle un respiro que él no sabía cómo ofrecerle.
Julián intentaba disimular su preocupación, pero aun así le confesó a Ana que la inestabilidad emocional de Tereza lo tenía inquieto.
—Algo grave le está pasando —dijo, bajando un poco la voz—. Y no sé cómo ayudarla.
Ana lo miró con una mezcla de comprensión y firmeza. Le dio una palmadita en la espalda, un gesto sencillo pero lleno de humanidad.
—No pienses mucho, Julián —le dijo Ana—. A veces, acompañar también es saber esperar.
Él asintió, aunque por dentro seguía sintiendo ese nudo que no lograba desatarse.
Minutos después, sin muchas explicaciones ni justificaciones, las dos mujeres salieron de la casa. Julián terminaba de arreglarse también para salir hacia la radio cuando sintió, a su espalda, que la puerta volvía a abrirse. Era Tereza, que había regresado apenas un minuto después.
—Mi hombrecito… —dijo ella, con una mezcla de ternura y fragilidad—. No quiero que estés enojado conmigo. Regresa temprano. Yo te estaré esperando aquí, tranquilita, mirando la tele.
Y volvió a salir, casi con la misma prisa con la que había entrado, dejando tras de sí un rastro de perfume y un leve temblor en el aire, como si sus palabras hubieran quedado flotando sin saber dónde posarse.
Julián se quedó quieto unos segundos, sintiendo que algo en esa breve aparición lo había reconfortado el alma.
La dinámica noticiosa del país seguía captando la atención internacional bajo el régimen del gobierno militar de Hugo Banzer Suárez. A finales de marzo se anunció que, en abril, se pondría en marcha la Comisión Marítima, creada tras la llamada Consulta de Cochabamba, con el propósito de estudiar y proponer estrategias sobre el retorno al mar, un tema central de la política exterior boliviana. Según se informó en distintos medios, un planteamiento posterior sería presentado también al gobierno chileno, presidido entonces por el general Augusto Pinochet.
En ese contexto se movía Julián. Entre comunicados oficiales, declaraciones de expertos y tensiones diplomáticas, elaboraba programas de opinión con sindicalistas y politicólogos. Su trabajo exigía precisión, paciencia y una sensibilidad especial para leer los matices del momento. Mientras organizaba entrevistas y revisaba libretos, sentía que la historia avanzaba con un pulso propio, ajeno a sus preocupaciones personales, pero inevitablemente entrelazado con ellas.
Había algo en esa mezcla de política, calle y voces diversas que lo mantenía alerta, como si cada jornada fuera un capítulo más de un país que intentaba comprenderse a sí mismo. Y si ese era el panorama del país, la vida de Julián también se impulsaba sobre un terreno incierto, casi misterioso, que conducía Tereza: la mujer que, sin aviso, veintinueve días atrás había invadido el techo del periodista Palermo, complicando aún más sus días.
A veces, mientras escuchaba a un dirigente sindical o a un analista político, Julián sentía que su mente se dividía en dos ríos paralelos: uno seguía el curso de la coyuntura nacional; el otro, más íntimo y turbulento, lo llevaba de regreso a Tereza, a sus silencios, a sus quiebres, a esa presencia que había llegado a su vida y que ahora lo obligaba a caminar con cautela.
A las ocho de la noche, Julián ya estaba de regreso en casa. Como siempre, antes de abrir la puerta sintió ese temor sutil, casi supersticioso, de no encontrar a Tereza allí.
Sonrió: estaba en la cama, recostada y mirando la televisión, tal como había dicho por la mañana.
Apenas lo vio, se levantó con un impulso inesperado y se colgó de sus hombros. Lo abrazó con fuerza. Un beso intenso, lleno de urgencia y alivio, lo tomó por sorpresa. El cansancio de la jornada pareció disiparse, como si hubiera quedado en la calle junto al ruido de la ciudad.
Se lanzó hacia él porque no sabía cómo decirle lo que realmente sentía. Porque las palabras se le enredaban, porque temía que si hablaba demasiado él descubriera la grieta exacta por donde se le escapaba la vida.
Ambos se dejaron caer sobre la cama, no desde la pasión explícita, sino desde ese refugio cálido que dos personas encuentran cuando el día ha sido demasiado largo y la vida demasiado pesada.
—Julián… quiero salir un momento por las calles cercanas —dijo ella, con un tono que mezclaba inquietud y deseo de movimiento—. Vamos, tengo hambre. En la curva de la calle Manco Kápac hay kioscos de caldos de cordero y de pollo. Vamos allí.
Lo tomó del brazo con una suavidad casi infantil. Antes de que él pudiera responder, ya estaba buscándole la chamarra, acomodándosela sobre los hombros como si temiera que el frío nocturno pudiera quebrarlo. Él sonrió ante ese gesto inesperado, tan distinto al temblor emocional de la mañana.
Abrigados, salieron juntos. La noche paceña los recibió con su aire fresco, con ese rumor de calles que nunca terminan de dormir. Julián sintió que, por un instante, caminar a su lado era una forma de sostenerla sin palabras; y Tereza, aferrada a su brazo, parecía encontrar en ese simple paseo una tregua, un respiro que la alejaba —aunque fuera por un rato— de sus sombras. Cada paso era para ella una negociación íntima: no caer, no huir, no romperse delante de él.
Tereza lo miraba y sonreía, contenta. Con cierta timidez le preguntó a Julián por sus padres. —Cuéntame de tu mamá y de tu papá… ¿dónde están? —dijo, casi en un susurro.
En ese gesto estaba toda su curiosidad. También ella quería asomarse a la vida del hombre que estaba acompañando sus días. En su pecho convivían una gratitud silenciosa y un miedo profundo, como si cada pregunta fuera un modo de afirmarse en el mundo y, al mismo tiempo, de protegerse de él.
Después de degustar los caldos de pollo, Tereza dijo, con cierta melancolía, que quisiera caminar toda la noche. Había en su voz un deseo de seguir avanzando, como si el movimiento pudiera mantener a raya aquello que la perseguía por dentro.
Julián apoyó la idea, pero la condicionó con suavidad. Dijo que no era bonito caminar sin hablarse, así, en silencio, porque los pensamientos —cuando se quedan sin compañía— confunden y lastiman.
—Tereza, escúchame… —murmuró, buscando palabras que no hirieran—. Es poco lo que puedo decirte. Mi papá murió cuando yo tenía quince años; ya estaba viejito y había trabajado muchos años en las minas. Mi mamá murió dos años después. Entonces tuve que aprender a vivir solo, sobreponiéndome a los riesgos de la vida. Fueron duros mis primeros años… pero con confianza, uno sale adelante.
Julián no solía hablar de su infancia.
Mientras hablaba, su voz no tenía dramatismo, solo una serenidad antigua, como si cada recuerdo hubiera sido pulido por el tiempo. Julián estudió periodismo, aunque llegar a ese punto fue casi un acto de fe. Después de la muerte de sus padres, la idea de una carrera universitaria parecía un lujo reservado para otros. Pero había algo en él —una mezcla de terquedad y esperanza— que lo empujaba a seguir. Trabajó en lo que pudo, ahorró lo que alcanzaba, y cuando sintió que ya no podía postergar más su vocación, tomó una decisión que cambiaría su vida: se trasladó a la Argentina. Cuando regresó a Bolivia, ya no era el muchacho que había salido con una maleta y un temblor en el pecho. Era un periodista formado, con una voz propia y un compromiso que no necesitaba proclamarse.
Tereza lo escuchaba con atención, aferrada a su brazo, sintiendo que por fin se abría una rendija hacia la vida de ese hombre que la acompañaba. En su pecho, la gratitud y el miedo seguían conviviendo, pero por un instante parecieron respirar al mismo ritmo.
La sencillez de Julián no era una pose ni un gesto aprendido: venía de lejos, de esos años en que la vida lo obligó a mirar de frente lo que otros preferían evitar. Quizá por eso comprendía tan bien las penas de Tereza.
Luego añadió, casi insinuando, que prefería volver a casa; que quería tenerla abrazada toda la noche, como si ese gesto pudiera protegerlos a ambos de lo que no sabían nombrar.
Viernes 30 de marzo. Julián no dejaba de pensar en esa fecha; le rondaba como una campana lejana que no sabía cómo acallar. No se atrevía a preguntarle a Tereza. En el fondo deseaba que ella olvidara ese día, que simplemente siguieran viviendo juntos otro mes, y muchos más, hasta que las cosas se acomodaran para ambos.
Sentía que una pesada piedra acompañaba cada uno de sus pasos. Era la misma que arrastraba Tereza, aunque él, sin comprender del todo, empujaba esa carga a su lado. Había en las palabras de ella un misterio que lo inquietaba, un secreto que parecía esconder un dolor antiguo, y que él apenas alcanzaba a intuir.
Como de costumbre, apurado, Julián se despidió de Tereza, proponiéndole que la esperaría para almorzar en el Lanza, donde doña Gregoria. Todo quedó acordado. Nada extraño.
Ella reclamó su beso cuando él ya estaba afuera. Abrió el zaguán y salió hasta la vereda para abrazarlo, como si necesitara asegurarse de que ese instante —mínimo, tibio, cotidiano— no se le escapara de las manos.
Pasada la una de la tarde, Julián, preso de sus propios temores, esperaba en el puesto de comidas a su Tereza para almorzar. Había llegado antes de tiempo, como si la anticipación pudiera aliviarle la inquietud que llevaba en el pecho.
—Joven Juliancito, tengo sajta de pollo especial (guiso picante) —le dijo doña Gregoria, alcanzándole una papaya Salvietti y dos vasos—. Se los voy a guardar para cuando llegue la señorita.
Mientras tanto, los otros clientes conjeturaban los posibles resultados del clásico paceño que se jugaría el sábado en el estadio, entre Bolívar y The Strongest. Sus voces, animadas y despreocupadas, contrastaban con la espera silenciosa de Julián, que miraba cada tanto hacia la entrada del mercado, como si en cualquier momento pudiera aparecer Tereza y disipar, aunque fuera un poco, la sombra que lo acompañaba desde hacía días.
Había en él una tensión difícil de disimular: ese modo de acomodarse en el banco, de mover los dedos sobre la mesa, de beber pequeños sorbos de la Salvietti sin sed.
Todo en su cuerpo parecía estar pendiente de un solo gesto, de una figura que cruzara el pasillo central del Lanza y lo llamara por su nombre. Y, sin embargo, el mercado seguía su curso habitual: risas, discusiones futboleras, el golpeteo de los cuchillos, el vapor de las ollas.
Una hora después, Tereza finalmente apareció con paso agitado. Se disculpó, explicando que había ido a casa de su hermano.
—Tú sabes… él me colabora con dinero, y como es fin de mes, me encontré con él y hablamos un poco. Hablamos de ti, de lo lindo que eres. De lo bueno que eres conmigo —dijo, con una agilidad teñida de ternura.
Las palabras de Tereza aflojaron la tensión que mantenía rígido el cuerpo de Julián. La miraba de frente y de reojo, quizá intentando captar algún matiz en su rostro. Nada anormal. Nada que delatara el peso que él intuía.
Y entonces, quizá por pura formalidad, preguntó:
—¿Qué vas a hacer después del almuerzo, amor?
La respuesta de ella fue inmediata: se encontraría con su hermano a las cinco de la tarde, en la puerta del cine Monje Campero.
Al despedirse, Tereza lo abrazó y estampó un beso en su frente. Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas hasta alcanzar sus labios, dejándole un sabor amargo, como si algo oscuro —¿acaso una premonición?— hubiera rozado su interior.
—¿Por qué estás llorando, Tereza? —preguntó él, sorprendido por aquella emoción repentina.
—No… no sé. Será porque estoy aprendiendo a amarte —respondió ella, antes de encaminarse hacia el lado opuesto, sin volver la vista.
Las últimas palabras de Tereza lo conmovieron. Julián, contento, se dirigió a sus ocupaciones en la radio. Al concluir la jornada, se asomó a una confitería de la calle Comercio y eligió unos alfajores para la hora del té, diciéndose en sus adentros que a ella le gustarían.
Se encaminaba luego por la calle Evaristo Valle, donde una viejecita con una canasta en la mano vendía rosas rojas. Claro: era viernes, día de romance para los jóvenes; de farra para algunos trabajadores; de prisa para otros, ansiosos por llegar a casa, donde la familia los esperaba.
Julián pensó que, seguramente, Tereza lo estaría aguardando con alguna sorpresa… decía eso para sí, recordando el dinero que ella recibiría de su hermano y sabiendo que, cuando podía, no se mezquinaba en gastos.
Los últimos pasos hasta su puerta los dio silbando una canción cuyo título ni siquiera conocía; era simplemente la señal de su alegría. Pero al no encontrar a la mujer que amaba, creyó primero que se trataba de una broma, que ella estaría escondida en algún rincón, esperando hacerlo reír.
Se quedó de pie en medio del cuarto, mirando alrededor sin saber exactamente qué buscaba. Tal vez un gesto, un objeto fuera de lugar, una señal mínima que le dijera que Tereza volvería en cualquier momento. Pero todo estaba igual que en la mañana: la manta doblada, la taza que ella había usado, el peine sobre la cómoda. Nada hablaba. Nada respondía.
Diez minutos después, su rostro se encogió. Los pensamientos se amontonaron, desordenados, y sus ojos no encontraban consuelo.
Salió al patio, se dirigió al cuarto de Ana. No estaba. Entonces recuperó un leve aliento, pensando que tal vez había salido con ella a dar una vuelta. Buscó y rebuscó algún mensaje escrito en la habitación. Nada. Ninguna señal. Ninguna palabra que lo orientara. Se sentó en la cama y apoyó los codos en las rodillas. No sabía cuánto tiempo pasó así, respirando hondo, tratando de ordenar los pensamientos que se le escapaban como agua entre los dedos.
Luego se levantó de golpe, impulsado por una idea que no sabía si era esperanza o miedo. Caminó hacia la puerta, salió al patio y volvió a llamar a Ana, esta vez con la voz un poco más alta. Nada.
Regresó adentro. Cerró la puerta con suavidad, como si temiera despertar algo. Y se quedó allí, escuchando su propia respiración, como si ese sonido fuera lo único firme en medio de un suelo que empezaba a moverse bajo sus pies.
30 de marzo. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
Las preguntas le golpearon la mente sin orden, sin pausa.
Volvió a salir del cuarto, esta vez con un impulso más urgente. Tocó la puerta de doña Úrsula, la dueña de casa. Ella apareció con su bata de lana y el cabello recogido, sorprendida por la visita a esa hora. Le dijo que no sabía nada, que no había notado nada raro, que no había escuchado pasos ni voces. Su tono era amable, pero no ofrecía ninguna respuesta.
Julián agradeció con un gesto y bajó los escalones hacia el patio. Fue entonces cuando, desde la penumbra del corredor, divisó la figura de Ana cruzando la puerta de calle. Venía sola. Sin Tereza detrás. Ese detalle —mínimo, pero definitivo— le heló la espalda.
Ana lo vio y levantó la mano para saludar, sin advertir el temblor que empezaba a recorrerle el cuerpo a Julián. Él dio un paso hacia ella, como si necesitara confirmar con sus propios ojos lo que ya intuía: que Tereza no estaba allí, que no venía detrás, que no había sombra alguna siguiéndola.
Al día siguiente, sábado 31 de marzo, con una leve esperanza de encontrarla en casa de su hermano, se dirigió hacia allí.
Mario lo recibió sin alarma, apenas moviendo la cabeza, sin alarma, apenas con un gesto que parecía más de agotamiento que de sorpresa. Se pasó una mano por la frente antes de hablar, como si buscara ordenar algo dentro de sí.
—Mi hermana… —dijo en voz baja, casi con ternura—. Mi hermanita no está bien. Yo ya no sé cómo ayudarla. Amigo Julián, déjela un tiempo… no sufra por ella. Quizá volvió a lo de siempre. No es que no tenga remedio, pero mientras no quiera entrar en rehabilitación… —hizo una pausa, resignado—. Ella se niega. Y uno ya no sabe qué hacer.
—Pero Mario… dígame, ¿el viernes estuvo con usted?
El hermano asintió, sin dramatismo, como quien admite algo inevitable.
—Sí —respondió—. Nos encontramos. Hablamos un rato y, como siempre, le di algo de dinero para sus gastos. Salimos hasta la esquina, tomamos una Coca-Cola… y me habló de usted con entusiasmo. Nada raro; más bien, la vi contenta, y me alegró mucho verla así.
Se quedó un momento en silencio, mirando hacia la calle como si buscara una explicación que no llegaba.
—Y ahora esto… que desaparece —murmuró Mario, con una tristeza que no quería convertirse en reproche.
Desalentado, Julián regresó a casa, por si ella decidiera volver al lado de “su hombrecito”, como en tono de piropo solía llamarlo.
Ana entró sin tocar la puerta. Al no encontrar a Tereza, se acercó a él con una inquietud que intentaba disimular.
—Podemos ir a buscarla al hospital… o a la policía —sugirió—. Nadie está libre de un accidente o de algún otro incidente que ocurre en el momento menos pensado.
Sus palabras, lejos de alarmarlo, terminaron de empujar a Julián hacia una decisión que ya venía gestándose en su interior. Ana notó que él estaba dispuesto a salir de inmediato, decidido a averiguar algo más sobre el paradero de su Tereza.
Recorrieron la ciudad en tramos: algunos en microbús, otros en taxi, saltando de un punto a otro para preguntar por Tereza Walker, sin contar siquiera con un dato aproximado. No encontraron nada que confirmara sus sospechas, ni rastro alguno que les diera una pista.
Ana y Julián regresaron desalentados a la casa. Lo que más lo atormentaba a él era aquel detalle que no lograba sacarse de la cabeza: los treinta días que Tereza le había pedido… cuando marzo tiene treinta y un días. Lo extraño —lo que lo inquietaba de verdad— era que ella hubiera desaparecido justo al cumplirse los treinta días, ni uno más. Esa noche, la angustia de Julián no tenía forma precisa; era más bien un peso que se acomodaba en el pecho y no lo dejaba respirar del todo.
El sábado, agotado por la noche anterior, despertó pasadas las nueve de la mañana. Le tomó un momento recordar dónde estaba, qué día era, y por qué el silencio de la casa le pesaba tanto. Se vistió sin prisa y salió hacia la tienda de la esquina, esa que tenía un teléfono público colgado junto a la puerta, siempre un poco torcido.
Marcó primero el número de la radio para comunicar que no iría ese día. Su voz sonó más ronca de lo habitual, como si el cansancio y la inquietud se hubieran mezclado durante la noche. Luego, con otra llamada, delegó a un colega el turno de preparar el informativo con el resumen noticioso de la semana. No era común que faltara, y menos un sábado, pero no tenía fuerzas para fingir normalidad.
Mientras colgaba el auricular, sintió que el peso de la ausencia de Tereza volvía a caerle encima, más denso que antes. El día apenas comenzaba y ya presentía que sería largo.
Ana se presentó con un termo de café y un par de empanadas. Colocó todo sobre la mesa, tomó dos tazas y sirvió con esa calma práctica que tenía cuando intuía que las palabras debían llegar despacio. Luego, sin rodeos, planteó sus ideas para hablar de Tereza.
Ana tomó un sorbo de café antes de hablar. No quería apresurarse; conocía a Julián lo suficiente como para saber que, en momentos así, cualquier palabra debía caer con suavidad.
—Mirá, Julián… —empezó Ana, con esa voz que usaba cuando intentaba sostenerlo sin que él lo notara—. Yo creo que Tereza volvió a hacer lo mismo que la vez anterior. Se fue a algún lado, quizá a refugiarse donde nadie la conozca. Sabés cómo es… cuando siente que algo la supera, desaparece.
Julián no respondió. Su silencio no era indiferencia, las palabras se le quedaban atoradas.
Ana continuó, más despacio, como si midiera cada sílaba:
—Y también dijo, ¿te acuerdas?, que no quería complicarte la vida. Que para ella lo mejor era irse. Decidió hacerlo… y lo hizo.
Él bajó la mirada.
Ana lo observó en silencio, esperando que él dijera algo, pero Julián seguía atrapado en sus propios pensamientos, en ese punto exacto donde la razón no alcanza y la intuición empieza a doler.
Él apretó los labios. —Puede ser… —murmuró—. Pero no entiendo por qué justo a los treinta días. ¿Por qué no esperar un día más? ¿Por qué cumplir ese plazo como si fuera una promesa… o una condena?
—Julián, estas enamorado —dijo con una franqueza suave—. Y cuando uno quiere, cualquier detalle se vuelve un misterio. Pero tal vez no hay nada detrás. Tal vez ella simplemente… no pudo más.
Él negó con la cabeza, casi imperceptiblemente.
—No, Ana. Hay algo. Yo lo siento. No sé qué es, pero está ahí. Ella no se fue porque sí. No después de todo lo que vivimos estos días.
Ana dejó la empanada a un lado y apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la de él, sin tocarlo. Ese gesto —mínimo, casi invisible— era su manera de acompañarlo sin invadirlo.
—Entonces habrá que averiguarlo —dijo, con una firmeza.
Julián respiró hondo. La decisión se formó en él sin estridencias, como una certeza que venía madurando desde la madrugada.
—Tengo que volver a la casa de su familia —dijo al fin—. Quizás saben algo.
Al pronunciarlo, sintió una mezcla de temor y alivio.
Ana lo observó en silencio. Sabía que ese paso era inevitable, y también sabía que Julián no descansaría hasta obtener una respuesta, aunque fuera dolorosa.
Había premura en sus decisiones. Apenas terminaron el desayuno, ambos amigos salieron presurosos en dirección a la casa de Mario, el hermano de Tereza. Julián caminaba con un impulso casi febril, como si cada minuto perdido alejara más la posibilidad de encontrarla. Fue Ana quien, al notar su paso acelerado, lo tomó del brazo con suavidad.
—Julián, calmate un poco —le dijo, sin detenerlo del todo—. Es demasiado pronto para alarmarse así. No sabemos nada todavía.
Él la miró apenas, sin frenar del todo.
—No puedo quedarme sentado esperando —respondió, con la voz tensa.
Ana insistió, pero con esa firmeza tranquila que la caracterizaba:
—Mario ya te lo dijo. Su hermana acostumbra vagar sin destino. Aparece y desaparece… pero siempre regresa después de unos días. No es la primera vez.
Julián escuchó, pero no se dejó convencer. Había algo en esta desaparición que no se parecía a las otras. Algo que se le clavaba como una espina: los treinta días. Ese límite exacto, cumplido al pie de la letra. Esa despedida silenciosa que él no había sabido leer.
Ana lo sabía. Por eso no volvió a detenerlo. Solo caminó a su lado, acompañándolo en esa urgencia que parecía crecerle desde adentro.
A las once del día estaban frente a la casa verde. Mario apareció en la puerta con un delantal blanco, todavía impregnado del olor a horno. Al verlos, se sorprendió, pero enseguida los invitó a pasar. Subieron unas gradas hasta su departamento, donde su esposa los recibió con amabilidad y les ofreció algo de tomar mientras Mario terminaba sus tareas en el horno.
El ambiente tenía ese calor doméstico que mezcla pan recién hecho, rutina y un leve desorden de trabajo. Ana se sentó con cautela, observando a Julián de reojo: él estaba tenso, con las manos entrelazadas, como si temiera que cualquier movimiento pudiera desatar una verdad que no estaba listo para escuchar.
La esposa de Mario, con una sonrisa discreta, les sirvió té caliente y una variedad de pastelitos. Mario llegó al poco rato, secándose las manos en el delantal blanco. Tenía el rostro ligeramente enrojecido por el calor del horno y ese cansancio honesto de quien lleva horas trabajando. Al verlos sentados en la pequeña sala, su expresión cambió: primero sorpresa, luego una sombra de preocupación que intentó disimular.
—Disculpen la demora —dijo, acomodándose el delantal—. ¿Qué pasó? ¿Por qué vinieron tan temprano?
Ana lo saludó con una sonrisa amable, pero fue Julián quien habló primero.
—Mario… necesitamos saber si supiste algo de Tereza. No aparece desde ayer.
El panadero frunció el ceño, no con alarma, sino con esa mezcla de resignación y afecto que solo tienen los hermanos mayores acostumbrados a lidiar con ausencias repetidas.
—No, Julián. Nada. —Se sentó frente a ellos, apoyando los antebrazos sobre las rodillas—. Pero ya les dije… ella es así. A veces se va sin avisar. Después vuelve, como si nada.
Ana intervino con suavidad, intentando equilibrar la tensión:
—Sí, Mario, eso lo entendemos. Pero esta vez… no sé, hay algo distinto.
Mario la miró, luego miró a Julián. Y en ese instante pareció notar algo en él: la inquietud profunda, la sospecha que no lo dejaba respirar.
—¿Distinto cómo? —preguntó, sin dureza, pero con un interés real.
Julián tragó saliva. No quería sonar exagerado, pero tampoco podía callarse.
—Los treinta días —dijo—. Ella se fue justo cuando se cumplían. Ni antes ni después.
Para que Mario entendiera ese misterio, relató con detalles el acuerdo que habían asumido treinta días atrás: aquel pacto extraño, casi improvisado, que en su momento no le pareció más que una excentricidad de Tereza. Le contó cómo ella había insistido en ese plazo, cómo lo había repetido con una seriedad que él, entonces, no supo interpretar. Y cómo, a pesar de todo, jamás imaginó un desenlace tan brusco, tan silencioso.
Mario lo escuchó sin interrumpir. No se burló, no lo contradijo. Solo lo observó con una seriedad nueva, como si por primera vez considerara que tal vez, esta vez, la desaparición de su hermana no era una más. Había algo en la precisión del relato, en la forma en que Julián hablaba, que lo obligaba a prestar atención.
De pronto, Mario cambió el semblante. Su mirada se endureció apenas, como si una idea le hubiera cruzado la mente demasiado rápido.
—Treinta de marzo… —repitió en un tono tenso, casi para sí mismo. Respiró hondo, como quien decide si hablar o callar.
Ana levantó la vista. Julián sintió un estremecimiento, como si esas palabras hubieran tocado un punto que ninguno de los tres sabía que existía.
El silencio que siguió no fue incómodo: fue denso, expectante, como si los tres estuvieran a punto de descubrir una verdad que todavía no tenía nombre.
—No entiendo… —dijo al fin, pensativo—. Mi hermana es extraña, sí, pero porque tiene el corazón lastimado. Todo lo que pasó con su matrimonio… la dejó mal. Muy mal. Eso ya lo saben.
Hizo una pausa breve, casi defensiva.
—No hay que darle tanta importancia —añadió, aunque su tono no coincidía del todo con sus palabras—. Ella es así. Se va, vuelve… siempre lo ha hecho.
Ana lo observó con atención. Julián también. Había algo en la forma en que Mario hablaba —esa mezcla de cautela y un leve temblor en la voz— que no terminaba de encajar con la explicación que intentaba dar. Como si él mismo no creyera del todo en lo que decía, o como si hubiera algo más que prefería no nombrar.
Sin más consuelo que la esperanza de volver a tener a Tereza, los visitantes se pusieron de pie. El movimiento fue lento, casi respetuoso, como si no quisieran romper el aire espeso que había quedado suspendido en la sala. Mario también se levantó, acomodándose el delantal con un gesto automático, sin dejar de mirarlos.
—Ojalá aparezca pronto —dijo, pero su voz sonó más baja de lo habitual, como si la frase le pesara.
Entonces, unos golpes fuertes en la puerta los detuvieron en seco. Ana y Julián se quedaron inmóviles, como si el sonido hubiera congelado el aire. Mario se adelantó, extrañado, y abrió.
En el umbral estaba uno de sus empleados, agitado, con el rostro desencajado y el aliento entrecortado.
—Don Mario… —balbuceó—. La radio Nueva América… acaban de informar… que una mujer se lanzó del edificio Petrolero… y dicen que es su hermanita… Tereza. Se lo juro, don Mario… lo dijeron con nombre y apellido.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, como un golpe seco que nadie alcanzó a esquivar.
Ana llevó una mano a la boca. Julián sintió que el piso se le movía bajo los pies, como si la realidad hubiera dado un giro brusco e imposible. Mario, en cambio, no reaccionó de inmediato: se quedó quieto, con la mano aún en el marco de la puerta, los ojos abiertos de par en par, sin parpadear.
Entonces la reacción de Mario fue brusca. Dio un paso adelante y agarró al hombre que traía la mala noticia por los hombros, sacudiéndolo con una mezcla de incredulidad y miedo.
—Pepe… ¿estás loco o borracho? —le gritó Mario, con la voz quebrada—. ¿De dónde sacás semejante cosa? ¡Decímelo de una vez!
—Don Mario… lo dijeron en la radio… con nombre y apellido… Yo solo vine a avisarle…
El empleado, pálido, levantó las manos como quien jura por la verdad, temblando por tan fatal desenlace sabatino. Detrás de él, los otros tres trabajadores asomaban en el pasillo, inmóviles, con el rostro desencajado. No necesitaban hablar: sus miradas confirmaban lo que Pepe apenas podía pronunciar.
Mario los observó a todos, uno por uno, como si buscara una grieta, un gesto, cualquier señal que desmintiera la noticia. Pero no la encontró. El silencio de los hombres era más elocuente que cualquier palabra.
Ana sintió que las piernas le flaqueaban y apoyó una mano en la pared para no perder el equilibrio. Julián, en cambio, quedó rígido, con la mirada fija en un punto indefinido, como si su mente se negara a procesar lo que acababa de escuchar. El mediodía, que hasta hacía un instante parecía tibio y cotidiano, se volvió de pronto irreal, ajeno, como si el mundo hubiera cambiado de color sin avisar.
De pronto apareció la madre de Tereza, alarmada por el repentino alboroto que se había extendido por la casa tras el anuncio radial de que una joven mujer se había lanzado al vacío desde la terraza del edificio Petrolero. Su rostro mostraba esa mezcla de desconcierto y temor que solo aparece cuando el ruido de la calle trae una desgracia que uno no quiere reconocer.
Mario dio un paso atrás, respirando con dificultad. Miró a su madre, luego a los empleados, luego a Julián y Ana, sin saber a quién aferrarse. Nadie habló. Nadie se movió. El silencio que cayó sobre ellos tenía un peso insoportable, un silencio que no buscaba respuestas: solo confirmaba que algo, en algún lugar, había cambiado para siempre.
Todos volvieron a sentarse, casi por inercia, como si las piernas ya no les respondieran. La madre de Tereza se dejó caer en una silla, con las manos entrelazadas sobre el regazo, mirando un punto fijo en el suelo.
Julián respiró hondo. Su rostro seguía pálido, pero había recuperado una serenidad extraña, esa calma que solo aparece en quienes han atravesado antes situaciones límite. Habló despacio, sin levantar demasiado la voz, como si temiera que cualquier palabra pudiera quebrar aún más el ambiente.
—Primero… —dijo— tenemos que confirmar. No podemos quedarnos con lo que dijo la radio. Vamos a ir a la morgue del Hospital General. Y despues iremos a la policía.
Ana lo miró con gratitud silenciosa. Mario asintió apenas, como si esas palabras le dieran un punto de apoyo en medio del derrumbe. La madre levantó la vista, buscando en Julián una certeza que ella misma no podía sostener.
—Sí… —murmuró—. Hay que saber la verdad.
La madre de Tereza fue la primera en reaccionar. Se levantó despacio, apoyándose en el respaldo de la silla, y buscó su chalina sobre el sofá. Sus movimientos eran lentos, mecánicos, como si cada gesto le costara atravesar una nube espesa.
—Voy con ustedes —dijo, sin mirar a nadie.
Mario asintió, aunque su expresión mostraba que no sabía si quería que ella fuera o que se quedara.
Al llegar a la avenida, esperaron un taxi. Pasaron varios sin detenerse. Finalmente uno frenó, y los cuatro subieron sin discutir el orden.
El trayecto fue silencioso. El conductor, al ver los rostros, no hizo preguntas. El ruido de la ciudad entraba por las ventanas entreabiertas: motores, bocinas, voces lejanas.
El hospital, a esa hora —tres de la tarde— hervía de movimiento: enfermeros que iban y venían, pacientes esperando ser atendidos y, sobre todo, voces que se cruzaban sin detenerse. Era un murmullo constante, casi un oleaje humano que chocaba contra las paredes blancas y volvía a empezar.
Mario avanzaba con pasos cortos, mirando al suelo, evitando encontrarse con los ojos de nadie. Su madre caminaba a su lado, aferrada al brazo de Ana, que intentaba sostenerla sin invadirla. Julián, un poco detrás, observaba todo con esa serenidad tensa que había adoptado desde que salieron de la casa verde.
Cuando doblaron hacia el ala más antigua del hospital, el ambiente cambió. El ruido quedó atrás, reemplazado por un silencio más frío, más duro.
Mario se detuvo un instante, como si necesitara reunir fuerzas para seguir. Julián lo alcanzó y le puso una mano en el hombro, sin decir nada. La madre de Tereza murmuró una oración breve. Ana respiró hondo, intentando no quebrarse.
Al fondo del pasillo, una puerta metálica esperaba, entreabierta. Un funcionario salió en ese momento, sorprendido al verlos.
—¿Pueden ayudarme? —preguntó Julián, con voz baja pero firme.
El hombre los miró uno por uno, percibiendo el peso que traían encima.
—Sí… —respondió el funcionario—. ¿A quién buscan?
Julián tragó saliva. —A Tereza Walker.
El hombre asintió lentamente, como si ese nombre ya hubiera pasado por sus manos esa misma tarde. Su mirada se volvió más seria, más cuidadosa.
—¿Usted es el marido? —preguntó, dirigiéndose a Mario.
Mario negó con la cabeza, pero la voz no le salió de inmediato. —Soy su hermano —logró decir al fin, con un hilo de voz.
El funcionario lo observó un segundo más, evaluando algo que no dijo. Luego hizo un gesto para que lo siguieran.
—Acompáñeme, por favor.
Mario dio un paso adelante, pero se detuvo de inmediato. Miró a Julián, como si necesitara un sostén, una presencia que lo ayudara a atravesar ese umbral.
—Ven conmigo —le pidió, casi en un susurro.
El médico forense los recibió con un gesto serio, casi cansado. Habló con profesionalismo, pero también con cierta cautela, como quien sabe que cada palabra puede convertirse en un golpe.
Explicó superficialmente el caso, ya calificado como suicidio por la policía. Advirtió a ambos —Mario y Julián— que no aconsejaba que las señoras que esperaban afuera vieran el cuerpo.
—El impacto sería traumático —dijo, con voz baja—. El estado… no es fácil de ver. Entiendan: caer desde quince pisos… es tremendo.
Mario cerró los ojos un instante, como si esas palabras lo atravesaran. Luego, con un esfuerzo visible, logró hablar.
—¿Y cómo se sabe que se trata de Tereza Walker…? —preguntó, con un temblor en la voz—. Mi hermana no acostumbra llevar ningún documento de identificación.
El médico forense lo miró con atención, midiendo su respuesta. Había algo en la pregunta de Mario —una mezcla de incredulidad, miedo y una necesidad desesperada de aferrarse a cualquier duda— que lo obligó a ser más cuidadoso.
—La identificación… —comenzó— se hizo por otros medios. No por documentos.
El médico continuó, con la misma voz contenida:
—La policía encontró pertenencias cerca del lugar. Y hubo testigos que… creyeron reconocerla. Pero ustedes deben confirmar. Es un procedimiento necesario.
Mario apretó los puños. Julián lo miró de reojo: sabía que esa respuesta no lo tranquilizaba en absoluto.
El forense hizo un gesto hacia una puerta lateral.
—Si están listos… podemos proceder.
Mario y Julián intercambiaron una mirada breve, casi un acuerdo silencioso. Luego avanzaron detrás del médico, cruzando un pasillo estrecho donde el aire parecía más frío, más denso.
Al entrar, la luz blanca del tubo fluorescente los envolvió con una claridad implacable. El forense se adelantó y retiró apenas una esquina de la sábana, lo suficiente para permitir la identificación sin exponer más de lo necesario.
Los dos hombres quedaron petrificados.
Frente a ellos, sobre un lecho de cemento, yacía un cuerpo cubierto por la sábana. No se veía más que un fragmento del rostro, apenas lo indispensable, pero bastó para que el mundo se les desmoronara por dentro. No había necesidad de palabras: la forma del cabello, un rasgo inconfundible, un detalle mínimo… todo apuntaba a lo mismo.
Mario dio un paso atrás, como si el suelo se hubiera movido bajo sus pies. Julián sintió que el aire se le escapaba, pero se obligó a mantenerse firme, por él y por el hermano que temblaba a su lado.
El forense, con voz baja, casi compasiva, preguntó:
—¿La reconocen?
Mario no pudo responder. Solo asintió, con un gesto pequeño, quebrado.
Julián apoyó una mano en su hombro, sosteniéndolo sin decir nada.
El silencio que siguió fue espeso, inmóvil, como si el tiempo hubiera dejado de avanzar.
Cuando el forense volvió a cubrir el cuerpo y los invitó a salir, Mario y Julián caminaron hacia la puerta como si cada paso pesara más que el anterior.
Al llegar a la sala donde esperaban Ana y la madre de Tereza, ambos se detuvieron un instante. Mario respiró hondo, pero el aire no le alcanzó. Julián lo miró de reojo, entendiendo que ese momento —ese único instante— sería uno de los más difíciles de su vida.
La madre de Tereza fue la primera en levantarse. —¿Y…? —preguntó, con la voz apenas un susurro.
Mario abrió la boca, pero no logró emitir sonido alguno. Sus labios temblaron, y sus ojos, enrojecidos, buscaban una forma de decir lo indecible. Fue Julián quien dio un paso adelante, con una suavidad que no ocultaba el temblor en sus manos.
—Lo sentimos mucho… —dijo, con voz baja, casi quebrada—. La identificaron. Es ella.
La madre llevó ambas manos al rostro, como si quisiera detener el golpe antes de que la atravesara. Un gemido ahogado escapó entre sus dedos, un sonido pequeño, pero cargado de un dolor antiguo, profundo, irreparable. Ana la sostuvo de inmediato, rodeándola con los brazos, sintiendo cómo el cuerpo de la mujer se desmoronaba contra el suyo.
Mario, al ver a su madre quebrarse, finalmente soltó el aire que había estado conteniendo. Se llevó las manos a la cabeza, caminó dos pasos hacia atrás y apoyó la espalda contra la pared, como si necesitara algo sólido para no caer. No lloró de inmediato.
El dolor de Julián era indescriptible. Por fuera se mantenía firme, casi sereno, como si una fuerza silenciosa lo obligara a sostenerse por los demás. Pero por dentro… por dentro era otra cosa. Se sentía débil, impotente, desgarrado por una culpa que no tenía nombre.
Había acompañado a Tereza durante treinta días, treinta días en los que ella caminaba al borde de un abismo invisible. Treinta días en los que él había intentado sostenerla con palabras, con gestos, con presencia. Treinta días en los que creyó —o quiso creer— que aún había tiempo, que aún podía alcanzarla antes de que cayera.
Y ahora ese abismo se había abierto bajo sus propios pies.
Ana, siempre solidaria, se bebía sus lágrimas sin poder compartir su desahogo con los parientes de Tereza. No podía abrazar a su amigo Julián ni brindarle el apoyo que le nacía del alma. Permanecía estoica, sujetando a la madre de Tereza, dolida y quizá reprochándose a sí misma no haber comprendido a su hija cuando ella buscaba protección. Ana lloraba, pero en silencio, por todos.
El pasillo quedó en silencio. Un silencio que no pedía respuestas ni consuelo ni explicación. Un silencio que solo acompañaba.
Julián lideraba al grupo. Sugirió que, antes de ir a la policía, entraran a algún restaurante a comer algo, porque habían trajinado sin descanso durante todo el día, sin probar bocado alguno. Así lo hicieron. No había nada que decir, cuando cada uno tenía tanto dentro. El dolor les había arrebatado hasta las palabras.
Antes de reanudar el camino por la ciudad, Mario propuso que Ana acompañara a su madre de regreso a casa. Quedaron en que se reunirían todos después.
Mario pidió, casi en secreto, que Julián se quedara un rato más en el restaurante. Llamó al garzón y pidió dos copas de chuflay; dijo que el trago les reconfortaría el ánimo. Julián, que en un primer impulso rechazó la idea, terminó aceptando, aunque solo una copa.
—Mi estimado Julián, discúlpame por no haber sido sincero contigo cuando me preguntaste por mi hermana —comenzó Mario, moviendo las manos como si intentara modelar en el aire aquello que Tereza y él habían callado durante tanto tiempo—. Me refiero al 31 de marzo.
Hizo una pausa, breve pero densa.
—Ese día, hace como tres años, el marido de Tereza… Fue en el cumpleaños de Reynaldo Canaviri, en su departamento del edificio Petrolero. Tuvieron una discusión muy fuerte. Inclusive llegaron a los golpes, y la más afectada fue mi hermana. La trasladaron a la clínica Santa Isabel, pero no pudieron salvar al bebé que esperaba. Tenía cuatro meses de gestación. Fue un golpe devastador para ella.
Respiró hondo, como si cada palabra le costara un poco más.
—Se denunció a la policía, pero no prosperó. Reynaldo tiene influencia allí. Su versión fue que mi hermana se golpeó contra la pared, que ella misma se había infringido las lastimaduras. Desde entonces, Tereza se vino abajo. Sufría de fuertes depresiones. Poco a poco dejó de reconocerse.
Julián escuchó en silencio, sintiendo que cada frase abría un espacio nuevo —y más oscuro— en la historia que creía conocer. Había en las palabras de Mario un peso que no se disipaba, como si cada detalle revelado encendiera una luz tenue sobre un pasado que ambos preferirían no mirar de frente.
Momentos después ya estaban en la calle Sucre, frente a las dependencias de la policía. El aire frío de la tarde parecía endurecer aún más lo que acababan de escuchar. Se dirigieron al departamento de Homicidios, avanzando por un pasillo estrecho donde el eco de sus pasos sonaba más fuerte de lo necesario.
Tras las averiguaciones, un funcionario civil que se hacía llamar capitán Angulo los recibió con una cortesía distante. Les informó que el caso estaba en investigación y que no podía entregar ninguna información. Solo podía —y debía— confirmar la identidad de la occisa.
Ante aquella indiferencia burocrática, Julián se identificó como periodista y amigo de la familia. No mencionó ninguna relación con Tereza; prefirió mantener su nombre resguardado, como si aún existiera una forma de protegerla. Por más que pidió hablar con el responsable de la investigación, la posibilidad se desvaneció ante la terquedad del agente, que parecía decidido a no mover un solo papel fuera de su rutina.
Mario entonces reclamó el cuerpo de su hermana para darle sepultura. Eran aproximadamente las cinco de la tarde, la hora en que se producía el cambio de turno. El relevo del personal, tratándose de un sábado, coincidía siempre con ese momento. Aquello demoró casi una hora más las gestiones legales, como si incluso en la muerte Tereza quedara atrapada en los pliegues lentos de la burocracia.
Mientras ambos subían y bajaban las gradas de un piso a otro, preguntando por el personal de turno o por algún responsable de las tareas policiales, Julián tropezó con un viejo conocido: el capitán Jaime Ortega.
El uniformado, al reconocerlo, exclamó con una mezcla de sorpresa y ligera burla:
—Palermo… ¿qué haces tú aquí? ¿Te robaron a tu mujer?
Rió por su propia broma, pero la risa se apagó apenas estrechó la mano de Julián y notó la seriedad con que lo miraba. Antes de que pudiera formular una pregunta, Mario intervino, atropellando las palabras, aferrándose a cualquier resquicio de ayuda en medio de su desesperación.
Ortega, sin dudar ni pedir más explicaciones, les pidió que lo acompañaran a su oficina.
—Yo ya terminé mi turno —dijo mientras caminaban—. Me iba a casa, pero aquí estoy. Díganme en qué puedo ayudar.
Sobre el escritorio, una placa metálica rezaba: Capitán Jaime Ortega, Inspector Adjunto de Lucha Contra el Narcotráfico. Explicó que actuaba como segundo responsable del área de inspección dentro de la unidad antidroga de La Paz, aunque su jurisdicción no tocara directamente los casos de homicidios.
—Mi estimado Jaime —comenzó Julián, con la voz baja pero firme—, aquí mi amigo carga una desgracia en los hombros. Según informó la radio esta mañana, Tereza Walker se lanzó del edificio Petrolero. En el departamento de Homicidios no hay voluntad para explicarnos nada ni para autorizar la entrega del cuerpo. Ninguna explicación. El capitán Angulo nos trata como si todo fuera un trámite más.
Julián relató los pormenores de la gestión, la indiferencia del funcionario policial y la sensación de estar chocando contra un muro cada vez más alto. Ortega escuchó en silencio, con los codos apoyados en el escritorio y la mirada fija en un punto indeterminado, como si intentara ordenar las piezas de un rompecabezas que no le correspondía, pero que no estaba dispuesto a ignorar.
El uniformado se dirigió a ellos con palabras serenas. Les explicó que, siendo fin de semana y acercándose ya las seis de la tarde, ninguna gestión avanzaría; nada se movería a menos que se tratara de una emergencia. Aun así, se comprometió —dijo que mañana, domingo— a indagar personalmente sobre el caso y, si era posible, facilitar la entrega del cuerpo ese mismo día.
Mientras hablaba, Ortega se frotó el puente de la nariz, un gesto breve, casi imperceptible, que dejaba ver el cansancio acumulado de la jornada. Luego los miró a ambos con una mezcla de preocupación y pudor, como si entendiera que, en momentos así, cualquier palabra podía resultar insuficiente.
De manera espontánea, casi instintiva, abrazó a Julián. No fue un gesto largo ni solemne, pero sí lo bastante firme como para revelar una voluntad sincera, una solidaridad silenciosa que no necesitaba uniformes ni rangos para hacerse notar. Entre ambos había un rasgo profundo de amistad que sobrevivía al tiempo y a las distancias.
Habían ido a la misma escuela en Villa Armonía; ambos eran hijos de trabajadores mineros. Había mucho en común entre esos dos hombres, y en ese abrazo breve —más que en cualquier explicación— se reconocía la memoria compartida de una vida dura, de un origen que los unía sin necesidad de decirlo.
Entre ellos se formó una especie de pacto silencioso, una comprensión que no requería palabras. Ortega respiró hondo antes de despedirse, prometiendo verlos al día siguiente, al mediodía. Julián sintió que, por un instante, el capitán dejaba de ser un funcionario más y volvía a ser el amigo que alguna vez compartió juegos en la cancha del barrio, cuando la vida todavía parecía más sencilla y el futuro no pesaba tanto.
De regreso a la casa de Mario, Julián compartió con ellos una taza de café antes de salir con Ana para regresar también a su hogar. Ana trataba de animarlo, pero Julián se mantenía sereno y tieso, como si la tensión del día lo hubiera dejado suspendido en un estado donde ninguna palabra lograba alcanzarlo.
Mario se dejó caer en una silla de la cocina. No lloró. Tampoco habló. Se quedó allí, con las manos entrelazadas, mirando un punto fijo de una pequeña ventana que no mostraba nada, apenas un rectángulo oscuro donde ni siquiera la calle parecía existir.
La noche avanzó sin prisa. No quería dormir. Temía que, al cerrar los ojos, la imagen de su hermana cayendo desde aquel edificio se volviera demasiado nítida. Temía también despertar al día siguiente y confirmar que todo era real.
Al dia siguiente, Mario ya estaba esperando a Julian en la plaza Murillo para llegar juntos hasta la policia.El capitan ortega, vistiendo de civil, estaba en su oficina.
—Buenos días, mis amigos. He estado haciendo desde temprano mis averiguaciones —dijo Ortega, dejando los papeles sobre el escritorio—. El asunto es un poco delicado.
Miró a Mario con cierta cautela.
—Dígame, Mario… ¿su hermana estaba casada?
—No, capitán —respondió él—. Divorciada desde hace tres años del capitán de policías Reynaldo Canaviri.
Ortega asintió lentamente, como si esa pieza encajara en un lugar que ya intuía.
—El primer informe está… un poco confuso —continuó—. Alguien llamó a las cinco de la mañana para denunciar que había un cuerpo tirado en las puertas del edificio Petrolero del Prado. Las radiopatrullas que llegaron primero confirmaron la denuncia, y el levantamiento legal del cadáver se realizó a las siete de esa misma mañana.
Volvió a mirar sus apuntes y golpeó suavemente el papel con el dedo, un gesto casi nervioso, impropio de él.
—El informe, firmado por dos agentes de Homicidios, señala la existencia de una carta póstuma. En ella, la mujer acusa a su marido de malos tratos y de su vida… ya me entiende. El juez auxiliar certifica la identidad y, ante las evidencias expuestas, califica el caso como suicidio.
Ortega guardó silencio unos segundos. Parecía medir el peso de cada palabra que estaba por decir.
—Hasta ahí, eso es lo que dicen los papeles. Pero lo que me llama enormemente la atención es la falta de personal asignado para investigar el caso. No hay testigos. No se instruyó ninguna diligencia adicional para esclarecer el supuesto suicidio. Nada. A mi criterio, este caso no está claro.
Levantó la vista hacia Julián y Mario. Había en su expresión una preocupación que no terminaba de nombrar, pero sus ojos parecían pedirles que entendieran lo que él no podía decir en voz alta.
—Voy a ser sincero —prosiguió, bajando apenas la voz—. Hurgar más en este caso no me corresponde. Lo que he averiguado hasta ahora ha sido una intrusión mía, digamos por curiosidad, sin intención de tomar determinaciones. No me corresponde, ya lo dije.
Hizo una pausa breve, casi imperceptible, como si evaluara el riesgo de seguir hablando.
—Y ustedes no me nombren en lo posterior… pero me avisan cómo se desarrolla.
La frase quedó suspendida en el aire, cargada de una complicidad involuntaria, como si Ortega hubiera cruzado una línea que él mismo sabía que no debía cruzar.
—El pinche que atiende los fines de semana no tiene suficiente autoridad para autorizar la entrega del cuerpo ni para informar sobre el caso. Es domingo y todo está paralizado, amigos.
—Tengamos paciencia. Usted, Mario, vaya adelantando los preparativos para el entierro. Mañana lunes tendrá el cuerpo, se lo aseguro.
Ya afuera, la ciudad —en domingo— parecía más silenciosa que en los días laborales. Ese silencio no era solo urbano: se les pegaba al cuerpo, como si cada paso exigiera un pequeño esfuerzo de voluntad. Mario, con la mirada perdida un instante en la avenida casi vacía, respiró hondo antes de hablar.
Propuso a Julián comer algo, cualquier cosa, y si podía acompañarlo luego a una empresa funeraria para avanzar con los trámites del entierro. No lo dijo con urgencia, sino con esa mezcla de necesidad que aparece cuando uno ya no quiere seguir solo.
En un lugar pequeño, un café de paso, comieron salteñas sin mucha conversación.
Mario fue el primero en romper el silencio.
—Es buena gente tu amigo —dijo, sin preguntar, como quien tantea un terreno que le importa—. No lo digo por compromiso… solo que… —dejó la frase abierta, esperando que Julián la completara.
Julián levantó la vista.
—Nos conocemos desde chicos —respondió—. Nuestros padres eran amigos. Y mineros.
Lo dijo con una sencillez que no necesitaba explicación. Mario asintió despacio, como si esa pequeña revelación le permitiera entender algo más profundo: no solo la relación entre ellos, sino la forma en que Ortega había hablado, la manera en que Julián lo había escuchado, la confianza silenciosa que había circulado entre los tres.
La Casa Valdivia, la más antigua de las funerarias de la ciudad, quedaba en la calle Sagárnaga, y allí se presentaron para reservar los servicios funerarios. El lugar conservaba ese aire de antigüedad que no reconforta, sino que recuerda, con una frialdad casi ceremonial, que otros han pasado por lo mismo antes.
Un empleado desganado los atendió. No hablaba con la espontaneidad que suele acompañar el dolor ajeno, esa mínima humanidad que se espera en un sitio así. Lo hacía de memoria, como si recitara un libreto aprendido. Con un gesto mecánico, los invitó a recorrer los ataúdes según el color, la calidad de la madera y la escala de precios. Su voz seguía un ritmo monótono, sin pausa para medir el estado de quienes lo escuchaban.
Y continuó con su discurso, sin mirarles realmente a los ojos:
—Tenemos también un salón para veinte personas, y otros más amplios para mayor cantidad de asistentes.
La frase cayó como una ficha más en un catálogo interminable. Mario y Julián lo siguieron en silencio, cada uno cargando su propio peso, mientras el empleado avanzaba por el pasillo como si guiara un recorrido turístico y no un trámite que, para ellos, significaba despedir a alguien que aún no habían terminado de asimilar.
Fue Julián quien, con una voz más tajante de lo habitual, lo detuvo:
—¿Oiga, quiere usted escucharnos ahora?
El hombre se encogió de hombros, sorprendido apenas, y los condujo a una oficina estrecha. Allí, ante el silencio de Mario —un silencio que parecía más cansancio que indecisión—, Julián eligió el servicio B: incluía las gestiones para un nicho en el Cementerio General y tres taxis para los familiares hasta el entierro.
El empleado, ya instalado en su papel, retomó su discurso con una seguridad casi automática:
—Nosotros somos una empresa seria, señores. Me entregan el certificado de defunción, recogemos el cuerpo de la casa o del hospital, lo vestimos con la ropa que ustedes elijan y lo preparamos para que ingrese al salón. Ah, también lo decoramos con las flores que prefieran…
Hablaba con soltura, con ese oficio aprendido de vendedor que no se detiene ni ante el duelo. Y era una lástima —pensó Julián, sin decirlo— que incluso en el dolor hubiera espacio para el negocio.
Cuando Julián explicó la situación de Tereza, el hombre comenzó a balancear la cabeza, como quien reconoce de inmediato que esto ya es otra cosa, un caso que exige otros papeles, otros pasos, otra burocracia.
—Entonces me deja aquí la autorización de la policía para recuperar el cuerpo de la morgue —dijo, acomodándose los lentes con un gesto automático—. En la morgue ustedes tienen que pedir los papeles de la autopsia y la confirmación de la muerte… Ellos ya saben qué documentos son. Vayan, los recogen y me los traen.
Mario miró a Julián con incredulidad, como si no pudiera creer que, incluso en ese momento, hubiera que seguir saltando obstáculos, cargando el dolor como justificación.
Apenas cruzaron la puerta, a Julián lo atravesó otra preocupación, rápida y punzante. La radio. Cómo presentarse allí, cuando la familia de Tereza estaba atrapada en un laberinto burocrático que parecía no terminar nunca. Sentía que debía estar con ellos, que no podía dejarlos solos en ese desorden frío de oficinas y firmas. Y, al mismo tiempo, una culpa sorda le apretaba el pecho: ¿cómo seguir con su rutina laboral cuando Tereza —esa mujer que durante treinta días había sido una presencia inevitable, luminosa, indescriptible— ya no estaba? ¿Cómo no ayudarlos, si ahora la amaba con una intensidad que lo desbordaba y que no sabía dónde poner?
Julián necesitaba descansar un poco. Sugirió que Mario se encargara solo de pedir la autorización para recoger el cuerpo de su hermana, que exigiera todos los papeles posibles, que hiciera todas las preguntas necesarias. Mientras tanto, él debía presentarse en la radio. A esa misma hora sostenía una reunión con el jefe de prensa para conseguir una semana de permiso laboral. Hablaba, explicaba lo indispensable, pero su mente estaba en otro sitio, dividida entre el deber profesional y el peso reciente de la muerte de Tereza. No mintió, pero argumentó que con Tereza tenían planes matrimoniales. Lo dijo con una serenidad, como si al pronunciarlo buscara darle forma a algo que apenas había empezado a existir entre ellos. Los colegas comprendieron su dolor; lo vieron esforzarse por mantener la compostura, por no quebrarse en medio de la oficina, y no hicieron preguntas. Cada uno, a su modo, le cedió un espacio silencioso para respirar.
Pasado el mediodía, ambos coincidieron a la hora acordada en un punto intermedio para planear la tarde, aunque Julián sabía que, en realidad, nada podía planearse del todo. Cada paso parecía abrir otro pasillo, otra espera, otra firma. Y esa sensación —la de avanzar sin avanzar— le tensaba el cuerpo, como si el día entero fuera un corredor estrecho del que no podía salir.
Ana también apareció en el lugar. Se había sumado sin dudarlo, dijo, para colaborar en lo que hiciera falta. Llegó con ese modo suyo —práctico, silencioso— que no necesitaba explicaciones: entendía que el día avanzaba como una maquinaria pesada, y que cada mano contaba.
—Mario, necesito hablar de algo muy serio —dijo Julián—. Los restaurantes están muy llenos… mejor busquemos un lugar más calmado.
Ana señaló una confitería cercana al estadio Hernando Siles, justo allí donde se habían reunido. Era un sitio discreto, con mesas vacías y un murmullo tenue que permitía hablar sin ser escuchados.
—No sé cómo comenzar… —dijo Julián, con la voz baja—. Me duele y me sorprende.
Respiró hondo antes de continuar.
—Tereza dejó un sobre para mí. Se lo entregó a doña Chela, la portera de la emisora. Ella me contó que Tereza apareció en la radio a las nueve de la noche del viernes. Le pidió que me lo diera al día siguiente, que era una sorpresa. También le dejó un paquete de galletas, por su amabilidad.
Mientras hablaba, Julián parecía debatirse entre la gratitud y un desconcierto que lo desbordaba. El gesto de Tereza —tan simple, tan íntimo— lo hería y lo sostenía al mismo tiempo.
—En ese sobre había dos cartas: una para mí y la otra para ti —añadió, alcanzándole el sobre rotulado hermano del corazón. El suyo llevaba escrito, con lapicera roja: Para que no me olvides. Mostró el sobre que contenía ambas cartas, también escrito en tinta roja: Julián Palermo, mi periodista favorito.
Esos detalles los sometieron a los tres a un silencio hondo, casi reverencial, como si las palabras de Tereza hubieran llegado desde un lugar al que ninguno de ellos podía responder todavía.
Julián pidió a Mario que fuera él quien leyera la carta. Podía haber algo importante allí, algo que —según decía en la suya— debía conocer. Le pedía que lo ayudara en el caso que estaba por “estallar”.
Mario tomó las dos hojas de cuaderno y comenzó a leer. Estaban escritas con lapicera roja; algunas frases subrayadas, otras tachadas con borrones que dejaban ver la desesperación de quien las había escrito. Mario respiró hondo antes de comenzar. La letra de Tereza, reconocible y herida, parecía hablar por sí sola.
Después de pedir perdón a su madre y a su hermano, Tereza escribía que su vida estaba ya arruinada. No veía una salida y había estado a punto, incluso, de cometer un crimen por venganza contra Reynaldo. Eso, decía, habría sido el peor sufrimiento para ellos.
Hermano, cuida a mamá y dile que me perdone por haber sido una mala hija.
La voz de la carta avanzaba con una claridad dolorosa. Tereza le pedía que no permitiera que Reynaldo se quedara con la satisfacción de haber destruido su vida. Entonces comenzaba a enumerar los hechos, uno por uno, como si necesitara dejar constancia de todo aquello que nadie había querido escuchar.
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La engañó con su mejor amiga.
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Cuando decidió divorciarse, él comenzó a torturarla psicológicamente. La acusaba de que sus celos eran delirios de locura.
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El 31 de marzo de 1975, organizó la comida de su cumpleaños en casa, prometiéndole que podían recomenzar. Ella estaba entrando al cuarto mes de embarazo. Él provocó una discusión tan violenta que estuvo a punto de arrojarse por la ventana. La golpeó, y aquello le provocó el aborto.
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Tras salir de la clínica Santa Isabel, se enteró de que él había presentado una denuncia ante la policía, afirmando que ella misma se había causado las heridas y que había perdido el embarazo por celos y venganza.
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Antes de que saliera la sentencia de divorcio, él se casó con Melina, que ya estaba embarazada.
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Sin que él lo supiera, ella paralizó el trámite del divorcio. Dejó pasar los meses hasta que finalmente la sentencia no salió. Al parecer, ya casado, él no necesitaba ese documento.
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Los papeles del departamento, en el momento de la compra, estaban firmados por ella con su nombre de soltera: Tereza Walker. Legalizadas por un notario, junto con su carnet de identidad y el documento privado que acreditaba el dinero entregado por su madre para la adquisición del inmueble, permanecían escondidas, pegadas con cinta adhesiva debajo del último cajón del armario viejo del cuarto de la mamá.
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El miércoles 27 de marzo, por casualidad, se encontró con él en la calle Potosí y la invitó a la confitería Marilyn “para poder hablar”. Allí se alteró y la amenazó: si no dejaba de ir a buscarlo a la Academia de Següencoma, presentándose como su esposa, pondría una bomba en la casa de su madre. A ella le dio un ataque de rabia y empezó a gritar, pero él dijo que era una loca y que la policía arreglaría la situación. Había testigos de ese día que lo oyeron amenazar con llevarla al psiquiátrico.
Hermano, estos datos no los conocías, pero yo ya estoy en el cielo, sin penas, esperando que ese sujeto vaya al infierno. No quise contarlas antes porque me daba vergüenza, porque pensé que podía arreglarlo sola. Ahora ya no tengo fuerzas. Pero no quiero que esto quede perdido ni que él termine borrando lo poco que me queda. Cuida a mamá. Dile que lo siento por todo lo que no supe hacer bien. Yo ya estoy en paz, lejos de este ruido que me fue apagando de a poco. No me extrañes demasiado; a veces la vida se cierra sin darnos otra salida. Tere.
Cuando Mario terminó de leer, los tres quedaron en silencio. No era un silencio abrupto, sino uno que parecía asentarse lentamente sobre la mesa, como un polvo fino que nadie se atrevía a mover. Julián tenía la mirada fija en un punto indeterminado; Mario seguía sosteniendo las hojas, sin saber si debía dejarlas o guardarlas. La ausencia de Tereza, de pronto, se volvió más real que nunca.
Fue Ana quien rompió ese peso.
Habló con la voz baja, pero firme, como si las palabras le nacieran desde un lugar muy antiguo.
—Esto es un mandato —dijo—. Y hay que hacerlo como Tereza nos pide.
No había dramatismo en su tono, solo una certeza triste, casi ritual. Julián levantó la vista hacia ella, y en ese gesto se adivinaba que, por primera vez, entendía la dimensión de lo que acababan de leer.
Habían transcurrido dos horas desde la lectura de la carta. El tiempo, en lugar de avanzar, parecía haberse espesado alrededor de ellos. Cuando por fin reaccionaron, se apresuraron a tomar un taxi rumbo a la morgue. Nadie habló durante el trayecto; cada uno llevaba su propio nudo en la garganta.
En la morgue, Mario entregó al galeno forense una hoja membretada de la policía. El médico la revisó con rapidez, como si ya hubiera visto demasiados papeles similares en su vida. En diez minutos todo estuvo en regla… al menos eso parecía. Con los sobresaltos del día, ninguno había recordado coordinar con la funeraria.
Felizmente, una llamada telefónica bastó para resolverlo. El coche fúnebre llegó poco después, con el compromiso de que antes del mediodía del martes Tereza estaría instalada en la sala, lista para recibir a los dolientes e invitados. Esa promesa, dicha con la formalidad de un oficio que convive a diario con la muerte, les devolvió una sensación mínima de orden en medio del desconcierto.
Los tres siguieron en taxi el trayecto del coche fúnebre, intentando ultimar los detalles que aún quedaban pendientes, entre ellos la vestimenta que llevaría la difunta, algo que nadie había previsto.
Media hora después apareció una señora que parecía ser la dueña del lugar. Con voz suave preguntó por el pariente más directo. Mario levantó la mano y dijo que él era el hermano.
—El cadáver está muy maltratado —explicó ella, con una cautela que no alcanzaba a suavizar del todo la noticia—. Solo se necesita una sábana santa para cubrirlo y un ataúd sin ventana, cerrado.
Así quedaron, como si ese último dato terminara de sellar la tristeza del trámite.
Al día siguiente, Ana le dijo a Julián que ella se encargaría de comprar los ramos de rosas rojas para colocarlos junto al féretro. Julián, todavía desorientado por la noche anterior, se vio en apuros para conseguir una camisa negra, en señal de duelo. Había algo en esa búsqueda apresurada, casi torpe, que lo hacía sentir más vulnerable, como si cada gesto lo acercara un poco más a la realidad que aún no terminaba de aceptar.
La señora Olga, madre de Mario y de Tereza, llegó llevando una fotografía de su hija. Venía acompañada por todo el personal del horno: seis personas que avanzaban en silencio, como si cada una cargara un fragmento de la ausencia. Mario llegó del brazo de su esposa; a su hija la había dejado al cuidado de alguien de confianza. No había más.
No querían comunicar nada a los vecinos ni publicar un aviso necrológico en el diario de la ciudad. Preferían que todo transcurriera en un círculo pequeño, casi íntimo, como si el dolor necesitara resguardarse del ruido del mundo.
La madre, antes de emprender el camino hacia el Cementerio General a las tres de la tarde, dirigió unas oraciones en memoria de su hija. Dijo sentirse profundamente triste, porque ella le había cerrado las puertas y no había podido ayudarla cuando aún venía a la casa. “No supe escucharla”, murmuró con la voz quebrada.
Pidió perdón en medio de un llanto de desconsuelo, como si esas palabras fueran lo único que pudiera ofrecerle ahora, cuando ya no había forma de enmendar nada.
Mario, a su vez, recordó los juegos de la infancia. Dijo que ella había sido la princesita de la casa y confesó que, cuando era niño, sentía cierta envidia por las atenciones que la pequeña recibía. Sonrió apenas, con una ternura que parecía venir de muy lejos, y añadió que siempre la recordaría así: tierna y vivaz.
Después levantó la mirada, buscó a Julián entre los presentes y lo señaló con un gesto sereno.
—Aquí está una persona a quien debo agradecer su apoyo en los momentos difíciles —dijo—. Julián es un amigo caído del cielo; lo digo porque hace apenas unas semanas yo no lo conocía.
Hizo una pausa, como si necesitara ordenar el peso de lo que venía.
—Este hombre que está aquí estuvo muy cerca del corazón de Tereza. Fue su consuelo, su apoyo… su amor inconfesado. Tereza lo amaba a su manera, y se entregó durante treinta días. Eso es sacrificio, eso es solidaridad, y eso merece mi agradecimiento.
Mario bajó la cabeza hacia el féretro.
—Lo reconozco aquí, a los pies de mi hermanita… y de la mujer que Julián quiso, y que hoy ya no está entre nosotros.
Todos los presentes, que no eran muchos, miraron a Julián por si quería decir algo. Él no se movió. Ana, que estaba a su lado, lo codeó con suavidad y dio unos pasos al frente, colocándose a la cabecera del ataúd.
—Tereza mía… —comenzó, con una voz que parecía salir de un lugar muy hondo—. Recuerdo tu último amanecer a mi lado, ese beso en mi frente y el sabor amargo de tus últimas lágrimas. Era tu forma de despedirte de mi vida. Aquella mañana mi mente se enredó con mil pensamientos; en ningún momento imaginé un final así.
Respiró hondo antes de continuar.
—Cuando me dijiste que estabas aprendiendo a amarme, sentí tus sentimientos como la fragilidad de un cristal. Yo, alentado por esas pequeñas muestras, pensaba en un futuro lindo. Dejaste en mi vida lo mejor de la tuya… treinta días.
Julián no pudo seguir. Un nudo en la garganta le cerró la voz y los ojos se le nublaron. Los presentes compartieron su tristeza, también con lágrimas, como si el dolor se hubiera vuelto un mismo cuerpo entre todos.
La llegada al cementerio fue una formalidad inevitable, apenas el último paso para dejar sepultado un cuerpo inerte. La ausencia, en cambio, se quedaba con cada uno de los que permanecían vivos, como un peso que se acomodaba en sus vidas
Julián, siempre acompañado por Ana, se despidió en la puerta. Ambos observaron cómo otros féretros ingresaban al camposanto para su descanso final, cada uno con su propio cortejo, su propio dolor.
No había palabras. Todas se habían agotado ese día, como si la lengua misma hubiera decidido rendirse ante el cansancio del alma.
Apenas llegó Julián a casa, se metió directamente a la ducha. El agua caliente le cayó como un alivio breve, casi mecánico. Al entrar a su cuarto encontró a Ana sentada en la cama, con un plato de ají de fideo entre las manos. Él no había probado bocado en todo el día.
Comieron en silencio. Ana lo miraba con una pena tranquila, sin invadirlo, como quien acompaña desde un borde seguro. Cuando terminó de comer, ella dejó el plato a un lado y habló con suavidad:
—Si quieres… puedo quedarme esta noche. Así nos acompañamos los dos. Yo tampoco quiero pasarla sola. Han sido días demasiado tensos.
Sus palabras no buscaban consolarlo, sino compartir el peso. Había en su voz una humanidad simple, casi fraterna, que hacía más llevadero el vacío que se había instalado en la casa.
Después regresó con dos tazas de té de manzanilla y un colchón que extendió en el piso, sonriendo.
—¿Te acuerdas que dormías en el suelo cuando llegó tu monjita? —dijo, con un guiño que buscaba aliviar la pesadumbre.
Ambos rieron de la ocurrencia, una risa breve, casi tímida, pero suficiente para aflojar un poco la tensión.
El miércoles, Julián salió de su casa después del mediodía para visitar a Mario. Se abrazaron con fuerza, casi confundiéndose en un mismo gesto. Julián era recibido con un afecto que rozaba lo familiar. Hablaron de las averiguaciones que la policía había adelantado.
Mario le confesó que había contactado a un abogado para demandar a Reynaldo Canaviri por la apropiación del departamento de su hermana. También había buscado a otro abogado para iniciar una denuncia por malos tratos y manipulación violenta, además de contraer segundas nupcias sin estar divorciado.
—Este segundo abogado también hará el seguimiento de la muerte de mi hermana —añadió Mario, con la voz baja pero firme—. Según me informaron en Homicidios, en los informes figura el nombre de ella con el apellido de casada. Así está consignada en una carta que tenía adherida en el brazo izquierdo. Esa carta no está entre las evidencias.
Julián lo miró, sorprendido. Mario continuó, con la voz firme pero herida:
—La situación se está poniendo color de hormiga, hermano. Sospecho que, durante el levantamiento del cadáver, por esa carta tomaron contacto con Canaviri… y él la robó o hizo desaparecer. Se desconoce su contenido.
Hizo una pausa, respiró hondo, como si las palabras le costaran atravesar el pecho.
—No voy a descansar, Julián. Mi hermana me lo pide en su carta. Agotaré todas las instancias.
Había en su mirada una mezcla de dolor y determinación, una fuerza que parecía nacer del mismo vacío que Tereza había dejado atrás.
Ambos comprendieran que lo que venía ya no era solo duelo, sino una lucha larga y oscura.
Abril, para Julián, había sido un mes lento y penoso, un regreso áspero a la rutina periodística. Asumía su trabajo con responsabilidad —no tenía otra opción, era su profesión—, pero cada día parecía arrastrarse con un peso nuevo. El nombre de Tereza permanecía en sus labios y en su pensamiento, como un eco que no sabía disiparse.
El desfile de trabajadores por el Primero de Mayo alteró la ciudad. La Paz se veía distinta, envuelta en un ambiente no solo festivo por el Día del Trabajo, sino también de asueto: las calles eran ríos de gente que avanzaban en todas direcciones, como si la ciudad respirara con un ritmo propio, más ancho, más vivo.
En medio de ese movimiento, Julián sintió un impulso inesperado: ir a visitar a Mario. No lo pensó demasiado. Se abrió paso entre la multitud, llevado por una mezcla de inquietud y necesidad de compañía, como si algo dentro de él buscara un punto firme donde apoyarse.
El encuentro había sido profundamente afectivo. A su llegada, improvisaron una parrillada en la terraza, con unas cuantas cervezas y refrescos que ayudaron a distender el ambiente. Doña Olga estaba más decaída que de costumbre; no lograba recuperarse desde la muerte de su hija, y su silencio pesaba como una sombra suave sobre la reunión.
Ana María, la esposa de Mario, atenta como siempre, jugueteaba con su hija Noemí, de nueve años. Se notaba que el dolor había amainado en esa casa: no desaparecía, pero se sobrellevaba con una entereza que nacía del afecto cotidiano.
Mario contaba algunas de sus anécdotas del horno, esas historias que solo él sabía narrar con una mezcla de picardía y ternura. La risa sincera de ambos brotaba sin esfuerzo. Por un instante eran simplemente dos amigos, sin embargo, Julián terminó preguntando por el proceso de las demandas que Mario había iniciado en abril.
Mario se frotó las manos, como si necesitara ordenar sus ideas antes de hablar.
—Bien… bien, hermano —respondió con resolución—. La recuperación del departamento está bien encaminada. En cuarenta y cinco días la Oficina de Derechos Reales emitirá una resolución final sobre la propiedad. Y hay otra demanda: la venta del departamento con documentos falsificados. Eso sí puede llevar a la cárcel a Reynaldo Canaviri.
Hizo una pausa breve, casi para tomar aire.
—El asunto de la policía… uy, ese tu amigo, el capitán Ortega, una gran persona. Yo le cuento las cosas como me salen, lo que me dice y lo que averiguo, y él me orienta de manera profesional: cómo actuar, ante quiénes, qué pasos seguir.
Se inclinó hacia atrás, más tranquilo.
—La carta no aparece —dijo Mario, encogiéndose de hombros—, pero ya no es necesaria. La oficina de Homicidios tiene el caso cerrado como suicidio.
Hizo una pausa breve, como si midiera el peso de sus propias palabras.
—Con eso basta. Lo voy a joder con la recuperación del departamento.
Había una mezcla de amargura y odio en su voz, pero también la convicción de que, tarde o temprano, alguna forma de justicia pondría las cosas en su lugar.
Julián sonrió, como si un pequeño aliento de tranquilidad se abriera paso en su interior mientras regresaba a casa. Caminaba pensativo, todavía atrapado en el eco del desenlace que habían tomado las demandas que Tereza le había exigido en aquella carta.
Los comentarios que Mario había hecho al respecto iban bien encaminados, y eso lo dejaba con una confianza que no sentía desde hacía semanas. Estaba casi seguro de que lograría recuperar el departamento. Incluso, según le había dicho Mario, podría derivarse un castigo desde la institución policial: abuso de autoridad, tráfico de influencias, violencia intrafamiliar.
Todo eso le daba una sensación extraña, como si la justicia —esa palabra que tantas veces le había parecido lejana— por fin se acercara a su vida. Y aun así, mientras avanzaba por la vereda, había en él una nostalgia suave, una especie de bruma interior cuyo origen no lograba precisar. No sabía si provenía de Tereza, de sí mismo o de los meses que llevaba sosteniendo sus recuerdos, como quien carga un objeto frágil que no se atreve a soltar.
En el interior de su habitación conservaba, intocable, colgado detrás de la puerta, el vestido azul de Tereza. Era el mismo que ella había llevado aquella tarde en que pasearon por la ciudad, cuando todo parecía más sosegado y el mundo aún no se había inclinado hacia el abismo.
Afuera, sin embargo, la vida seguía avanzando con una indiferencia casi cruel.
El país no se detenía. A pesar de los embates políticos y de la crisis económica que apretaba cada día con más fuerza, la ciudad continuaba moviéndose con su ritmo propio, áspero y vital.
La propaganda electoral estaba en pleno auge ante la proximidad de las elecciones presidenciales fijadas para el 22 de julio. Se escuchaba toda clase de promesas.
En todo el país, los partidos políticos habían tomado cada muro disponible: afiches superpuestos, colores chillones, rostros que prometían un futuro distinto. En las radios sonaban jingles repetidos hasta el cansancio, y en la televisión el gobierno mostraba sus obras en Santa Cruz, donde había impulsado la inversión con préstamos estatales para expandir grandes extensiones de sembradíos de algodón y caña de azúcar, fábricas nuevas y cifras de exportación hacia los países vecinos.
Los barrios populares estaban más concurridos que de costumbre. Las brigadas políticas recorrían ciudades, comunidades y hasta los pueblitos más remotos de la geografía boliviana, llevando parlantes, banderines y discursos que se deshacían en el viento frío de la tarde. A veces dejaban un balde de plástico, una bolsa de fideos, una manta delgada. Julián observaba todo aquello con una ironía silenciosa: sabía que, detrás de cada gesto, había un cálculo, una urgencia por captar el voto de quienes cargaban con la crisis en la espalda. Ese mareaje político lo dejaba con una sensación amarga difícil de sacudir.
Ese contraste —la quietud íntima de la habitación y el bullicio insistente del país— dejaba a Julián en un territorio extraño, como si su vida privada y la vida pública caminaran por carriles que nunca volverían a encontrarse.
Vio sobre su mesita de noche la carta de Tereza. La había leído varias veces. Ya no sentía pena ni lloraba. Era, más bien, como levantar una oración en la voz de Tereza, una manera de encontrar fe en la vida, fuerza para vencer los días.
La tomó entre las manos y miró la hoja de papel de cuaderno, escrita con lapicera roja. Había algo en esa tinta —un temblor, una urgencia, una fragilidad— que lo hacía detenerse siempre en el mismo punto, como si cada lectura abriera una puerta distinta hacia ella.
Mi hombrecito amado:
Perdón por esta carta que te entrega mis palabras. No me sentía capaz de decírtelo al oído: todo lo que recibí de ti. Sentí amor en tu mirada, cariño en la forma en que me hablabas, sabiduría en tus recomendaciones.
En los últimos días, yo también me había enamorado de ti, pero me dije que ya era tarde. Tenía miedo de amarte. Mi vida estaba destrozada y, en mis pensamientos, solo había un resentimiento acumulado contra mi exmarido.
Cuando me refugiaba en el alcohol, no solo olvidaba mi desgracia: despertaba mi rencor contra él. He perdido un hijo, y eso me duele más que nada. Después, los médicos me dijeron que no podría tener más hijos; estaba inutilizada como mujer. Entonces supe que nunca sería madre, que ya estaba condenada en vida. Cada día crecía mi rencor contra él, y todo tenía que terminar como terminó.
Mi Julián, fuiste mi consuelo, y contigo me sentí amada, me sentí necesaria en tu vida. Por eso salías a buscarme, por eso te preocupabas por mí. Mi Julián, tú me encontraste y yo te busqué, y aun así soy yo quien se aleja.
Te dejo mi gratitud por haberme visto cuando yo ya no podía verme. Sigue tu camino, mi hombrecito amado. Que la vida te dé lo que yo no pude darte.
Guárdame en tu corazón. Te deseo todo lo lindo de la vida en tu futuro. Dale amor y comprensión a la mujer que elijas para tu camino.
Yo me voy con la certeza de que, por un instante, la vida me permitió sentirme querida. Eso es lo más lindo que me llevo al cerrar mis ojos.
Tereza
Al terminar de leer, Julián dejó la carta sobre sus rodillas y levantó la vista hacia la puerta. Allí, colgado detrás, seguía el vestido azul de Tereza, inmóvil.
La prenda parecía guardar la forma de su cuerpo, la curva leve de sus hombros, el movimiento suave con el que ella caminaba aquella tarde por la ciudad.
Por un instante, la habitación pareció llenarse de su presencia: el modo en que inclinaba la cabeza para escucharlo, la risa breve que dejaba escapar cuando algo la sorprendía, la fragancia tenue que solía quedar en el aire después de que ella pasaba. No era un recuerdo nítido, sino una sombra cálida, una huella que se resistía a desaparecer.
Julián sintió que la nostalgia no lo hería esta vez; más bien lo envolvía con una dulzura triste, como si Tereza, desde algún rincón de su memoria, lo mirara con la misma ternura con la que había escrito la carta.
El vestido azul se balanceó apenas con la corriente de aire que entró por la ventana, y ese leve movimiento —mínimo, casi imperceptible— bastó para que él sintiera que ella seguía allí, no como una ausencia, sino como una presencia suave que lo acompañaba en silencio.
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